Paraíso (XVII)

Toni Morrison

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Consolata estaba demasiado débil para ponerse de pie, de manera que apoyó la cabeza en el respaldo y pidió agua.

—Ya has tornado demasiada —dijo Lone—. ¿Cuántos años tienes?
—Cuarenta y nueve. Pronto cumpliré los cincuenta.
—Bien, yo tengo más de setenta y soy experta en la materia. Si haces lo que te digo, tu menopausia será más fácil y más corta.
—Usted no sabe si es eso.
—Estoy segura. Y no sólo por el sudor. Sientes algo más, ¿verdad?
—¿Como qué?
—Lo sabrías si lo sintieras.
—¿Cómo es?
—Dímelo tú. Algunas mujeres no lo toleran. Otras dicen que les recuerda…, bien, ya sabes qué.
—Tengo la garganta seca —dijo Consolata.

Lone hurgó en su bolso.

—Te prepararé una infusión que te ayudará.
—No. Las hermanas. Quiero decir que a las hermanas no les gustará que entre y empiece a rondar por la cocina.
—Oh, seguro que les parece bien.

Y así fue. Lone dio a Consolata una bebida caliente terriblemente salada. Cuando le describió a Mary Magna el mareo que había sentido y el remedio que le había dado Lone, aquélla rió y comentó:

—Bien, como maestra, te diré que todo eso son tonterías; pero como mujer, te diré que ayuda, ayuda de verdad. Sin embargo, ten mucho cuidado —añadió bajando la voz—. Creo que lleva a cabo extrañas prácticas.

Lone no las visitaba con frecuencia, pero cuando lo hacía, Consolata se sentía inquieta por la información que le daba y se quejaba de que no creía en la magia; que la Iglesia y todo lo santo prohibía sus pretensiones de conocimiento y su práctica. Lone no era agresiva. Se limitaba a hablar.

—Algunas veces, la gente necesita más.
—Nunca —replicaba Consolata—. En mi fe, la fe es lo único que se necesita.
—Tú necesitas lo que todos necesitamos: tierra, aire, agua. No separes a Dios de Sus elementos. Él lo ha creado todo. Te empeñas en separarlo de Sus obras. No trastornes Su mundo.

Consolata escuchaba sin entusiasmo. Su curiosidad era escasa; sus hábitos religiosos estaban muy arraigados. No se sentía más segura por observar la caída de una escoba o los excrementos de un coyote. No se sentía más o menos feliz por ver un animal deforme. No tenía ganas de conversar con el agua. Ni creía que la gente corriente pudiera o debiera interferir en las consecuencias naturales. Sin embargo, la carretera desde Demby era recta como una sierra, y un adolescente que condujera por ella por primera vez creía, no sólo que podía conducir con los ojos vendados, sino que podía hacerlo dormido, y eso era lo que hacía Scout Morgan, que iba dando cabezadas mientras viajaba una tarde por la carretera que pasaba cerca del convento. Tenía quince años, conducía el camión del padre de su mejor amigo (que no era nada comparado con el Little Deere que su tío le había enseñado a conducir) mientras su hermano, Easter, dormía en la cama de la cabina y su amigo lo hacía en el asiento de al lado. Se habían escapado a Red Fork para asistir al Rodeo Negro, a pesar de la prohibición de sus padres, y se habían animado con cerveza Falstaff. Durante una de las involuntarias cabezadas de Scout, el camión se salió de la carretera y probablemente no habría pasado nada si no hubiera sido por los postes eléctricos plantados y dispuestos para su uso en cuanto la compañía de electricidad terminara de instalarlos. El camión chocó contra los postes y volcó. July Person y Easter salieron despedidos. Scout quedó atrapado dentro mientras unas líneas rojas y torcidas hacían resaltar la negra piel de sus sienes.

