Paraíso (IX)

Toni Morrison

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—Se pierden, igual que cualquiera —observó Anna.
—Han nacido perdidos. Se han apoderado del mundo y siguen perdidos. ¿No es verdad, reverendo?
—Te contradices —apuntó Anna, riendo.
—Dios tiene un solo pueblo, Steward. Ya lo sabe. —Misner se frotó las manos y sopló sobre ellas para calentárselas.
—Reverendo —dijo Steward—, he oído que dice cosas que son producto de la ignorancia, pero es la primera vez que le oigo decir algo basado en la ignorancia.

Misner sonrió, y se disponía a contestar cuando el hombre que se había perdido entró de nuevo para pagar a Misner las medicinas.

—Se acerca una tormenta de nieve —dijo Steward, mirando las ligeras ropas y los finos zapatos del hombre—. Tendrá que pasarla en algún sitio. En la 18 hay una gasolinera. Yo, en su lugar, no me alejaría mucho de ella.
—Me largo pitando. —El hombre cerró la cartera—. Pondré gasolina en la 18, pero queremos cruzar hoy el estado. Gracias. Han sido de gran ayuda, se lo agradezco.
—Nunca escuchan —dijo Steward cuando el coche se alejó. Él, que se encontraba allí en 1958, cuando se helaron rebaños enteros, estaba bombeando agua, claveteando, preparando alfalfa y almacenando desde el miércoles. Había ido al pueblo a comprar tabaco, jarabe y recoger a Dovey.
—Dígame, Steward, ¿ha visto a la nieta de Roger, Billie Delia? —preguntó Misner.
—¿Y para qué iba a verla?
—Anna dice que nadie la ha visto. Naturalmente, no le hemos preguntado nada a su madre.

Steward, que se sintió incluido en ese plural, puso un billete nuevo de cinco dólares sobre el mostrador.

—No sacaremos nada de ella —dijo, mientras pensaba que no se habría perdido nada si se hubiera marchado corriendo. Le está bien empleado a Pat, pensó. Mete las narices en los asuntos de todo el mundo, pero se niega a hablar de lo suyo—. Esto me recuerda que Deek me ha dicho que ha visto a Sweetie esta mañana andando por la calle. Sin abrigo ni nada.
—¿Sweetie? ¿Fuera de su casa? —preguntó Anna con tono de incredulidad.
—¿Por qué calle? —quiso saber Misner.
—No era Sweetie.
—Deek jura que era ella.
—Debía de serlo —dijo Misner—, yo también la he visto. Delante de mi casa. Pensaba que iba a llamar, pero dio media vuelta y se dirigió hacia Central Avenue. Me pareció que se iba a su casa.
—Pues no lo hizo. Deek ha dicho que estaba más allá de la tienda de Sargeant, salía de la ciudad caminando como un soldado.
—¿No la ha hecho parar?

Steward miró a Anna como si no pudiera creer lo que le estaba diciendo.

—Deek estaba abriendo el banco, muchacha.

Misner frunció el entrecejo. Anna interrumpió lo que pudiera estar a punto de decir con una pregunta:

—¿Queréis un poco de café? ¿Un podo de pan de calabaza?

Los dos hombres aceptaron.

—Lo mejor sería que alguien hablara con Jeff. —Era Anna quien hablaba, pero los tres miraron hacia la pared cubierta de estantes tras la cual estaba la tienda de muebles y electrodomésticos de Fleetwood.

A pesar de las predicciones —de la mirada de Richard Misner, la vigilancia de Steward Morgan— un diminuto trozo de cielo mostró toda una gama de acuarelas: naranja melocotón, verde menta, azul mar. El resto del cielo, de color peltre, daba mayor relieve a esa extraña ilustración. Duró una hora e hizo estremecer a todos los que la vieron. Después se desvaneció y un cielo plomizo se solidificó sobre el viento incesante. Hacia el mediodía, llegó la primera nieve, unas bolitas como agujas que rebotaban, en lugar de fundirse, arrastradas por el viento. La segunda nieve, dos horas más tarde, no rebotaba, sino que fue cuajando lentamente y lo cubrió todo.


Sweetie había dicho: «Volveré directamente, señorita Mable. No tardaré más de un minuto, señorita Mable».

Quería decir eso. Quizá lo hubiese dicho. En cualquier caso, tenía la intención de decirlo: pero tuvo que darse prisa para salir antes de que uno de ellos abriera la boca.

En el porche y el sendero de la casa Sweetie caminaba con paso decidido, como si tuviera que ir a algún lugar importante. Como si tuviera que hacer algo importante que sólo le ocuparía unos minutos, después de lo cual volvería enseguida. A tiempo de dar un masaje en un culito para impedir que se llagara; o de aspirar flemas, moler comida, lavar dientes, cortar uñas, limpiar orina, o mecer en los brazos, o cantar, pero, sobre todo, a tiempo para vigilar. Para no quitar los ojos de encima a menos que su suegra estuviera allí, y, entonces, seguir vigilando, porque los ojos de la señorita Mable no veían tan bien como antes. Otras personas le habían ofrecido ayuda; al principio, repetidas veces, ahora sólo de vez en cuando, pero ella siempre la rechazaba. Sweetie era quien mejor vigilaba. Su suegra ocupaba el segundo lugar. Antes Arnette lo hacía bien, pero ya no. Jeff y su suegro no podían ni mirar, y menos aún vigilar.

