La metamorfosis de Narciso

Juan Alberto Campoy

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A punto de salir de la Tate Modern, nos llamó María para decirnos que en seguida vendría. Mientras tanto, aproveché para castigar a mis amigos, que entre otras cosas están para eso, con una nueva versión de mi habitual crítica al arte moderno:

-Toda esa bazofia, esos Pollock, esos Kandinsky, esos Rothko, no son más que una tomadura de pelo. Alguien dijo que si a un mono le damos suficiente tiempo terminará escribiendo “El Quijote”. Aunque aporree las teclas de forma aleatoria, tarde o temprano el mono acertará con las letras exactas que contiene la magna obra de la literatura española. Y las pulsará en el orden adecuado. Sin embargo, estoy seguro de que aunque esos tres pintores dispusieran de toda la eternidad por delante serían incapaces de realizar algo mínimamente parecido a una obra de arte.

Como si hubiese sido disparado por un resorte, Nico tomó la palabra:

-Desde luego que tienes razón, pero, lamentable o afortunadamente, vivimos en un mundo finito. El mono ese nunca tendrá el tiempo necesario para poder escribir “El Quijote”. Aunque, en realidad, el mono en cuestión podría realizar su cometido en muy poco tiempo. Se trata de una mera cuestión de probabilidades. Es perfectamente posible, pero altamente improbable, que ya desde el principio el mono acierte con todas las teclas, desde la inicial letra “E” de “En un lugar de la mancha” hasta la letra “e” del “Vale” final de la novela. Pero la probabilidad de que esto ocurra, mi querido amigo, es tan pequeña que es prácticamente nula. Sería, más o menos, equivalente a la probabilidad de que en este mismo momento apareciera Scarlet Johansson y te dijera que eres el hombre de su vida. Lo que no entiendo de tu razonamiento es que afirmes que el pobre Pollock, dando brochazos al azar, no pudiera conseguir una obra maestra.

Esta fue mi respuesta:

-Dejando a un lado mis líos con la señorita Escarlata, que no vienen a cuento, y yendo a tu pregunta final, te diré que la razón de la imposibilidad de estos individuos, me niego a llamarlos artistas, de componer una obra de arte es bien sencilla: no saben lo que ello significa. Y al no saberlo, es complicado que lo logren. Piensan que una obra de arte es una cosa y, en realidad, es otra. Si, por pura chiripa, sus primeras pinceladas fueran tan atinadas que tras las mismas se vislumbrará la obra de arte al final del camino, en seguida se darían cuenta de que ellos no querían ir por ahí y modificarían por completo el cuadro, o incluso lo destruirían.  El mono, por el contrario, precisamente por pintar de forma aleatoria, puede llegar a pintar un Velázquez o un Goya. Con algo de suerte, eso sí.

No sé muy bien cómo, la conversación terminó girando en torno a la idea de Kant de que tanto el espacio como el tiempo no tienen existencia real y son sólo categorías que utilizamos para conocer el mundo. Aunque el tema pueda parecer inocuo, lo cierto que nos alteramos bastante. Sobre todo yo. Finalmente, Adolfo y Beatriz pusieron paz. Tampoco había que tomarse tan a pecho lo que dijera Kant, por muy filósofo y muy alemán que fuera.

De repente, cuando ya casi nos habíamos olvidado de ella, apareció María. Nos preguntó si habíamos visto algo que mereciera la pena. Le contesté que a mi lo único que me había gustado de todo el museo era un cuadro de Dalí que tenía el título de “La metamorfosis de Narciso”.

– No puede ser – nos dijo-. “La metamorfosis de Narciso” está aquí y no me había enterado. Con la de años que llevo viviendo en Londres… Os comunico que ese cuadro, bueno, un poster de ese cuadro, colgaba de mi cuarto en la época de la Universidad. Ahora mismo voy a verlo. Me encanta.

Y allí que nos fuimos. Mientras veía el cuadro por segunda vez, me puse a pensar en su título. Me preguntaba si de verdad alguien puede cambiar. No sólo Narciso: cualquiera. Me acordé de algo que había leído hacía poco. Según el humanista Pico de la Mirandolla, cuando Dios creo el mundo, dio a cada animal unas características concretas (de fuerza, velocidad, agilidad, etc)  y al hombre le confirió una característica muy peculiar: la de poder elegir sus propias características. El hombre podría moldearse según su propia voluntad. Aquello era un cuento muy bonito, pero me preguntaba si era cierto.

Al salir del museo fuimos a cenar. Terminada la cena, como ya era un poco tarde hubo algún que  otro amago de retirada. Finalmente María nos convenció de que fuéramos a “La Oficina”. “La Oficina” era su pub preferido, o, mejor dicho, era su pub, punto. Si no iba se caía el mundo. Cuando llegamos, faltaban dos minutos para la hora de cierre, pero alguien plantado en la puerta no quería dejarnos pasar. María se puso seria:

-Llevo muchos años viviendo en este país y conozco perfectamente mis derechos y mis obligaciones. Y entre mis derechos está poder entrar en los pubs antes de las once de la noche. Y entre mis obligaciones no está, en ningún caso, obedecer a un individuo que quiere obstruir mi acceso a un lugar público de forma arbitraria.

