Polvos ilegales, agarres malditos (XXVIII)

Fernando Morote

PeluqueroI

—Puedes esperar y desear muchas cosas con respecto a tu mujer, pero el caso concreto es que aquí el único que debe cambiar eres tú.

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Judas sabía que Gabriel era sincero.

—De todos estos galifardos, tú eres el único al que le puedo confiar mis sentimientos.

Judas sentía especial empatía por él. Lo admiraba porque reconocía que para ser maricón, en el Perú, había que ser muy valiente. Y su amigo era un claro ejemplo de ello. Producto de una madre sobreprotectora, que lo trató siempre como mujer, comprándole y adornando su cuarto con muñecas de toda clase, desquitando de algún modo la frustración de no haber podido tener nunca una hija, Gabriel creció sintiéndose una niña. Fue un buen estudiante en el colegio, responsable y preocupado. Cuando se hizo adolescente consiguió trabajo como ayudante en una peluquería. Allí aprendió el oficio, estudió estilismo y años después montó su propio negocio. Entonces fue cuando lo conoció. Rodo lo puso sobre aviso cuando se lo presentó:

—A este cabrón le gusta que le pongan los mojones contra el tráfico.

Enjuto de complexión, solía usar zuecos o mocasines de cuero, sin calcetines, y chaquetas cortas con el cuello levantado. Desde el primer día hubo una conexión entre ambos. A diferencia de sus amigos, Judas distinguía entre los maricones aquellos con clase, e interiormente cultivados, de los que sólo hacían el ridículo comportándose como féminas disforzadas.

Un viernes hacia las cuatro de la tarde fue a visitarlo, pero encontró la peluquería misteriosamente cerrada. Ante la ausencia de respuesta,intentó mirar adentro por entre los afiches pegados a la mampara de vidrio. Tijeras, ruleros, secadoras, guantes de plástico por doquier. Asomó el oído a la puerta.

—Empuja… empuja…
—¡Jala tú!

¿La voz de Rodo?

—¡Dale, puta de mierda!

Sí, no cabía duda que una de ésas era la voz de Rodo. Retiró instintivamente la vista y apuntó hacia una de las entradas de la galería.

—¡Apúrate, que viene mi marido!

Esta vez Judas reconoció la voz de Gabriel. Decepcionado, recordó las bromas de Rodo dejándole mensajes en el celular cuando volvió de California:

—Hola, guapo. ¿Cómo está tu cosita el día de hoy? Qué lástima no haberte encontrado. Mi ano está sudando de deseo por ti, papi. Quiero que me lo seques. Cuando puedas, llámame por atrás…

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