El problema nunca había consistido en vigilar cuando estaba despierta, sino cuando estaba dormida. Durante seis años, había dormido en el camastro situado junto a las cunas, o en la cama con Jeff, conteniendo la respiración, con el oído alerta y todos los músculos dispuestos a saltar. Sabía que dormía porque soñaba un poco, aunque no podía recordar con qué. Sin embargo, cada vez le resultaba más difícil vigilar y dormir al mismo tiempo.

Cuando amaneció y Mable entró en la oscura habitación con una taza de café, Sweetie se levantó para cogerla. Sabía que Mable había abierto el grifo del cuarto de baño y había doblado una toalla y un camisón limpio sobre la silla del dormitorio. Y sabía que se ofrecería a peinarla: hacerle trenzas, lavarle el pelo, hacerle un moño o sólo rascarle la cabeza. El café sería estupendo, fuerte y muy dulce, pero también sabía que si esta vez se lo tomaba y se iba a la cama, nunca más se levantaría, y entonces, ¿quién vigilaría a sus niños?

Cogió la taza de café y dijo, o quiso decir:

—Vuelvo dentro de un minuto, señorita Mable.

En el piso de abajo, dejó el plato y la taza en la mesa del comedor y a continuación, sin lavarse, sin ponerse un abrigo ni peinarse, abrió la puerta de la casa y se marchó. Deprisa.

No tenía intención de andar hasta caerse, desmayarse, helarse o deslizarse por un rato en la nada. Lo único que quería era no tomar aquel café al amanecer, ni el baño preparado, ni el camisón doblado ni el sueño vigilante, en ese orden, para siempre, todos los días y, en particular, aquel día en concreto. La única manera de cambiar ese orden no consistía en hacerlo de otro modo, sino en hacer algo distinto. Sólo se le ofrecía una oportunidad: dejar su casa y salir a una calle que no pisaba desde hacía seis años.

Sweetie recorrió toda Central Avenue: pasó por las calles que recibían el nombre de los evangelistas, la iglesia de Nueva Sión, la droguería de Harper, el banco, la iglesia del Monte Calvario. Dio un rodeo por Cross Peter, salió y pasó por delante de la tienda de alimentación y semillas de Sargeant. Al norte de Ruby, donde la calidad del firme cambiaba por dos veces, sus piernas obedecían a la perfección. Igual que su piel, ya que no sentía el frío. El fresco aire exterior, al que no estaba acostumbrada, le hacía daño en la nariz, y decidió aguantarlo. No sabía que estaba sonriendo, como tampoco lo sabía la chica que la miraba desde la parte trasera de una reluciente camioneta del 73. La chica pensó que Sweetie estaba llorando, y la imagen de una mujer negra llorando por una carretera en mitad del campo le destrozó el corazón.

Espió a Sweetie desde su escondrijo entre las cajas vacías. La camioneta Ford, que se dirigía hacia el sur, redujo la marcha al pasar junto a Sweetie y se detuvo. En la cabina, el conductor y su mujer se miraron. El conductor se asomó por la ventanilla e hizo girar el cuello para gritar a la espalda de Sweetie:

—¿Necesita ayuda?

Sweetie no volvió la cabeza ni agradeció el ofrecimiento. La pareja se miró y chasqueó la lengua mientras el marido ponía la marcha. Afortunadamente, en aquel punto la carretera era pendiente; de otro modo, la autostopista con el corazón destrozado se habría hecho daño al saltar de la parte trasera de la camioneta. La pareja vio a través del retrovisor que la pasajera que habían llevado sin saberlo corría hacia la lastimera, mal educada criatura que ni siquiera había dicho no gracias.

Cuando la chica con el corazón destrozado llegó a la altura de la mujer que lloraba, supo que no debía tocarla, hablar con ella ni colarse en la decidida burbuja en que se había envuelto. Caminó unos diez pasos por detrás de ella, observando las bien formadas pantorrillas sobre unos desgastados mocasines blancos, el arrugado vestido camisero, azul claro, con los bolsillos desbocados. Llevaba el peinado de quien acaba de levantarse: tenía el pelo aplastado por un lado y despeinado por el otro. De vez en cuando se le escapaba un sollozo que parecía una risa.

Anduvieron así durante más de un kilómetro. La caminante se dirigía hacia algún lugar; la autostopista hacia ninguno. El espectro y su sombra.

La mañana era fría, nubosa. El viento hacía ondear las altas hierbas que crecían a los lados de la carretera.

Quince años antes, cuando la autostopista tenía cinco, había pasado cuatro noches y cinco días llamando a todas las puertas del edificio donde vivía.

—¿Mi hermana está aquí?