 Finalmente, la capacidad de persuasión de María se impuso y nos tomamos unas cuantas pintas, menos ella que se tomó un vinito blanco. Al salir y antes de que tuviéramos tiempo de decidir cómo regresaríamos, María ya había parado un taxi. Le dimos al taxista la dirección de la casa de Beatriz, donde estábamos todos alojados. Le indicamos, también, que se encontraba al lado del puente de Putney. Esta última circunstancia no se nos olvidaba a ninguno: durante esos días Adolfo hizo gala unas cuantas veces de su erudición musical diciéndonos que Ramoncín tenía una canción que empezaba precisamente así: “El último punki se suicida en Putney Bridge”. El caso es que el taxista no nos hizo el menor caso y se fue a la punta más alejada de la larguísima calle donde vivía Beatriz para luego recorrerla casi en su integridad hasta dar con el número solicitado. En resumidas cuentas, que, por un viaje que nos hubiera costado unas 8 libras, si se hubiera realizado de la forma más directa, pretendía cobrarnos 27 libras. Un auténtico caradura. Está visto que no sólo hay taxistas timadores en España o, como habitualmente se dice, que “en todas partes se cuecen habas”. El poeta César Moro dijo que en todas partes se cuecen habas, pero que en su país, en Perú, no se cuece otra cosa. Yo creo que no es el caso de España, que aquí se cuece de todo, así que no se me enfade el gremio de los taxistas.

Le dijimos al taxista que no había seguido nuestras instrucciones y que había dado una vuelta enorme de forma innecesaria, por lo que no estábamos dispuestos a pagarle lo que nos pedía. Como mucho le pagaríamos 8 libras. Tras escuchar nuestra contraoferta   – por decirlo de algún modo – el taxista se hizo el ofendido. Por la cara que ponía y los ademanes que realizaba, se diría que una cuadrilla de españoles medio asilvestrados intentaba aprovecharse de su buen carácter. Tras un momento de tensión, dijo que nos iba a llevar a una comisaría y que allí se arreglarían las cosas. Apenas se inmutó durante el trayecto subsiguiente. A pesar de lo anómalo de la situación, hizo gala de una flema extraordinaria. Debía de ser británico de pura cepa. Nosotros tampoco estábamos preocupados. A mi, en concreto, la situación me hacía cierta gracia. Si era verdad, como pretendía, que iba a dar parte a la Policía, el único que tendría problemas sería él: no sólo la razón estaba de nuestra parte, sino que además era la opinión de uno contra la de cinco.

En cualquier caso, como ya era bastante avanzada la madrugada y no teníamos ganas de seguir dando tumbos por Londres, llegó el momento en que empezamos a manifestarle nuestro malestar. María le espetó:

-Llevo muchos años viviendo en este país y conozco perfectamente mis derechos y mis obligaciones. Y entre mis derechos está poder elegir el trayecto más corto cuando quiero desplazarme en taxi. Y entre mis obligaciones no está, en ningún caso, permanecer encerrada en un vehículo contra mi propia voluntad.

El taxista, ni caso.

A continuación, Adolfo se decidió a hablar:

-Yo creo, señor taxista, que su comportamiento no está siendo del todo adecuado. A pesar de que nuestras indicaciones sobre el modo de dirigirnos al destino han sido muy detalladas, usted no las ha seguido. No conocemos cual ha sido la razón de esta actitud, pero el caso es que no las ha seguido. Supongo que dialogando civilizadamente podríamos llegar a un acuerdo beneficioso para ambas partes.

El taxista, ni caso.

Al rato, yo, que ya me estaba crispando un poco, dije a voz en grito:

-You are a very nice person! You are really a very nice person!

El taxista, ni caso.

Después de dar unas cuantas vueltas, el taxista se lo pensó mejor y nos llevó de nuevo a la casa de Beatriz. Acordamos pagarle 10 dólares. Los tomó y se fue.

Una vez en su casa, Beatriz, que no había dicho nada en todo el rato, soltó:

-No sé, chicos, quizá hayamos sido injustos con él. Quizá tenía razón y no había intentado engañarnos. Quizá fuera una buena persona.

Nico, que tampoco había dicho esta boca es mía, le respondió:

-Sí, desde luego es posible que tengas razón. Se trata de una mera cuestión de probabilidades. Un taxista inglés, por puro despiste, puede dirigirse a la otra punta de Londres a pesar de que la dirección que le indiquen se encuentre muy cerca. Pero la probabilidad de que esto ocurra, mi querida amiga, es tan pequeña que es prácticamente nula. Sería, más o menos, equivalente a la probabilidad de que, en este mismo momento, apareciera Scarlet Johansson y le dijera a Juan que es el hombre de su vida.

Tenía ya tanto sueño que ni le respondí. Me fui directamente a la cama. Creo que ellos también se acostaron pronto.

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