Polvos ilegales, agarres malditos (XXVII)

Fernando Morote

CAmisón II

Lo único que aborrezco de la empresa que constituye el conquistar a una mujer es el fingimiento. O sea, aborrezcotodo.

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A Rosalía no le vendría nada mal un favor del sobrino, atento a satisfacer las necesidades físicas de su tía abandonada por el esposo años atrás. El racionamiento de agua ocasionado por las bombas de Sendero Luminoso sería el pretexto perfecto. Todo era cuestión de pedir el baño prestado para una ducha mañanera. De pronto el asunto podía convertirse en un polvo familiar. La eterna incógnita era descubrir si Rosalía sería tan liberal o lo acusaría de pervertido y se burlaría de él por ingenuo. Decidió averiguar la respuesta esa misma noche. No podía mantener reprimido por más tiempo aquel deseo ni conformarse con seguir adivinando la forma y admirando el volumen de esos zeppelins inmensos que flotaban bajo su pecho.

—¿Qué haces aquí a esta hora, hijo?

Judas estaba durísimo, los ojos pegados a la cerradura y los dedos de las manos estirados como cadáver.

—No encontré micro para regresar a la casa —mintió— ¿Puedo quedarme?
—Claro. Pasa, pasa. ¿Quieres tomar café?
—Sí. Vengo helado.

Rosalía caminó hacia la cocina envuelta en ese camisón azul que tan nítido delataba el perfil de su busto. Cuando se inclinó sobre el lavadero para enjuagar una taza, Judas le jaló el escote y se empinó para mirar adentro.

—¿Qué haces? —preguntó Rosalía, sorprendida.
—Sólo quería ver un poco.
—Déjalos donde están, pórtate bien.

Judas retrocedió. Refugió su mirada en un rincón.

—Toma —dijo Rosalía, extendiéndole una taza humeante—. Esto te va a caer bien. Yo me voy a acostar. Apaga las luces cuando termines.

Mientras tomaba el café, Judas escuchó cómo su tía se acomodaba y estiraba las sábanas para cubrirse. Minutos después entró al dormitorio.

—¿A qué hora te despierto? —inquirió Rosalía.
—No te preocupes. Mañana no voy a trabajar. Sólo necesito una ducha temprano.
—¡Qué buena vida, caray!

Judas rió. Pensó que su tía a fin de cuentas no tendría necesidad de despertarlo porque iban a terminar durmiendo juntos. En la oscuridad se acercó lo más que pudo a su cama y empezó a desvestirse delante de ella. Le ofreció su racimo colgando. Esperaba que Rosalía hiciera algún comentario. O mejor aún, formulara una invitación. Nada lo excitaba más que imaginar a su tía montada sobre él, totalmente desnuda, con esas tetotas fenomenales abofeteándole la cara, y el débil reflejo del farol entrando por la ventana. Imitando el estilo de los antiguos peluqueros, afiló su navaja frotándola en la palma de la mano, como si fuera una fusta de cuero. Comenzó a preocuparse al ver que su tía no se manifestaba. Acabó deprimido cuando finalmente escuchó un ronquido sordo y largo. Se agachó con sigilo y constató que Rosalía estaba durmiendo a pierna suelta, volteada hacia la pared.

—¡Qué buena resaca! —comentó ésta, a la mañana siguiente, viéndolo aparecer en el comedor con los pelos parados— Te la pegaste buena anoche. ¿No te dicen nada en el trabajo por faltar sin motivo?

Judas se rascó la cabeza como si tuviera caracha.

—Espero que no.
—Yo tampoco le voy a decir nada a tu mamá —la voz de Rosalía adoptó un filo de amenaza— Pero que no vuelva a ocurrir. ¿Entendido?

Judas pestañeó y se mordió los labios.

—Entendido.

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