Algunos decían que no; otros decían, ¿qué?; otros decían ¿cómo te llamas, nena? La mayoría ni siquiera abría la puerta. Eso había sido en 1958, cuando una niña podía jugar en una casa nueva subvencionada sin que le pasara nada.

Durante los dos primeros días, después de hacer una ronda por pisos todavía más altos y asegurarse de que no se le había escapado ni una puerta, esperó. Jean, su hermana, volvería en cualquier momento, porque la comida estaba en la mesa — carne, judías verdes, salsa de tomate, pan blanco—, y había una jarra entera de Kool-Aid en la nevera. Se entretuvo con dos libros de colorear, una baraja de cartas y una muñeca que se hacía pis. Bebió leche, comió patatas fritas, galletitas con mermelada de manzana y, poco a poco, dio cuenta de toda la carne. Cuando no quedaba otra cosa que las odiadas judías verdes, ya estaban demasiado resecas para comérselas.

Al tercer día empezó a entender por qué Jean se había marchado y cómo podía hacer que volviera. Se lavó los dientes y las orejas cuidadosamente. También tiraba de la cadena siempre que era necesario y doblaba los calcetines dentro de los zapatos. Pasó largo rato secando el Kool-Aid y recogiendo los trozos de cristal de la jarra que se había roto cuando intentó sacarla de la nevera. Se acordaba de las galletas Lorna Doone que estaban en la caja del pan, pero no se atrevía a subirse a una silla para abrirla. Al rezar, pensaba que si lo hacía todo sin que se lo dijeran, Jean entraría por la puerta o bien, cuando ella llamara a una de las puertas del apartamento, allí estaría. Sonriendo, con los brazos abiertos.

Mientras tanto, las noches eran terribles.

Al cuarto día, después de cepillar sus dieciocho dientes de leche hasta que el cepillo estuvo rosado a causa de la sangre, miró por la ventana, a través de la cálida llovizna, en dirección a la gente que iba a trabajar, a los niños que iban al colegio. Durante un rato no pasó nadie. Después pasó una vieja que se protegía de la lluvia con una chaqueta de hombre sobre la cabeza. Después, un hombre que plantaba semillas en los trozos sin césped. Después pasó una mujer alta, sin abrigo ni nada en la cabeza, se llevaba el antebrazo a los ojos, la parte interior de la muñeca. Estaba llorando.

Más tarde, al sexto día, cuando llegó la asistente social, pensó en la mujer que lloraba, que no se parecía en nada a Jean, ni siquiera era del mismo color. Pero antes de eso, al quinto día, encontró —o, mejor dicho, vio— algo que había estado allí esperando a que lo encontrara. Desmoralizada por sus rezos sin respuesta, por las encías que le sangraban y el hambre, dejó de rezar, se subió a una silla y abrió la panera. Apoyado junto a la caja de Loma Doone había un sobre con una palabra que reconoció de inmediato: su propio nombre escrito con lápiz de labios. Lo abrió, incluso antes que la caja de galletas, y sacó una única hoja de papel con más palabras escritas con lápiz de labios. Todo cuanto entendió fue su nombre, que aparecía otra vez en la parte superior, y «Jean», en la parte inferior; entre ambos, había signos en rojo.

Radiante de felicidad, dobló la carta y volvió a guardarla en el sobre, se la metió en el zapato y la llevó consigo durante el resto de su vida. La escondió, luchó por el derecho a conservarla, la rescató de los cubos de basura. Tenía ya seis años y era una entusiasta alumna de primer grado cuando estuvo preparada para leerla. Con el tiempo se había convertido en una hoja de papel manchada de rojo en la que no quedaba ni una palabra descifrable. Pero fue esa carta, a salvo en su zapato, lo que hizo posible que sobreviviese en los dos primeros hogares adoptivos que le encontró la asistente. Por entonces pensaba de vez en cuando en la mujer que lloraba; más tarde, pensaba en ella con frecuencia, y, con el tiempo, se convirtió en un sueño ocasional que le destrozaba el corazón.

El viento que había estado agitando la hierba ahora traía nieve: escasa, arenosa y cortante como cristal. La autostopista se detuvo para sacar un sarape de su bolsa, después corrió para alcanzar a la caminante y echárselo sobre los hombros.

Sweetie agitó las manos hasta que entendió que no pretendía detenerla sino proporcionarle abrigo. No se detuvo ni un instante mientras le cubría los hombros con la prenda de lana. Siguió andando, riendo, ¿o lloraba?

La autostopista recordaba que, mientras viajaba escondida entre las cajas, habían pasado por delante de un caserón, y de eso hacía menos de media hora. Lo que había tomado veinte minutos en una camioneta supondría horas para una persona que iba andando, pero le pareció que debían llegar a aquel sitio antes de que anocheciera. El problema era el frío; otro problema era cómo conseguir que la mujer que lloraba se detuviera, descansase y, cuando encontraran un lugar donde cobijarse, entrara en él. No era infrecuente ver ojos como los suyos. En los hospitales, uno los descubría en los pacientes que caminaban de día y de noche; en la calle, libres, quienes tenían ojos así podían caminar sin cesar. La autostopista decidió pasar el rato hablando, y empezó por presentarse. Sweetie oyó lo que decía y, por primera vez desde que había salido de su casa, dio un traspié mientras volvía el rostro sonriente —o lloroso— hacia su indeseada compañera. El pecado, pensó. Estoy andando junto al pecado y voy envuelta en su capa.

