El cobarde

Vsevolod Garshin

 

 

 

Definitivamente, la guerra no me permite estar tranquilo. Veo claramente que se dilata, y decir cuándo acabará es difícil. Nuestros soldados siguen siendo los extraordinarios soldados que fueron siempre, pero el enemigo resultó no ser tan débil como pensábamos; y he aquí que ya han pasado cuatro meses desde que fue declarada la guerra, y todavía no hemos logrado ningún éxito decisivo. Y, mientras tanto, cada día que pasa se lleva a centenares de personas. Tal vez sea cosa de mis nervios el que los telegramas con las cifras de muertos y heridos provoquen en mí una impresión mucho más fuerte que en quienes me rodean. Otro lee tranquilamente: «Las pérdidas de los nuestros son insignificantes. Herido tal oficial; muertos de grado inferior, 50; heridos, 100», y aún se alegra de que sean pocos. Sin embargo, en lo que a mí respecta, la lectura de esa información hace que inmediatamente se me represente ante los ojos todo un cuadro sangriento. Cincuenta muertos, cien mutilados, ¡una cosa insignificante! ¿Por qué nos indignamos tanto cuando los periódicos dan la noticia de algún asesinato, cuando las víctimas son algunas personas? ¿Por qué el aspecto de los cadáveres atravesados por las balas, tirados en el campo de batalla, no nos golpea con el mismo horror que el aspecto del interior de la casa saqueada por el asesino? ¿Por qué sobre la catástrofe en los terraplenes de Tiligulski, que costó la vida a varias decenas de personas, habló, y mucho, toda Rusia, y al asunto de la avanzadilla con pérdidas «insignificantes», también de varias decenas de personas, nadie le presta atención?

Hace unos cuantos días, Lvov, un estudiante de medicina conocido mío con el que frecuentemente discuto sobre la guerra, me dijo:

—Ya veremos, pacifista, cómo aplica sus convicciones humanitarias cuando le recluten como soldado y se vea obligado a disparar a la gente.

—A mí, Vasili Petróvich, no me reclutarán: estoy inscrito en la milicia.

—Sí, si la guerra se alarga, echarán mano hasta de la milicia. No se envalentone, su tumo también llegará.

Se me encogió el corazón. ¿Cómo no se me había ocurrido eso antes? Realmente echarán mano hasta de la milicia, aquí no hay nada imposible. «Si la guerra se alarga…». Sí, seguramente se alargará. Y si no se prolonga mucho esta guerra, de todas formas comenzará otra. ¿Por qué no luchar? ¿Por qué no realizar grandes hechos de armas? Me parece que la guerra actual es sólo el principio de las futuras, de las cuales no nos libraremos ni yo, ni mi hermano pequeño, ni el hijo de pecho de mi hermana. Y mi turno llegará muy pronto.

¿Dónde se meterá tu «yo»? Tú protestas con todas tus fuerzas contra la guerra, y aun así la guerra te obligará a echarte el arma al hombro, te obligará a ir a morir y a matar. ¡No, eso es imposible! Yo soy un joven tranquilo, de buen corazón, que hasta ahora sólo conocía sus libros, el aula, la familia y unas cuantas personas cercanas, que piensa en comenzar su propio trabajo dentro de uno o dos años, una tarea de amor y verdad; yo, al fin, acostumbrado a observar el mundo objetivamente, acostumbrado a ponerlo delante de mí, que pienso que en todas partes sé ver el mal existente y por lo tanto huyo de ese mal, veo todo mi edificio de tranquilidad derrumbado, y a mí mismo enfundado en los mismos harapos con agujeros y manchas que hace un instante sólo miraba. Y ningún progreso, ningún conocimiento propio ni del mundo, ninguna libertad espiritual me darán la triste libertad física, la libertad de disponer del propio cuerpo.

Lvov se ríe cuando empiezo a exponerle mi indignación frente a la guerra.

—Relaciónese de manera más simple con las cosas, querido amigo: la vida le resultará más fácil —dice—. ¿Cree que a mí me resulta agradable esta carnicería? Además de traer desgracia a todos, a mí me hace daño personalmente, no me permite completar los estudios. Dispondrán la graduación acelerada, y nos enviarán a cortar brazos y piernas. Y sin embargo no me dedico a hacer reflexiones inútiles sobre el horror de la guerra, porque por mucho que piense no haré nada para acabar con ella. Verdaderamente, es mejor no pensar y dedicarse a los asuntos propios. Y si me mandan a curar heridos, voy y los curo. Qué se le va a hacer: en semejantes circunstancias es necesario sacrificarse. Por cierto, ¿sabe usted que Masha va como hermana de la caridad?

—¿De veras?

—Lo decidió anteayer, y hoy ha ido a hacer prácticas de vendaje. Yo no la disuadí; sólo le pregunté cómo piensa arreglárselas con sus estudios. «Terminaré los estudios después —dijo—, si sobrevivo». Pues nada, que vaya mi hermanita, algo bueno aprenderá.

—¿Y qué dice Kuzma Fomich?

—Kuzma no dice nada, pero una melancolía atroz se ha apoderado de él y ha abandonado completamente los estudios. Me alegro por él de que mi hermana se vaya: verdaderamente, el hombre se consume, sufre, se ha convertido en su sombra, no hace nada. ¡En fin, cosas del amor! —Vasili Petróvich movió la cabeza—. Y ahora se fue corriendo para traerla a casa, ¡como si ella no hubiera andado por la calle siempre sola!

—Me parece, Vasili Petróvich, que no es bueno que él viva con ustedes.

—Por supuesto que no es bueno, pero ¿quién podía preverlo? Para mi hermana y para mí, este piso es grande, sobra una habitación. ¿Por qué no habríamos de alojar en ella a una buena persona? Y una buena persona la cogió y quedó pillado. A mí, la verdad, ella también me irrita: ¡¿en qué es Kuzma peor que ella?! Es bondadoso, nada tonto, bueno. Y a buen seguro ella no se fija en él. En fin, váyase de mi habitación, no tengo tiempo; si quiere ver a mi hermana con Kuzma, vaya al comedor; llegarán pronto.

