LA ESPAÑA NEGRA (FINAL)

José Gutiérrez Solana




ZAMORA

EL vagón de tercera en que viajamos van algunos labradores y cabreros; otra vez sentimos de nuevo en las rodillas los pliegues duros y recortados de sus capas; miramos sus pesadas botas llenas de barro endurecido.

Las cribas del asiento las palpamos con los dedos como hacen los ciegos; aquí una hendidura, aquí un papel de grasa o la espina de una sardina y algún mendrugo de pan duro como una piedra.

Cuando nos asomamos a la ventanilla, dentro del túnel hace borrar nuestro cuerpo el humo de la máquina; vemos los chorros de agua que manan de las junturas de las piedras; un farol, de tarde en tarde, nos da idea de lo largas que son estas cuevas.

¡Cómo sentimos los pitidos desesperados de la locomotora!; al poco tiempo de encontrarse en pleno campo, al respirar el viento sano y recordar la niebla espesa, y aquel fuerte olor de carbón que parecía nunca acabar. Otras veces, cuando vamos a llegar a un pueblo, notamos el cansancio de la máquina; parece que la faltan fuerzas para llegar; al pararse no vemos la estación, pues está interrumpida por un largo tren de mercancías; mientras la máquina en el que vamos toma agua de una gruesa manga, primero vemos la mancha negra e imponente de una locomotora parada; luego los vagones, en los que están sujetos con argollas y cadenas unos cajones pintados de gris, con refuerzos de hierro, donde van los toros que casi no se pueden mover; éstos patean y bufan rabiosos, destinados para las corridas de los pueblos y que proceden de los campos de Salamanca.

El estribo de nuestro coche está tan alto sobre el acero de los rieles, llenos de aceite y carbonilla, que aunque tenemos ganas de apearnos, no lo hacemos por lo junto que están los dos trenes; un hombre, con traje azul de obrero y muy agachado, da unos fuertes golpes en las ruedas con unos martillos de hierro y desaparece misteriosamente.

Cuando el tren se vuelve a poner en marcha vemos, con algunas interrupciones, los vagones-jaulas llenos de corderos, cabras y carneros, van muy molestos; entre los hierros asoman el cuello y balan; luego los coches llenos de sacos de trigo y de troncos de árboles atados con cuerdas.

Cuando se para en alguna estación lejana al pueblo, parece que se cuentan los segundos y que el silencio tiene hasta sonido, como la máquina de un reloj.

De pronto sentimos sobre nuestras cabezas las fuertes pisadas de un hombre sobre el techo del coche que renueva las luces ya muy mortecinas al volver a colocar los faroles; por su grueso cristal resbalan las gotas de aceite. Pasa un tren, y van desfilando delante de nuestros ojos los diferentes coches; unos de mercancía con cubiertas de encerados, amarrados fuertemente los bultos, cruzados y anudados a las argollas, de trecho en trecho; alguno ocupado por viajeros, donde van soldados cantando y tocando la guitarra; el último vagón, con un farol rojo, le vemos perderse a lo lejos. Vemos la esfera iluminada del reloj (estos relojes de las estaciones, que son tan puntuales y todos tienen la hora fija). Todo el camino del andén está lleno de vagones sueltos que tapan las primeras casas del pueblo que están alrededor de la estación; en estos vagones vacíos la luz de los faroles hace brillar sus cristales, cruzados de gotas de escarcha, y las sombras misteriosas de su interior semejan siluetas sin vida e incorpóreas de viajeros caídos de nuca y durmiendo sentados.

En la velocidad del tren las maderas del coche se estremecen y parecen abrirse y volver a cerrarse con grandes crujidos en el techo, y el suelo parece querer desfondarse, quedando limpio de tabiques y sólo con las ruedas; el viento brama en dilección contraria a la que caminamos; se ve la espesa nube negra del humo de la máquina, que se esparce por el cielo. Vemos desfilar pueblos y más pueblos; el suelo, los hilos del telégrafo y los árboles nos siguen como si corrieran. Cuando pasamos por los puentes su estruendo de hierro y el vértigo de sus arcos nos hace meternos dentro del vagón. El ramaje de los árboles, que se suceden como una exhalación, tiene un ruido sonoro y trae un viento fresco y húmedo, que se nos mete en los huesos. El tren va acelerando su marcha. El cielo clarea y empieza a despuntar el día; el sol es como un redondel rojo, que poco a poco se extiende e incendia a las nubes con rayos deslumbrantes. La llanura agranda a las personas y las embeltece; esas caravanas de labradores que vemos desde las ventanillas se destacan enteras, y el horizonte parece más limpio; entre la panza y finas patas de las mulas, arrastrando los arados, y parece algo gigante ese hidalgo, que sale de su pueblo montado en su caballo envuelto en la capa, que tapa, paternalmente, el trasero de su cabalgadura. Estamos delante de Zamora; al cruzar el tren su estación y pasar por las planchas giratorias de hierro, van dando brincos los coches y topetazos, metiendo mucho ruido; con este sobresalto vemos las primeras casas de la ciudad.

