Polvos ilegales, agarres malditos (XL)

Fernando Morote

Mujer

—No puedo tener una conversación sana sin pensar en tirármelas. A todas tengo que buscarles algo, lo que sea, cualquier cosa. Si muestran un insignificante rasgo de apertura, lo convierto en una invitación franca. No puedo relacionarme de ninguna manera. La única forma de estar a salvo es mantenerme alejado. Necesito evitar el contacto, al punto de llegar a ser descortés, incluso agresivo, para permanecer tranquilo. Tendrían que ser demasiado ancianas o sufrir alguna atrofia muy notoria como para que no planee llevármelas a la cama.

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Lucas era su único amigo en la universidad. Alto como un álamo, de sólida contextura ósea, sus ojos azules sobresalían al color castaño de su pelo y resaltaban la palidez de su piel. Nunca andaba solo. Su novia, Regina, era el tipo de chica ruidosa que hablaba todo el tiempo, tenía siempre tema de conversación y reía fácilmente. Su esponjoso pelo y sojuzgadores labios le otorgaban un aspecto de fiera salvaje. Judas no cesaba de fantasear con sus espléndidas piernas rodeándole el cuello.

Una tarde, durante el primer intervalo de clases, mientras ella fumaba un cigarro apoyada a la baranda del pasillo que daba al patio de la facultad, le rozó el seno izquierdo. Otro día ofreció enseñarle algunos trucos de masoterapia en la región cervical. Semanas después sus dedos llegaron a destino: bordeando el contorno de la blusa ganaron el interior y bajaron la copa derecha del sostén para juguetear con el gracioso pezón erecto.

—¡Carajo! —exclamó Regina— Allá viene Lucas a recogerme.

Judas la invitó a salir el sábado por la noche.

—¿Tu mujer te da permiso? —preguntó ella, despidiéndose apurada.

Judas cabreó con éxito sus nuevas obligaciones de hombre casado y en el bar, para mantenerse alejado del tema, decidió indagar sobre su relación con Lucas.

—Quiere casarse —confesó Regina.
—¿Ah, sí?
—Es un celoso de porquería.
—Te cuida mucho.
—A veces me sofoca, me llama todo el día, quiere saber qué hago, con quién estoy, adónde voy.
—Debe ser estresante.
—No te imaginas cuánto.
—Pero es buen chico. Nos hemos hecho amigos. Además de ti ahora, es el único con quien hablo en realidad.
—Es buena gente, pero es un huevón.
—Andas con él de arriba para abajo.
—Me ayuda, hasta me hace los trabajos de la universidad.
—¿Mientras tú descansas?
—Yo tengo otras cosas que hacer.
—Eres media vaga, ¿no? Di la verdad.
—No es eso. Sólo que no me gusta perder el tiempo.
—No cualquiera haría lo que él hace por ti.

Regina viró drásticamente el timón.

—¿Por qué no tomas?
—Prefiero no hacerlo.
—¿Problemas?
—Me pasaría horas contándote.
—¿Te gusta bailar?
—No mucho.
—¿No te gustaría ir a bailar?
—¿Tú quieres?
—Claro, me encanta bailar.
—¿Adónde iríamos? No conozco ninguna discoteca por aquí.
—Yo conozco una. No está lejos. Podemos ir caminando.
—Si es lo que quieres, vamos.

Fuera del restaurante, minutos antes de las diez, para todos en Lima era sábado por la noche. Caminaron varias cuadras hasta llegar a una esquina colmada de gente formando una larga fila.

—Se ve que conoces bien la zona —dijo Judas.
—Acaban de remodelar este edificio, antes funcionaba aquí un tragamonedas, pero parece que el dueño tuvo problemas con la municipalidad y le cerraron el local, hace poco lo convirtieron en discoteca. Un par de cuadras más allá vivo yo con mi abuela, en un departamento.