—No, Vasili Petróvich, yo tampoco tengo tiempo; ¡adiós!

Nada más salir a la calle, vi a María Petrovna y a Kuzma. Caminaban callados:

María Petrovna, con una expresión de concentración forzada en el rostro, delante, y Kuzma, un poco de lado y detrás, sin atreverse a ir a su lado y lanzando de vez en cuando una mirada de soslayo a su rostro. Pasaron a mi lado sin percatarse de mi presencia.

No puedo hacer nada y no puedo pensar en nada. He leído sobre la tercera batalla de Plevna. Hubo doce mil bajas entre rusos y rumanos, eso sin contar a los turcos… Doce mil… Esta cifra tan pronto flota ante mí en forma de signos como se extiende en forma de cinta infinita de cadáveres que yacen uno al lado del otro. Si se colocaran hombro con hombro, se formaría un camino de ocho verstas… ¿Qué es esto?

Me habían contado algo sobre Skóbelev, que se lanzó a no sé dónde, que atacó no sé qué, tomó no sé qué reducto o lo cogieron en él…, no recuerdo. En este espantoso asunto no recuerdo ni veo más que una cosa: una montaña de cadáveres que sirve de pedestal a grandiosos hechos de armas que se incluirán en las páginas de la historia. Es posible que esto sea necesario; no pretendo juzgarlo, y además no puedo hacerlo; no razono sobre la guerra, me refiero a ella visceralmente, indignado por la cantidad de sangre derramada. El toro, ante cuyos ojos matan a toros como él, siente, seguramente, algo parecido… No comprende para qué sirve su muerte, y mira con ojos desorbitados la sangre, y brama desesperado con una voz que desgarra el alma.

¿Soy o no soy un cobarde?

Hoy me han dicho que soy un cobarde. Bien es verdad que lo ha dicho una persona muy frívola, ante quien he expresado el temor de ser reclutado como soldado y mi noluntad de ir a la guerra. Su opinión no me ha afligido, pero me ha suscitado una cuestión: ¿no soy en efecto un cobarde? ¿Puede ser que toda mi indignación contra lo que los demás consideran un gran hecho de armas sea fruto de que temo por mi propio pellejo? ¿Merece realmente la pena preocuparse por una insignificante vida cualquiera cuando se está ante un gran asunto? En definitiva, ¿soy capaz de arriesgar mi vida por alguna causa?

No he dedicado mucho tiempo a estas cuestiones. He rememorado toda mi vida, todas aquellas situaciones —en verdad no muchas— en las que me vi cara a cara con el peligro, y no he podido culparme de cobardía. No temía por mi vida entonces y no temo ahora. Así que no es la muerte lo que me asusta…

Continuamente nuevas batallas, nuevas muertes y sufrimientos. Leído el periódico, no soy capaz de acometer nada: en el libro, en lugar de letras, hay tiradas hileras de personas; la pluma parece un arma que le hace al blanco papel negras heridas. Si sigo así, acabaré teniendo auténticas alucinaciones. Además, ahora me ha surgido una nueva preocupación que me distrae un poco de unos y otros pensamientos deprimentes.

Ayer por la tarde fui a casa de los Lvov y los encontré tomando té. El hermano y la hermana estaban sentados a la mesa, y Kuzma caminaba deprisa de un rincón a otro, agarrándose con la mano el rostro hinchado y cubierto con un pañuelo.

—¿Qué te pasa? —le pregunté.

No respondió, simplemente movió la mano y siguió caminando.

—Le duelen las muelas, se le hizo un flemón y un absceso enorme —dijo María Petrovna—. En su momento le dije que fuera al doctor, pero no me hizo caso, y ahora he ahí el resultado.

—El doctor viene ahora, he ido a llamarlo yo —dijo Vasili Petróvich.

—No era necesario —dijo entre dientes Kuzma.

—¿Cómo no va a ser necesario, si se te puede hacer un derrame subepitelial? Y aun así sigues caminando sin hacer caso a mi ruego de que te acuestes. ¿Sabes cómo acaba esto a veces?

—Me da igual cómo acabe —masculló Kuzma.

—En absoluto, no da todo igual, Kuzma Fomich. No diga tonterías —dijo suavemente María Petrovna.

Estas palabras fueron suficientes para tranquilizar a Kuzma. Incluso se sentó a la mesa y pidió un té. María Petrovna lo sirvió y le tendió el vaso. Cuando cogió el vaso de su mano, su rostro adoptó la más entusiasta de las expresiones, y esa expresión iba tan poco con su ridículo y deforme mentón inflamado que no pude por menos que sonreír. Lvov también sonrió. Sólo María Petrovna miraba a Kuzma con compasión y seriedad.

Llegó un doctor fresco, saludable como una manzana, muy alborozador. Cuando examinó el cuello del enfermo, su rostro, de natural alegre, se tornó preocupado.

—Vayamos, vayamos a su habitación: necesito examinarlo bien.

Fui tras ellos a la habitación de Kuzma.

El doctor lo acostó en la cama y comenzó a examinar la parte superior del pecho, palpándola cuidadosamente con los dedos.

—Bien, haga el favor de quedarse tumbado tranquilo y no se levante. ¿Tiene amigos que sacrificarían un poco de su tiempo por usted? —preguntó el doctor.

—Creo que sí —contestó Kuzma en un tono perplejo.

—Les pediría —dijo el doctor dirigiéndose a mí amablemente— que a partir de hoy hicieran guardia junto al enfermo y que, si apareciera algo nuevo, vinieran a buscarme.

Salió de la habitación. Lvov lo acompañó al recibidor, donde hablaron de algo durante un buen rato a media voz, y yo me fui adonde María Petrovna. Estaba sentada pensativa, con la cabeza apoyada en una mano y moviendo lentamente con la otra la cucharita en la taza de té.

—El doctor ordena hacer guardia al lado de Kuzma.

