Apenas Casandra

Marita Rodríguez-Cazaux

Casandra

             Nació una noche de febrero, después de nueve meses en que todos sabían que era varón porque la comadrona lo había vaticinado con total seguridad. Pero cuando la vieja la tuvo entre las manos y la pasó acobardada a las de la abuela, ni siquiera tenía nombre.

             -La vieja nos mintió -dijo la abuela a todos los hombres cuando salió a mostrarla.

            -Casi anduvo en lo cierto la partera -masculló el padre mirando el suelo de ladrillos y se rió con sus ojos de lechuza, redondos y brillantes.

             -Para peor desgracia, contrahecha. Mentirosa y mal armada -silabeó y guardó en el armario la botella de ginebra que había sacado para celebrar.

           La madre, la sonrisa derrumbada, repitió un nombre pensado en secreto.

           -Casandra,  Casandra –y se quedó dormida para siempre.

         Quejosos, estaban tan desalentados que apenas la escucharon, mientras el bulto en brazos de la abuela se retorcía envuelto en una manta.

        Creciendo encarcelada en un cuerpo flaquito y desparejo, pasó su infancia en la lomada de los cerros. Después de ayudar en la casa, por las tardes bajaba a la tienda de libros. Allí se perdía entre las hojas con letras y figuras, ilustraciones que la maravillaban, lugares, paisajes que jamás había visto.

          Sin poder ir a la escuela, desconociendo las palabras que recorría con el dedo, se inventaba historias que más tarde contaba a la abuela que la oía ensimismada, mientras el padre encorvando los hombros gritaba que eran todas mentiras.

             -Son macanas, Casandra, para gente como vos que nació mintiendo -decía mirándola con desprecio y salía por la puerta del alero hacia los fondos.

             Un atardecer Casandra vio llegar siete carromatos y dos jaulas en hilera por el camino del valle. Cuando se armó la carpa de gajos coloridos, ella fue la primera en entrar.

             Después, todas las tardes se escapaba, rondando el cobertizo, los carros, sin molestar, sin que nadie le preguntara nada, casi invisible sentada en las butacas mientras ensayaban los payasos y la chica de vestido rojo bailaba horas sobre el caballo alrededor de la pista.

             Pero lo que Casandra veía como hechizada eran las palomas que escapaban alborotadas de la galera que sostenían unas manos enguantadas y los puñales afilados, cruzando una línea perfecta para ir a clavarse, directos, en un orden asombroso, sobre un círculo de madera tapizado de seda plateada.

             Supo entonces que la magia vivía en esas manos.

             Hipnotizada, empalmada su inocencia en las rutas de esas manos, imaginó abiertas por ellas todas las ventanas de la fantasía y la realidad, quizá lo mismo para su vida.

            Sin importarle si los sueños se enredaban en mentiras o verdades fue detrás de esas manos, atada a sus poderes con hilos tan firmes que casi le parecía poder manejarlas con su propio deseo.

              Adoraba a esas manos y se estremecía cuando él las ocultaba en los guantes blancos mientras todos los milagros se le escapaban entre los dedos.

            Sin embargo, él nunca la miró demasiado. Casandra sólo era una presencia indiferente, con la cara alucinada frente a sus trucos y sus sorpresas, viéndolo sacar pañuelos de la galera y barajas de los bolsillos, como si estuviera contemplando el nacimiento de una vida nueva.

          Qué simple para él, formar sobre mis carnes un nuevo cuerpo, pensaba Casandra. Qué simple para él, hacer mi cara hermosa, con sólo rozarme, así de simple, con sólo rozarme, se prometía ilusionada mientras él, obsceno, la estrechaba en un cerco de caricias apuradas entre las lonas de los carromatos, desvainando afilados estiletes que entraban en ella, que se abría mansa a tanta herida sólo para retener la magia de las manos.

             Porque Casandra sabía que esas  manos iban a darle lo que esperaba. Historias  ciertas que llegarían tras el silbido del acero rasgando la tela fina, impetuosamente,  como las voces que dentro de su cuerpo magro, la instaban.

