Explosión en el Maine

 

Julio Fernández Peláez
Lo admito, una de las posibilidades más razonables consiste en aceptar que el Maine explotó porque sí, es decir, sin más, sin intencionalidad, hostilidad ni premeditación, ni siquiera a sabiendas de que su explosión era también una explosión de riqueza para traficantes de noticias, constructores de canales, mercaderes de materias preciosas y un largo etcétera de promotores de ideas brillantes. A pesar de lo que pueda pensarse, sin embargo, el Maine explotó por culpa de una mala combustión en las calderas, de manera espontánea, o en todo caso por accidente, tal y como suceden los accidentes más vulgares una vez que el cigarro en los labios de un borracho cae sobre un colchón de pajas, o bien originado por un fuego que escapó del camarote en el que cocineros cubanos asaban un cerdito para agasajar a los queridos oficiales estadounidenses mientras una docena de esclavas negras hacían turnos para complacer al resto de la tripulación, toda ella deseosa de ayudar a sus semejantes del Caribe tal que garrapatas succionadoras de malos augurios libertarios. Además, en 1898 la ocultación de los accidentes era cosa de niños traviesos, y cuando estas ocultaciones se desvelaban, lo mejor era no tenerlas en cuenta. En resumen, que no hay motivos en la actualidad para pensar que aquellos marineros yanquis del Maine donaran su existencia a la patria de forma generosa y sin pedir nada a cambio, con la seguridad de haber cumplido con el deber mismo, conscientes de que una vez reventados sus tímpanos, sus corazones abiertos y sus tripas apestando el aire, los cañones de la emergente superpotencia que apuntaban al mundo, empezando por el Pacífico, lograrían dar legitimidad a toda una inacabable sucesión de bondadosas acciones en futuro, en pasado, y en presente subjuntivo e imperfecto.
Sé lo que estás pensado, que no es cierto que aquel maravilloso accidente del Maine sirviera como ejemplo para nuevas acciones de sacrificio bélico, conozco tus suspicacias sobre lo que aquí pueda decir o dejar de decir yo, a sabiendas de que una lección así sólo puede ser ejemplar en sí misma, sin otro interés que dotar de beneficio a todo ser humano con estrellas y en azul más rojo, como Papá Noel en el cielo después de ponerse ciego a coca colas.

Descuida, no pienso relatar acciones tan cabales como desconectar los radares para dejarse bombardear por los japos, o descuidar la vigilancia democrática para que los comunistas sudamericanos amenacen con demencia el norte de los vientos, o quitar durante unas horas la alarma de los relojes del pentágono dejando así que aviones pilotados por miembros del espionaje silencioso hipersecreto se estampen contra… No, no diré nada de todo esto, porque expresarlo sería conspirar, y no quiero que tú ni Google os sintáis molestos a causa de unas miserables palabras clave contenidas en el interior de un relato, un relato, que quede claro, escrito después de leer varios tomos de enciclopedias digitales copyleft, y que ahora viaja a través de gmail. Además, si algo hay cierto en todo esto es que en la guerra hispanoamericana los españoles no dejaban de ser europeos, es decir, exterminadores de culturas indígenas y aborígenes, y explotadores y perversos, mientras que los norteamericanos seguían siendo norteamericanos, vaqueros e indios norteamericanos, al menos desde una perspectiva cinematográfica, es decir, escrita con orgullo celuloide y exenta del pudor del papel manchado por el lenguaje.

Ahora bien, si bien es justo no levantar escándalos después de tantos años de ecuanimidad epistolar, no puedo dejar de advertir mis gramaticales dudas y mis sospechas ortográficas alrededor de todo aquello que la explosión del Maine pudo catalizar, como si de un agente vírico histórico se tratara, capaz de despertar todo tipo de acontecimientos diacríticos, como por ejemplo el complejo de Supermán a diferencia del complejo de Edipo, o la gripe española a diferencia de la gripe norteamericana. Por cierto, no fue el rencor hacia el vencido la causa de ese cambio de nombre en la gripe más mortal jamás conocida sino de nuevo un simple y curioso accidente. Está constatado que al igual que el Maine, la enfermedad explotó en el corazón de Estados Unidos de manera casual. Unas gallinas con gripe son forzadas sexualmente por unos puritanos granjeros de Kansas en la primavera de 1918 y a partir de ahí, plaff, doscientos millones de muertos. No, no estoy diciendo con esto que la gripe ni los actos de zoofilia fueran aposta, claro que no, pensarlo sería tan asqueroso que ni se me pasa por la cabeza.
Por otra parte, tonterías semejantes se escuchan todos los días, y yo no les doy crédito. Que así conste. Desde hace décadas y décadas, por ejemplo, se culpa a la bolsa de New York de la gran depresión del 1929 que a su vez daría pie al auge de los fascismos en todo el mundo, la segunda guerra mundial, el exterminio en las cámaras de gas, y una larga retahíla de desgracias para el planeta Tierra. Hay demasiada gente que cree que todos los males del mundo contemporáneo tienen su origen en la extraña afición del pueblo norteamericano por sacrificarse, por suicidarse económica, política y humanamente, como si de verdad creyeran que ellos son el pueblo elegido, el pueblo de las oportunidades, el pueblo que mata y muere por el resto de los pueblos. Pero yo no lo pienso. Puede ser que haya algo de cierto en estas leyendas, pero como leyendas que son, jamás podrán demostrarse. Por esta razón voy a terminar bien este relato, no sólo para que no haya dudas sobre la posición objetiva que ocupa el autor, editorialmente hablando se sobreentiende, sino también para evitar con un final feliz cualquier remordimiento en el lector.
Mi opinión, para acabar, es que los males que arrastra el ser humano no tienen un origen claro, y mucho menos dialéctico. Por poner un ejemplo, la actual hambruna en África está causada por la desorbitada especulación despiadada y compulsiva, una acumulación de alimentos sin precedentes que nada o poco tiene que ver con la tendencia capitalista al suicidio de sus tropas, de sus marineritos del Maine, si utilizamos como figura retórica el símil. De igual manera, todos los asesinatos políticos en América Latina fueron causados por la avaricia de unos pocos a los que se les pagaba una pasta por torturar y tirar cuerpos al océano, pero sin una evidente relación con la estrategia del sacrificio.
Y esto, puestos a acabar felizmente, es un alivio, es un alivio que el Maine explotara por accidente, a no ser que Orson Welles pusiera una bomba en el barco para que William Randolph Hearst tuviera un motivo para vender más periódicos y así poder inspirar a Welles el argumento de su película Ciudadano Kane, abriendo de este modo importantes brechas artísticas en la piel del planeta, capaces de agotar todos los recursos narrativos, incluida la omnisciencia telescópica.
 
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