—¿Es posible que haya realmente peligro? —preguntó con inquietud María Petrovna.

—Probablemente lo hay; si no, ¿para qué habrían de ser esas guardias? ¿No se opone a cuidarlo, María Petrovna?

—¡Por supuesto que no! Vaya, aún no he ido a la guerra y ya tengo que hacer de hermana de la caridad. Vayamos con él, que le resultará muy aburrido estar solo en la cama.

Kuzma nos recibió sonriendo, en la medida en la que se lo permitía la hinchazón.

—Aquí están, gracias —dijo—. Pensaba que se habían olvidado de mí.

—No, Kuzma Fomich, ahora no nos olvidaremos de usted: hay que hacer guardia a su lado. He aquí a lo que lleva la desobediencia —dijo María Petrovna sonriendo.

—¿Y estará usted? —preguntó cohibido Kuzma.

—Estaré, estaré, pero tiene que hacerme caso.

Kuzma cerró los ojos y se sonrojó de placer.

—Ay, sí —dijo de pronto, dirigiéndose a mí—, dame, por favor, un espejo; está ahí, sobre la mesa.

Le di un pequeño espejo redondo. Kuzma me pidió que le iluminara y con ayuda del espejo se miró la parte enferma. Tras esta revisión, su rostro se oscureció, y, a pesar de que los tres tratamos de entretenerlo con conversaciones, no dijo ni una palabra en toda la tarde.

Hoy me han asegurado que pronto necesitarán a los milicianos; lo esperaba y no me ha sorprendido especialmente.

Podría esquivar el destino que tanto temo, podría servirme de algún conocido influyente y quedarme en Petersburgo, permaneciendo al mismo tiempo en el servicio militar. Me «colocarían» aquí aunque fuera ejerciendo las funciones de escribiente. Pero, en primer lugar, me fastidia recurrir a semejantes medios, y, en segundo, algo en mi interior, que no consigo definir, cuestiona mi actitud y me prohíbe eludir la guerra. «No está bien», me dice la voz interior.

Sucedió algo que de ningún modo esperaba.

Llegué hoy por la mañana para ocupar el sitio de María Petrovna cerca de Kuzma, y ella me recibió en el umbral pálida, agotada por la noche en vela y con los ojos llorosos.

—¿Qué pasa, María Petrovna?, ¿qué le ocurre?

—Más bajo, más bajo, por favor —susurró—. Sepa que todo ha acabado.

—¿Qué ha acabado? No se habrá muerto, ¿no?

—No, todavía no ha muerto…, pero no hay ninguna esperanza. Los dos doctores… Es que llamamos a otro… —Las lágrimas le impedían hablar—. Vaya y vea… Vayamos con él.

—Antes límpiese las lágrimas y beba agua; si no, lo afligirá del todo.

—Da igual… ¿Acaso él no lo sabe ya? Él ya lo sabía ayer, cuando pidió el espejo. Si él mismo iba a ser pronto doctor…

Un olor pesado de anfiteatro anatómico llenaba la habitación en la que estaba acostado el enfermo. Su cama había sido movida al centro del cuarto. Las largas piernas, el tronco grande y los brazos estirados a los lados del cuerpo se dibujaban con claridad bajo la manta. Los ojos estaban cerrados, la respiración era lenta y pesada. Me pareció que había adelgazado en una noche. Su rostro había tomado un matiz terroso atroz y estaba pegajoso y húmedo.

—¿Qué le pasa? —pregunté con voz apagada.

—Que él mismo… Quédese con él, yo no puedo.

Ella se fue tapándose el rostro con las manos y estremecida por los sollozos contenidos, y yo me senté cerca de la cama y esperé a que Kuzma se despertara. En la habitación había un silencio sepulcral; sólo el reloj de bolsillo, situado sobre la mesita cercana a la cama, tabaleaba su queda cancioncilla, y se escuchaba la pesada e infrecuente respiración del enfermo. Le miraba a la cara y no lo reconocía; no es que sus facciones hubieran cambiado demasiado: es que yo lo veía desde un prisma completamente nuevo para mí. Conocía a Kuzma desde hacía tiempo y éramos camaradas (aunque entre nosotros no había una especial amistad), pero nunca había tenido que ponerme en su lugar como ahora. Recordé su vida, los fracasos y las alegrías, como si fueran míos. De su amor a María Petrovna hasta el momento sólo había visto el lado más cómico, pero ahora había comprendido qué tormentos debía haber experimentado este hombre. «¿Es posible que realmente esté en un peligro tan grande? —pensé—. No puede ser. No puede morir una persona por un tonto dolor de muelas. María Petrovna llora por él, pero se curará y todo irá bien».

Abrió los ojos y me vio. Sin cambiar la expresión de la cara, comenzó a hablar despacio, haciendo una pausa después de cada palabra:

—Hola… Ya ves cómo estoy… Llegó el final. Se acercó cautelosamente de una forma tan inesperada…, tontamente…

—Kuzma, dime qué te pasa realmente. Tal vez no sea tan malo.

—¿Que no es malo, dices? No, hermano, muy malo. En estas tonterías no me equivoco. ¡Mira!

Lenta, metódicamente, abrió la cama, estiró el camisón, y me vino un insoportable olor a cadáver. En el lado derecho, a partir del cuello, en el espacio que ocuparía la palma de una mano, el pecho de Kuzma estaba negro, como aterciopelado, con un ligero matiz gris azulado. Era gangrena.