—Piedad —murmuró, y soltó una risita. O tal vez fuese un gemido.

Para cuando vieron el convento, Sweetie ya había entrado en calor. No sólo había notado el frío penetrante que barría la carretera, sino que la cálida nieve que le cubría el pelo y le llenaba los zapatos la reconfortaba. Y daba las gracias por estar protegida de modo tan evidente, por no tener ninguna relación con la forma pecadora que caminaba a su lado.

La señal del estado de gracia de Sweetie estaba en el modo en que la cálida nieve azotaba la silueta, la hacía callar, la helaba y la obligaba a respirar pesadamente. Apenas era capaz de seguir adelante, mientras que ella, Sweetie, caminaba sin agacharse contra el viento cortante.

Por iniciativa propia, Sweetie subió, con cierto esfuerzo, por el camino, pero dejó que el demonio hiciera el resto.

La mujer que abrió la puerta cuando llamaron soltó una exclamación y tiró de ellas para que entraran.

A Sweetie le parecieron pájaros, halcones. La picoteaban, aleteaban alrededor de ella. Hicieron que comenzara a sudar. Si hubiera sido más fuerte, si no hubiera estado tan cansada por el turno de noche o por cuidar a sus niños, las habría rechazado con fuerza, pero tal como estaban las cosas, no podía hacer más que rezar. La metieron en una cama bajo tantas mantas que el sudor empezó por entrarle por las orejas. No quiso comer ni beber nada de lo que le ofrecieron. Mantuvo los labios cerrados, los dientes apretados. En silencio, fervientemente, rezó para ser liberada y, quién iba a decirlo, lo consiguió: la dejaron sola. En la silenciosa habitación, Sweetie dio gracias al Señor y se sumió en un sueño inquieto, lleno de interferencias. Fue el llanto del niño lo que la despertó, no los escalofríos. A pesar de lo débil que estaba, se levantó, o intentó hacerlo. Le dolía la cabeza y tenía la boca seca. Advirtió que no estaba en una cama, sino sobre un sofá de piel, en una habitación oscura. Los dientes de Sweetie castañeteaban cuando uno de los halcones, con una boca roja como la sangre, entró en la habitación con una lámpara de queroseno. El halcón habló con ella con una voz muy dulce, tal como lo haría un demonio, pero Sweetie llamó a su Salvador y el halcón se marchó. En algún lugar de la casa, el niño siguió llorando, y Sweetie se sintió arrobada, pues nunca había oído nada parecido. Nunca había oído una llamada tan llena de ansia, sostenida, rítmica. Era como un himno, una nana, o los tonificantes acordes del canto de los diez mandamientos. Sus niños no lloraban. De repente, en medio de la alegría, sintió enfado. ¿Los niños lloraban entre aquellos demonios y no en su casa?

Cuando dos de los halcones volvieron, uno de ellos con una bandeja de comida, les preguntó:

—¿Por qué llora ese niño?

Naturalmente, lo negaron. Mentían mientras el llanto se colaba en la habitación. Uno de ellos incluso intentó distraerla, diciendo:

—He oído risas de niños. A veces, también cantan. Pero nunca he oído llorar.

El otro cacareó.

—Quiero salir de aquí. —Sweetie trataba de gritar—. Tengo que irme a casa.
—En cuanto el coche se caliente, te llevaré. —Otra vez aquel tono demoníaco.
—Ahora mismo —exigió Sweetie.
—Tómate una aspirina y come algo.
—Dejadme salir de este sitio ahora mismo.
—Qué bruja —dijo uno.
—Es debido a la fiebre —señaló el otro—. Y haz el favor de callarte.

la paciencia y la capacidad de hacer oídos sordos a todo excepto los consejos del Señor lo que permitió que saliera de allí. Primero, en un oxidado coche rojo que se atascó en la nieve al final del camino que conducía a la casa y, finalmente, alabado sea Su santo nombre, en los brazos de su marido.

Estaba con Anna Flood. Se habían puesto en camino en el instante mismo en que ella había llamado a su Salvador. Sweetie cayó, literalmente, en los brazos de Jeff.

—¿Qué haces aquí, tan lejos? No hemos conseguido pasar en toda la noche. ¿Cómo se te ha ocurrido…? Señor. Cariño mío, ¿qué ha pasado?
—Me han cogido, me han raptado —dijo Sweetie entre sollozos—. Oh, Dios, llévame a casa. Estoy enferma, Anna, y tengo que cuidar de los niños.
—Chsss… No te preocupes por ellos.
—Tengo que hacerlo. Tengo que hacerlo.
—Todo irá bien. Arnette viene a casa.
—Pon la calefacción. Tengo mucho frío. ¿Por qué tengo tanto frío?


