Yo sí he logrado ver el mundo Tras la red.
Me llamo Inculking. Mac Inculking.
Ahora que he regresado ya no puedo mirar mi mundo de otra forma, ni siquiera narrarlo de otra forma. Ha sido una experiencia intensa, pero en Tras la red he encontrado materia suficiente para justificar mi periplo. Y este reportaje que me dispongo a emprender.
Yo era un crítico crítico de verdad. Desconocía qué cosa podía ser la inquina, o el amiguismo, o el afterpop, o corporación dermoestética, nada de esto untó nunca mi mirada que fue limpia como la de un niño, aguda como la de un antidisturbios frente a una mani de estudiantes cargados de peligros y mochilas. Mi afán me llevó a investigar los últimos avances en literatura cibernética (ya saben, códigos binarios y neuronas espejo, Blasberris, Tuiters y similares como fuente de creatividad y ortografía de vanguardia), cuando di con un título opaco, paradigmático, arcano, y me vi impelido a seguirlo: Tras la red.
Acto seguido me travestí en mi apariencia de código binario (desde el carnaval me travisto de lo que sea, hasta de monja) para acceder sutilmente a sitios poco recomendables y protegidos por tipos malcarados, pero abundantes de información. Las cloacas de la cultura, podríamos decir. Circulaba yo a trompicones por cables tercermundistas de Telefónica Española y no dejaba de preguntarme qué me encontraría cuando llegara Tras la red. En un partido de fútbol es fácil saberlo: tras la red están los ultras, los ultraculés o ultramouriños. En un pesquero, tras la red se esconde Mohammed VI o un comisario europeo. Pero para eso no hace falta Wikilis, eso lo sabe hasta mi vecina que va a clases de Gugle en la Caja de Ahorros. Mis pesquisas, pues, no habían hecho más que empezar.
Capítulo I
¿Escribiría las mismas cosas un autor/a con boli bic que con una Blasberri?
Pese a mi velocidad de crucero, conseguí dar con información interesante. Como siempre en estas lides, uno se tropieza con expertos en artefactos post como Vicente Luis Mora o Jordi Carrión, siempre a la última. Pero en Tras la red encontré un prólogo titulado Verines se escribe con P (María Goicoechea) que me puso sobre la pista: si Verines se escribe con P, es que los teclados van a hacer estragos en el futuro. O que están mal configurados.
Gracias a mi amistad con troyanos de segunda generación (cuyo nombre no puedo desvelar aquí sin peligro de una multa descomunal) obtuve un permiso temporal y logré evadirme fiscalmente para después pasar a través de antivirus y cortafuegos como si tal cosa. Nada de lo que pueda enorgullecerme, por otro lado, si se tiene en cuenta que ya evade fiscalmente incluso la Casa Real española. Fue así como logré alcanzar otra dimensión y pude ver el mundo Tras la red.
Capítulo II
¿Pero había algo en internet aparte del porno?
No voy a desvelar secretos bajo sumario, pero avanzaré parte del asunto antes de que otros empiecen a considerarme un mero bocazas. En Tras la red hay muchos sexos, sí señor. Muy comedidos todos, hay que reconocerlo. Los que ven porno por internet son guarrillos mal vistos y están siempre en la habitación de al lado (Neus Arqués), los que se hacen fotos guarrillas son siempre amigos de los amigos, y otros diseñan programas para aprender métodos innovadores de seducción(Benjamín Escalonilla) pero no entran al bollo ni a la polla. Bueno, eso es lo que ocurre con los votantes del PP, que nunca encuentras a ninguno capaz de relatar el acto. Creo que en ese sentido hay que multiplicar a gusto del lector el volumen de esas fugaces escenas, y asunto arreglado. Pero hay mucho tomate, eso sí: gente friki que no liga y que cuando liga quiere decir hardcore, sin prolegómenos ni poesía; gente que le chulea la intimidad a sus amantes (Javier Ruescas) o a sus clientes (Doménico Chiappe) como vulgares Zuckerberg, mujeres que se conectan con maridos para hablarse lo que no se puede hablar en la cama (Miriam Reyes), gayes que buscan cuartos oscuros sin apagar la luz (José Manuel Lucía) pues cualquiera sabe que sin luz no hay internet, aunque sí cuartos oscuros. Incluso hay amores Whasup con mensajes de colores (Dolores Romero). Y amores de tipos que se crean un perfil a la medida de la piba que van buscando (Vanessa Monfort) (que es como siempre han hecho los tíos, incluso antes del wifi). Y sí, Vanessa, yo también me haría un perfil a tu medida si eso sirviera, o ya puestos, los dos perfiles complementarios.