Ya llevo cuatro días sin pegar ojo junto a la cama del enfermo, ora en lugar de María Petrovna, ora en lugar de su hermano. La vida apenas se sostiene en él, pero se resiste a abandonar del todo su fuerte cuerpo. Le extirparon el trozo de carne muerta y lo tiraron, como un trapo, y el doctor nos ordenó lavarle cada dos horas la enorme herida resultante de la operación. Cada dos horas, a dúo o en trío, nos acercamos a la cama de Kuzma, giramos e incorporamos su enorme cuerpo, destapamos la terrible úlcera y le echamos a través de un tubo de gutapercha agua con ácido fénico. Salta por la herida, y Kuzma de vez en cuando encuentra fuerzas incluso para sonreírse, «porque —explica— me hace cosquillas». Al igual que toda la gente que rara vez está enferma, le gusta mucho que le cuiden, como a un bebé, y, cuando María Petrovna toma, como él dice, «las riendas del gobierno», es decir, el tubo de gutapercha, y comienza a regarlo, suele estar especialmente contento y dice que nadie sabe hacer esto con tanta habilidad como ella, a pesar de que el tubo a menudo tiembla en sus manos por la emoción y toda la cama acaba empapada en agua.

¡Cómo ha cambiado su relación! María Petrovna, que era para Kuzma algo inaccesible, a lo que temía incluso mirar, que prácticamente no le prestaba atención, ahora con frecuencia llora en silencio, sentada junto a su cama, cuando él duerme, y lo cuida con ternura; y él acepta tranquilamente sus atenciones, como debidas, y habla con ella exactamente de la misma manera que lo haría un padre con su hija pequeña.

A veces sufre mucho. La herida le arde, la fiebre lo sacude… Entonces me vienen a la cabeza extraños pensamientos. Kuzma me parece único, uno de aquellos de los que se componen las decenas de miles escritas en los partes. Por su enfermedad y sus sufrimientos, trato de medir el mal causado por la guerra. Cuánto tormento y tristeza hay aquí, en una habitación, en una cama, en un pecho, y todo esto no es más que una gota en el mar de la pena y el tormento experimentados por una enorme masa de personas a las que envían adelante, mueven hacia atrás y apilan en los campos en montones de muertos, incluso cuerpos que gimen y se revuelven ensangrentados.

Estoy completamente agotado por el insomnio y los penosos pensamientos. Tengo que pedir a Lvov o a María Petrovna que me sustituyan, y dormiré aunque sólo sea un par de horas.

Dormía como un tronco, acurrucado en un pequeño diván, y me desperté espabilado por unas sacudidas en los hombros.

—¡Levántese, levántese! —decía María Petrovna.

Salté de la cama y al principio no entendía nada. María Petrovna susurraba algo rápido y asustada.

—¡Manchas, manchas nuevas! —entendí por fin.

—¿Qué manchas?, ¿dónde están las manchas?

—¡Ay, Dios mío, no entiende nada! A Kuzma Fomich le han salido manchas nuevas. Ya he mandado a buscar al doctor.

—Tal vez en vano —dije con la indolencia propia de una persona recién despertada.

—¡Cómo que en vano!, ¡mírelas usted mismo!

Kuzma dormía, tendido cuan largo era, un sueño pesado y agitado; movía la cabeza de un lado a otro y de vez en cuando gemía sordamente. Tenía el pecho descubierto, y vi en él, por encima de la vieja herida, cubierta con un vendaje, dos nuevas manchitas negras. La gangrena había penetrado en profundidad bajo la piel, se había extendido por debajo de ella y había aflorado en dos lugares. Antes de esto ya tenía pocas esperanzas de que Kuzma se curara, pero estos dos categóricos indicios de muerte me hicieron palidecer.

María Petrovna estaba sentada en un rincón de la habitación, las manos caídas sobre las rodillas, y me miraba en silencio con ojos desesperados.

—No se desespere, María Petrovna. Vendrá el doctor y lo mirará; es posible que aún no esté todo perdido. Es posible que todavía podamos ayudarle.

—No, no podremos ayudarle, se muere —susurró.

—Vaya, no podremos ayudarle, se muere —le respondí igual de bajo—. Por supuesto, esto es una gran desgracia para todos nosotros, pero no puede consumirse así por la pena. ¿Se ha visto? En estos días se ha convertido en algo parecido a un cadáver.

—¿Acaso no sabe el tormento que estoy padeciendo estos días? Yo misma no puedo explicarme por qué. Realmente no le amaba, y parece que ahora tampoco le amo como él a mí, pero se muere y se me rompe el corazón. Todo me recordará su mirada fija, su permanente silencio ante mí, a pesar de que sabía hablar y le gustaba hablar. Me quedará para siempre en el alma un reproche: que no me apiadé de él, que no valoré su inteligencia, su corazón, su cariño. Puede ser que esto incluso os parezca ridículo, pero a mí me atormenta la idea de que si le hubiera amado habríamos vivido de otra manera, todo habría sucedido de otro modo, y esta terrible y absurda circunstancia tal vez no se habría dado. Piensas y piensas, te justificas y te justificas, pero en el fondo del alma algo repite: «Culpable, culpable, culpable…».

Llegados a este punto, miré al enfermo —temía que nuestro susurro le despertara—, y vi un cambio en su rostro. Se había despertado y había escuchado lo que María Petrovna estaba diciendo, pero no quería demostrarlo. Sus labios temblaban, sus mejillas se habían encendido, como si su rostro hubiera sido iluminado por el sol, igual que se ilumina el prado mojado y triste cuando corren las nubes que se cernían sobre él y dejan asomar el sol. Seguramente se había olvidado de la enfermedad y del miedo a la muerte; un solo sentimiento había llenado su alma y derramado dos lágrimas de sus temblorosos párpados cerrados. María Petrovna lo miró durante unos instantes como si estuviera asustada, después se ruborizó; una tierna expresión apareció en su rostro e, inclinándose sobre el pobre moribundo, lo besó.

Entonces él abrió los ojos:

—¡Dios mío, qué pocas ganas tengo de morir! —dijo.

Y en la habitación súbitamente se oyeron unos extraños sonidos sordos, como sollozos, completamente nuevos para mis oídos, porque nunca antes había visto a este hombre llorando.

Salí de la habitación. Faltó poco para que yo mismo no me deshiciera en llanto.