Lone, sentada ante la mesa de Consolata, oyó más que sintió el accidente; los gritos de Jury y Easter no podían llegar tan lejos. Se puso de pie y cogió a Consolata del brazo y dijo:

—¡Vamos!
—¿Adónde?
—Cerca. Creo.

Cuando llegaron, Easter y July habían sacado a Scout de la cabina y daban alaridos sobre su cuerpo muerto. Lone se volvió hacia Consolata.

—Soy demasiado vieja. Ya no puedo hacerlo, pero tú sí.
—¿Levantarlo?
—No. Entrar dentro de él. Despertarlo.
—¿Dentro? ¿Cómo?
—Entra. Sólo tienes que dar un paso y entrar en él. ¡Ayúdalo, niña!

Consolata miró el cadáver y, sin vacilar, se quitó las gafas y fijó la vista en los hilillos rojos que le manchaban el pelo. Dio un paso y entró en él. Vio el trozo de carretera que había recorrido mientras soñaba, sintió el bandazo del camión, el dolor de cabeza, la presión sobre el pecho, la ausencia de deseo de respirar. Como si estuviesen muy lejos, oyó a Easter y July dar patadas al camión y gemir. Dentro del muchacho, vio un puntito de luz que se alejaba. Hizo acopio de una energía similar al miedo y observó que crecía por momentos. Siguió aumentando de tamaño, hasta que el aire empezó a filtrarse y, después, a entrar a bocanadas. Aunque al mirar le dolía de manera endemoniada, se concentró como si los pulmones que necesitaban aire fueran los suyos.

Scout abrió los ojos, gruñó y se sentó. Las mujeres indicaron a los otros dos chicos que lo llevaran al convento. Ellos dudaron y cruzaron una mirada.

—¿Qué demonios os pasa? —les preguntó Lone.

Los dos se sentían profundamente aliviados por la recuperación de Scout, pero no, señora, señorita DuPres, tenemos que irnos a casa.

—Vamos a ver si todavía funciona —dijo Easter.

Enderezaron el camión y comprobaron que estaba lo bastante bien como para continuar. Lone se fue con ellos, y Consolata quedó en parte entusiasmada y en parte avergonzada por lo que había hecho. Extrañas prácticas.

Pasaron semanas antes de que Lone regresara para tranquilizarla por el modo en que se había recuperado el chico.

—Tienes poderes. Me di cuenta enseguida.

Consolata hizo una mueca de disgusto y se santiguó mientras murmuraba:

Ave Maria gratia plena.

El entusiasmo había desaparecido y aquello le parecía asqueroso. Como si fuera brujería. Poderes malignos. Artes demoníacas. Algo que le mortificaría tener que contar a Mary Magna, a Jesús o a la Virgen. No había sabido lo que hacía; estaba bajo un hechizo. El hechizo de Lone. Y así se lo dijo.

—No seas tonta —replicó Lone—. Dios no se equivoca. Sería un error despreciar su don. ¿Estás llamándolo idiota?
—No entiendo nada de lo que me dice.
—Sí lo entiendes. Deja que tu mente crezca y utiliza lo que Dios te da.
—Creo que Él quiere que no la escuche.
—Cabezota —dijo Lone. Recogió el bolso y bajó por el camino para esperar bajo el sol a que la recogieran.

Más tarde, apareció Soane.

—Lone DuPres me ha contado lo que hiciste —dijo—. He venido a darte las gracias con todo mi corazón.

A Consolata le pareció que estaba igual que antes, con la salvedad de que se había cortado el cabello, que en 1954 llevaba largo e impregnado de pena. Dejó un cesto sobre la mesa.

—Siempre estarás presente en mis oraciones.

Consolata levantó la servilleta. Entre capas de papel encerado, había galletas de azúcar redondas.

—A la madre le gustarán con el té —dijo. Después, mirando a Soane, añadió—:También están buenas con el café.
—Me encantaría tomar una taza.

Consolata colocó las galletas en una fuente.

—Lone cree…
—Me da igual lo que crea. Me lo has devuelto.

