Desayuno cerca de Embassy

Helga Martínez Pallarés

Moda

Sábado, principio de la tarde. Un recado inaplazable en una tienda de móviles, de esas que son como policromados agujeros negros del espacio-tiempo – sabes que entras, pero nunca cuándo ni en qué estado saldrás – Dos horas después, con mal humor y bastantes euros menos en el bolsillo, salgo de nuevo a la calle, pensando qué se puede hacer, a esas horas, en pleno barrio de Salamanca.

Y como los errores nunca vienen solos – y yo tengo desde siempre la capacidad de superarme a mí misma muy a menudo- me pongo a fondo, incauta y resuelta, con la segunda tontería de la tarde: salir de compras – que ya se sabe que a las chicas, siempre nos anima una barbaridad -.

Entré en una de esas cadenas de moda que casi compiten en número de tiendas con las sucursales del Banco local. Una rápida ojeada, y no puedo evitar una sonrisa. La ropa es idéntica, mismos modelos, mismos colores, similar desorden… También la cola kilométrica y las dependientas clónicas, vestidas de negro desapercibido. No hay diferencia, pues: las cadenas de moda nos han socializado hasta tal punto, que compramos tres o cuatro modelos repetidos hasta el infinito, en las mismas tiendas. Somos todas pues, igual de “iguales”, con nuestras copias aparentes de modelos de pasarela especialmente resultones…. o no.

Mi segunda mirada ya no es para las perchas, estandarizadas hasta el punto de que hay que acercarse a cada prenda para apreciar lo que es en realidad; están todas aparcadas “en batería” y, o las sacas de los estantes, o no sabrás ni siquiera si es falda o pantalón, vestido o vulgar mono de trabajo, por obra y gracia del sarcasmo de algún diseñador bromista que gusta de abusar de su poder sacándonos en pijama por la calle, como si tal cosa… El segundo vistazo es para las clientas; porque es en ellas, en realidad, donde siempre está la diferencia.

No pasan ni dos minutos, y ya empiezo a sentirme fuera de lugar: no me habían enseñado nunca que hubiera que maquillarse expresamente, ponerse tacones y joyas tipo regalo del Roscón de Reyes, para ir a comprar un jersey, o una simple – eso sí, de marca – camiseta de algodón; ni tampoco me había planteado que no vale probarse los abrigos en medio de la tienda, ni hacer equilibrios con un zapato plano propio y otro de tacón de los estantes (por no buscar una banqueta de esas que seguro están colocadas en alguna parte para esos menesteres). Empiezo a ser dolorosamente consciente de mi propia imperfección; si me pongo jersey de cuello alto, me despeino al probarme, si llevo dos horas en la cola, me brilla el maquillaje y me sale una arruga malhumorada en el entrecejo, que no resulta para nada favorecedora; por mucho que, el día de mañana, no me la vayan a querer estirar, porque es claramente de “expresión”.

Aparte de que la ropa que yo misma llevaba al entrar, de tanto ponerla y quitarla para probarme otras cosas, se queda sobada, arrugada, y no volverá a ser lo que era, nunca más.

El caso es que a estas señoras no les pasa nada de eso – porque no importa la edad que tengan, son Señoras – Con sus chaquetas enceradas – no para ir de caza, sino de cacería – las botas altas de montar y los bolsos de jugar a los bolos – aunque la mayoría de ellas en realidad nunca han montado – a caballo – y ni mucho menos juegan a los bolos – su maquillaje permanece siempre incorrupto y presentable, pese a los 30 grados de la tienda…

Pues eso, que yo para esto no valgo: soy tan incorrecta, estoy tan poco entrenada, que si me dan un buen revolcón, cometo la tremenda desfachatez de jadear y sudar; se me quedan unos pelos que niegan abruptamente cualquier atisbo de irreprochabilidad, mientras lo van proclamando a gritos: “a esta le acaban de dar un buen revolcón”.

Visto lo visto, el día que esté de buen humor, y no me sienta tan desplazada, respiraré hondo y le preguntaré a la que menos mal me mire: cuénteme, querida ¿cómo se hace para ser del barrio de Salamanca, y que no  te confundan con una nueva rica – una de esas del moderno, empresarial, pretencioso Chamartín? –

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