A mí tampoco me apetece morir, y a todos esos miles tampoco les apetece morir. Al menos Kuzma en sus últimos minutos ha encontrado consuelo, pero ¿allí? Kuzma, en lugar de miedo a la muerte y sufrimiento físico, experimenta tal sentimiento que difícilmente cambiaría los minutos actuales por cualesquiera otros de su vida. ¡No, eso no tiene nada que ver! La muerte siempre será la muerte, pero entre morir rodeado de las personas cercanas y queridas, o revolcado en la suciedad y la propia sangre, esperando que de un momento a otro vengan y te rematen, o que pasen los cañones y te aplasten como a un gusano…

—Se lo digo sinceramente —me comentó el doctor en el recibidor, poniéndose el abrigo de piel y los chanclos—: en semejantes circunstancias, con tratamiento hospitalario, mueren noventa y nueve de cien. Lo único que me hace tener esperanzas es el cuidado minucioso, el excelente estado de ánimo del paciente y su ardiente deseo de sanar.

—Todos los enfermos desean sanar, doctor.

—Por supuesto, pero en el caso de su amigo hay algunas circunstancias amplificadoras —dijo el doctor con una sonrisita—. Bueno, esta tarde haremos la operación, le abriremos un nuevo orificio, le pondremos un drenaje para proceder mejor con el agua, y esperaremos que vaya bien.

Me estrechó la mano, se arrebujó en su abrigo de oso y se fue a hacer sus visitas; por la tarde apareció con el instrumental.

—¿Le gustaría, mi futuro colega, hacer la operación para practicar? —se dirigió a Lvov.

Lvov otorgó de cabeza, se remangó las mangas y con una expresión entre seria y sombría se puso manos a la obra. Vi cómo metía en la herida un instrumento asombroso de punta triangular, vi cómo la punta atravesaba el cuerpo, cómo Kuzma se aferraba con las manos a la cama y comenzaban a castañetearle los dientes de dolor. —Venga, no te comportes como una mujercita —le dijo taciturno Lvov poniendo el drenaje en la nueva herida.

—¿Duele mucho? —preguntó con ternura María Petrovna.

—No duele tanto, querida, pero me he debilitado: estoy extenuado.

Lo vendaron, le dieron vino y Kuzma se tranquilizó. El doctor se fue, Lvov se retiró a su cuarto y María Petrovna y yo nos pusimos a ordenar la habitación.

—Recoloquen la manta —pronunció Kuzma con voz sorda—. Hay corriente.

Comencé a arreglarle la almohada y la manta siguiendo sus propias indicaciones, las cuales hacía de manera muy reparona asegurando que en alguna parte cerca del codo izquierdo había un pequeño agujero por el que entraba aire y pidiendo que remetiéramos mejor la manta. Yo intentaba hacerlo lo mejor posible, pero, a pesar de toda mi diligencia, a Kuzma tan pronto le entraba aire por el costado como por los pies. —Qué torpe eres —gruñía por lo bajo—, otra vez me entra aire por la espalda. Déjala a ella.

Echó una mirada a María Petrovna, y me quedó muy claro por qué yo no conseguía complacerle.

María Petrovna posó el frasco con la medicina que sostenía en las manos y se acercó a la cama.

—¿La rehago?

—Rehágala… Qué bien… ¡Calor!

La miró mientras ella se las apañaba con la manta; después cerró los ojos y con una expresión infantil de felicidad en el agotado rostro se durmió.

—¿Se irá a casa? —preguntó María Petrovna.

—No, he dormido perfectamente y puedo quedarme, pero si no soy necesario me voy.

—No se vaya, por favor; hablemos aunque sólo sea un poco. Mi hermano se pasa el día con sus libros, y a mí estar sola con el enfermo cuando duerme y pensar en su muerte me resulta muy penoso, ¡muy duro!

—Sea fuerte, María Petrovna; las hermanas de la caridad tienen prohibidos los pensamientos penosos y las lágrimas.

—Ya, y no lloraré cuando sea hermana de la caridad. En cualquier caso, no será tan duro atender a los heridos como a una persona tan cercana.

—¿Irá a pesar de todo?

—Iré, por supuesto. Sane o muera, de igual modo iré. Ya me he hecho a esa idea y no puedo abandonarla. Me apetece hacer una buena obra, quiero guardar recuerdos sobre los días buenos, luminosos.

—Ay, María Petrovna, me temo que no verá luz en la guerra.

—¿Por qué? Voy a trabajar: he ahí la luz. No importa haciendo qué, quiero participar en la guerra.

—¡Participar! ¿Acaso no le provoca horror? ¿Usted me dice eso?

—Se lo digo. ¿Quién le dijo que a mí me gusta la guerra? Sólo que… ¿Cómo explicárselo? La guerra es el mal; usted, yo y muchos más así lo vemos. Pero es que es inevitable. Le guste o no le guste, existirá, y, si usted no va a luchar, cogerán a otro, y a pesar de todo esa persona será mutilada y atormentada por la campaña. Tengo miedo de que no me entienda, porque me expreso mal. Pues bien, a mí me parece que la guerra es la desgracia común, el sufrimiento común, y quizá sea lícito esquivarla, pero a mí no me parece bien.

No dije nada. Las palabras de María Petrovna habían expresado con toda claridad mi vaga aversión a evadir la guerra. Yo mismo sentía lo que ella siente y dice, pero pensaba de otro modo.

—Vaya, parece que usted sólo piensa en cómo quedarse aquí si le reclutan como soldado —continuó—. Me lo contó mi hermano. Usted sabe que le quiero mucho, por buena persona, pero este rasgo suyo no me gusta.

—¡Qué le vamos a hacer, María Petrovna! Diferentes opiniones. ¿Cuál es mi responsabilidad en esto? ¿Acaso empecé yo la guerra?

—Ni usted ni ninguno de los que ahora mueren en ella o morirán. Ellos tampoco habrían ido si hubieran podido evitarlo, pero no pudieron, y usted puede. Ellos van a luchar, y usted se queda en Petersburgo, vivo, sano, feliz, simplemente porque usted tiene conocidos a los que les da pena enviar a una persona conocida a la guerra. No seré yo quien se atreva a juzgar; puede ser que eso sea incluso justificable, pero no me gusta, no.

