El monte Urgull

Teresa Galeote

etanoI

Me gusta viajar en tren, y siempre que puedo viajo de noche; horas nocturnas que aprovecho para descansar. No siempre cuento con la complicidad del tiempo para disfrutar de la esperada mañana, pero ese día todo acompañaba. Al salir de la estación, el sol y una suave brisa me daban la bienvenida. El hotel no estaba lejos y decidí caminar. Berta no llegaba hasta el día siguiente. Crucé la carretera que separaba ambos lados de la avenida y me dispuse a enfilar la calle que conducía al centro de la ciudad. De pronto, vi una caravana de coches que movió mi curiosidad; no eran fúnebres, aunque tenían similar apariencia. Iban muy lentos, como si fuesen en procesión, precedidos de un grupo de ertzaintza y varios hombres que parecían autoridades. Dos, tres, cuatro furgonetas. Ignoraba qué significaba aquello, pero estaba dispuesta a averiguarlo. Como siempre, mi bolsa de viaje iba muy ligera de peso y decidí incorporarme a la intrigante caravana. Al poco, me encontré rodeada de personas que, como yo, se sumaban al séquito. La gente caminaba lentamente mientras murmuraban; era un ronroneo con sonido de letanía. Comencé a contar, pero pronto desistí; cada calle por la que pasaba el cortejo aportaba más personas a la caravana. Cuando quise darme cuenta, aquella marcha se había convertido en una gran marea humana.

Es cierto que al principio me movió la curiosidad; pero después fueron otras consideraciones las que tomaron cuerpo. “ETA ha vuelto a asesinar”. Pero inmediatamente deseché el supuesto; ni la prensa ni la radio habían dado ninguna noticia sobre el particular. Hacía tiempo que se escuchaban ciertos discursos, palabras alentadoras pero siempre existía algún acontecimiento que desmentían los buenos augurios. Después…, silencios, reproches de los partidos y… una tensa calma.

La comitiva enfiló el monte Urgull y mi curiosidad fue creciendo. Tentada estuve de preguntar el significado de la comitiva, pero inmediatamente desistí; estábamos llegando a la cima y pronto saldría de dudas. El alocado vuelo de un grupo de gaviotas llamó mi atención, mientras la comitiva comenzó a frenar su marcha hasta que al fin se paró. Y la gente fue arremolinándose frente al Castillo de la Mota. Intenté acercarme para ver el significado del remolino humano, pero solo pude ver a los ertzaintza que, con paso medido, se dirigían hacia el otro extremo… Pude acercarme hasta ver los coches dispuestos en hilera y a los lertzaintza acercarse a ellos. El lugar se cubrió de un estremecedor silencio hasta que una potente voz ordenó: “Bajen los ataúdes”. Dos hombres abrieron las puertas traseras de los coches y comenzaron a bajar cajas de los vehículos. Aplausos. Aunque alejada de las primeras filas, pude reconocer a algunos políticos y al Lehendakari. Mi curiosidad fue en aumento, e intenté introducirme en las primeras filas; apenas unos pasos, pero fueron suficientes para ver la fosa que cortaba la piel verdosa de la planicie. Con gran solemnidad, los ataúdes fueron depositados junto a la tierra. Un gesto de la máxima autoridad hizo que los féretros se abrieran. Aunque me puse de puntillas no pude ver lo que había en su interior. Mi curiosidad debió molestar a la señora que me precedía; aunque apenas rocé sus hombros se volvió para lanzarme una mirada de censura. Obvié el incidente y seguí atenta.

Ante un silencio sepulcral, el Lehendakari comenzó a hablar: “Hoy, el pueblo vasco…”, pero una salva de palmas apagó su discurso. Antes de que se ahogasen los aplausos, un grupo de personas comenzó a caminar hacia las cajas. Quitaron la tapadera y volcaron en la fosa lo que había en el interior de los féretros. Un estruendo se dejó oír. Mientras varios hombres llevaban las cajas vacías a los furgones, otros dos cubrían de tierra la fosa; una losa granítica puso final a la ceremonia. Fuertes aplausos, emoción controlada, lágrimas… La muchedumbre comenzó a disgregarse. Me acerqué para ver el relato de la lápida. Y fue entonces cuando pude leer: “Aquí yace ETA”; más abajo, la fecha de su nacimiento y de su muerte.

Desde la magnífica atalaya, vi que las olas besaban las lomas del monte Urgull.

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