En la plaza de la Puebla

Me siento en un banco; cruzan delante de mí unas mujeres montadas en caballos, con pañuelos de colores, y las alforjas zamoranas colgando de las ancas, donde va metido el paraguas; gastan estas mujeres unas medias peludas blancas y zapatos con suela de madera; llevan al brazo sus cestas para comprar la comida en el mercado.

En la plaza, las tiendas ya están abiertas; bajo los soportales hay muchas boterías y almacenes de vino; en las de ropa, donde venden corsés y camisas, hay trajes de hábito morados con el cordón amarillo, azul claro, y otros de paño, color de tierra como los sacos; en unos cartones pone: de los Dolores, de la Soledad, del Perpetuo Socorro, de las Angustias.

En una droguería entró una mujer con un hombre de edad a comprar una trenza, pues había salido de una enfermedad y estaba casi calva, con la cara amarilla y la frente llena de arrugas como una vieja; miraba al suelo como avergonzada, y no hablaba sino para regatear y decir que eran muy caras, mientras que el viejo, que la trataba de tú, y debía ser su querido, iba colocando las trenzas de pelo junto a la frente de esta criada para encontrar un pelo igual al suyo.

En una casa baja hay parado un modesto coche de muerto, blanco, con dos caballos negros con plumeros y gualdrapas blancas de galones amarillos, como las cajas de dulces de la confitería del pueblo; el cochero, con librea, chistera y guantes blancos, ribeteada su librea de galones amarillos y una fila de metálicos botones dorados. Un hombre, con el pelo blanco, sale de la casa con una caja de niño, debajo del brazo, y la deposita en el coche. En los balcones de la casa hay gente asomada, y unss mujeres, con las faldas por encima de la cabeza, lloran.

Cuando el coche se pone en marcha, detrás de los cristales de un balcón se oyen los desgarradores gritos de la madre; unas vecinas que lloraban, decían que antes de morir la niña vomitaba toda la leche que tomaba y se le llenaba la boca de moscas que iban allí a beber la leche. Un poco más abajo hay dos coches de muerto parados; las mujeres comentan la muerte de dos esposos, comerciantes, sin hijos; el marido murió ayer y la mujer murió también a las pocas horas. En este momento irán juntos al camposanto; se querían mucho y siempre vivieron juntos.

El hospital de San Lázaro

Pasamos frente al convento del Amor de Dios; en sus balcones vemos monjas con sus tocas voluminosas muy pulcras y planchadas; en la blanca tela, como una mancha de sangre, resalta un corazón, rodeado de bayeta; las colegialas se asoman y miran a la calle, con traje negro, mantilla, bandas azules, corbata roja sobre el cuello almidonado y un ramo de pensamientos en el pecho, preparadas para la procesión de la tarde. Al lado está el hospital. En sus blancas paredes de yeso se ven algunas ventanas que dan a un jardín; en la pared central de un salón muy grande y alto de techo, cruzado de vigas, hay un altar adornado de flores de papel y un santo; en un sitio alto del muro dice:

«Los que fueren heridos
de pestilencia
imploren el favor de
San Roque y alcanzarán su salud.»

Sentados en unos bancos hay unos cuantos leprosos con los dedos de las manos comidos por esta terrible enfermedad; de los labios y las narices se les caían los cachos de carne. Por los pasillos vemos las puertas de los salones dormitorios; el más angustioso silencio reina en ellos; se ven en éstos muchas camas vacías por defunción; sólo se ve un enfermo sentado en la cama, con la espalda en arco, acariciando sus piernas desnudas y amarillas, que se las ve todos los huesos, pues conservan muy poca carne.