             Al llegar las primeras lluvias el circo anunció la despedida.

            Después de la función del domingo Casandra ya lo había decidido. Se iría con ellos.

            Se iría con él, detrás de las promesas de sus manos.

            Cuando los carros se internaron por el monte y cruzaron las vías muertas, ella, recostada en el asiento de madera, vio por última vez la bajada de los cerros y los techos de las casas más altas del pueblo.

            Vio deslizarse los álamos del camino pavimentado y, cerrando los ojos, soñó uno a uno, los milagros inventados, nacidos en los secretos de sus libros. Aquellos misterios que esperaban ser rescatados por las manos.

             A comienzos de setiembre, se armó nuevamente la carpa en un baldío, a pocas cuadras de la ruta asfaltada. Sobre la chatura verde, sus gajos colorearon el paisaje.

            La hora de la siesta se despeñaba contra los carros y un silencio de bronce ardido, calentaba la pista. Era la hora en que él se adueñaba de los milagros, calzándose los guantes blancos.

            Fue ese mediodía cuando Casandra le dijo que quería ser hermosa.

             -Haceme linda -le pidió -Tan linda que no importe que haya nacido mujer. Eso quiero, que mi cuerpo no esté partido por este dolor de rechazos -.Siguió pidiendo Casandra, mientras barajas y naipes caían de las manos enguantadas.

            -Tocame. Tocame -lo apremiaba, y contenía la respiración mirándose el cuerpo casi con miedo, tratando de imaginar cómo sería la Casandra que pariría la magia.

              -Sacame esta pena de no haber nacido hombre. Renaceme linda, para que me quieran los otros, para que me llamen sin tropezar con este cuerpo, con este nombre.

             Por los ojos y por la boca se le escapaba el ruego, desesperadamente, pero él no quiso escucharla y cuando ella se fue acercando más y más, para pedirle que le pasara las manos por la cara, por los hombros, por la cintura, la apartó de un empujón repulsivo, brutal. Como una marioneta, Casandra cayó de espaldas.

                -Sos una idiota, eso es imposible -reptando, sus palabras entraron en ella -. Ni toda la magia del mundo puede hacer de vos una mujer hermosa, no hay truco para el milagro que pedís.

              Y le cruzó el cuerpo con ojos de desprecio, mientras desde el suelo, derrumbada, Casandra lo veía alejarse, esquivo, entre los cortinados.

             Como si las ventanas del día se hubieran cerrado y volvieran las sombras de aquella noche de febrero, a Casandra le faltó el aire.

            Volvió a sentir sobre ella muecas burlonas, impiadosas, atroces, apenas contenidas; otra vez apretada en la manta, pasando de mano en mano, los ojos desdeñosos y las voces hostiles cayéndole en la cara.

            Levantándose despacio, mareada, fue a apoyarse en el círculo de madera tapizado de seda brillante mientras le parecía oír la risa aguardentosa de su padre.

            Más tarde, todo se repitió en la función; la música, los aplausos, los rugidos de las fieras, las risas. Y la salida atropellada de la gente y después el silencio.

           Cuando Casandra entró en el carro donde él dormía, detrás de ella entró la luna, redonda y lustrosa como el círculo de seda donde se clavaban los puñales.

          Allí se quedó, hasta que la luz de la mañana fue colándose por la puerta entreabierta y un sol irreverente espejó el filo de un cuchillo.

          Sentada sobre el piso de listones, Casandra, veía escapar la magia para siempre.

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2 Respuestas a “Apenas Casandra

  1. Buenísimo cuento. Superior en contenido y bien narrado desde el inicio de la historia. Tragedia anunciada! Talentosa narradora.Feliz 2014 Irreventes! Que sigan los éxitos!

  2. Buena Nochevieja y un feliz año 2014 a Irreverentes. Felicitaciones a la cuentista argentina que escribe con un vuelo ultra. Apretado abrazo.

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