Amarillo como la sangre

Francisco Segovia

Sangre amarilla

Estoy maldito dos veces. Dos veces que equivalen entre ambas a una eternidad de condena y un infinito de dolor.

La noche ha caído de nuevo, aunque hoy la luna está ausente por completo. Es entonces mi momento: me alzo de la tumba donde yazco escondido durante el día, y salgo de caza.

Porque yo soy un vampiro. Un habitante y depredador de la noche desde que hace un año un extraño me atacó y mordió en el cuello, dejándome casi sin sangre y al borde de la muerte. Pero sobreviví, pero condenado a una no vida.

Dejo atrás mi refugio, y recorro las solitarias callejuelas de la gran ciudad. Solo, terriblemente solo, porque no hay compañía humana que me satisfaga, ni amor que pueda corresponder, ni familia con la que volver y confesarle mi mal. He de sobrellevarlo sin ayuda alguna.

Cada noche, todas las noches del año, de mi eterna vida, tengo necesidad de beber sangre… humana. Mi cuerpo languidece de una forma miserable y dolorosa cuando no bebo ese jugo, pero no muere y me azuza aún más, hasta que grito de rabia y desesperación.

Dije que padezco dos condenas; de la primera acabo de hablar ya, pero la segunda, que era antigua antes de mi fatal encuentro con aquel desconocido demonio que me infectó, acrecienta mis males: y es que yo, además, soy hemofóbico. Trágica e incurablemente, porque odio la mera contemplación de la sangre y, simplemente imaginar que puedo llegar a verla, hace que vomite y caiga mareado al suelo.

Por eso me introduzco subrepticiamente en los centros hospitalarios: porque el suero sanguíneo es de color amarillento y, aunque no tiene la intensidad y consistencia de la sangre, beberlo evita mis dolores, aunque me hace seguir estando no muerto. ¡Si pudiera, al menos, quitarme una de estas dos condenas!

 

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