No es género menor

Marita Rodríguez-Cazaux

El futuro que fue

NO ES GÉNERO MENOR. La literatura infantil y juvenil exige conocimientos enfocados en agudos tópicos sociales y culturales y una esmerada calidad literaria pues sus lectores son personas en formación.

Hay otra cuestión -elemental-; la carnadura de su trama ha de interesar a niñas y varones para que sigan apeteciendo avanzar en ella, todo un logro frente a la natural dispersión en niños, púberes y adolescentes.

Así, la prioridad será la excelencia hacia quienes va dirigida estableciendo altura y peso literarios.

GERMÁN CÁCERES, notable dramaturgo y escritor con potentes recursos literarios, es una verdadera autoridad influyente en este género. Lo ameritan al podio, los numerosos libros de cuentos que ha editado, conferencias, exposiciones, y la repercusión que, entre los jóvenes, tienen sus historias.

Ahora veremos porqué.

Para iniciar, habrá que vislumbrar aquella imagen que todos tenemos de nuestra infancia, el “Había una vez”, y la alegría de saber que tras esa frase, lo onírico se tornaba real, y podíamos internarnos en el “universo salvador”. Es decir, “entrábamos en el cuento”.

A esa ceremonia apunta la talentosa obra de Germán Cáceres, remontar ese clima fantástico, acercar personajes y paisajes, y la expectación (no confundir con expectativa) que en esa edad configura el mundo que quiere habitarse, al fin, un mundo que salva del universo contrariado de los adultos. Para muchos sicólogos “el mundo del que se quiere escapar”, para muchos niños y jóvenes, descarnado mundo de incomprensiones.

Tomemos otro punto que hace que G.C. logre empatía con los chicos: su propia lengua.

Lector apasionado, escritor impecable, el genio del Autor logra la sintonía primordial para resolver los acentos, elegir los vocablos en una suerte de argot que diferencia a las expresiones generacionales y que Cáceres, aplica hábilmente. Tiene a su favor, una innata virtud: es cabal observador y halla la ruta del asombro que es la ruta que transitan los chicos, además de acertar, también, con la reflexión oportuna. Nada ínfimo, porque es esta aptitud la que lleva a que los chicos se identifiquen con sus historias.

En su último libro, EL FUTURO QUE FUE, el escritor argentino suma en su presentación personal una confidencia dada en los códigos que mencionamos y que fronteriza el lenguaje de los chicos, quienes perciben el aire cómplice y simple que tiene para con ellos, otro chico que, -además- se está divirtiendo:

“[…]desde los ocho hasta los catorce años leí un montón de revistas de historietas y vi una pila de películas y series de acción. Y pude rescatar del olvido ese mundo maravilloso. ¡Qué suerte!¡Cómo me estoy divirtiendo!” 

En esta ocasión, escoge sucesos que fueron reales y que pueden, otra vez, ser formadores de una nueva y actual historia, con personajes que no responden al tiempo cronológico, habitan distintos continentes y pertenecen a grupos familiares diversos.

Cada cuento inicia con un epígrafe orientador que remite a una historia real, y sobre ella, Cáceres encauza la ficción, así “el pasado” se ensambla con el hoy, con un recurso didáctico sin perder el pulso de lo imaginario.

El mismo Autor, asegura que viajes y exploraciones que se describen, “ocurrieron de verdad”, buen argumento para internarse en aventuras que no escatiman trama ni licencias literarias y en las que el propio entusiasmo de los protagonistas avanza sobre paisajes que cualquier chico podría encontrar similares a los que transita. Así, padres, tíos, hermanos, amigos, vecinos, entorno de pubertad y adolescencia intervienen volviendo verosímil el cuadro, llevando la evolución a un cierre certero, sin desencantar al receptor de este género. Dicho de otra forma, hay hilo conductor elaborado, meta identificada y sobrevuelo sin precipitación a la expectativa del lector.

Por supuesto, nada hay más antipático que adelantar tramas y finales, eso es propiedad privada del Amigo Lector, experiencia que no debe obstaculizarse y que ningún crítico debiera traspasar, mucho más cuando el lector es un joven. Sin embargo, no quiero dejar de comentar por cuestión de encantamiento uno de los cuentos, “Un amor austral”.

