Polvos ilegales, agarres malditos (XLI)

Fernando Morote

Pies

—Me miro desnudo frente al espejo. Tengo un bonito cuerpo. Es todo para mi mujer.

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Nara no había estado en la guerra, pero tenía el aspecto de una sobreviviente. En cierta forma lo era. Por años se había prostituido y finalmente recibido un balazo en la pierna durante una redada de drogadictos. Una impresionante marca producida por una quemadura le había dejado el rostro virtualmente desfigurado. Cuando hablaba, inspiraba la sensación de un delincuente avezado. Cojeaba, además. A primera vista asemejaba una especie de monstruo. Entre los hombres de la confraternidad, sin embargo, corría el rumor de que algunos le habían hecho el favor. Los que se atrevían a relatar sus intimidades decían que, cuando tiraba, berreaba como si la estuvieran apuñalando. Algunos llegaron a confesar que le apestaban los pies. Pero todos coincidían en que era deliciosamente cochina en la cama. Judas escuchaba con desdén. Consideraba que meterse un polvo con ella sería una experiencia completamente humillante.

Una noche, en pleno verano, Nara asistió a la celebración mensual de aniversarios vistiendo una ceñida malla negra y un short celeste. A notable distancia resultaba evidente que no traía nada debajo. Judas estuvo estudiándola minuto a minuto sin poder concentrarse en la reunión. Cuando vio que bajó al primer piso para atender el teléfono de la oficina, corrió detrás de ella y no la dejó subir. La arrinconó en el baño, le levantó la malla y le mordisqueó los senos de manera desesperada. Se regodeó lamiéndole los epitelios, empinados como colillas de cigarro. Tarde o temprano tenía que suceder. Las abiertas insinuaciones de Nara dieron fruto. Y por algún motivo, en la cabeza de Judas existía la creencia de que, si se refugiaba en un hotelucho retirado, el acto podría ser menos sospechoso y, por tanto, exento de pena. Las escaleras que conducían al segundo nivel no estaban terminadas de pavimentar y la iluminación del corredor era tan pobre como el de una fonda de carretera. La habitación no iba en desmedro del conjunto arquitectónico. La cama no llegaba a ser siquiera de plaza y media. El baño tenía el lavatorio lleno de polvo y en la ducha había un cilindro con agua, dentro del cual flotaba una taza de plástico. Un foco amarillo sobresalía tristemente encima del espejo.

El proceso de desvestirse fue algo complicado. Judas no quería ver. Ni oler. No deseaba perpetrar un atentado contra su libido. Nara, por su parte, parecía ondear la consigna de mantener la lengua en constante movimiento. Sentada al borde de la cama, empezó a sacarse los pantalones. De espaldas a ella, Judas escuchó cuando tiró sus zapatos al suelo. Una corriente de aire helado se coló por un hueco de la ventana que daba a un basurero calle abajo. Nara se quejó del frío. Judas volteó abruptamente, decidido a acometer el trance. Abierta de piernas, Nara lo esperaba sobándose la agrietada cebolla. Judas sintió que revolotearon sus jugos gástricos. En ese momento pudo haber salido corriendo sin remordimientos de la alcoba. Aquel cuerpo yaciente le produjo indigestión. En verdad había que tener estómago para tirársela. Sin embargo no quería perderse el show de los gritos, tan aclamados, de Nara. Se acercó despacio y se echó a su lado para calentar su cuerpo con el de ella. Recién entonces apareció el olor. Sí, era un humor penetrante, pesado, de pie que ha caminado mucho y que no ha cambiado de zapato por días. Entonces sus labios se toparon con una superficie marrón, rugosa, áspera en el rostro. Si estaba intentando por todos los medios tener una erección convincente, estos detalles jugaban en su contra. De todos modos, Nara dominaba una depurada técnica. Con unos cuantos vapuleos bien balanceados logró levantar espectacularmente la víbora dormida. Pero Judas no escuchaba sus gritos. Sólo los de su mujer, mezclados con llanto, cuando regresara de viaje y descubriera lo que había hecho porque sus ojos no serían capaces de ocultarlo.

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