La pantera en la habitación

por Miguel Ángel de Rus

Mojaba una magdalena en leche mientras leía algo que había dejado escrito un autor francés cuyo nombre no podría asegurar y añoraba mi infancia de niño de familia terrateniente, instruido por una mademoiselle parisina de extraordinarios modales, cuando la pantera negra penetró en mi habitación.
No podría asegurar cómo entró, pero lo hizo.
No me molestó tanto el que robara mi intimidad –vivimos el tiempo en que la multitud ha decidido ignorar entre otros conceptos el de privado- como el modo en que menospreció mis libros. Introdujo el hocico en mis estanterías, los olisqueó, y derribó cuanto pudo, actitud que no se le debe permitir a nadie, incluso si ese alguien es una pantera negra. Una vez en el suelo orinó de un modo cálido, tranquilo, sobre ellos y rugió, mirándome de un modo provocador.
El hecho de que llevara treinta años entrando en casa sin permiso, de que ya hubiera cometido desmanes, como comerse a las dos criadas de provincias, a uno de los vigilantes que cuidaban de la supuesta seguridad del edificio, e incluso a mi padre, no fue óbice para que aquella tarde decidiera que la gota había colmado el vaso, si se me permite la expresión tan manida como gráfica.
Me dirigí raudo hacia la pantera negra y razoné, convencido de que todo tiene solución mediante el diálogo:
-Mire usted, señorita. Tiene que comprender que no está bien lo que hace.
No hay nada más valioso que la vida humana y ya se ha comido usted a varias personas. Además, con sus garras ha destrozado varias veces el mobiliario, ha espantado a los vecinos y ha arruinado el negocio que tenía en la planta baja del edificio. He aguantado las tres últimas décadas su violencia, su locura, pero hoy ha sido excesivo. Perdóneme, pero no puedo permitirle que destroce los libros. Algún día deberíamos marcar un límite a sus desmanes.
Se relamió.
Dado que soy absolutamente racionalista (no creo ni en dioses, ni en chamanes, ni en la bondad humana, ni en juegos de azar) y que formo parte de esa generación que sabe cuál es la estructura más mínima del ser humano, e incluso el día y la hora de la creación del universo, supuse que la pantera negra -día a día más hermosa, fuerte y con el pelo más brillante gracias a la comida que robaba en casa- comprendería mis razonables argumentos y depondría su violenta actitud, pero no fue así.
Antes de que pudiera explicarle la Carta de los Derechos del Hombre, la legislación vigente o el concepto cristiano de caridad, se había comido la parte inferior de mi pierna izquierda. Incluido el zapato.
No grité ni lloré porque pertenezco a una raza de hombres que habían conquistado el mundo, padres de los modernos Estados, pero me sentí muy mal, lo pueden creer. Mal hasta el punto de que mis argumentos a favor de la convivencia surgían entre sollozos.
Mi templanza, por extraño que pudiera parecer, le abrió el apetito. Mientras le hablaba de San Juan de la Cruz, de Santa Teresa de Jesús y de San Francisco de Asís, de que estaría dispuesto a perdonar tan sólo a cambio de que dejara de matar y se convirtiera al vegetarianismo, devoró mi pie derecho. Creo que no es necesario explicar que, una vez desaparecida media pierna izquierda, el pie derecho se había convertido en indispensable para sustentarme.
Caí sobre el sofá. Soy un blando, lo reconozco, pero lloré de dolor, otra debilidad de mi espíritu. Allí encontré el cortaplumas de plata que solía usar para abrir las cartas. Me volví con él en la mano derecha y vi muy cerca las fauces de la pantera negra, a punto de seccionar mi yugular. La yugular está aquí.
Fue esa y no otra la razón por la que le asesté treinta y cuatro cortes en el cuello al animal que, en la determinación más adecuada de su vida, murió entre estertores que más parecían eructos.
El resto ya lo saben. La campaña internacional de prensa contra este humilde tullido por haber matado a una fiera de una especie protegida; mi detención (era fácil, ya no era el hombre poderoso de antaño, sólo un cojo en una silla de ruedas) y la voladura de mi vivienda. Nada de ello hubiera pasado si hubiera llamado a la policía y hubiera esperado a que las fuerzas del orden hubieran tenido una orden judicial; incluso debí pedir su opinión al parlamento para saber qué decisión hubieran tomado los representantes de la sociedad.
Comprendo que hice mal en defenderme. Acaso ese desliz en mi comportamiento se deba a las lecturas, malas influencias. Asumo que hubiera sido más fácil que el animalito se hubiese merendado a este servidor, pero no tengo conciencia. Ciertamente soy un depravado.
Agradezco la condena y que mi nombre se airee como ser antisocial. Que nadie piense que hay que hacer frente al miedo, sino sucumbir en silencio. Su sentencia será la luz que nos guíe por el correcto camino.
Lloro, sí, lloro de alegría al haberle conocido y quisiera levantarme de la silla de ruedas para abrazarle y agradecerle su sentencia, pero no puedo.
Usted es la palabra de Dios.

4 Respuestas a “La pantera en la habitación

  1. ¿El armagnac hace la lucidez o la lucidez lleva al armagnac?Bien, es el escritor más lúcido de este patio soleado… ¿por qué se hincha a pastillas y armagnac? Algo habrá en el ambiente…

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