Lucía del Mar Pérez
Su luna de pergamino
Preciosa tocando viene.
Al verla se ha levantado
el viento que nunca duerme.
San Cristobalón desnudo,
lleno de lenguas celestes,
mira a la niña tocando
una dulce gaita ausente.
Niña, deja que levante
tu vestido para verte.
Abre en mis dedos antiguos
la rosa azul de tu vientre.
Preciosa tira el pandero
y corre sin detenerse.
El viento-hombrón la persigue
con una espada caliente.
Fragmento de Preciosa y el aire, de Federico García Lorca
.
La lectura del romance Preciosa y el aire nos ofrece la imagen de una España de tradiciones. Una España donde la gitanilla Preciosa huye del viento caliente que desea poseerla. Cuenta la leyenda que los gitanos sienten terror ante el soplido del viento, que consideran como el estornudo del Diablo.
Mientras, los carabineros, alejados de las algarabías gitanas, protegían las casas de los ingleses, que desde el siglo XIX, comienzan a instalarse en Andalucía. Lorca muestra una España bella y atrasada, dominada por pasiones cegadoras. Una España que observa sentada como el progreso avanza implacable en el resto de Europa, mientras ella se agita al son de la pandereta, de esa luna de pergamino que forma parte del imaginario español, junto al mantón de manila, o los toros.
En el siglo XIX, los artistas del Romanticismo comenzaron a visitar España fascinados por el halo de exotismo que envuelve estas tierras, crisol de culturas y de religiones. Escritores como el estadounidense Washington Irving, que publica en 1832 Conjunto de cuentos y bosquejos sobre Moros y Españoles, sus famosos Cuentos de la Alhambra.
Cualquier extranjero de mirada inexperta aún concibe una imagen del españolito próxima al toro y a la fiesta, habituado más al ocio que al trabajo. Aún hoy, en los países protestantes piensan que el hombre mediterráneo de raigambre católica es vago y perezoso a la hora de doblar el espinazo, pero raudo y veloz al son de la pandereta.
No es cuestión de generalizar. Entre las últimas generaciones de españoles existen hombres y mujeres con grandes capacidades que ansían una oportunidad para demostrar su valía. Pero otros se aferran a un pasado ruidoso y de brillante colorido, muchas veces vacío de contenido. O cuyo contenido está podrido, y sigue contribuyendo al fortalecimiento de una España antigua y demodé que está ahogándose aferrada a los tiempos pretéritos.
Porque bajo ese mantón de manila, o bajo esos volantes flamencos, se ocultan también la corrupción, dejadez, y amoralidad. No se puede vivir de rentas. Nadie puede campar a sus anchas a costa del blanco y rojo de San Fermín, o de los fuegos de artificio falleros.
España es mucho más que eso, aunque esté sufriendo un grave proceso involutivo. España está viva, siente y sufre, sabe que es necesario avanzar. Y está deseando cambiar, despojarse de sus viejas vestiduras tradicionales tejidas con los hilos del atraso, sangre y de imposición. Aspira a cambiarlas por otras nuevas. No quiere renunciar al diseño de antaño, desea un vestido de materiales nobles, sin desdeñar sus raíces. Un avance hacia delante, un bregar con la vida.
Así, España, como Preciosa, corre indefensa ante el viento de la crisis que la persigue sin amainar. Pero sé que España, al igual que Preciosa, será capaz de tirar el pandero y ponerse a salvo arrojándose en brazos de la transformación y el desarrollo.