Un ganso graznó en el patio, espantando a las gansas que lo rodeaban.

—No sabía que fuese tuyo.
—Ya sé que no lo sabías.
—Y no pude evitarlo. Quiero decir que estaba fuera de mis manos, por decirlo así.
—Eso también lo sé.
—¿Y él qué cree?
—Que se salvó solo.
—Quizá tenga razón.
—Quizá sí.
—¿Y tú qué crees?
—Que ha tenido suerte al tenernos a las dos.

Consolata sacudió las migas del cesto, dobló con cuidado la servilleta y la puso dentro. Aquel cesto pasó de las manos de la una a las de la otra innumerables veces a lo largo de los años.

No tenía sentido «entrar» en alguien que no fuera Mary Magna. No hacía falta. Consolata, que no podía soportar la luz cerca de los ojos, lo hizo por la reverenda madre cuando se puso enferma. Al principio, lo intentó desde la debilidad de la devoción convertida en pánico —nada parecía aliviar a la enferma—, pero después, furiosa por su impotencia, asumió una actitud de mando. Entró en ella para encontrar el puntito de luz. Lo manipuló, lo hizo más grande, lo fortaleció. De vez en cuando, hacía que reviviera. Y tan intensas eran sus entradas que Mary Magna brilló como una lámpara hasta que exhaló su último suspiro entre los brazos de Consolata. Así pues, había realizado extrañas prácticas y, aunque lo hacía en beneficio de la mujer que amaba, sabía que era un anatema, que Mary Magna habría retrocedido disgustada y furiosa si hubiese sabido que el mal prolongaba su vida, que alguien que debería ser más consciente de lo que hacía, retrasaba la bendición del gozo final. De modo que Consolata nunca se lo contó. Sin embargo, por repugnante que le resultara, el don no desapareció. Y, aunque era algo inquietante, unciendo el pecado del orgullo al de la brujería, llegó a aceptarlo de manera tal que se convenció de que no ofendería a Dios ni pondría su alma en peligro. Era una cuestión de lenguaje. Lone lo llamaba «entrar»; Consolata, «mirar dentro». Así, su don era el de la «visión», que Dios entregaba a cualquiera que quisiese desarrollarlo. Se trataba de un razonamiento algo tortuoso, pero zanjaba la discusión con Lone y le permitía aceptar sus remedios para toda clase de enfermedades y experimentar con los demás mientras la visión estaba en marcha. Cuanto más tenue se hacía el mundo visible, más desconcertante resultaba su visión.

Cuando murió Mary Magna, Consolata, que tenía cincuenta y cuatro años, se sintió más huérfana que cuando era una niña de la calle o una criada. La Iglesia tenía razón al advertir contra un excesivo amor humano, y cuando Mary Magna la abandonó Consolata aceptó la comprensión de sus dos amigas, la ayuda y los murmullos de apoyo de Mavis, los esfuerzos de Grace por animarla, pero la cuerda que la ataba al mundo se le había escapado de los dedos. No tenía papeles, ni seguro, ni familia, ni trabajo. Enfrentada a la extinción, esperando el desahucio, temerosa de Dios, se sentía como si fuera un fragmento de papel en el que no hubiera nada escrito, abandonado en el rincón de un cajón vacío. Le habían prometido que cuidarían de ella para siempre, pero no le habían dicho que «siempre» no significaba en todos los sentidos ni en todos los momentos. El vino prisionero la ayudó hasta que dejó de hacerlo, y entonces, presa de la mala intención del bebedor, deseó tener fuerzas suficientes como para matar a palos a las mujeres que gorroneaban en la casa. «Dios no comete errores», le había gritado Lone. Quizá no, pero a veces era demasiado generoso. Como cuando concedía poderes satánicos a una mujer borracha, ignorante, pobre, que vivía en la oscuridad, incapaz de levantarse de un camastro para hacer algo útil o morirse en él y librar al mundo de su hedor. Con el cabello gris, los ojos vaciados de aquello para lo que estaban hechos, se imaginaba el aspecto que debía de tener. Sus ojos descoloridos sólo veían con claridad lo que sucedía en la mente de los demás. Exactamente lo contrario que durante aquella temporada ciega, cuando se revolcaba en celo con el hombre vivo y pensaba que veía por primera vez en su vida porque miraba muy intensamente. Pero había recibido una señal, medio maldición, medio bendición. Él le había quemado el color verde y lo había sustituido por una vista pura que la condenaba si la utilizaba.


