Tiros de sal

Sergio Coello

Alacrán

El tío Alacrán pasea sus ojos cansados por la triste fila de chalecitos adosados, que han levantado sobre aquella vieja calle, en la que de niño trilló muchas veces silbando la “Campanera”. Todos son iguales, de ladrillo visto color azafrán y con un jardín delante en el que apenas cabe el pecho del jardinero. Antes hubo allí espigas vencidas por el peso del trillo, montañitas de grano y paja, juntas pero no revueltas, de lo que unos meses antes fuera un mar de olas verdes agitado por el viento solano de la primavera.

Hoy, en cambio, por ese mismo lugar desfilan, inmóviles, una docena de puertas metálicas de garaje pintadas de minio, un par de rosales con raqui­tismo, tres o cuatro aligustres –como zarzas estériles sin moras– y unos cuantos metros cuadrados de pelusa verde acosada por un cinturón de asfalto salpicado de semáforos y radares, que controlan la velocidad de coches marca: “Quiero y no puedo”.

Y el viejo tío Alacrán comprende, de pronto, que de nada sirvieron aquellos viejos escopetazos suyos, con cartuchos de sal al culo de los niños, para defender una espiga en flor o el nido de codorniz recién plantado entre dos surcos. Que, en fin, no valió la pena haber sido tan roñoso con la vida.

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