Anne Sexton, los versos del cuerpo

Pedro A. Curto

Anne Sexton

   Un día un ama de casa norteamericana, de clase acomodada, decidió hablar de lo inabarcable e innombrable. Y empezó por hacerlo del propio cuerpo, de lo que rodeaba a éste, del que era su mundo bajo el dominio, más o menos sibilino, del imperio masculino y familiar. Una convivencia conflictiva porque en ella estaban la sumisión y la aceptación, la búsqueda de lo correcto al mismo tiempo que una tamizada rebeldía, todo ello envuelto en unos lazos de ternura creando una cárcel dorada. Porque ella era una esposa y madre feliz viviendo el sueño americano. Y decidió hablar sin tapujos, aunque con elegancia, utilizando el verso como lenguaje, convirtiendo cada poema en un hacha afilado que daba tajos certeros, en primer lugar sobre su propia piel. Quizás descubrió que ese sueño tenía mucho de pesadilla, que estaba transitando por un túnel y decidió encender una luz. Poco importa que las crónicas digan que empezó a escribir por consejo de su psicoanalista tras dar a luz; la pulsión poética y creativa ya estaban ahí. Poco importa que hablen sobre desequilibrios mentales presentes en su obra; es el desorden de la vida y forma parte del arte.

   Ella se llamaba Anne Sexton y habló sobre cosas como el paso del tiempo, (Dentro de dos horas será mi cumpleaños/ y como siempre la tierra ha terminado su cosecha), la sexualidad (y resurgiendo de las cenizas grite/ ¡mi sexo será traspasado!), la condición femenina (Algunas mujeres se casan con casas), la masturbación (Mi pequeño ciruelo fue lo que dijiste./ De noche, sola, desposo la cama), la muerte (en la muerte hay un estrecho callejón llamado muerte/ y lo atravieso como si fuese agua), el suicidio (pero los suicidas tienen un lenguaje especial./ Como carpinteros, quieren conocer las herramientas, / no preguntan por qué construir), la menstruación (¡Amor! esa roja enfermedad), de las adiciones (Mi surtido, de comprimidos/ tienen que durar años y años./ Me gustan más ellas de lo que me gusto a mí), del adulterio (Dios, incluso al pasar, / reparte monogamia como jerga), de un país al que no parecía tener mucha admiración (Nosotros somos América./ Somos los que rellenan ataúdes./ Somos los tenderos de la muerte./ (…)/ ¿Dónde están tus meritos, /América? ) En una sociedad puritana como la de su época, debió sorprender la radicalidad de sus versos, a pesar de lo cual tuvo éxito, quizás porque escribió en torno a los años sesenta que socavaron tantas certidumbres y lanzaron preguntas aún sin responder.

   Se acaban de publicar las obras completas de Anne Sexton en la editorial Linteo, lo que permite descubrir ampliamente y con detenimiento, a una autora poco conocida en español. Su obra se inicia con un estilo más bien formal, siempre cercano a la prosa, para ir haciéndose más libre, creador de imágenes extrañas y perturbadoras, que parten en muchos casos de la cotidianedad para ir más allá, hasta llegar a un cierto surrealismo sinestésico. En sus versos va creando redes de imágenes y asociaciones que terminan confluyendo, provocando en el lector explosiones poéticas, como animalillos salvajes soltados de repente en la urbe, que te inducen a parar y releer, reflexionar sobre lo leído. Es muy interesante el juego de extremos, (Vive o muere, un poema que da título al libro con el que ganó el premio Pulitzer), indagar en holocaustos personales, las referencias a nazis y judíos, algo que comparte con su amiga Sylvia Plath y que tanto le criticaron a ésta. Fue precisamente Plath quien me llevó al conocimiento de esta autora, como si una me abriese la puerta a la otra. Igual que a ella se la inscribe en la llamada poesía confesional, y aunque es cierto que la mayor parte de sus poemas son autobiográficos, es un yo confesional que miente y fantasea, llegando a crear un falso yo, con el fin de hallar una verdad más honda y compleja.

   Cuando Sylvia Plath se suicida, le dedica un poema sorprendente, no le hace el típico elogio funerario, tampoco le reprocha o lamenta que haya escogido el camino de su propia destrucción, sino que la acusa de habérsele adelantado: “ la muerte por la que bebíamos, / ¿las razones y luego el acto tranquilo?”  Y la Sexton cumplió el compromiso que tenían.

   Un octubre de 1974 entró en el garaje de su casa con una copa de vodka, luego de haberse tomado alguna más, con el abrigo de su madre sobre los hombros, se subió a su coche, encendió el motor y dejó que el monóxido de carbono le arrebatase la vida. El holocausto íntimo se cumplía, al igual que con su amiga Sylvia Plath. Quizás una puesta en escena teatral, pero como ella escribió: “Pero seguramente sabes que toda persona tiene una muerte, / su propia muerte, / esperándola./ Así que me iré ahora/ sin la vejez o enfermedad, / salvaje pero acertadamente/ a sabiendas de mi mejor camino.”

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