Polvos ilegales, agarres malditos (XXIX)

Fernando Morote

Playa II

—Tu esposo es un tesoro. Si no lo cuidas, simplemente lo pierdes. O te lo roban.

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Se sentó con las piernas abiertas, enterrando los metatarsos en la arena. Su ligera falda floreada, de talle corto y popelina multicolor, le permitía exhibir la porción justa de muslo, del mismo modo que su coqueto escote dejaba avanzar sugerente la comisura de sus senos. El maquillaje celeste sobre los párpados y las pestañas cuidadosamente rizadas, sus pulcras uñas largas, pintadas de naranja con estrellitas blancas, así como sus brazaletes y collares de fantasía, delataban un serio denuedo por emular a las chicas de una clase que no era la suya.

—¿Alguna vez has caminado desnuda por la playa? —preguntó Judas.

Victoria soltó la risa.

—¡Hazme el favor! —contestó, burlándose de la pregunta.

Judas inclinó su cabeza intentando besarla. Victoria esquivó el lance.

—Estuve esperándote toda la mañana.
—No me digas. ¿Y?

Judas sonrió.

—No te hagas. He visto cómo me miras cada vez que vengo a comprar cerveza.
—¿Ah sí? ¿Cómo?
—Así…

Judas se abalanzó con frenesí a morderle los labios. Tras oponer falsa resistencia, Victoria se tornó dulcemente agresiva.

—¿Quieres que entremos? —preguntó.

Judas se inquietó.

—¿No vas a tener problemas con el dueño por cerrar tan temprano?
—Yo lo arreglo.

Mientras en un rincón Judas se despojaba la bermuda, Victoria bajó la tapa del kiosco. Un minúsculo rayo de sol se colaba por una rendija de la madera. Afuera se escuchaba el ruido alborotado de los bañistas domingueros y el rugir de las olas. Victoria dejó caer su traje de baño azul de cuerpo entero. El vibrante encuentro destrozó la vieja y maloliente colchoneta estirada sobre el piso. Pero ella, gracias al rociado de laca diligentemente aplicado en su pelo, ni siquiera se despeinó.

—Escondes muy bien tus atributos —dijo, acariciándose uno de los senos, después de terminar.
—¿Cómo estás? —le preguntó Judas, tratando de evadirse.
—Aburrida —contestó Victoria en tono engreído, haciéndose la desamparada.
—¿Por qué?
—No sé. Este trabajo me tiene un poco cansada. Es matador.
—Uno tiene que trabajar en lo que le gusta.
—En este país eso es casi imposible.
—En todo caso uno tiene que aprender a divertirse con el trabajo que tiene. A mí me encantaría trabajar en la playa. Estar en ropa de baño todo el día, mirar chicas bonitas, darse un chapuzón en el mar de vez en cuando…
—Parece tentador y relajado si lo ves desde afuera. Pero cuando estas atrás del mostrador, se acaba el chiste.

Judas sintió lástima de su compañera. Le tenía simpatía. Veía en ella a una mujer buena, alguien que de verdad quería surgir y se esforzaba por ascender. Con la mirada ausente, clavada en un ángulo del techo lleno de telarañas, le preguntó:

—¿Has observado cómo vuelan las gaviotas?

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