Unos pasos y, después, una llamada a la puerta, interrumpieron sus tristes pensamientos, sin salida.

La chica abrió la puerta.

—¿Connie?
—¿Quién es?
—Soy yo, Pallas. He llamado a mi padre otra vez. Bien. Ya sabes. Hemos quedado en Tulsa. He venido a despedirme.
—Ya veo.
—Todo ha ido muy bien. Me hacía falta. Ha pasado mucho tiempo desde que lo vi por última vez.
—¿Mucho?
—Muchísimo.
—Has engordado.
—Sí, ya lo sé.
—¿Y qué vas a hacer?
—Lo de siempre: régimen.
—No me refiero a eso. Me refiero al crío; estás embarazada.
—No lo estoy.
—¿No?
—¡No!
—¿Por qué no?
—¡Sólo tengo dieciséis años!
—Oh —le dijo Consolata, mirando la cabeza en forma de luna que flotaba sobre la columna vertebral, los cuatro pequeños apéndices: garras, manos, pezuñas o pies. Todavía no era fácil distinguirlos. Aquella mujer podría estar gestando un cordero, un niño, un jaguar—. Qué pena —añadió mientras Pallas salía corriendo de la habitación. Y repitió «qué pena» al imaginar la vida que llevaría la criatura con aquella madre joven y tonta. Recordó a otra chica, más o menos de la misma edad, que había llegado hacía pocos años, en un momento muy malo. Durante diecisiete días, Consolata había estado dentro de ella, sola, haciendo que la respiración de Mary Magna entrara y saliese. La fría luz azul parpadeó hasta que ésta pidió permiso para mancharse, privada como estaba del último sacramento. La segunda chica, Grace, llegó a tiempo para contener la terrible soledad que le sobrevino en el momento en que se llevaban el cadáver, permitiendo así que Consolata durmiera. Mavis llegó enseguida con agua de Lourdes y analgésicos ilegales. Consolata recibió bien una compañía que la distraía de pensamientos llenos de compasión hacia sí misma, de desahucio, muerte por hambre y sin arrepentimiento. Sin papeles o patrón, era tan vulnerable como a los nueve años, cuando se había agarrado a la mano de Mary Magna ante la barandilla del Atenas. Aunque Lone DuPres o Soane pudieran ofrecerle ayuda, no le darían cobijo. Desde luego, en aquella población, no se lo darían.