Sacudió enérgicamente la rizada cabeza y se calló.

Por fin, aquí está. Hoy me he vestido con el capote gris y ya he degustado las raíces del aprendizaje… en el manejo de las armas. Todavía me retumba en los oídos:

—¡Firrrmes! ¡De dos en fon-do! ¡Atención!, ¡en guarrrdia!

Y he permanecido firme, me he puesto de dos en fondo y he hecho sonar el fusil. Y después de algún tiempo, cuando comprenda suficientemente la sabiduría de ponerse de dos en fondo, me asignarán a una partida, nos subirán al tren, nos llevarán, nos distribuirán por los regimientos, nos colocarán en los puestos dejados por los muertos…

Bueno, eso da igual. Todo ha terminado; ya no me pertenezco, sigo la corriente; ahora lo mejor es no pensar, no razonar y aceptar sin críticas todas las casualidades de la vida y tal vez sólo aullar cuando duela…

Me han colocado en una sección especial del cuartel, para privilegiados, que se diferencia del resto en que en lugar de una tarima para dormir tiene camas, pero a pesar de todo está muy sucia. Donde están los reclutas no privilegiados es realmente repugnante. En tanto tiene lugar la distribución por los regimientos, viven en un enorme cobertizo, un antiguo picadero: lo dividieron con yacijas en dos pisos, trajeron paja y permitieron a sus inquilinos temporales acomodarse como se les ocurriera. En el pasillo que va por el medio del picadero, la nieve y la suciedad, metidas del patio por las personas que constantemente están entrando, se han mezclado con la paja y han formado una especie de fango inconcebible, y la paja que queda a los lados tampoco está totalmente limpia. Varios cientos de personas permanecen de pie, se sientan y se tumban en ella en grupos formados por conterráneos: una auténtica exposición etnográfica. Yo también busqué paisanos de distrito. Los altos y desgarbados ucranianos, con svitkas nuevas y gorros de astracán, estaban tumbados muy juntos en grupo y no hablaban. Había unos diez.

—Hola, hermanos.

—Hola.

—¿Hace mucho que salisteis de casa?

—Casi dos semanas ya. ¿Y quién es usted? —me preguntó uno de ellos.

Les dije mi nombre, que les resultó a todos conocido. Al encontrar a un compatriota se animaron un poco y entablaron conversación.

—¿Aburridos? —pregunté.

—¡Cómo no aburrirse! Esto es horrible. Si al menos nos dieran de comer…Porque la comida es… ¡Dios mío!

—¿Adónde os enviarán ahora?

—¡Quién sabe! Parece que adonde los turcos…

—¿Y os apetece ir a la guerra?

—A mí no se me ha perdido nada allí.

Les pregunté por nuestra ciudad, y el recuerdo del hogar les soltó la lengua. Se pusieron a hablar de una boda no muy lejana para la que se habían vendido un par de bueyes y de que, al poco de celebrarse, el novio había sido llamado a filas; del ujier del juzgado, «que cien diablos le agarren por el pescuezo»; de la falta de tierras, a causa de lo cual este año varios cientos de personas de los pueblos de Markovka se habían planteado ir a Amur… La conversación se mantenía únicamente en el terreno del pasado; del futuro, de las dificultades, los peligros y los sufrimientos que nos esperaban a todos nosotros, nadie decía nada. Nadie se preocupaba por averiguar algo sobre los turcos, sobre los búlgaros, sobre el asunto por el que iba a morir.

Un soldado borracho de un destacamento local que pasaba por allí se paró frente a nuestro grupo y, cuando yo hablé de nuevo de la guerra, declaró con autoridad:

—Batir a ese turco se debe.

—¿Se debe? —pregunté, riéndome sin ganas de la seguridad de la sentencia.

—Así es, barín, que no quede ni rastro de su nombre impuro. Porque ¡cuántos tormentos tenemos que soportar todos nosotros por su revuelta! Si él, por ejemplo, sin revuelta, estuviera agradecido, tranquilo…, yo estaría en casa, con mis padres, con mejor pinta. Sin embargo, él alborota, y la amargura es para nosotros. Tengan la seguridad de que digo la verdad. ¡Un cigarrillo, por favor, barín! —cortó súbitamente, cuadrándose ante mí y llevándose la mano a la gorra.

Le di un cigarrillo, me despedí de mis compatriotas y me fui a casa; había terminado mi turno de servicio.

«Él alborota, y la amargura es para nosotros», me resonaba en los oídos la voz ebria. Lo dijo breve y confusamente, pero la frase era insuperable.

En casa de los Lvov, tristeza, abatimiento. Kuzma está muy mal, a pesar de que la herida se ha limpiado: una fiebre terrible, delirios, gemidos. Los hermanos no se alejaron de él en ningún momento mientras yo estuve ocupado con el ingreso en el ejército y la instrucción. Ahora, al saber que voy a partir, la hermana se ha puesto aún más triste y el hermano todavía más taciturno.

—¡Ya de uniforme! —dijo cuando le saludé en la habitación, llena de libros y humo de tabaco—. Ay, ustedes, gente, gente…

—Y bien, ¿qué clase de gente somos nosotros, Vasili Petróvich?

—Ustedes no me dejan estudiar, ¡eso es lo que pasa! Y no tengo tiempo, no me dejan acabar el curso, me envían a la guerra; y hay tantas cosas que quedan sin aprender…; y además están usted y Kuzma.

—Vale, supongamos que Kuzma muere, pero ¿qué tengo que ver yo?

—¿Acaso no morirá usted? Si no le matan, se volverá loco o se pegará un tiro en la cabeza. ¿Acaso no le conozco y acaso no hubo casos?

—¿Qué casos? ¿Es que conoce algo semejante? ¡Hable, Vasili Petróvich!

—¡Déjelo, no es necesario acongojarle más todavía! Es perjudicial para usted. Y yo no sé nada, lo dije por decir.

Pero le insistí y me expuso su «caso».