En el epígrafe se menciona al geólogo, explorador y antropólogo Francisco Pascasio Moreno, al que se conoce como el naturalista Perito Moreno. Los acontecimientos del cuento transcurren por ende, en el sur de nuestro país y lleva estructura de lograda prosa epistolar porque es una carta dirigida al Director de una revista, escrita por un muchacho de diecisiete años.

Lo lleva a escribirla la inquietud de aportar una sección más en una revista que “para ser completa, le falta algo, y es una sección de cuentos”. El muchacho, propone a la figura del Perito, patriota que conoció en una reciente visita a Bariloche con sus padres, y, en una suerte de sinceramiento, explica el porqué obligado de sus vacaciones, algo que no pasará por alto nadie que ronde los diecisiete años y, estoy segura, compartirá de inmediato.

En la carta se describe una foto en la que el afanoso Perito Moreno se encuentra con el cacique Shaihueque que viste “sombrero chambergo, chaqueta, pantalones, botas altas y mostachos prominentes y canosos como si fuera un hombre actual”.

A esta altura del cuento, Germán Cáceres aporta solventes datos históricos con una habilidad que deberían copiar ciertos profesores, llegando por llano cauce al juicio al que fue sometido Moreno, acusado de ser espía chileno.

Para su sumario acude el “Consejo de los Viejos”, al que se une una joven adivina, “una india de gran hermosura, sumamente adornada con aros, sortijas, collares y botas con cascabeles” y quien, cuando finalmente el Perito queda absuelto de culpa y cargo, tocará virtuosamente un instrumento de viento utilizado por los mapuches, la trutruca, en señal de complacencia.

A salvo de la prueba y ya relajado, el Perito Moreno, se acerca hasta un grupo donde una horrible bruja acapara la atención de los indígenas contando una leyenda. Según el relato, un indio pehuenche, arrodillado al pie de una araucaria llora la muerte de su joven esposa. En medio de su dolor, el espíritu de su mujer se torna visible y lo mira con severo reproche, acusándolo de cobarde por no seguirla al más allá, esa tierra que existía para los indígenas después de la muerte “con los mismos placeres y necesidades”.

Ante los lastimeros gestos del pehuenche, la esposa, condolida, lo invita a seguirla de noche -como la tradición exige-, por caminos de peligros, acosados por “los monstruos de las sierras, los espantosos gritos de malvadas aves nocturnas y las flechas de los enanos de las cuevas”.

Finalmente, la pareja llega al mundo del más allá, donde un anciano les franquea la entrada accediendo a la súplica de la joven esposa. Sin embargo, ese mundo es muy diferente (el lector sabrá porqué) y pronto el pehuenche reconoce lo imposible de vivir en semejante lugar y, aquejado de falta de fuerza y energía, decide pedir al anciano que le permita regresar a su pueblo, gracia que se le otorga. De regreso, la soledad y una grave enfermedad hacen que el pehuenche se sienta derrotado, no pueda encontrar la paz de espíritu y termine sus días de lamentable manera.

Este final desolador que la vieja bruja contó, no le gustó al Perito Moreno y mucho menos al muchacho que escribe la carta. Este cierre desafortunado, no conforma a los jóvenes, para quienes las historias de amores truncos han de resarcirse. Así, -y aquí, otro giro de imaginación y buen tino de Germán Cáceres-, “en el refugio Neumeyer, al que se llega por caminos de ripio que salen de la ruta que conduce a El Bolsón”, por boca de una anciana que descendía de aquella bella indígena que tocaba la trutruca, se sabe la verdadera versión de los hechos.

El cuento, que suma vocablos costumbristas, es hábil disparador que invita a bucear en todos los medios que los chicos de hoy tienen a mano para descifrar incógnitas, acapara la curiosidad y vuelve entretenida la lectura. 

Cáceres es, sin duda, estratega en hacer que el libro no se cierre antes del punto final, goza de un profesionalismo contundente que organiza conflicto, desarrollo y resolución sin perder de vista el horizonte que su idea marca y que es, justamente, el mapa que los chicos quieren recorrer.

Merecen considerable mención los dibujos de Mauro Vargas, quien también ilustró en 2013 la novela de Germán Cáceres, “El misterio del profesor ausente”. En esta oportunidad, el joven dibujante vuelve a demostrar sus dotes y aporta a todos los cuentos, una imagen bien sincronizada con el texto y manifiestamente original.

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