En una sala hay varios enfermos; uno mira al techo, con los ojos fijos; otro tiene la cabeza hundida en la almohada, y uno, caído para un costado, se tapa el rostro con las manos. En medio del salón hay un grupo de viejos embozados en sus harapos, mirando al suelo; se quejan de frío y de que no encienden la estufa; algún anciano morirá vestido, colgando su cabeza del respaldo de la silla y sosteniéndose sentado, con las piernas estiradas y apoyados con las puntas de los pies.

La catedral

Es muy grande y está dividida en varios cuerpos, en la que descuella una maciza torre con muchos ventanales; cerca de ella está el palacio del obispo.

Cuando entro en la catedral todas las imágenes están tapadas por velos negros, por ser hoy Jueves Santo; en las capillas se ven los sepulcros góticos de piedra y mármol. Da miedo y se siente la muerte muy de cerca en la frialdad de estos cuadrados bloques, en medio del mayor silencio. Algunos sepulcros miran a la tierra, de inclinados que están; otros, boca arriba, con los párpados abultados y pegados, muy estirados por la rigidez de la muerte; los guantes tienen las puntas vacías y están como arrugados, por no haber llegado hasta allí las yemas de los dedos al meterlos forzados. ¿Y la peana de estos sepulcros? Ocupada toda ella por las bárbaras figuras que van de acompañantes en los entierros, tienen flequillos recortados y caras duras y de entrecejo; a unos no se les ven los brazos por tenerlos debajo del levitón abrochado; otros con las narices comidas; delante de estas pequeñas esculturas pasea un caballo enfundado todo él, hasta la cabeza, con rica tela; el guerrero que lo monta lleva un escudo en su brazo y un gran espadón; unos hombres barbudos dan el pésame a la viuda y le recomiendan resignación, y en grupo aparte caminan las lloronas, las caras cubiertas con velos, llevándose las manos cruzadas al corazón, retorciéndose los dedos y dando gritos de dolor.

Cuando salimos de la catedral damos con la ermita de «Santiago el Viejo», donde armó caballero doña Urraca al Cid Campeador; todo está en ruinas, conservando sólo un arco, donde se ven labradas en la piedra los Siete Pecados Capitales; algunas de las figuras son muy obscenas; rodean a esta ermita un solar llamado «El campo de la verdad», donde los guerreros luchaban con la lanza; aquí murió don Sancho. Cerca de este campo se ve una escuela, que tiene todos los cristales rotos; desde una ventana, a través de unos barrotes, asomamos la cabeza y vemos los pupitres negros, los tinteros de plomo y algunos cuadros en las paredes; la ballena que tragó a Jonás, el oso hormiguero y el rinoceronte gigantesco, con su piel dura que no atraviesa el hacha, con un colmillo que le llega hasta la frente de sus hocicos; el cuerpo lo tiene lleno de arrugas, pero todavía está poseído de su fuerza, aunque tiene la cabeza gacha. Los chicos, como no hay escuela, juegan a la pelota en las paredes del colegio.

Me voy a la fonda; el comedor está ocupado por un corro de mujeres, algunas con los niños en brazos; son enfermas que consultan con el médico, que está hospedado aquí; una de las mujeres se levanta las faldas y enseña unos bultos en las ingles; otra se desabrocha la blusa y muestra los pechos llenos de pústulas; después se pasa a las enfermedades análogas de sus hijos. Cuando acabo de comer, bajo por la «Puerta de Tierra»; por encima de su arco se ve el torreón de un castillo cercano: pasan los carros con la trasera atada con un toldo; otros pesados, tirados por bueyes, abarrotados de cubas de vino.

Las mancebías

Tienen éstas las puertas aporreadas de los aldabonazos, de tantas llamadas intempestivas, saliendo corriendo el que lo hace; por eso cierran media puerta, que se parece al burladero de una plaza de toros. En la puerta de una de ellas está sentada una vieja, que cierra el paso a un hombre que quiere entrar dentro. «No se puede pasar; la «Chuchi» está en el hospital; vete a verla allí.» Después de esta contestación, se retira avergonzado, pegado a los portales de las casas. Los chicos de la calle miran con admiración pararse en los portales a los hombres del pueblo, despatarrados, hablando con ellas y palpando el dinero en los bolsillos para entrar dentro.

