No tenía memoria

Francisco Segovia

Anciana

Aquella mujer no tenía memoria. Regaba el jardín aún después de que hubiese llovido unos minutos antes, y tomaba el café inmediatamente antes del almuerzo. Cubierta por un chal negro que se manchaba con alguna cana caída, la anciana se asomaba por la ventana para contemplar el cielo sin nubes, o dejaba el grifo abierto mientras echaba una larga siesta hasta que día y noche se confundían.

Aquella mujer no tenía memoria o, si quedaba algún resquicio de ella, no lo demostraba en su quehacer cotidiano. Arrastraba sus pies cansados y quitaba, paciente, el polvo que no terminaba de posarse sobre los muebles. A pesar de la edad y de los achaques abrillantaba los adornos de bronce, las joyas que se escondían en la caja de marfil, o limpiaba la cerámica de Sèvres que su difunto esposo le trajo una vez de un viaje a Francia.

En la soledad de su casa, la mujer desmemoriada limpiaba, con la consideración de un santo, un mártir o un héroe, la fotografía enmarcada del viejo dictador fallecido. Con su sonrisa ufana, la anciana pasaba sus dedos arrugados por el cristal que protegía la imagen de su adorado asesino. Desde la tumba, o desde los infiernos, el octogenario dictador, con su vestido militar cruzado por una ancha banda multicolor, la miraba y le devolvía un saludo sin memoria.

 

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