Fernando Morote

Me pongo el mandil rosado alrededor de la cintura para recibirla en la cocina. Ajusto el lazo a mis espaldas. Tengo lista una sabrosa sopa de mariscos. Las patas de langostinos y cangrejos sobresalen por el borde del tazón. Dispongo los cubiertos y las servilletas en la mesa del comedor. Tiendo el mantel de margaritas y enciendo las velas. Siento sus pisadas enérgicas subiendo las escaleras. No me da tiempo para colocarme el gorro blanco. Sin pronunciar palabra cruza el vano caminando apurada con los pies juntitos. Da la impresión que está conteniendo la orina. Balancea las caderas como un capote de torero. Su columna remata en un tambor de alta percusión. Al cabo de unos minutos sale sin ropa del dormitorio. Sólo entonces se digna a saludarme. Se sienta de revés contra el respaldar de una silla. No le atrae mi esfuerzo culinario. Me pide que le tome una foto. Sus tremendos ojos oscuros son idénticos a los panqueques bañados en miel que nunca logré prepararle.
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