Estas pobres mujeres reciben cartas lejanas de sus parientes y de alguna amiga de su profesión: «Sabrás que se ha suicidado la «Manca de Tetuán». Las estupendas colchas rameadas con dibujos, que parecen una granada abierta, tapan sus portales; ya van perdiendo el color y poniéndose amarillas de tantos lavados. Por dentro vemos los tramos desgastados que conducen a los cuartos de arriba; subimos; un cántaro está en el quicio de una ventana tomando el fresco de la calle; las pisadas resuenan en los cuartos de abajo; en una sala están peinando a una mujer amarillenta, con la espalda desnuda y blanca de no darla la luz; se abre una puerta, y en su hueco obscuro vemos muchos brazos y espaldas morenas, como mozas de campo de mujeres medio desnudas; miramos una habitación con un baúl derrengado y muy baja de techo; tiene una ventana un agujero con una cuerda para tirar y abrirse; pensamos que esta ventana no dará a ningún paisaje espléndido de Zamora. Bajamos la escalera; techos bombeados por la humedad y cromos canallescos en las paredes.

La iglesia del Hospital

Al entrar en esta iglesia, se está celebrando el oficio de tinieblas; se ve un monumento en medio de ella y unos tenebrarios con varias hileras de largos cirios.

En el muro de la pared, muy alta y blanca, debajo de una reja pequeña, hay un arco grande enrejado; lo tapan unos velos negros para que no entre la luz; en medio hay un facistol con libros, iluminados por cirios; las monjas viejas, sentadas en la sillería del coro, con hábitos morados y cubiertas las cabezas de crespones, canturrean una salmodia en latín con voces compungidas como dueñas doloridas.

Por un pasillo se entra a otra iglesia de elevados muros, donde se abren algunos balcones; unas señoritas, las doncellas nobles del colegio, con uniformes negros y cuellos almidonados, miran el monumento, que tiene las iniciales de María, hechas con hileras de cirios; algunos de estos balcones dan a las habitaciones interiores del hueco oscuro de la puerta; sale una monja pasando las cuentas del rosario; lleva muchas llaves a la cintura, y se sienta en una de las sillas, asomada, viendo la iglesia, donde entran a rezar y ver el monumento los grupos escolares de niños y niñas de colegios pobres y humildes.

La ermita de Jesús el pobre

Encima de unas parihuelas para llevar en la procesión, se ve un Cristo metido entre las sábanas; está hasta medio cuerpo desnudo, como hecho de un tronco de árbol, con las manazas abiertas para arriba, como para abrazar y apretar entre sus brazos a todos los pobres y enfermos que le fueran a contar sus penas.

Cerca de él, desde el púlpito, un cura pronuncia un sermón patético; habla de pestes, inundaciones y plagas que han de caer sobre el mundo; en el altar, vacío, donde colocarán otra vez la urna después de la procesión, está rodeado de exvotos, muletas, cabestrillos, escapularios y rosarios y una larga vitrina; tras el cristal se ven muchas trenzas, con flores de trapo y cintas de desmayado color y trozos de flequillos de niñas; al verlos, adivinamos sus frentes descoloridas y sus caras del color de la cera; en una trenza, rubia y empolvada por los años, cuelga, atado de su punta, un papel que dice:

Recuerdo al Santísimo Cristo,
en los últimos días de vida de
la joven Felisa Barbero Stevez,
a los diez y ocho años de edad.
Zamora, marzo de 1890.

El lavatorio de pies

Los ventanales de la Catedral en estos días de Semana Santa están tapados por cortinas negras o azules que no dejan transparentar la luz, y esta penumbra da al templo un aspecto triste y de tragedia; los cirios, todos encendidos; en las lamparillas se va consumiendo el aceite, que chirría en sus vasos de cristal con crujidos extridentes y débiles gemidos, al pie de un Cristo cubierto con un velo negro que hay delante de un altar tapado por tela morada. Entran en la catedral los hipócritas seminaristas, con manteos negros, y a ambos lados de los hombros tienen vueltas de seda roja. Los canónigos bostezan y se estiran para desperezar un poco su animalidad, se sientan en sus butacas, dispuestos a berrear después de esta ceremonia. Sobre caballetes de madera hay una tarima, donde están sentados en sillas diez viejos pobres con largas capas negras con esclavinas forradas de morado; entre sus rodillas apoyan los bastones y cachabas; todos tienen en la mano el sombrero negro de alas anchas. Entre estos viejos los hay muy encorvados, con el pelo blanco como la nieve; otros, que se conservan más fuertes, con el pelo duro y canoso y grandes calvas; los hay defectuosos, tuertos o jorobados. Esta tarima está colocada frente al altar mayor, y el corro, donde hay apiñada una gran aglomeración de gente del pueblo, los chicos se suben por los hierros de la verja, y todos quieren presenciar el lavatorio, que empieza con una plática un cura delgado y alto; después de pronunciar alguna frase en latín, dice:

