Erika y Laura

Francisco Legaz

Café

  Hay personas tan sabias que, en pocas palabras son capaces de definir el mundo. Pero las hay más sabias aún, porque no necesitan ni tan siquiera hablar para contarnos todo el universo. Así es Erika. Una mujer silenciosa y sabia, propietaria de un cuerpo por el que han pasado ya muchos años, pero que aún conserva, aunque ya solo sea en la mirada o en las manos, eso que los hombres siempre andan buscando desesperadamente.

   Erika, como todo el mundo, tiene un pasado. Un pasado lento y lleno de experiencias, de las que cualquiera quisiera tener. Ha viajado por todo el mundo, llevando a cabo diferentes trabajos. Habla varios idiomas y del amor, aún le quedan dos hijos maravillosos, porque su pareja murió accidentalmente, cuando era demasiado pronto, pero ya era tarde para Erika. Sus hijos ya se fueron y ella se ha quedado sola. Una soledad que parece elegida o voluntaria, pero que ella, como si la vida fuese un paseo por una playa, mojándose los pies en la orilla con las olas, sufre y disfruta, alternativamente.

   Me sentaba siempre muy cerca de ella en la terraza del bar y, a veces, me quedaba mirando a Erika fijamente, como distraído, mientras ella tomaba café y leía algún libro. Siempre estaba leyendo. Se conoce que los libros la servían para distraerse de la soledad, o quizás era la soledad, la que le permitía dedicarse a ellos.

   Vivía en Madrid desde hacía ocho o diez años. Se había instalado aquí, después de un largo peregrinar por el mundo, pasando por Japón, New York, Alemania y muchos más lugares. Pero daba la sensación de que un día hizo por última vez su maleta y regaló todo lo que no cupo en ella para venirse a vivir aquí para siempre.

   Yo me pasaba las mañanas sentado en la terraza del Círculo, como si fuese un espía o un detective. Observaba a la gente que paraba por allí y me gustaba, sobre todo, escuchar todas las conversaciones que podía. Así fue como conocí, poco a poco, a Erika, según fue hablando allí sentada, con unos y con otros y fue contándole a todo el mundo, más o menos lo mismo. Ella y yo nos saludábamos, pero nunca entablamos conversación alguna.

   Laura llegaba siempre a la terraza minutos antes de que Erika se marchara. Trabajaba cerca y disfrutaba de sus desayunos tomando una taza de café en compañía de Erika, que siempre se quedaba un poco más para charlar con ella.

   Laura era muy distinta. Era joven y muy atractiva y además tenía esa elegancia natural que tienen muchas personas y que es difícil de situar en el cuerpo, pero que en Laura, estaba claro que estaba localizada en la longitud de sus piernas. Unas piernas largas y bonitas, además de ser algo muy elegante, garantizan un enorme atractivo para una mujer.

   Laura parecía una intelectual. Su mirada era algo miope, lo que la hacía parecer aún más interesante. Era guapa e inteligente, aunque no demasiado, porque de serlo de verdad no se hubiera liado conmigo.

   Estuve mucho tiempo observando a las dos mujeres. Observando y escuchando sus conversaciones. Aprendiendo todo lo que se puede aprender de una conversación entre dos mujeres que es mucho.

   Laura y yo nos casamos y nos amamos como dos locos, tuvimos una niña preciosa y a los cuatro años nos divorciamos. Pero Erika, al cabo de tanto tiempo, aún seguía allí imperturbable, con sus cafés y sus libros siempre a vueltas. Y yo, después de aquel paréntesis en el que intenté, como tantas otras personas, ser feliz a través del amor, volví de nuevo a la terraza del Círculo.

   Aún recuerdo la última vez que Laura y yo estuvimos juntos. Me contó que había decidido irse a vivir con Erika, porque esta, le había confesado que, por las noches tenía miedo. Los robos estaban aumentando por la crisis y su casa era demasiado grande para ella sola. Por las noches se sentía indefensa. Yo le dije a Laura que no era normal que me dejara solo, para irse con aquella mujer. Entonces nos abrazamos como si nos estuviéramos despidiendo. En realidad era un abrazo de despedida, pero yo noté que, al juntar su cuerpo al mío, se instalaba en ella una placa de hielo, que ya se interpuso para siempre entre nosotros.

   Después me enteré de que Laura y Erika, después de unos meses juntas, habían decidido separarse y vivir de nuevo cada una en su casa.

   Laura se sentía sola a mi lado. Erika se sentía también sola y yo nunca llegué a integrarme en la compañía de Laura, por lo que los tres regresamos a nuestros estados iniciales. Y yo, volví a sentarme en mi mesa del Círculo, junto a la de Erika, que aún conservaba una mirada y unas manos que me volvían un poco loco. Y justo, cuando parecía que Erika ya se iba a ir, aparecía Laura, con sus preciosas piernas y su elegancia. Me miraba cariñosa y me saludaba. Yo la deseaba como cada mañana desde hacía años. Después se iban las dos y me dejaban allí solo y pensativo.

   Me sentía otra persona que se dedicaba a hacer lo mismo que la anterior que había ocupado mi cuerpo porque, creo que fue por aquel entonces, cuando me di cuenta de que es verdaderamente difícil ser el mismo constantemente y también descubrí que, el mayor enemigo que tenemos siempre acechándonos, es el olvido.

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Extraído de “Microantología del microrrelato II”, de Ediciones Irreverentes.

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