El traslado

Teresa Galeote

MudanzaII

Salomón miraba cómo aquellos hombres iban dejando la casa vacía; cargaban muebles y demás objetos, los metían en un enorme camión y volvían, una y otra vez, hasta que no quedó nada sobre suelos, paredes y techos. Salomón salió al balcón. Oyó un estrepitoso ruido antes de ver al camión alejarse. Un tanto asombrado, Salomón miró el nuevo aspecto de la casa. Qué grande. Aquí puedo correr sin miedo a tropezarme con los muebles. Y Comenzó a correr de un lado a otro del salón con total desenfreno. Javier, desde la otra esquina, le miraba y sonreía; lo que más le gustaba de Salomón eran sus ojos; muy negros y saltones. Javier aseguraba que los ojos de Salomón veían más allá que los del resto de la familia.

Mientras Salomón saltaba, Javier rememoró el día que sus padres le llevaron a casa; fue un gran acontecimiento. Todos le acogieron con cariño. Bueno…, todos menos Ernestina; a ella no le hizo mucha gracia su llegada. Desde aquel día fueron frecuentes las discusiones entre Ernestina y Javier. La madre decía que Ernestina estaba un poco celosa, pero que con el tiempo acabaría acostumbrándose a  la presencia de un miembro más en la familia.

De pronto, Salomón dejó de correr y fue junto a Javier; parecía inquieto. Javier le abrazó; le abrazaba siempre  que le veía nervioso. Le explicó que todo aquel lío era porque se trasladaban a otra ciudad; que la empresa donde trabajaba papá le había enviado a otra sucursal y debían marcharse con él. Javier no se dio cuenta que, desde el quicio de la puerta, Ernestina les miraba con un extraño destello en los ojos. Al poco, la hermana apareció en la estancia lentamente, recreándose en cada paso que daba, mientras exclamaba: “estoy sedienta; necesito beber agua”. Javier siguió acariciando a Salomón mientras le explicaba que en unas horas acabaría aquel lío, que después de comer emprenderían el  viaje en tren.

Efectivamente. Comieron en un restaurante cercano y regresaron para recoger las maletas. Mientras metían el equipaje en el coche que esperaba frente a la puerta de la casa, Ernestina tomó a Salomón en sus brazos y comenzó a acariciarle. La madre, complacida con el cambio de actitud de su hija, miró a Javier mientras le dirigía un pensamiento: “Qué te dije, Javier. Era cuestión de tiempo“.

Ya en el tren, colocaron las maletas y se acomodaron en los asientos que tenían asignados. “Levantar continuamente las casa no es bueno para los niños” comentó la abuela; expresión que repetía siempre que se trasladaban de lugar. Elvira, mujer de Evaristo, asintió con una sonrisa e inmediatamente aseveró: “Mejor así que estar separados, madre, mejor así”.

El tren partió a las 18:30, como estaba previsto. En el mismo momento que la madre comprobaba que llevaba los billetes en el bolso, Javier lanzó un tremendo grito. “¿Dónde está Salomón? Ernestina, iba contigo”, afirmó Javier. Ella, con una sonrisa diabólica, contestó: “A él no deben gustarle los traslados. Primero, lanzó un lastimero ladrido y después saltó del taxi”.

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