Dios lavó los pies de los Apóstoles, como debéis vosotros lavaros todos los miembros, para que os halléis con la penitencia limpios de pecado, para que no caminéis por el camino del odio, con los pies limpios y el alma limpia también del pecado y os améis los unos a los otros. Dios murió de amor por todos;

en el momento más culminante de su sermón se quita el bonete, y los canónigos y prelados el virrete. Los pobres escuchan demostrando mucho interés y asintiendo con la cabeza, mirando a los aldeanos, para que vean que ellos comprenden bien estas frases; los más ancianos, durante el sermón, se han quedado dormidos con las manos cruzadas; otros se apresuran a desatarse las correas de los recios zapatones para tenerlos sueltos y no hacerse esperar; uno se ha descalzado ya un pie y lo esconde en la otra bota; estos viejos no llevan calcetines para hacer más breve el momento del lavatorio; tienen los pies aseados un día antes. Mientras se hacen estas ceremonias preparatorias, el sermón y la reserva, esperan la llegada del obispo. Cuando éste llega, le abren paso dos maceros, que apartan a la muchedumbre; detrás van los sacristanes y los curas con largas varillas de metal, en las que lucen pequeñas velas. El obispo sube a la tarima; es muy pequeño, y encogido por la edad y medio durmiéndose, se arrodilla encima de un almohadón de terciopelo rojo; un monaguillo lleva una palangana de plata, el obispo moja sus manos en el agua y lava los pies del primer pobre. Algunos se suben los pantalones y se remangan los calzoncillos, como esperando a que les laven también las rodillas, llenas de roña; luego les regalan, de un cesto, un pañuelo, que les dan a besar; ellos palpan el pañuelo por la punta, para ver si están cosidas las dos pesetas que les dan y guardárselas en sus bolsas de cuero.

El osario de Zamora

Es éste una casa baja, de paredes blancas de yeso, donde los chicos han pintado con carbón caras y monigotes; tiene una gran ventana en su centro, con columnas de madera pintadas de añil y una chapa de hierro, cerrada su cerradura por un candado; en el fondo de esta cueva se ve un montón de calaveras, tibias, rótulas, choquezuelas, pelvis sueltas y huesos sacros. Estos huesos, que en sus agujeros y cavidades se albergaron tantos gusanos, que comieron su podrida carne. También se ven algunas momias recostadas contra la pared; la cabeza, hundida, como durmiendo de pie; otra, tan agachada y retorcida que su cabeza toca con las puntas de los pies, como si quisiera comérselos de lo rabiosa que está; otras parecen reir, viendo el boquete abierto de su boca.

En las esquinas del osario se ven encima de unos zócalos de tablas unas maderas de forma de lanza con calaveras y tibias cruzadas.

Entre el montón de calaveras hay aceiteras rotas y latas de pimientos y algún sombrero hongo y agujereado, que han tirado los chicos.

¿Cómo han llevado aquí a estos difuntos? ¿De quién serán estas calaveras? ¡Cuántas damas ilustres zamoranas estarán perdidos sus huesos con los de algún pordiosero, cuando la muerte le agarró del rostro barbudo y de la capa en medio de la carretera y no le dio tiempo de entrar en el pueblo! ¡La calavera de algún cardenal, la de algún rey confundida con la de algún carretero o tendero!

Este osario tiene un olor frío de humedad y cementerio que trae las emanaciones de los féretros podridos y desclavadas las maderas, que conservan al difunto dentro, de los cementerios abandonados al derrumbarse sus nichos.

En las paredes, por fuera de este osario, se ven los excrementos de la gente que viene allí a hacer sus necesidades.


