La media luna azul

Lucía del Mar Pérez

    “Escondido tras el oscuro manto de la noche contemplo cómo se aproxima el ejército cristiano hacia nuestras posiciones. Hoy es 12 Dhul-hijja del año 932 de mi calendario islámico, o lo que es lo mismo, el 19 de septiembre del año 1526. Mi nombre es Gargau, pero todos me conocen como Zelim Almanzor (“el victorioso por Alá”). Soy el caudillo elegido por mi pueblo para luchar contra el rey y defender nuestra religión. No tengo miedo. Ya puedo ver el paraíso de agua y vegetación exuberante y a las huríes, las jóvenes vírgenes que me aguardan para saciar mi dolor y mi sed”.

      Zelim Almanzor  acaudilló a  la población musulmana de la Sierra de Espadán, en Castellón, a comienzos del siglo XVI. En 1526 era el territorio más grande en España aún habitado por moros. El rey-emperador Carlos I se encontró con numerosos problemas durante todo su reinado. En el Reino de Valencia, durante la denominada Guerra de las Germanías, los “agermanats” controlaron el gobierno de la ciudad aprovechando un vacío de poder por la huida de las autoridades de la ciudad ante un brote de peste. Y al terciopelero radical Vicente Peris, al mando de los sublevados, no se le ocurrió otra cosa que bautizar forzosamente a los mudéjares, vasallos de los terratenientes, quienes los preferían a los campesinos cristianos. El asunto fue un verdadero quebradero de cabeza para el Augsburgo. Tras el conflicto se abrió el debate: ¿debían o no ser tomadas por válidas las conversiones forzosas? Una junta de teólogos concluyó que habían de darse por válidas.
      El propio papa Clemente VII fue presionado diplomáticamente para que justificara la posición oficial, de modo que el 15 de mayo de 1524 emitió un documento permitiendo la expulsión de los que no se bautizaran: la  Cédula de 4 de abril de 1525 por la que los mudéjares de Valencia habían de elegir entre la conversión y el exilio, aunque con la prevención de que durante cuarenta años quedaran libres del acoso de la Inquisición.

      La población mora de la Sierra de Espadán fue obligada a la conversión; de lo contrario, se convertirían en esclavos, debiendo llevar en los turbantes una media luna azul, escuchar los sermones de los predicadores cristianos, cerrar sus mezquitas y descubrirse cuando pasara el Santísimo Sacramento.
     Pero los musulmanes desencadenaron una revuelta y durante meses resistieron ferozmente amparados por el terreno escarpado de su sierra. El papa declaró la guerra de la Sierra de Espadán como la última cruzada en tierras europeas.
      Los cristianos sufrieron importantes bajas, hasta que el 19 de septiembre dos columnas de unos siete mil soldados atacaron el “Alcaldiazgo de Eslida”, quedando reducidos sus pueblos (Alcudia de Veo, Veo, Benitandús, Xinquer…) a la más absoluta de las miserias. Las mezquitas fueron destruidas, los libros del Corán quemados y sus habitantes obligados a convertirse al catolicismo. Murieron dos mil musulmanes, otros tantos fueron vendidos como esclavos.
     Aquí, atrapada por la magia de las tierras rosadas, el frescor de los helechos, caminando a  la sombra de los alcornocales, disfruto de la belleza de la naturaleza, de la soledad de estas tierras. Porque ya conocemos el final de la historia: el proceso de cristianización fue infructuoso, por lo que  concluiría con la definitiva expulsión de los moriscos en el año 1609. Un tercio de la población del reino de Valencia fue expulsado.  
     En la actualidad la Sierra de Espadán es un paraíso para los amantes de la naturaleza: senderismo, espeleología o ciclismo son algunas de sus ofertas. Pero si permanecemos en silencio, aún se puede escuchar la llamada a la oración desde el  ribat, el monasterio islámico de La Vall de Almonacid, donde el tiempo se detiene, y  entre las almenas vigila aún Abdel Azim, el último de los monjes guerreros que dominaron la zona durante cien años. Contenemos la respiración para no molestarle en su profunda meditación, en su lucha y en la aceptación del destino que Alá tenía preparado para él.
     Nos hallamos ante uno de los episodios más oscuros de la historia de España, repleta de  casos similares de intolerancia religiosa. La religión es inherente a la condición humana; desde la noche de los tiempos buscamos una explicación lógica a los misterios de la vida y del universo. El problema viene cuando la sacralización de la sociedad es excesiva y empuñamos las armas en nombre del dios de turno.  O cuando la religión es utilizada con fines políticos. El gran historiador E. Hobsbawm, fallecido esta semana, afirmaba que ninguna de las tres grandes religiones monoteístas está exenta de fundamentalismo. La barbarie acompaña al hombre desde que es hombre, oculta bajo la máscara de la religión. Ahora, con estas líneas, solo pretendo recordar una realidad histórica incómoda. Porque detrás de la triste historia de los moros de Espadán, hay un profundo rastro de dolor que no siempre es cómodo afrontar. El dolor de los hombres de la media luna azul.

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