Capítulo III
¿Es seguro dejar suelto a un abuelo 2.0, como dejamos libres a esos que aún usan pecés?
Moví después mis pesquisas en esa dirección y también hallé informaciones de calado. Tras varias invitaciones a cursos del Imserso tales como El ratón: ese desconocido, conseguí acceder a documentos sorprendentes en Tras la red: abuelas que aprenden a navegar en youtube, cogen vuelo y se enteran de todo, incluido aquello de lo que no deben enterarse (Arantza Larrauri); y abuelos que acaparan, y acaparan tanto, que también se enteran de lo que no deben enterarse (María Goicoechea). Abuelos y abuelas, en fin, que deberían crear su propio Grindr para montárselo, y dejar de dar la nota en casa ante menores. Hay nietas que los inducen, y que tal como anda el patio un día serán bloqueadas por alguna ley Sinde o Wert para la protección de la infancia, al menos hasta los 30 años. Y hay nietas tiernas que, aprovechando el vacío legal, se comunican con papás y mamás tratando, cómo no, de llamar la atención (Anika Lillo). Mejor así, que no matando vecinitas a la hora del Monsters High.
Capítulo IV
¿Una vez llegados a la dimensión tras la red, es posible regresar al antes de la red sin perder las muelas?
Todo eso me lo iba preguntando mientras pasaba de cluster en cluster, donde por cierto, el vodka siempre es de garrafa made in china. Pero no dejé de estar atento ni así. Encontré un a modo de paso franco que permitía navegar por la línea del tiempo (si es que tal cosa existe, como dijo Robert Juan Cantavella, y antes de él el ínclito Curtis Garland, que a lo mejor lo dijo después del primero, pero tampoco importa). A través de esa línea, un tipo (Manuel Loureiro) es capaz de saber lo que será el futuro sin libros legales, ni siquiera ordenadores, porque ya van sabiendo que enemigos somos todos cuando leemos. Y otros (Luis González) vuelven al pasado y relatan vía Tuiter, y con vídeos a través de Youtube, la conspiración de Sir Robert Catesby, Guy Fawkes y otros iluminados contra el rey Jacobo I, con su incendio y todo, y este sí que fue violento y católico, por lo cual los antidisturbios no quisieron intervenir.
Todo este periplo, lo habrán imaginado, me llevó mucho tiempo y supuso un sacrificio no pequeño. Cansado y sin cobertura, me perdí por vericuetos y trochas, por caminos y paseos alfombrados de virus agonizantes. En uno de esos callejones oscuros me crucé con Lorenzo Silva, que venía de presentar novela y se le notaba el efecto de los cócteles, y con Javier Celaya, que anduvo todo el tiempo cantando al Rocío Jurado’s way Como una Nube, pero adaptada a la nueva dimensión. Creo que estuvo muy acertado en todo lo que relató, aunque bizqueaba por efecto del alcohol, y eso le otorgaba matices hipster, pero mermaba en igual medida su credibilidad. No acabé de entender si decía haber sido un ordenador en una encarnación anterior, o que para los reyes magos se la pedía la reencarnación. Acabamos los tres en un bar sin licencia, a altas horas de la noche. Servían bits baratos y con poco hielo, ponían música de Bambino y el ambiente estaba formidable. Allí se materializó en un momento una nube roja iridiscente, la vi llenando la embocadura de la puerta y al poco ya no tuve duda. No podía ser más que Cristina Fallarás, desnuda como una sílfide. Vengo de la Barceloneta, me dijo y la creí porque era la única que no había bebido aún, y porque traía el pelo mojado y olía a sal con productos químicos. Me he despojado de todo, incluso del móvil. Y concedí que eso debía de ser verdad también, dado que me fijé sobre todo en eso al verla desnuda, que no traía móvil. Me pareció que arrastraba una crisis, lo que por otra parte le sentaba muy bien. La vi alegre como una walkiria, rozagante como un atún, cada huella que dejaba en el suelo era un charco que olía muy bien, o por lo menos a mí me gustaba. Ahora no sé qué hacer con tanta vida, me dijo, y yo le sonreí. Solo por eso ya merecía la pena haber llegado tan lejos, me dije. Me dormí pensando en lo que había dicho la Fallarás, y concluí (yo concluyo mejor con alcohol) que ese era el problema más lindo que nunca habría imaginado. En mi mano tenía dos móviles, un iPad y el cubata de bits ya un poco aguado, y me sentí el regalo de todos ellos, que habría dicho Cortázar en mis circunstancias.
Bambino sonaba a toda leche cuando decidí que yo también me marchaba a la playa de la Barceloneta a diluir mi crisis. Una camarera me guiñaba un ojo a través del whassup, y no le hice ni caso.
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