Carlos E. Luján Andrade

Israel es una nación traumatizada. La clase política de este país no da tregua ante cualquier amenaza y si se da muestra de conciliación, se le reprime. El asesinato de Isaac Rabin ante sus pretensiones de paz es un ejemplo claro del radicalismo de la ultraderecha (Likud). Entonces, ¿qué sucede ahí? Quienes los rodean, son naciones radicales en pensamiento y religión. Tampoco dan tregua, pero por qué oponerse de la misma forma. Una idea no desaparece con bombas. Históricamente, la nación judía ha sufrido animadversión por diversas razones injustas o justas, todo dependerá del contexto y la perspectiva. Lo sucedido con ellos durante la Segunda Guerra Mundial fue tan horroroso que no han podido superarlo. No ha bastado la reparación por parte del gobierno alemán, las ventajas para la creación de su país, la drástica sanción para aquellos que intenten minimizar su tragedia, ni que la cultura popular los haya impuesto como el símbolo de una nación víctima de la tiranía política. Nada de eso ha aminorado el resentimiento y el miedo que el genocidio hacia su pueblo les generó.
De por sí, tratar con una persona que ha sufrido un trauma y pedirle que intente dominarlo para no perjudicar una situación es muy complicado. El dolor es tan fuerte que no hay razones que lo apacigüe. Los actos de Israel son irracionales con sus vecinos de Palestina o naciones limítrofes ante una agresión, aunque dentro de su propia lógica, donde el factor del miedo y la venganza está presente, todo tiene sentido. EEUU, pese a su apoyo, ha recomendado en varias oportunidades que busque la paz y no responda con hostilidad desmedida ante un ataque externo. Sin embargo, como vemos, no hace caso.
Por lo que veo, no hay mecanismos políticos o sociales capaces de sanar a un pueblo herido. Cada guerra que se declara, genera naciones resentidas a las que no habrá nada que los haga buscar la paz. En el fondo, un país derrotado es un caldo de cultivo para una violencia futura, pues no hay forma en que se pueda curar tal daño.
Se cuenta que en la expedición Lynch, el capitán chileno Patricio Lynch ordenó incendiar las haciendas del norte del Perú diciendo que se debe destruir ese país porque cuando se recupere, va querer vengarse.
Han pasado casi ciento cincuenta años de la guerra del Pacífico y aún la herida está abierta y nuestro vecino lo sabe. No ha existido en todo este tiempo la voluntad de sanar la relación entre nosotros. Aún los chilenos se preocupan que se quiera anexar el territorio perdido de Arica o que los estemos «colonizando» culinariamente. ¿A qué se debe esa desconfianza?
Ninguna guerra deja lección aprendida. Es la peor forma de solucionar un problema. Solo se olvida lo ocasionado cuando las naciones y países desaparecen, como cuando nuestros rivales mueren y nosotros también. El odio que motivaba los anhelos de venganza yace cubierto de polvo.
Nadie sabe cómo acabará el conflicto en Medio Oriente, cada cierto tiempo, la violencia escala a niveles impensables. Israel juega con su destino y hace de eso su razón de existir.
