Los dados

Miguel Ángel de Rus

Ciencia vs religión

Es cierto que todo lo que suponga conocimiento de la realidad, ciencia, despojar al hombre de su ignorancia animal, nos ha puesto siempre un poco nerviosillos, y que hemos cometido algunos pequeños excesos, como quemar vivo al astrónomo y filósofo Giordano Bruno principalmente por sus enseñanzas sobre los múltiples sistemas solares y sobre la infinitud del universo; o que el cardenal Belarmino, quien bajo el papado de Clemente VIII fue responsable de aquel pequeño error, hizo que se persiguiera al astrónomo Galileo Galilei por mantener su teoría Heliocéntrica, hasta lograr que fuera condenado a prisión perpetua y obligado a abjurar de sus ideas, con lo que salvó la vida. No es menos cierto que el filósofo Lucilio Vanini fue quemado por ateo y el científico Garcia de Orta fue quemado después de muerto por sus pecados. En todo caso tuvo mejor suerte que el médico Francisco Maldonado da Silva, que fue cristianamente quemado, pero vivo. En fin, son errorcillos equiparables al cometido con el naturalista José de Acosta, con el matemático y físico François d’Aguilón, con el arquitecto Alberto de Sajonia, con el científico Alberto Magno, con el meteorólogo José María Algue, con el historiador y cartógrafo José Antonio de Alzate y Ramírez, con el botánico Francesco Degli Castracane Antelminelli o con Giovanni Antonelli, director del Observatorio Ximenian de Florencia. Sin olvidar que nuestros queridos amigos protestantes quemaron en la hoguera a Miguel Servet, por sus teorías sobre la circulación pulmonar de la sangre. Pero hemos de acordar que todas las teorías que demuestran que la verdad es otra hacen que se resienta nuestro poder y eso es algo que no se puede permitir. Además, gracias a nuestro Dios, si hemos matado a alguien, al arrepentirnos quedamos libres de culpa. Y en todo caso, si no hubieran muerto por nuestra mano, Dios nuestro Señor habría acabado llevándoselos algo después. Nadie se queda aquí.

El rabino y el imán escucharon al sano y sonrosado sacerdote conteniendo a duras penas la risa. Asintieron jocosos con sus juiciosas cabezas y volvieron a mover los dados para continuar la partida.

En aquel momento entró en la rica estancia el esclavo ciego que le sirvió a cada uno sus bebidas, elegidas manteniendo el respeto a los sagrados preceptos morales de sus respectivas religiones.

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Extraído de “Microantología del microrrelato II”, de Ediciones Irreverentes.

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