Seneca miró hacia el techo. El colchón del catre era delgado y duro. La manta de lana le rascaba la barbilla y le dolían las palmas por quitar la nieve a paletadas del camino. Había dormido en el suelo, sobre cartones, sobre camas de agua que daban pesadillas y, durante semanas, en el asiento trasero del coche de Eddie. Pero no podía dormirse en aquella cama estrecha, limpia e infantil.

La mujer que lloraba se había vuelto loca: durante la noche y al día siguiente. Seneca había pasado despierta toda la noche, escuchando a Mavis y a Grace. La casa parecía de ellas, aunque hablaban de alguien llamado Connie. Le prepararon algo para comer y no le hicieron preguntas curiosas. Al margen de los comentarios sobre su nombre —¿de dónde venía?—, se comportaban como si lo supieran todo acerca de ella y les gustase que se quedara. Después, por la tarde, cuando pensó que iba a caerse de cansancio, le enseñaron un cuarto con dos catres.

—Échate un sueñecito —dijo Mavis—. Te llamaré cuando la cena esté lista. ¿Te gusta el pollo frito?

Seneca pensó que iba a vomitar.

No se llevaban nada bien, de manera que Seneca distribuía por igual sus sonrisas y gestos amables. Si una maldecía y bromeaba a costa de la otra, Seneca se reía. Cuando la otra alzaba los ojos al cielo en señal de disgusto, Seneca le dirigía una mirada de comprensión. Siempre empeñada en restablecerla paz. La que decía sí, o no importa, o ya lo haré yo. Si no, ¿qué otra cosa podía hacer? Podría caerles mal. Podría llorar. Podría marcharse. Por eso se había esforzado por ser amable, aunque aquella Biblia hubiera resultado ser más pesada que los zapatos. Como todos los que cumplían condena por primera vez, él quería las dos cosas de inmediato. A Seneca no le costó encontrar Adidas del número once, pero Preston, Indiana, no tenía librerías, ni de las religiosas ni de las normales. Dio un rodeo hasta Bloomington y encontró algo llamado La Biblia viviente, sin ilustraciones de color pero con montones de páginas con líneas para apuntar fechas de nacimientos, muertes, bodas, bautizos. Le pareció algo maravilloso —una lista de todas las actividades de la familia a lo largo de los años—, de manera que la compró. Él se enfadó, naturalmente; tanto, que disfrutó menos con las estrafalarias zapatillas blancas y negras.

—¿Es que no puedes hacer nada bien? ¡Bastaba con una Biblia pequeña, no una maldita enciclopedia!

Él había sido declarado culpable, y aunque hacía sólo seis meses que la conocía, ya sabía lo inútil que era. Sin embargo, aceptó la enorme Biblia y le dijo que la dejara junto con las zapatillas en el mostrador, con su nombre y su número. Hizo que lo escribiera, como si pensase que le costaría recordar cinco números seguidos. Ella también le había llevado bocadillos de jamón (su carta decía que podían comer algo en la sala de visitas), pero él estaba demasiado nervioso e irritado para comer.

Las otras visitas parecían estar pasándoselo bien con sus presos. Los niños se gastaban bromas; se acurrucaban en los brazos de sus padres, jugueteaban con su cara, su pelo, sus dedos. Las mujeres y las chicas tocaban a los hombres, susurraban, reían en voz alta. Eran habituales, conocían a los conductores de los autobuses, a los vigilantes y al personal que llevaba el carrito del café. La satisfacción hacía que se suavizase la mirada de los presos, que se fijaban en todo, lo comentaban todo: los boletines de notas que los niños les traían en sobres marrones; los pasadores que las niñas llevaban en el pelo; el estado de los abrigos de las mujeres. Escuchaban con atención los detalles sobre los amigos y familiares que no estaban ahí; tenían un consejo y una recomendación para cada noticia doméstica. A Seneca le parecieron terriblemente masculinos; dirigían la visita con la autoridad de un jefe: desde el lugar donde los demás debían sentarse o poner los envoltorios de papel, hasta los consejos médicos y los libros que debían mandar. En cambio, nunca hablaban de lo que sucedía dentro, y ni siquiera parecían advertir la presencia de los vigilantes. Quizá tuviesen en mente la cárcel de Attica.

Tal vez, pensó ella, a medida que fuera cumpliendo la sentencia Eddie llegara a comportarse así. En lugar de estar furioso, de sentirse una víctima, tal como sucedía durante aquella primera visita después del juicio. Gemía. Echaba la culpa a los demás. La Biblia era tan grande que no sabía qué hacer con ella. Mostaza en lugar de mayonesa en los bocadillos. No quiso oír nada sobre su nuevo trabajo en la cafetería de una escuela. Sólo le interesaban Sophie y Bernard: qué comían, si los dejaba salir por la noche. Necesitaban dar un paseo largo. Que sólo les pusiera el bozal cuando estaban fuera.

