Las patrias cansan

Pedro A. Curto

Patria V

Budapest es una de esas hermosas ciudades atravesadas por un río, el Danubio, que la llena de puentes, que merece ser paseada por el buen visitante. Hace unos cuantos años dediqué bastantes horas a recorrer sus calles y observar la geografía urbana, desde su parte más monumental, hasta esos barrios grises y monótonos típicos del este. Luego partí en tren hacia Croacia y Eslovenia. En el primero de esos países existía entonces un conflicto bélico, que aunque no se desarrollase en su capital, Zagreb, hacía arder a la ciudad con banderas, slogans, retratos presidenciales y trajes militares. Aunque también era una bella ciudad, producía hartazgo un país empeñado en contar a todas horas, su historia, sus razones y la maldad de sus enemigos, su orgullo nacional… Y es que el ruido termina acallando el murmullo y la duda, que me parecen mucho más interesantes, reflexivas y profundas. Así regresé a Budapest, de donde partía mi avión, esperando dar unos últimos paseos al lado de ese sonido vibrante que son las aguas de un río. Pero las banderas habían engalanado la ciudad, algunas enormes, fotografías y slogans patrióticos por todas partes… Era una fiesta nacional y la existencia de minorías húngaras en otros países, al parecer no muy bien tratadas, era una de las razones para aquella exaltación nacional. Resulta curioso que ese patriotismo se produjera en un lugar invadido por marcas multinacionales. La ciudad que me pareció amable, resultaba con aquella envoltura, un tanto histriónica. Ese clima de exaltación nacional, del que es casi imposible huir, lo he sentido aquí varias veces, por razones políticas o futbolísticas (que no dejan de ser políticas) y resultan esencialmente, cansinas.

 Es comprensible que uno pueda sentirse orgulloso de su tierra, pero llevarlo a una exaltación paroxística, convertirlo en un todo, establecer una competición absurda con otras naciones, termina siendo irracional. Una de esas herencias mal entendidas del romanticismo. Porque cuestiones como la melancolía y el sentimiento, se convierten en banderas que ocultan otros problemas. No es casual que ante una crisis institucional como la actual, se haya recurrido, una vez más, a realizar llamamientos para esa exaltación patriótica.

 Resulta curioso que en un mundo donde los actuales estados nacionales se han convertido en instrumentos de supraestructuras económicas y multinacionales, siga existiendo esa efervescencia patriótica. O quizás precisamente por eso; agitar una bandera nacional, sirve para ocultar la poca soberanía que ésta tiene. Una patria puede tener sentido cuando es una comunidad fraternal que sirve a sus gentes para ser más libres, pero cuando no, es otra cosa. Muy a menudo, un traje uniforme al servicio del poder de turno.

 Eso lo sabía por ejemplo Rosa Luxemburgo, una polaca que desconfiaba de su propia tierra y se hizo alemana, que no dudó en polemizar con Engels y Lenin. O los anarquistas que nunca se han querido casar con banderas nacionales. Y Samuel Johnson, diciendo aquello de que “la patria es el último refugio de los canallas” que expresaba con rabia Kirk Douglas en la película Senderos de Gloria. Y Alejandra Pizarnik, poeta argentina e hija de emigrados rusos, escribía: “Tú que fuiste mi única patria, ¿dónde buscarte?” Y se refería a la música. Y la patria española, no ha sido de las mejores; desde hace mucho tiempo, por una u otra razón, es como un dolor de cabeza colectivo. Ya lo sabía Quevedo hacía cientos de años, cuando ante la depresión por haber sido desbancados como primera potencia mundial, escribía: “Miraron los muros de la patria mia/ si en un tiempo fuerte, ya desmoronados/ por la corva de la edad cansados, / por quien caduca ya su valentía. (…) Y no hallé cosa en que poner mis ojos/ que no fuese recuerdo de la muerte.”

 Y es que el oficio de ser español, entonces y ahora, resulta un trabajo muy pesado.

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