Cuando la ciudad oscurece temprano

Pedro A. Curto

Ciudaddenoche

Una ciudad en la descomposición de las estaciones es un regalo para el observador, en particular cuando se sumerge en el invierno. Oscurece antes y las luces artificiales, aliadas con el frío, dibujan un universo de sensaciones donde se piensa, más que en otras épocas del año, sobre las perspectivas de futuro a las que conducen sus calles. En especial cuando ese futuro está lleno de incertidumbre en las actuales circunstancias económicas y sociales, siendo así la ciudad que oscurece más temprano, toda una metáfora de la crisis en que vivimos. Pues la ciudad no es únicamente un concepto geográfico, sino un espacio simbólico y cultural. Y para la creación de ese espacio están, ante todo, la mirada del extranjero y la memoria. Cuando hablo de extranjero, no me refiero a quien es ajeno a una ciudad, sino a quien sabe contemplar lo que le rodea, captando lo extraordinario, los cambios, el sentir de las gentes… aunque sean esas calles por las cuales hemos pasado miles de veces. Se trata de la mirada del niño capaz de sorprenderse ante lo que los demás vemos con normalidad. Y la mirada, la propia y la ajena, es la que ha ido construyendo a la ciudad sobre la ciudad, con los edificios, locales, calles que ya no están o se han transformado en algo muy diferente. Ahí es aconsejable que la mirada se detenga con una reflexión critica.

En los albores de la arquitectura moderna se daba por aceptado que la ciudad y la arquitectura estaban en función de la gente. Esto, que parece tan sensato, está funcionado al revés; hoy es la gente quien debe existir para las cosas, con la particularidad que esa servidumbre está contribuyendo a una ciudad menos ciudadana. Que la denominada burbuja inmobiliaria sea uno de los apellidos que tiene la crisis, es muy significativo. Así la ciudad actual se ha ido adentrando en una absurda competición para hacer edificios cada vez más altos, construyendo una megalópolis que es cada vez menos polis, o como dicen unos versos de Miguel Hernández, “rascacielos, rascaleches”. Porque la ciudad del posmodernismo, que confluye con la ciudad en crisis, se aleja de la belleza, aunque proclame lo contrario. Estamos ante ciudades donde la banalidad se posa en las calles, donde la gente zombificada camina, enganchada a sus aparatos electrónicos, por el centro comercial infinito, sin saber si es de día o de noche. Nos han ido reduciendo la mirada, las percepciones, o más bien, vemos y sentimos lo que nos inducen. La urbe de nuestra época es individualista, pero curiosamente ese individuo es cada vez menos soberano. Así las metrópolis actuales tienden a ser las de la desmemoria y sin mirada. Es en especial revelador la urbe consagrada como lugar de consumo, pobladas sus calles de escaparates, convirtiéndose en una de las aspiraciones de sus ciudadanos. Pues bien, la actual crisis ha ido reduciendo esa capacidad de consumo, ya no solo para sectores con escasas posibilidades económicas, sino para unas clases medias que están empobreciéndose. Las mismas clases medias sobre las cuales se asentaba la arquitectura social de la felicidad posible, una vez que fracasaron las utopías del siglo xx.  Por eso, pasear hoy por las calles de cualquier ciudad española es encontrarse con las persianas bajadas, los escaparates llenos de polvo y a menudo vacíos o con productos abandonados, como un museo desertado, símbolo de los sueños frustrados de la ciudad posmoderna.

Todo esto se concentra en los cuerpos, se interioriza en los individuos, haciéndose carne, sangre y nervios, es decir, humanizándose y expresándose en formas a veces contradictorias. Por un lado en la emersión de la solidaridad ante el mal común, desde la que tiene expresiones limitadas a lo caritativo, hasta la que se expresa con formas más reivindicativas. Frente a esto, en la urbe competitiva, donde se pelea por los espacios, se mira al otro como enemigo y salir cada mañana con el cuchillo entre los dientes se convierte en una costumbre. Es el escenario de unas calles cada vez más ajenas, con la hegemonía de una parecida arquitectura y mobiliario urbano, de locales que se repiten con la misma marca, reduciendo esa identidad propia que sirve para construir el imaginario de las personas que la habitan. Es la no-ciudad. Porque la ciudad, la idea de urbanización y civilización que ella siempre trajo implícita, en el sentido moderno y clásico del término, se tambalea y, al ritmo que van las cosas, podrían devenir en una forma técnicamente sofisticada de barbarie. La degradación asoma, de una forma u otra, en todas las ciudades.

Ante esa degradación, aunque a veces sea poco perceptible, la mirada debe interrogarse con espíritu lúcido y crítico: Si la urbe tecnológicamente avanzada, no contribuye al bienestar y el buen vivir de las mayorías sociales en términos genuinamente democráticos y sustentables, ¿a qué está contribuyendo y cuál puede ser su utilidad?

 No obstante, creo que la ciudad sigue siendo la única solución viable como camino de la civilización. Pensar y narrar la polis, siempre ha sido en la tradición cultural de occidente, el ejercicio intelectual por antonomasia, y en él, hemos discutido nuestras posibilidades, limitaciones y sueños. Los que se plantearon desde Platón hasta Pico della Mirándola, desde las utopías del Renacimiento hasta los que imaginaron las vanguardias, desde estas hasta el urbanismo unitario de los situacionistas. Es la presencia de la ciudad como reivindicación del derecho a la polis, contra la no-ciudad.

El tren urbano actual ya no va a ninguna parte, aunque no haya descarrilado, circula entre estaciones agotadas en su propio grandiosidad deshumanizado. La máquina ruge cada vez más, la temperatura sube, el motor, aunque técnicamente avanzado, falla demasiado. Quizás ya no baste con cambiar las piezas, es posible que sea necesario otro motor, incluso otro tipo de tren.

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