Después llegó la chica de Ruby. Con los ojos llenos de lágrimas. Y de algo más. No sentía inquietud, como podría esperarse, sino repugnancia hacia la obra de su vientre. Una repugnancia tal que había separado su mente de su cuerpo y veía el producto de su carne como algo ajeno, rebelde, antinatural, enfermizo. Consolata no atinaba a entender qué provocaba esa repugnancia, pero ahí estaba. Y también lo estaba en el grito de rechazo de otra chica: un terror sin aleación alguna. Con la primera, Consolata hizo lo que sabía que habría hecho Mary Magna: tranquilizarla y aconsejarle que esperara hasta el final. Le dijo que, si quería dar a luz allí, era bienvenida. Mavis estaba alborozada; Grace se mostraba divertida. Cogieron el dinero del arriendo y se fueron en coche a comprar cosas para el futuro niño, y volvieron con botitas, pañales y muñecos suficientes para todo un parvulario. La chica, que se negaba con firmeza a que la viese una comadrona, esperó, hosca, durante alrededor de una semana. O eso era lo que pensaba Consolata, porque hasta que se puso de parto no supo que la joven madre había estado dándose golpes en la barriga despiadadamente. Si Consolata hubiera tenido mejor vista y la piel de la chica no hubiera sido del color de los pimientos negros del jardín, habría descubierto de inmediato los cardenales. En aquel momento, observó hinchazones y amplias zonas en que la piel mostraba un tono púrpura allí donde debería haber sido plateado. Pero el verdadero daño lo había provocado el mango de la fregona, que había insertado entre sus piernas con la habilidad de un violador —una y otra vez, sin piedad—. Con el entusiasmo y la intención de un macho rabioso, había intentado sacar a golpes aquella vida de la suya. Y, en cierto modo, lo había conseguido. La criatura de cinco o seis meses se rebeló. Batalladora, ultrajada, rígida de miedo, intentó escapar a los golpes y al barco que la llevaba. Los golpes a su delicado cráneo, la paliza que recibían sus delicadas partes traseras. Las sacudidas a su columna. Si no, no había esperanza. Si no hubiera intentado salvarse, se habría roto o se habría ahogado en el alimento de su madre. De manera que nació un niño, por así decir, demasiado pronto y cansado por el esfuerzo de la huida. Pero respiraba. O algo similar. Mavis se encargó de él. Grace se fue a la cama. Juntas, Consolata y Mavis le lavaron los ojos, le metieron los dedos en la garganta, limpiándola para que respirara, e intentaron darle de comer. Lo consiguieron durante unos pocos días, hasta que se rindió y se fue con Merle y Pearl. Para entonces, la madre se había marchado, sin tocarlo ni mirarlo ni una vez, sin preguntar por él ni darle un nombre. Grace lo llamó Che y Consolata seguía sin saber dónde estaba enterrado. Sólo que había murmurado Agnus Dei, qui tollis peccata mundi: miserere nobis sobre el kilo y medio de vida valiente pero derrotada antes de que Mavis, sonriendo y arrullándolo, se lo llevara.

Menos mal, pensó Consolata. La vida con una madre así habría sido un infierno para Che. Ahora, había otra que gritaba ¡no!, como si sirviese para algo. Qué pena.

Consolata tendió el brazo para coger una botella, pero la encontró vacía. Suspiró y volvió a sentarse en la silla. Sabía que, sin vino sus pensamientos serían insoportables: la resignación, la autocompasión, la rabia contenida, el asco y la vergüenza brillaban como rescoldos en un fuego moribundo. Cuando se levantó para satisfacer su vicio, la asaltó una gran fatiga que la obligó a volver a la silla y dejar caer la barbilla sobre el pecho. Se durmió y despertó sobria. Le dolía la cabeza, tenía la boca pastosa y necesitaba con urgencia un cuarto de baño. En el piso de arriba, oyó gimoteos detrás de una puerta, cantos detrás de otra. Cuando estuvo nuevamente abajo, decidió tomar un poco el aire, de modo que cruzó la cocina, arrastrando los pies, y salió por la puerta. El sol se había puesto y había dejado tras de sí una luz más amable. Consolata examinó el jardín asolado por el invierno. Las tomateras colgaban mustias sobre los frutos caídos, negros y aplastados en la tierra. Las mostazas eran de color amarillo pálido por culpa de la podredumbre y la falta de cuidados. Un montón de sandías se desparramaba junto a los crisantemos sucios de barro. En la valla de alambre que protegía un poco el huerto vio enganchadas unas pocas plumas de pollo. Sin ayuda humana, abundaban los agujeros de las ardillas de tierra, los castillos de las termitas, las pruebas de las incursiones de los conejos y los cuervos osados. El maíz, en campos pulcramente cosechados, tenía un aspecto triste. Y las matas de pimientos, sostenidas por sus tallos arrugados, estaban rígidas a causa del frío. A pesar de la tierra que el viento lanzaba contra sus piernas, Consolata se sentó en la descolorida silla roja.

