Estaba escrito

Adriana Lisnovsky

Mujer

       Atrapada en una burbuja de resignación, Mabel, sentía cómo desperdiciaba la vida al lado de Ricardo. Él prometía, juraba, le contaba planes incongruentes, la envolvía… y terminaba por convencerla.

       En lo que iba del año, llevaba perdidos tres empleos. Nunca por culpa de él. Había sido el destino, estaba escrito. Pero ya iba a llegar la gran oportunidad, ya iban a salir de pobres, algo grande (acorde a su capacidad, que hasta ahora nadie había descubierto) los sacaría de la mediocridad, de en medio de un mundo de mediocres que no apreciaban su talento.

     “Está escrito, Mabelita. Todo está escrito, como decía mi vieja, en paz descanse”. Mientras esperaban el designio de un destino escrito vaya a saber por quién, ella mantenía la casa, cuidaba a los chicos, limpiaba y todavía, tenía que consolar a un marido con aires de genio, que se tiraba en un sillón, a esperar la oportunidad y de paso mirar todo partido de fútbol trasmitido por aire o por cable, a la sombra del cielorraso descascarado, que a ella comenzaba a aplastarla.

    ─Comprá el Clarín, Ricardo. Levantate a las seis de la mañana y salí a buscar cualquier cosa. No te van a golpear la puerta para ofrecerte trabajo, movete.

    ─Ay, Mabelita, qué poca fe. Si te digo que está escrito, está escrito. Mirá cuando mi vieja…

   ─Terminala con tu vieja, Ricardo. Sabés qué, me tenés podrida con tu vieja.

      Aquel invierno había llegado helado y lluvioso. La estufa estaba rota y el calefón andaba día por medio. El agujero en la suela del zapato de Mabel, dejaba que se metieran entre sus dedos el frío de los adoquines, a veces los mismos pies eran dos adoquines. Especialmente los días en que le tocaba la patrona del centro. Dos horas de viaje en el colectivo trucho, boleto más barato. Ricardo se lo había dicho “Mabelita, te conviene el trucho, son dos mangos menos, con eso que te ahorrás me traés los fasos. Ves, si uno piensa un poco, se puede hacer economía”. Cuando ella volvía a las cinco de la tarde, le preparaba el mate, le daba los cigarrillos e invariablemente escuchaba: “tuve un presentimiento, no te imaginás, hasta se me puso la piel de gallina. Yo debo ser medio perceptivo, no vidente como mi vieja, pero puedo sentir cuando se acerca algo grande, esta vez salimos de pobres”. Y seguía, “sabés quién vino a verme, Cacho, el del taller. Ese tipo es buena leche. Me dijo que se había ido un electricista, si quería agarrar. Pero vos sabés que estoy para más. Lo de los autos ya fue, ahora quiero abrir mi propia empresa, con lo que te conté, te acordás, el sistema de luces auto recargable. Cacho me tiró buena onda, él también cree en el destino. Metele para adelante, me dijo. ¿No te parece un buen presagio?”

   ─No, me parece una boludez- dijo Mabel saliendo para ir a buscar a los chicos al colegio. Ya en la puerta de calle, escuchó a Ricardo:

   ─Sabés cómo te quiero ¿no? Contestame.

   ─Yo también.

      Sí, lo quería. Increíble, inevitablemente, lo quería.

       La temperatura no subía y el hijo menor, estaba resfriado. Por favor, que no se enfermara, con el precio de los remedios y lo poco que… mejor no pensar.

       Martes. Era el día de la señora de Caballito. Una mujer muy exigente. Mabel volvía tan cansada, que su cuerpo parecía de algodón. Entró a la casa y Ricardo estaba en bata. Qué hacés sin vestir, le dijo.

    ─Lo que pasa, es que anoche no te conté Mabelita. Casi no dormí. Tuve un sueño, un sueño que si me decís que el destino no existe… Escuchá: yo estaba en un salón muy lujoso, con alfombra roja y todo. De repente entrabas vos, vestida de novia. ¡Preciosa! Yo estaba en pijama, qué loco ¿no? Te miré a los ojos y justo ahí, entraba Cacho vestido de cura. Nos iba a casar. Cacho era el cura, andá pensando. Decía, acepta a esta mujer y todo lo demás. Entonces yo sacaba el anillo del estuche. Vos alargabas la mano y cuando te lo estaba poniendo, veía que en vez de piedra, el anillo tenía una lamparita auto recargable, que brillaba más que un sol. A vos se te llenaban los ojos de lágrimas. De repente aparecía mi vieja, vestida como Evita, con un cartel en la mano, porque en el sueño era muda. ¿Sabés qué decía el cartel?: TODO ESTÁ ESCRITO, NO SE PUEDE ESCAPAR AL DESTINO. Cacho, vos y yo, llorábamos y en ese momento se encendían miles de lamparitas auto recargables y los tres empezábamos a reírnos sin parar y ahí la que lloraba era mi vieja. Pero de emoción, viste cómo era ella. Después me desperté.

    ─Y Ricardo, uno sueña cualquier cosa.

    ─¡No Mabel! ¿No te das cuenta? Son todos presagios. Lo de las lamparitas va a funcionar, Cacho me va a ayudar y mi vieja, con ese cartel, me quiere decir que llegó el momento. Se va a cumplir lo que estaba escrito.

    ─¿Y yo?

     ─Vos…vos estabas hermosa… No quiero perder tiempo, lo voy a ver a Cacho. Cuando vuelvo me hacés unos mates.

     Mabel comenzó a juntar  juguetes y sacó de la heladera la carne para las milanesas. Mientras tanto, llenó el lavarropas e hizo la cama, siempre la aguardaba deshecha. Se sentó unos segundos y contempló sus manos. Ajadas y sin ningún anillo. La alianza la había tenido que vender, cuando el nene más chico tuvo bronquitis, para poder comprar el antibiótico. En ese momento llegó Ricardo.

    ─Y, qué pasó ─dijo Mabel.

    ─Hablé con Cacho. Le conté lo del sueño y entonces le propuse una sociedad. Le dije que yo ponía la idea, la de las lamparitas y él, el capital. Nos vamos a llenar de guita, está escrito, Gordo. Le dije eso y ¿sabés con lo que me salió? Que él no estaba para negocios locos, que tenía que mantener una familia. Pero que si quería el laburo de electricista, estaba a tiempo, todavía no habían tomado a nadie.

    ─Aceptaste ¿no? Por lo menos por ahora, Ricardo.

    ─Pero Mabel, vos me estás cargando. Cómo voy a aceptar. Encima no te  das cuenta de que no se puede confiar en nadie. Después pensé, que el del sueño, no debía ser Cacho. Era gordo, pero la cara no se la pude ver bien. Tengo que esperar. Vos tranquila, el sueño no va a fallar. Fue una premonición. Dale, cebate unos mates.

      Mabel no le contestó. Puso la pava en el fuego. Llenó el mate de yerba, lo llenó demasiado. Tanto que le costó clavar la bombilla. La vista le quedó fija en ese recipiente enlozado y descascarado, medio azul y medio negro. El agua hervía. Sin poner azúcar, empezó a echar el agua hirviendo dentro del mate, despacio, con la vista fija en un objeto al cuál no le encontraba sentido. El agua comenzó a desbordar, caliente cómo estaba,  rebalsó el mate, saliendo, lo chorreó, cayó por la mesada, siguió por el piso, hasta que le llegó al agujero del zapato y sintió el calor en el pie. El mate se había desbordado.

Que se lo cebara él.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .