Polvos ilegales, agarres malditos (XLII)

Fernando Morote

Oración

—“Estar casado es lo mejor que le puede pasar a un hombre. Es el estado perfecto, si ha encontrado la horma de su zapato”.
—¿Perdón?
—No lo digo yo. Raphael afirma eso en una entrevista.
—Hermano, Raphael es maricón.

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———-

La mujer del Zambo Florián casi lloraba al teléfono.

—Judas, necesito conversar contigo. ¿Podemos reunirnos en la parroquia de los Padres Oblatos a las doce?

Encontró a Soledad sentada sobre el borde de la pileta que adornaba el jardín. Tenía la mirada triste, perdida en el infinito.

—Hola, Soledad.
—Gracias por venir.

Judas tomó asiento a su lado.

—Cuéntame. En qué puedo ayudarte.

Soledad apretaba un pañuelo blanco en sus manos.

—No soporto más a Florián —empezó entre sollozos—. Se desaparece todas las noches. Me dice que va a las reuniones del grupo, o que tiene trabajo, y no llega hasta el otro día en un estado deplorable.
—Es verdad —comentó Judas—, llevo semanas de no ver a Florián en el grupo.
—Lo peor es que se gasta el dinero y nos deja sin comer. Se me parte el corazón, no sé qué responder cuando mi hijo reclama a su papá y lo ve llegar a la mañana siguiente, apestando a licor, a pasta, a putas, o maricones, ya no sé qué pensar…

Soledad lloraba ahora a moco tendido, su pañuelo blanco totalmente mojado.

—Lo siento mucho —dijo Judas, acariciándole el hombro—. Ya sabes que en estos casos, si uno no quiere parar, es imposible que otros lo frenen. Lo mejor que podemos hacer por él es orar.
—¿Orar? —preguntó Soledad incrédula, levantando la vista.
—Orar es el recurso más poderoso que podemos utilizar. La gente menosprecia la oración porque aparentemente significa resignarse, no hacer nada, pero es la mejor manera de ayudar a alguien. Todos somos, de una u otra forma, el resultado de las oraciones de otros.
—¿Crees que funcione?
—Te lo puedo asegurar.
—No lo sé…
—No te desalientes. El ambiente donde ustedes viven es complicado, el pobre Florián tiene que atravesar esos callejones llenos de fumones todas las noches cuando llega del trabajo, y eso hace tambalear a cualquiera, pero…
—Es cierto.
—Lo ideal sería que pudieran salir de allí, irse a vivir a otro lugar.
—No podemos. Lo que gana Florián apenas nos alcanza para comer, y se lo gasta todo en drogas. Mi mamá nos ha prestado su casa por un tiempo, pero no sé cuánto más podamos seguir allí si llega a enterarse de lo que él hace.
—Confía en la oración. Sé que es difícil, pero la fe se trata precisamente de creer en lo imposible.
—Cuando hablas así todo parece más fácil.
—No es fácil, pero es simple. Créeme.
—También está lo otro…
—¿Lo otro? ¿Qué es?
—Ay, Judas…

Soledad esbozó una sonrisa mirando hacia otro lado, presa de un dudoso rubor; apretó el pañuelo blanco entre sus manos.

—Anímate, cuéntame —insistió Judas— ¿Qué es?
—Tú sabes, soy mujer…
—¿Y?
—Las pocas noches que Florián llega a casa…
—¿Qué sucede?

Soledad permaneció en silencio unos instantes.

—Ni siquiera me toca —dijo al fin— Y cuando lo hace, no funciona.

Judas asintió con la cabeza.

—Entiendo. Cuando uno se droga pierde la fuerza, hasta las ganas.
—Pero a Florián…
—Cuál es el problema…
—Me da vergüenza decirte.
—Confía en mí.
—No se le para. Ni después de haber descansado varias horas.
—Me imagino. ¿Quieres que te diga una cosa?

Soledad lo miró con un renovado brillo en los ojos.

—A mí me pasaba lo mismo —declaró Judas.
—¿Sí?
—Seguro. Hasta llegué a pensar que me estaba volviendo…
—¡Ay, no! —interrumpió Soledad— ¿A tanto se puede llegar?
—Es que se pierde el deseo casi por completo. Ya eso no tiene ningún interés. Y…
—Pero ahora, ¿cómo estás?
—Ni te cuento.

Rieron en complicidad. Soledad guardó el pañuelo en el bolsillo trasero de su blue jean. Judas observó sus nalgas anchas, sólidas. Su macizo talle no hacía sino resaltar la abundancia de sus pechos y el grosor de sus piernas.

—Tu esposa debe estar feliz.
—Eso es lo que trato.
—Yo no podría decir lo mismo.
—Sólo debes tener un poco de paciencia.

Soledad rió con sorna.

—Cuando el cuerpo pide…

Judas completó la frase en su mente.

—¿Tienes algo que hacer esta noche?

Soledad fingió sorprenderse de la pregunta.

—¿Qué tal si te invito a tomar un café? —continuó Judas.
—Por qué no.

No fueron a tomar café, por supuesto.

—No prendas las luces —fue la solicitud de Soledad, al entrar a la habitación.
—Como tú digas —asintió Judas, ya ducho en aceptar estos requerimientos.

Se desvistieron midiendo sus movimientos. A Judas no le gustaba quitarse las medias. Prefería correr el riesgo de verse ridículo, desnudo con los calcetines puestos, a morirse de frío —y, en consecuencia, perder la inspiración— con los pies descalzos. Odiaba además usar condones, se enredaba en un nudo indesatable con el látex pegoteado entre los dedos. Soledad le ofreció los pechos inflamados y él se prendió de ellos como un recién nacido. Eran tal como se los había imaginado: pesados, la piel un poco áspera, tremendas las aureolas que rodeaban los pezones. Evitaba mirar hacia abajo. Era consciente de que ciertos detalles (el volumen estomacal de Soledad, por ejemplo) lo fulminaban letalmente, arrebatándole su poder de concentración. Reconocía que para ser un cuerpo grande, el orificio de penetración resultaba bastante estrecho. ¿O sería quizás su limitada destreza para ensartar el instrumento de una manera contundente? Lo desesperaba sentirse empapado por el sudor. Sin pizca de asco, le raspó con la lengua la fosa de ovulación. Concluido el trabajo preliminar, la colocó en posición para realizarle un obsesivo diagnóstico del colon. Se plantó detrás de ella y la descuartizó sin contemplaciones.

Fue aquel un polvo explosivo —la larga cabellera negra de Soledad cayendo como cortina sobre su rostro—, que se repitió tres o cuatro veces más en el mismo escenario. La última noche, Judas la embarcó en un taxi y decidió asistir luego a la reunión del grupo. En la primera fila de bancas estaba sentado con las piernas cruzadas el Zambo Florián. Pensó en automático: “¿Hijo pródigo o ajuste de cuentas?”. El Zambo Florián, al verlo, se levantó de un salto para correr a abrazarlo.

—¡Judas, hermanito! —exclamó con júbilo— ¡Qué alegría verte de nuevo! ¡Gracias por tus oraciones! ¡Aquí estoy otra vez! ¡Y te lo debo sólo a ti!

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