Non sum dignus —susurró—. Pero dime, ¿dónde está el descanso de los días, la avenida con tomillo, el aroma de verónica que prometiste, la nata y la miel que dijiste que había ganado, la felicidad que procede de las tareas bien hechas, la serenidad que el deber nos concede, las bendiciones de las buenas obras? ¿Tan terrible fue lo que hice por tu amor?

Mary Magna no tenía nada que decir. Consolata escuchó el silencio de su negativa, más intrigada que molesta por el cielo que, convertido en un plumaje dorado y azul verdoso, se pavoneaba como un amor correspondido en el horizonte. Tenía miedo de morir sola, miedo de que nadie la llorase en una tierra sin bendecir, pero sabía que eso era precisamente lo que le esperaba. Cuánto deseaba una buena muerte.

—Te echaré de menos —le dijo—. De verdad.

La luz del cielo osciló.


Se acercó un hombre. Era de mediana estatura y avanzaba derecho por el camino. Llevaba un sombrero de vaquero que ocultaba sus rasgos, pero Consolata tampoco habría podido verlos. Sentado en los escalones de la cocina, enmarcado por la puerta, un triángulo de sombra le oscurecía el rostro, aunque no así la ropa: un chaleco verde sobre una camisa blanca, tirantes rojos que colgaban a los lados de sus pantalones marrones, zapatos de trabajo negros y brillantes.

—¿Quién está ahí? —preguntó ella.
—Vamos, muchacha. Me conoces.

Él se inclinó y ella vio que llevaba gafas de sol, de esas cuyos cristales parecen espejos.

—No —dijo ella—. La verdad es que no.
—Bueno, no importa. Viajo por aquí.

Estaba a unos diez metros de distancia, pero sus palabras le lamieron la mejilla.

—¿Eres del pueblo?
—No. Soy de muy lejos. ¿Tienes algo para beber?
—En casa. Busca. —Consolata empezó a deslizarse hacia su forma de hablar igual que la miel que fluye de un panal.
—Bueno —dijo él, como si eso zanjara la cuestión y prefiriera pasar sed.
—Llama —le indicó Consolata—. Las chicas traerán algo.

Se sentía ligera, sin peso, como, si quisiera, pudiera moverse sin levantarse.

—¿No me conoces? —preguntó el hombre—. No quiero ver a tus chicas, quiero verte a ti.

Consolata rió.

—Llevas gafas como yo.

De repente, él se encontraba a su lado sin haberse movido, sonriendo como si se lo estuviera pasando muy bien, o esperara hacerlo. Consolata rió otra vez. Le parecía tan graciosa, tan cómica la forma en que había revoloteado hacia ella desde los escalones y el modo en que la miraba, flirteaba con ella, se divertía. A menos de quince centímetros de su cara, se quitó el alto sombrero. El alborotado cabello de color de té cayó como una cascada sobre sus hombros y su espalda. Se quitó las gafas y le guiñó un ojo; fue un movimiento lento y seductor del párpado. Ella observó que sus ojos eran tan redondos y verdes como manzanas nuevas.


Una fría noche de enero, a la luz de las velas, Consolata limpia y lava una y otra vez dos gallinas recién muertas. Son jóvenes, pobres ponedoras, y no resulta fácil arrancarles las plumas. Los corazones, cuellos, menudillos e hígados giran lentamente en agua hirviendo. Levanta la piel para llegar debajo, tan lejos como pueda. Bajo el pecho, busca un bolsillo cercano al ala. Entonces, mientras sostiene la pechuga en la mano izquierda, los dedos de la derecha abren un túnel bajo la piel de detrás, buscando con cuidado la espina dorsal. En todos esos lugares, donde la piel se ha aflojado tras separar la membrana que la protegía, desliza mantequilla. Densa. Clara. Untuosa.

(Continuará...)

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