—Me lo contó un oficial artillero herido. Acababan de salir de Kishiniov, en abril, justo después de que se declarara la guerra. Llovía sin cesar, los caminos habían desaparecido, se formó tal fango que los cañones y los carros avanzaban hundidos hasta el eje, a tal punto que los caballos no los sacaban, y engancharon las cuerdas a la gente. En la segunda jornada el camino era horroroso: en diecisiete verstas, doce colinas, y entre ellas, todo un cenagal. Entraron y se detuvieron. La lluvia que azota, el cuerpo empapado; les entró hambre, estaban extenuados, pero era necesario tirar. Y, por supuesto, tira que te tira, la gente caía de bruces en el fango, desvanecida. Por fin llegaron a un tremedal por el que era imposible avanzar, ¡y aun así continuaron esforzándose! «Lo que sucedió allí —dijo mi oficial— ¡hasta recordarlo es horrible!». Había un doctor joven con ellos, de la última promoción, una persona nerviosa. Llora. «No puedo —dice— soportar este espectáculo, me marcharé adelante». Se marchó. Los soldados cortaron ramas, hicieron casi una presa completa y al fin se pusieron en marcha. Subieron la batería a la montaña: miran, y el doctor cuelga de un árbol… Ahí tiene usted el caso. El hombre no pudo soportar ese tipo de tormentos, conque, ¿cómo los va a sobrellevar usted por sí mismo…?

—Vasili Petróvich, ¿no es más fácil soportar el tormento por uno mismo que castigarse como ese doctor?

—No veo qué hay de bueno en que a usted mismo le unzan al yugo.

—La conciencia no me va a atormentar, Vasili Petróvich.

—Bueno, esto, querido mío, es algo sutil. Hable con mi hermana de ello: es experta en estas sutilezas. Tanto si se trata de roer los zancajos de Anna Karénina como de disertar sobre Dostoievski, ella puede; y esta cuestión, seguramente, ha sido analizada en alguna novela. ¡Adiós, filósofo!

Se echó a reír bondadosamente de su broma y me tendió la mano.

—¿Adónde va?

—A Vyborg, a la clínica.

Entré en la habitación de Kuzma. No estaba dormido y se sentía mejor de lo habitual, según me explicó María Petrovna, que seguía sin moverse de la cabecera del enfermo. Él todavía no me había visto de uniforme, y mi aspecto le afectó negativamente.

—¿Te dejan aquí o te envían al ejército? —preguntó.

—Me envían, ¿es que no lo sabes?

No dijo nada.

—Lo sabía, pero lo olvidé. Yo, hermano, ahora en general poco recuerdo y comprendo… Bueno, pues vete. Es necesario.

—¡Y tú, Kuzma Fomich!

—¿Y yo qué? ¿Acaso no es verdad? ¿Cuáles son tus méritos para que te perdonemos? ¡Vete, muere! Hay gente más necesaria que tú, más trabajadora, y va… Arréglame la almohada… Así está bien.

Hablaba en voz baja y con irritación, como vengándose de alguien por su enfermedad.

—Todo eso es cierto, Kuzma. ¿Es que no voy? ¿Es que yo protesto en nombre propio? Si eso fuera así, me quedaría aquí sin más discusiones: conseguirlo no es difícil. No lo hago: me necesitan, y voy. Pero por lo menos que no me impidan tener mi propia opinión sobre esto.

Kuzma estaba acostado, con los ojos clavados en el techo, como si no me escuchara. Por fin, lentamente, volvió la cabeza hacia mí.

—No tomes mis palabras al pie de la letra —dijo—. Estoy agotado y enfadado y, realmente, no sé por qué la tomo con la gente. A decir verdad, me he vuelto muy gruñón: debe de ser que pronto llegará la hora de morir.

—Vamos, Kuzma, anímate. La herida se limpió, está cicatrizando, todo va a mejor. Ahora toca hablar de vida, no de muerte.

María Petrovna me miró con enormes y tristes ojos, y de pronto recordé cómo dos semanas atrás me había dicho: «Nada, no sana, morirá».

—¿Y qué pasará si de verdad revivo? ¡Estaría bien! —dijo Kuzma sonriendo levemente—. A ti te envían a pelear, y María Petrovna y yo iremos, ella como hermana de la caridad y yo como médico. Y estaré a tu lado, ocupándome de ti herido, como tú estás ahora a mi lado.

—Basta de charlas, Kuzma Fomich —dijo María Petrovna—. Es malo para usted hablar mucho, y es hora de que comience su suplicio.

Se puso a nuestra disposición; lo desnudamos, quitamos el vendaje y empezamos a trabajar sobre su enorme pecho mutilado. Y cuando yo dirigía el chorro de agua a los sangrientos lugares desnudos (a la expuesta y brillante, como nácar, clavícula; a la vena, que atravesaba toda la herida y yacía limpia y libre), aquello no era una herida en una persona viva sino una preparación anatómica, y pensaba en otras heridas, mucho más horribles y apabullantes en calidad y cantidad y, además, causadas no a ciegas, por hechos irracionales, sino por acciones conscientes de personas.

No escribo en este cuaderno ni una palabra acerca de lo que ocurre y lo que siento en casa. Las lágrimas con las que me recibe y me despide mi madre, una especie de pesado silencio que acompaña mi presencia en la mesa común, la bondad cortés de mis hermanos y hermanas, todo eso es duro de ver y escuchar, pero escribir sobre ello es aún más duro. Cuando piensas que dentro de una semana tendrás que dejar todo lo que te es más querido en el mundo, se te hace un nudo en la garganta…

Y por fin, la despedida. Mañana por la mañana, al amanecer, nuestro regimiento se va por vía férrea. A mí me han permitido pasar la última noche en casa; y estoy sentado solo en mi habitación, ¡por última vez! ¡Por última vez! ¿Sabe alguien que no haya experimentado una última vez semejante la amargura de estas tres palabras? Por última vez se ha dispersado la familia, por última vez yo he venido a esta pequeña habitación y me he sentado a la mesa, iluminada por la lamparilla que me es conocida, llena de libros y papeles. Hacía un mes que no me acercaba a ella. Por última vez cojo en la mano el trabajo comenzado y lo miro. Se interrumpió y yace muerto, abortado, absurdo. En lugar de terminarlo, te vas, con miles como tú, al fin del mundo, porque la historia necesitó tus fuerzas físicas. De las intelectuales olvídate: nadie las necesita. ¿Qué importa que antes de esto, durante muchos años, las hayas desarrollado, te hayas preparado para aplicarlas? Al enorme y para ti desconocido organismo, del cual eres una parte insignificante, le apeteció cortarte y tirarte. ¿Y qué puedes hacer contra semejante deseo tú,

… tú, dedo del pie?