Una vez adentro fueron directo a la barra. El barman no se daba abasto para satisfacer la demanda. Inútilmente intentaron buscar una mesa. El lugar estaba impenetrable. Las luces de colores viajaban a una velocidad desesperante. La música retumbaba las paredes. Tenían que gritarse en los oídos para poder escucharse. Una indomable ola de paroxismo colectivo los separó. El fluorescente sobre la barra iluminó de pronto un rostro conocido. Lucas tomaba un trago a solas, mirando con expresión melancólica el espectáculo del alborotado gentío convulsionando sobre la pista de baile. Instintivamente, Judas se agachó y se escurrió entre la multitud. Varios minutos después, a la distancia, divisó a Regina bailando con alguien. Bañada por completo en sudor, levantaba los brazos y movía las caderas al mejor estilo afro—latino—caribeño—americano. ¿Sabría ella que Lucas estaba allí? ¿Lo habría traído a ese lugar a propósito?

—¿Dónde has estado? —le increpó, cuando terminó la pieza— Te he buscado por todas partes.
—Y yo a ti. ¿Cómo estás?
—¿Te fijaste que en la barra está Lucas?
—Ya te dije. Es un huevón. Me sigue a todas partes.
—Sí, pero no quiero que nos vea juntos. Conozco otro sitio donde podemos ir.

Entrando a una calle adyacente de la avenida Petit Thouars, deslumbrada por el cartel iluminado, Regina le estrujó los dedos.

—¿Qué pasa? —preguntó Judas.
—Estamos muy cerca de mi casa —reclamó ella— Si alguien me ve aquí, voy a tener problemas.
—Mira la hora que es. Nadie va a verte, olvídate.

El Hotel Bombini, de cualquier modo, era un matadero barato. Pocas posibilidades de inesperados encuentros familiares.

—Apaga la luz —rogó Regina, apenas cerraron la puerta de la habitación.
—¿Por qué? —preguntó Judas.
—Me da un poco de roche.

Judas obedeció amablemente.

—Ahora vuelvo —dijo.
—Ok, baby.

Dentro del baño, se arrodilló sobre las losetas blancas y encomendó su desempeño en una oración. Pasó unos minutos mirándose fijamente al espejo. Al otro lado de la pared se podía oír claramente el fragor de una intensa actividad sexual. De regreso en la oscuridad, sólo por decir algo, preguntó:

—¿Dónde estás?

No escuchó respuesta.

—Vamos, no juegues conmigo.

Regina rascó un fósforo para encender un cigarro. Acto seguido lo sacudió violentamente. En la retina de Judas se imprimió la imagen de sus labios turgentes marcando la huella del colorete sobre el filtro amarillo.

—Aquí estoy, darling.

En un afán por demostrar su experiencia, mientras se quitaba pausadamente la ropa, Judas comentó:

—¿Sabes lo que decía Marilyn Monroe en una situación como ésta?
—¿Marilyn Monroe? —repitió Regina— ¿Qué decía?
—“Un trago antes, un cigarro después”.

Ambos rieron.

—Yo me tomé el trago bastante antes —dijo Regina— Y ahora me estoy fumando el cigarro. Pero todavía no ha pasado nada. ¿Estoy haciendo las cosas al revés?
—Estás haciendo las cosas maravillosamente.

Al tantear el borde de la cama, supo que ella estaba acostada boca abajo. Le acarició la cabeza y empezó a susurrarle cosas sucias al oído, iniciando un masaje desde la clavícula hasta el peroné. Al tacto de su piel fría, intuía sus vellos erizados. El instinto le daba las instrucciones, pero cuando enfrentaba un poco de tensión, o lo traicionaba la falta de desenvoltura, podía llegar a necesitar luz eléctrica para culminar la faena.

—Vamos, amorcito —la alentaba, pero en realidad se estaba dando ánimos a sí mismo.

Regina ponía su mejor empeño, lo abrazaba fuerte, le sobaba el espinazo, le frotaba las pantorrillas con las plantas de los pies.

—Mejor prende la luz —dijo al fin.

Judas parpadeó en la oscuridad. Transpiraba profusamente.

Sorry, baby —dijo Regina.
—No hay problema —contestó Judas— Tú perdóname a mí. Parece que necesitábamos más tiempo.

A la luz de la lámpara, observó detenidamente el cuerpo desnudo de Regina. Suspiró. Ella se había vuelto a echar boca abajo, cubriéndose el rostro con la almohada.

—Ven —le dijo Judas— Dame un abrazo.

Regina hesitó. Al fin apoyaron sus cabezas en silencio. Judas buscó en el punto más alto del cuarto algo que fuera capaz de transportarlo al espacio exterior.

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