“Entre la tierra y el cielo”, de Horacio René Quinteros

Marita Rodríguez-Cazaux

Autor V

ENTRE LA TIERRA Y EL CIELO o “Dios ha puesto eternidad en el corazón del hombre”. (Eclesiastés 3:11)*                                       

¿Puede un sentimiento volverse atemporal? ¿Atravesar espejos pretéritos, acercar perfumes que conservan inalterable esencia? ¿Puede el amor habitar pasado, presente y futuro por universos insondables?

-Puede-, y lo comprobará quien se acerque a la dinámica literaria del libro de Horacio René Quinteros para hallar el “éxodo de las agujas del reloj” y despertar ENTRE LA TIERRA Y EL CIELO.

Basado en la realidad, “ese péndulo que se mece entre la vida y la muerte de cada uno de nosotros”, como afirma la literata Hilda Lucci en el impecable prólogo que avanza por cuerpo y alma de los dos enamorados y las inesperadas batallas que sortearán en cercanía al Umbral de la Muerte, el atrapante texto aporta estética original con diversas caligrafías góticas, recurso bien hallado que marca entonaciones y acentos que vigorizan trama  y clima.

Así, atraído por la leyenda -el propio Autor confiesa que “mi leyenda viene de otro tiempo”-, el personaje masculino, el Guerrero, cobijará sin finitud, amor, vida y muerte de Mary, bajo el hado de misticismo que circunda las grandes pasiones.

Horacio René Quinteros, quien es magnífico poeta -“El Alba” y “Sueños”, incluidos en la novela habrán de atestiguarlo- y un lector en abierta búsqueda de licencias literarias, logra  impecables tropos -“sangre de prisiones que llevaba aún en la muralla de su piel”-, imágenes de realismo tajante y sutiles descripciones con “cámara en la nuca”.

La historia da inicio a la medianoche, hora de misterios y conspiración mágica, ese instante “del merecido Milagro” que ambos personajes esperan.

Mary, “que temía por su alma acorralada cuando las lámparas se apagaban en el crepúsculo”, a quien es fácil imaginar de belleza delicada, tiene la sabiduría de los moribundos, ese escape de la carne que diviniza al que está gravemente enfermo, y es su voz la que reflexiona frente a las situaciones extremas, “La vida siempre va más allá de la muerte, y obedecer a las señales nos iluminará entre montes y ríos, suceda lo que suceda, nada esfumará la gloria de caer y levantarse, de vencer los barrotes de esa enorme jaula de hierro”, y, más adelante, “Caminamos hacia el fin, casi ocultos de nosotros mismos”.

Él, Guerrero y Poeta, héroe enviado a salvarla, se repliega de todo aquello que no sea “la rosa blanca que ha de salvarme de la noche y de las lanzas” y por ella, Mujer-rosa, cruza la odisea de paraísos perdidos.

Para tal designio, amar y combatir, el personaje masculino habrá de desdoblarse en primera y tercera persona, testigo o narrador omnisciente; metamorfoseándose, capítulo tras capítulo, sin perder su natural propio. Así, su condición se enaltecerá con la altura de su amada, tornándose superior para alcanzar la magnitud de Mary.

Si el enamoramiento es cuestión de química, entre ellos surge química y transformación, esa imagen tan bien hallada en Rayuela, “un rayo que te parte los huesos y te deja estacado en la mitad del patio”. Estacados, como la imagen propone, abiertos en cruz aunque en el más penetrado abrazo.

Resulta evidente que Horacio René Quinteros no escatima vehemencia y le apetece mostrarla, quizá porque sea esa la única manera de aunar Tierra y Cielo. Lo demuestra hacia el cierre, su poema, “La desventura”, escrito en tercera persona y que deja claro el batallar de esa intención:

 

Él la busca y no cesará hasta encontrarla

Él la busca con la rutina de velar por ella

Él la busca entre los jazmines y las rosas

Él la busca sin que nadie lo sepa

Él la busca en todas las cosas

Él la busca como el único tesoro del universo

Él la busca en la habitación y sentada a la mesa

Él la busca largamente en sus versos

Él la busca en cada lágrima del rocío

Él la busca entre los vivos y los muertos

Él la busca en los naipes del Tahúr

Él la busca perdido en el laberinto de su mente

Él la busca entre las gentes y las palabras

Él la busca en la sangre de los inocentes…

Él la busca y la seguirá buscando… a su Mary…

“Entre la Tierra y el Cielo”.

 

 Como corresponde a un lector de altura, a un hombre de sostenida meditación como Horacio René Quinteros, el libro remata y pareciera hallar su centro con un pensamiento de Shakespeare: “El dolor que no habla, gime en el corazón hasta que lo rompe”.

Sin embargo, es en la página 91 y con la prosa de Chuang-Tzu, donde imagino al Guerrero, rescatando la respuesta: “Él había soñado que era una mariposa. Más, al instante de despertar no sabía qué era… Un hombre que había soñado ser una mariposa o una mariposa que soñaba ser un hombre”. Allí, en ese universo apenas real, apenas soñado, donde apoyamos la punta del pie sin dejar huella, en  peregrinaje hacia la Luz verdadera.

* Frase extraída de la Introducción del libro (Página 14)

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HORACIO RENÉ QUINTEROS, (1970) Las Rosas, Pcia.de Santa Fe. Actualmente reside en Rosario. Escritor, ensayista y poeta de particular estilo creativo y originales licencias literarias.

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