En cualquier caso, ya basta. Es hora de acostarse y procurar dormir; mañana hay que levantarse muy temprano.

Pedí que no me acompañara nadie al tren. Las despedidas que se alargan arrancan lágrimas superfluas. Pero cuando ya estaba sentado en el vagón abarrotado de gente, sentí en el alma una soledad tan agobiante, tal tristeza, que creo que habría dado cualquier cosa por pasar unos minutos con cualquiera de mis seres queridos. Por fin llegó la hora marcada, pero el tren no se movió: algo lo retenía. Pasó media hora, una hora, una hora y media, y seguía parado. En esa hora y media me habría dado tiempo de ir a casa… Tal vez alguien no aguante y venga… No, seguramente todos piensan que el tren ya se ha ido; a nadie se le ocurrirá contar con un retraso. No obstante, puede ser… Y miraba hacia el sitio por el que podrían venir hacia mí. Nunca el tiempo duró tanto.

El sonido estridente del cornetín, que tocaba llamada, me hizo estremecerme. Los soldados que habían salido de los vagones y estaban agolpados en el andén se dieron prisa en tomar asiento. Ya arranca el tren, y no veré a nadie.

Pero los vi. Los Lvov, hermano y hermana, casi corrieron hacia el vagón, y al verlos me alegré muchísimo. No recuerdo lo que les dije, no recuerdo lo que ellos me dijeron, excepto una frase: «Kuzma ha muerto».

En esa frase se acaban las anotaciones en el cuaderno de notas.

Un amplio campo nevado. Colinas blancas lo rodean, y sobre ellas, árboles cubiertos de escarcha, también blancos. El cielo está nublado, bajo; en el aire se respira el deshielo. Hacen ruido los fusiles, se oyen frecuentes cañonazos. El humo cubre una de las colinas y lentamente desciende hacia el campo; a través de él negrea una masa en movimiento. Al mirar fijamente, se aprecia que se compone de puntos negros independientes. Muchos de esos puntos ya no se mueven, pero otros continúan moviéndose y moviéndose hacia delante, a pesar de que aún están lejos del objetivo, lo cual se aprecia únicamente por la masa de humo, y a pesar de que a cada instante su número es más y más pequeño.

El batallón de reserva, tumbado en la nieve, sin poner en pabellón los fusiles, con ellos en las manos, vigilaba con sus mil ojos el movimiento de la masa negra.

—Adelante, hermanos, adelante… ¡Ay, no llegarán!

—¿Por qué nos retienen? Con ayuda los cogeríamos rápidamente.

—¿Estás harto de la vida o qué? —dijo taciturno un soldado entrado en años de los «de cartilla»—. Si te mandaron tumbarte, quédate tumbado; da gracias a Dios de que estás entero.

—Sí, abuelete, entero seguiré, no lo dudes —respondió el joven soldado con cara risueña—. Ya estuve en cuatro combates, ¡y como si nada! Da miedo al principio, pero después ¡ni hablar! He aquí a nuestro barín de estreno, seguramente pide perdón a Dios. Barín, ¡eh, barín!

—¿Qué te pasa? —respondió un soldado enjuto con perilla negra que estaba tumbado cerca.

—¡Usted, barín, anímese un poco!

—Pues yo, querido mío, no estoy aburrido.

—No se separe de mí. Yo ya pasé por esto, y sé cómo actuar. Vaya, nuestro barín es un héroe, no saldrá corriendo. Sin embargo, antes de usted hubo uno voluntario que, en cuanto avanzamos y las balas empezaron a silbar, abandonó la mochila y el fusil y echó a correr, pero una bala lo atrapó por la espalda. Eso no puede ser, porque hay un juramento.

—No te preocupes, no echaré a correr… —respondió en voz baja el «barín»—. De la bala no te escapas.

—¡Ya se sabe que no se puede huir de ella! Es una perdida… ¡Dios santo! ¡Parece que los nuestros han tomado posiciones!

La masa negra se detuvo y se cubrió de humo por los disparos.

—Vaya, han empezado a hacer fuego, ahora atrás… No, avanzan. ¡Avemaría, Madre de Dios, ayúdanos! A ver todavía, bien, bien… ¡Vaya, caen heridos, Dios! Y no los recogen.

—¡Bala! ¡Bala! —corrió la voz alrededor.

En el aire, desde luego, algo comenzó a susurrar. Era una bala perdida, una bala loca que pasaba volando a través del batallón de reserva. Detrás de ella voló una segunda, una tercera. El batallón se animó.

—¡Camillas! —gritó alguien.

La bala perdida había cumplido su cometido. Cuatro soldados con camillas se lanzaron hacia el herido. De pronto, sobre una de las colinas, en el lado opuesto al lugar donde estaba teniendo lugar el ataque, aparecieron pequeñas figuras de personas y caballos, y en ese momento salió volando de allí una humarada redonda y densa, blanca como la nieve.

—¡Nos apunta la canalla! —gritó el soldado alegre.

La granada comenzó a chillar y a rechinar, resonó el disparo. El soldado alegre cayó de cara en la nieve. Cuando levantó la cabeza, vio que el «barín» yacía cerca de él boca abajo, con los brazos extendidos y el cuello encorvado de manera poco natural. Otra bala perdida le había abierto sobre el ojo derecho un enorme orificio negro.

 

(1879)

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