Roberto Arlt, literatura en la trinchera

Pedro A. Curto

Arlt II

“Crearemos nuestra literatura, no conversando continuamente de literatura, sino escribiendo en orgullosa soledad libros que encierren la violencia de un “cross” a la mandíbula. Sí, un libro tras otro y que los eunucos bufen.” Así expresaba el escritor argentino, Roberto Arlt, su voluntad y fuerza creativa. Nacido con el siglo, en el 1900, y muerto joven, en 1942, no le impidió forjar una poderosa obra literaria. Es uno de esos autores que te asaltan en algún momento, desde un cierto desconocimiento por no situarse entre los cánones oficiales, para demostrarte que en la singularidad, en los caminos no trillados, suele encontrarse más vida que en ciertos salones.

Autor no muy conocido en España, acaban de publicarse el libro de relatos, “De monstruosidad y locura” y “Aguafuertes porteñas”, una selección de artículos periodísticos que muestran dos de sus principales campos creativos: La narración corta y la crónica urbana.

Las circunstancias, hijo de inmigrantes, habitante en una época donde Buenos Aires crecía creándose una gran urbe, lo llevó a convertirse en iniciador de la novela urbana moderna en su país, en particular captador de sus geografías más oscuras. Contemplador y padecedor de una arquitectura social que desprecia al hombre y lo convierte en una masa amorfa, se convertirá en un escritor incomodo y perturbador, repudiado por cierta crítica academicista. Como él mismo afirmó, creía en la belleza, pero sus propias condiciones vitales y en las que desarrolló su obra, le hicieron concebir una belleza convulsa, que no siempre es fácil de asumir.

Trabajando como cronista policial abordaría la temática de la marginación social, creando unos personajes tan marginales como lúcidos, aunque sea desde la alucinación, planteando en sus novelas “Los siete locos” y “Los lanzallamas”, dos cuestiones básicas: la problemática existencial que más tarde abordarían los existencialistas franceses y los problemas con que se encuentra una revolución social tan necesaria como imposible, adelantándose al devenir de las utopías del siglo XX. Descubre que en los márgenes de la ciudad, el discurso social se desmorona, pero no por los seres infames que habitan en los suburbios y lugares ocultos, (Arlt no es compasivo con ellos) sino porque han sido condenados a vivir en esos márgenes sin otra opción, y en ese sobrevivir de cualquier forma, percibe la gran mentira de la ciudad burguesa. Crítico de una sociedad que consideraba se articulaba sobre la hipocresía social y la falsedad, proclama: “La mayoría de los hombres llevan en su interior monstruosas arquitecturas de juicios, construidos con ladrillos amasados de barro de los lugares comunes, y la gran fábrica en la cual habitan intelectualmente, se les antoja un lujoso palacio.” Arlt penetra en el interior de sus personajes, rasga su intimidad, quedando al descubierto ante una realidad excéntrica y extrema, pero con la cual es fácil identificarse en cualquier tiempo. Ocupa, aunque no se le haya dado ese trono, el papel de los clásicos inmortales. También rompe Arlt con este planteamiento, esa falsa dicotomía de la novela intimista alejada de la realidad social. Práctica en este sentido, el arte de las termitas: socavar los grandes edificios no con magnas proclamas, sino carcomiendo sus estructuras más profundas.

Cuestionado por Borges, llamado “genio rioplatense” por Onetti, Julio Cortazar proclamaría que era el escritor de quien más cercano se sentía en su país. Su primera novela, “El juguete rabioso”, es una historia iniciatica que se adelanta a “El guardián entre el centeno” de Salinger, pero al contrario que el protagonista de éste, Silver (con el cual muestra claros rasgos autobiográficos), no tiene tiempo para disquisiciones de clase media; en el Buenos Aires de su época no se ha instalado ningún estado del bienestar, pero sí la selva urbana. No es un marginado más, sino que tiene conciencia intelectual de esa marginación, lo cual aún es peor. Y con esa conciencia intelectual, inconformista, vivió Roberto Arlt, que le llevó a ser un espíritu renacentista, aunque fuese de los suburbios, por lo cual, junto a su labor literaria y periodística, intentó ser inventor, aunque sin mucha fortuna. Quizás porque su invento, fue su universo literario, el cual se ganó, pues como él mismo dijo: “El porvenir es triunfalmente nuestro. Nos lo hemos ganado con  sudor de tinta y rechinar de dientes, frente a la “Underwood”, que golpeamos con manos fatigadas, hora tras hora, hora tras hora.”

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