Dejó a Eddie Turtle en la sala de visitas después de prometerle cuatro cosas; enviarle fotos de los perros; vender el equipo de música; hacer que su madre vendiera los bonos de ahorro; llamar al abogado. Enviar. Vender. Hacer. Llamar. Así lo recordaría mejor. Cuando se dirigía hacia la parada del autobús, Seneca tropezó y se cayó sobre una rodilla. Un vigilante se acercó y la ayudó a levantarse.

—Cuidado, señorita.
—Lo siento, gracias.
—No sé cómo las chicas pretenden andar con estas cosas.
—Se supone que es bueno —contestó ella, sonriendo.
—¿Dónde? ¿En Holanda? —Él rió amablemente, mostrando dos hileras de fundas de oro. Seneca se colocó bien la bolsa de red y le preguntó:
—¿A cuánto está Wichita de aquí?
—Depende de cómo vaya. En coche… diez o doce horas. En autobús, más.
—¡Oh!
—¿Tiene familia en Wichita?
—Sí. No. Bueno, mi novio. Voy a visitar a su madre.

El vigilante se quitó la gorra y se pasó la mano por el pelo cortado al rape.

—Estupendo —dijo—. Hacen buenas barbacoas en Wichita. No se las pierda.

Quizás en algún lugar de Wichita hiciesen buenas barbacoas, pero no en casa de la señora Turtle. Allí se seguía un régimen estrictamente vegetariano. En su mesa no había nada con pezuñas, plumas, caparazón o escamas. Siete cereales y siete verduras: si comes uno de cada grupo todos los días (pero sólo uno) vivirás eternamente. Y eso era lo que pensaba hacer, pero no, no pensaba vender los bonos de ahorro que le había dejado su marido para darle el dinero a nadie, menos aún a alguien que había atropellado a un niño y lo había dejado ahí tirado; aunque fuera su único hijo.

—Oh, no. No, señora Turtle. Él no sabía que era un niño pequeño. Eddie pensó que era un… un…
—¿Un qué? —preguntó la señora Turtle—. ¿Qué pensó que era?
—Se me ha olvidado lo que me dijo, pero sé que él no lo haría. A Eddie le gustan los niños, de verdad. Es muy cariñoso. Me pidió que le llevara una Biblia.
—Pues ya debe de haberla vendido.

Seneca apartó la vista. La pantalla del televisor parpadeaba. En ella, hombres con expresión grave se mentían mutuamente en voz baja, con cortesía.

—Mira, niña, hace más de dos días que lo conozco. Lo conozco de toda su vida.
—Sí, señora.
—¿Y te piensas que voy a dejar que me meta en el asilo para que un abogado astuto pueda seguir siendo rico?
—No, señora.
—¿Has visto a estos abogados de Watergate?
—No, señora. Sí, señora.
—Pues eso. No digas una palabra más. ¿Quieres cenar algo o no?

El cereal era pan de trigo; la verdura, col rizada. El té fuerte y helado ayudaba a tragar.

La señora Turtle no le ofreció que se quedara a pasar la noche, de manera que Seneca recogió su bolsa y recorrió la silenciosa calle bajo el suave aire vespertino de Wichita. No había abandonado el trabajo para hacer aquel viaje, pero el supervisor le había dejado bien claro que faltar tan pronto no era nada bueno para un empleado nuevo. Tal vez ya la hubiesen echado del trabajo. Quizá la señora Turtle la dejara telefonear a sus compañeras de piso para saber si había llamado alguien diciendo que no se molestara en regresar. Seneca dio media vuelta y volvió sobre sus pasos.

Al llegar a la puerta, oyó unos sollozos en el instante mismo en que se disponía a llamar. El llanto desconsolado de una madre, un sonido distinto de cualquier otro de este mundo. Seneca retrocedió y se dirigió hacia la ventana, apretando la mano izquierda contra su pecho para calmar los latidos de su corazón. La dejó allí —e imaginó las valvulitas que vacilaban y se trababan, intentando volver a recuperar el ritmo— mientras bajaba corriendo los escalones de ladrillo hacia la acera, corría por las sucias calles, pasaba junto al asfalto, después el hormigón, de camino a la estación de autobuses. No se rindió a los gemidos que pasaban a toda velocidad por su cabeza hasta que se sentó en un banco de plástico, con las piernas cruzadas. Sola, sin testigos, la señora Turtle había dado rienda suelta a su razón, su personalidad, y se había puesto a gritar como los seres con plumas, aletas y pezuñas cuya carne nunca comía; igual que lo harían una gaviota, un manatí o una loba si les hubieran quitado su cría. Tenía las manos en la cabeza, la boca abierta y el rostro cubierto de sudor.

Sin aliento y con la boca seca, Seneca se escapó de los sollozos. Corrió por calles anchas y estrechas, aminoró el paso cuando se acercó a la zona comercial de la ciudad. Al entrar en la estación, compró cacahuetes y ginger ale en las máquinas expendedoras, pero se arrepintió al instante, porque en realidad le apetecía algo dulce, no salado. Con los tobillos cruzados, las rodillas separadas, se sentó en un banco de la sala de espera, se metió los cacahuetes en el bolsillo y sorbió el refresco. El pánico terminó por desaparecer y los gritos de la mujer herida se confundieron con el rumor del tráfico cotidiano.

Se acercaba la noche y la estación estaba tan llena como por la mañana, cuando todo el mundo iba a trabajar. Al anochecer, el cálido día de septiembre aún no había refrescado. Apenas había diferencia entre el denso aire de la sala de espera y el exterior. Los pasajeros y sus acompañantes parecían tranquilos, apenas interesados en el viaje o la despedida. La mayoría de los niños estaban dormidos sobre los regazos, el equipaje o los asientos. Los que no dormían, torturaban a quien tenían a su alcance. Los adultos jugueteaban con los billetes, se secaban la humedad del cuello, daban palmaditas a los niños y hablaban en murmullos. Los soldados y sus novias examinaban los horarios expuestos tras los cristales. Cuatro adolescentes con gorra de punto cantaban con voz queda junto a las máquinas expendedoras. Un hombre con uniforme gris de chófer recorría la sala a grandes pasos, como si buscara a su pasajero. Un hombre bien parecido entraba por la puerta impulsando su silla de ruedas, algo molesto por el diseño de aquélla.

Faltaban dos horas y veinte minutos para que saliera su autobús, por lo que Seneca se preguntaba si no debería matar el rato con una de las películas que había visto al pasar: Serpico, El exorcista, El golpe. Éstas eran las mejores, pero le parecía una especie de traición ver alguna de ellas sin el brazo de Eddie sobre los hombros. Al pensar en el aprieto en que se encontraba y en sus torpes esfuerzos por ayudarlo, suspiró profundamente, pero no corría el riesgo de echarse a llorar. Ni siquiera derramó una lágrima cuando encontró la carta de Jean junto a las galletas Lorna Doone. Las madres de las dos familias adoptivas la cuidaron y tal vez incluso la quisieron, pero ella sabía que no era su personalidad lo que aprobaban, sino el que aceptase las regañinas en silencio, comiera lo que le daban, compartiese lo que tenía y nunca llorase.

El refresco hacía ruido por la pajita cuando el chófer se detuvo delante de ella y sonrió.

—Disculpe, señorita. ¿Puedo hablar con usted un momento?
—Sí, claro. Sí. —Seneca se apartó rápidamente para hacer sitio en el banco, pero el hombre no se sentó.
—Estoy autorizado a ofrecerle quinientos dólares por un trabajo complicado pero bastante fácil, si es que le interesa.

Seneca abrió la boca para decir: ¿complicado y fácil?

Los ojos del hombre eran de un gris nuboso y los botones del uniforme brillaban como oro viejo.

—Oh, no. Gracias. Es que estoy a punto de marcharme —repuso ella—. Mi autobús sale dentro de dos horas.
—Entiendo; pero el trabajo no le ocupará mucho rato. Quizá si habla usted con mi señora, que está justo aquí fuera, ella pueda decirle de qué se trata. A menos que tenga usted mucha prisa.
—¿Señora?
—Sí. La señora Fox. Venga por aquí, sólo será un minuto.

Una limusina palpitaba bajo las brillantes farolas a pocos metros de la entrada de la estación. Cuando el chófer abrió la puerta, una mujer muy hermosa volvió la cabeza hacia Seneca.

—Hola. Soy Norma. Norma Keene Fox —se presentó—. Necesito un poco de ayuda. —No le tendió la mano, pero su sonrisa hizo que Seneca lo deseara—. ¿Puedo contarte de qué se trata?

Lucía una escotada blusa blanca de lino, sin mangas, y una larga falda color beige. Cuando descruzó las piernas, Seneca vio unas sandalias brillantes y las uñas de los pies pintadas de color coral. Tenía el pelo de color champán, echado hacia atrás, y no llevaba pendientes en las orejas.

—¿Qué clase de ayuda? —preguntó Seneca.
—Sube para que te lo explique. Es difícil hablar al otro lado de la puerta abierta del coche.

Seneca vaciló.

La risa de la señora Fox era tan cálida como el tañido de las campanas.

—No pasa nada, cariño. No tienes que aceptar el trabajo si no quieres.
—No he dicho que no quisiera.
—Bien. Entonces, sube. Aquí hace más fresco.

La puerta se cerró con un chasquido suave y profundo; los modales versallescos de la señora Fox eran irresistibles.

Algo confidencial, dijo. No ilegal, claro, sólo privado. ¿Sabes escribir a máquina? ¿Un poco? Quiero a alguien que no sea de por aquí. Espero que con quinientos baste. Podría subir un poco si la chica fuera verdaderamente inteligente. David te traerá de vuelta a la estación, aunque decidas que no quieres coger el trabajo.

De pronto Seneca advirtió que la limusina ya no estaba aparcada. Las luces del interior seguían encendidas. La atmósfera era climatizada. La limusina parecía flotar.

Me gusta este rincón del mundo, prosiguió Norma. Pero son estrechos de miras, no sé si me entiendes. De todas maneras, no viviría en ningún otro lugar. Mi marido no me cree, mis amigos tampoco, porque yo soy del Este. Cuando vuelvo, me dicen ¿Wichita?, en este tono. Pero a mí me gusta esto. ¿De dónde eres? Ya me lo parecía. Por aquí no llevan tejanos como ésos. Aunque deberían, bueno, quien tenga el culo adecuado. Como el tuyo. Sí. Mi hijo estudia en la Universidad de Rice. Mucha gente trabaja para nosotros, pero sólo puedo sacar adelante algunas cosas cuando Leon, mi marido, no está. Y ahí es donde tú intervienes, vamos, si estás de acuerdo. ¿Estás casada? Bueno, lo que necesito que se haga sólo puede hacerlo una mujer inteligente. No llevas pintalabios, ¿verdad? Bien. Tienes los labios muy bonitos así. Le he dicho a David, por favor, encuentra una chica inteligente. Nada de campesinas ni vulgares guapetonas. Hace muy bien su trabajo. Él te ha encontrado. Vivimos bastante lejos de la ciudad. No, gracias. No puedo digerir los cacahuetes. Oh, cariño, debes de estar muerta de hambre. Tomaremos una cena estupenda y te explicaré lo que quiero. Es muy sencillo, si eres capaz de seguir mis indicaciones. Se trata de un trabajo confidencial, de manera que prefiero contratar a alguien de fuera. ¿Las pestañas son tuyas? Magníficas. ¿David? ¿Sabes si Manie ha preparado cena para hoy? Espero que no haya pescado, ¿o te gusta el pescado? En Kansas la trucha es estupenda. Creo que algo de pollo frito nos servirá. Aquí los pollos están muy bien alimentados, comen mejor que muchas personas. No, no los tires. Dámelos. ¿Quién sabe? Podrían ser útiles.

Seneca pasó las tres semanas siguientes en habitaciones maravillosas con la maravillosa Norma y con comida demasiado bonita para comérsela. Norma la llamaba con diversos motes cariñosos; pero nunca le preguntó su nombre. La puerta de la casa jamás se cerraba y podía marcharse en cuanto quisiera. No tenía por qué quedarse en aquel lugar, donde pasaba de las plumas de pavo real a una humillación abyecta; de los mimos a los malos tratos en tono de broma; de las tartaletas con caviar a la inmundicia. Pero el dolor enmarcaba el placer, era estimulante. La humillación hacía que la rendición fuese más profunda, más tierna. Duradera.

Cuando Leon Fox telefoneó anunciando su regreso inminente, Norma le dio los quinientos dólares y algo de ropa, incluido el sarape de cachemira. Tal como le había prometido, David, cuyos botones brillaban más que nunca a la luz del sol, la llevó a la estación de autobuses. No hablaron durante el viaje.

Seneca vagó por Wichita durante horas; se detuvo en una cafetería, descansó en un parque público. No sabía adónde ir ni qué hacer. ¿Buscar trabajo cerca de la cárcel y no alejarse de Eddie? Eso suponía seguir sus instrucciones, excusarse por no haberle llevado los ahorros de su madre. ¿Volver a Chicago? ¿Reanudar la vida que llevaba antes de conocerlo? Amigos fugaces. Trabajos temporales. Casas efímeras. Comida robada. Eddie Turtle había significado una forma de vida estable durante seis meses, y ahora ya no estaba. ¿O debería seguir adelante? El chófer la había recogido para Norma como si fuera un perrito callejero. No, ni siquiera. Como un animalito con el que uno desea jugar durante un rato, pero no quedarse con él. Sin quererlo. Sin darle un nombre. Sólo algo de comer, jugar con él y devolverlo a su sitio. Tenía quinientos dólares y nadie más que Eddie sabía dónde estaba. Quizá lo mejor fuese seguir así.

Seneca no había tomado ninguna decisión cuando vio el primer escondrijo: un camión cargado con sacos de cemento. Cuando la descubrió, el camionero la sujetó contra un neumático mientras enlazaba preguntas, maldiciones y amenazas con alguna insinuación. Al principio, Seneca no dijo nada, después pidió permiso para ir al baño.

—Por favor, tengo que ir urgentemente —dijo.

El conductor suspiró, la soltó y cuando ella se iba, le lanzó una última advertencia. Después de aquello hizo autostop varias veces, pero le molestaba tanto tener que hablar que asumió el riesgo de esconderse en la trasera de los camiones. Prefería viajar sin rumbo, apartada de la gente, entre la carga, oculta a la vista de todos. Cuando se encontró entre unas cajas en una flamante camioneta del 73, y saltó de ella para seguir a una mujer sin abrigo, era la primera vez que tomaba una decisión deliberada sin obedecer las instrucciones de nadie.

La mujer que lloraba —¿o reía?— se había ido. Había dejado de nevar. En el piso de abajo, alguien la llamaba.

—¿Seneca? ¿Seneca? Ven, niña. Estamos esperándote.

(Continuará…)

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