Los curas pobres

Son estos hombres algo anticuados y pasados de moda, tanto en su espíritu como en la indumentaria. Llevan sombreros con el felpudo caído; sotanas de color verde, parduzca, color de ala de mosca, que ha sido negra en algún tiempo, zurcidas, con muchos hilachos en las bocamangas; los botones se les caen, y no cuidan de guardarlos, pues su cabeza está ya muy desmemoriada. Esta gente humilde vive en un pueblo apartado, y no medran en su carrera; cuando entran en el palacio del obispo lo hacen con la cabeza baja, sujetando su sombrero de teja en sus manos temblorosas, y se asustan del lujo y se avergüenzan. Ellos no tienen nada que ver con estos cardenales que llevan encajes y faldas como las señoras llenas de puntillas.

Si alguna vez van a Roma, vuelven con la fe más perdida, escandalizados y más cohibidos del lujo que gasta el Papa y sus cardenales, para enterrarse más y más en su pueblo, en las paredes de yeso de su casa; miran las pieles de gato o conejo rellenas de paja y colgadas de unos clavos, con las orejas secas y tirantes; su pelo ya está caído y enseña la pelleja. Estas pieles, que pusieron a secar siendo jóvenes, no les hacen tanta gracia al verlas, pero las dejan donde están, y las tiran de las orejas y les entretienen un rato (nada ha de cambiar de su sitio).

Estos curas son muy madrugadores; sus gafas marcan ya una sombra en sus sienes, porque se van hundiendo; guardan en el bolsillo una petaca de cuero aculatada y ennegrecida por sus dedos, y un gran pañuelo de hierbas, que sacan de vez en cuando de su sotana para limpiarse la moquita. El estuche de los lentes, que se abre de golpe sobre la mesa, se va quedando viejo. Sus manos se van haciendo huesosas y los dedos algo separados, pero son muy expresivas, llenas de venas gruesas y salientes; cuando no las apoyan en algún sitio fijo, les tiemblan como si tuvieran el baile San Vito.

Alguna vez estos curas, por desgracia, cuando son jóvenes, tienen un hijo con una criada o el ama de llaves; éste suele ser un bárbaro que juega a los bolos, pero que tiene la misma forma de nariz y le sale muy parecido; entonces le señalan con el dedo en el pueblo.

Él da un puñetazo sobre su mesa, y abre un arcón, tirando de unas cuerdas por agarradero, y abre los cajones; no hay dinero ni tabaco. Baja a su huerto, y coge de una panocha una hoja de maíz y, revolviendo sus bolsillos, hace un cigarro.

Ya no tiene más que lo que le da alguna misa y las limosnas que recoge en un plato de cobre con una cruz; los Santos de su iglesia, las damas distinguidas del pueblo los quieren cambiar por nuevos, diciendo que los viejos son horribles y atemorizan a todos; él cierra los puños, y las dice que nunca se cambiarán por otros mientras viva.

Se va haciendo amigo del zapatero, su vecino, y allí pasa toda la tarde hablando y juntando los dos sus calvas cabezas; él se quita las botas, donde los juanetes y los callos han dejado su molde para que le haga una nueva remendadura; las orejas se le van desprendiendo, como si quisiera marcharse de su cabeza. Va quedándose poco a poco como un esqueleto, macilento y triste, pero siempre protestando del lujo y de las innovaciones de otras iglesias; más la de él seguirá siempre lo mismo hasta que se muera.

La partida

Cuando me despierto, al otro día me encuentro en el cuarto de la fonda, algo sin humor y envejecido; desde la cama veo, en medio de la habitación, mis botas caídas para un lado; tanto conservan la forma de los pies, que resultan tristes; también están cansadas, como yo; ya es hora de volver a casa, me he dicho, de ir a Madrid; has andado mucho y dado bastantes vueltas.

Salgo a la calle; recorro algunas tiendas; de muestra, en una, veo un sombrero de labrador, clavado; a la puerta ha perdido el color de estar a la intemperie; a su lado, dos zapatos muestran sus suelas, remachadas con gruesos clavos puntiagudos; del techo cuelgan alforjas y trenzas de cáñamo; también vemos los calcetines gordos, de estambre verde, para ponérselos debajo de los zuecos de madera; cerca del mostrador hay ruedas de piedra de molino, que parecen hundir la tarima con su peso. Muchas varas de avellano, cayadas de pastor y unas cachiporras, bastones muy historiados, donde en la madera muy dura el filo de la hoja de un cuchillo ha dejado sus labrados.

En medio de la calle, en un potro de recios tablones como tronco de árbol, en su centro de una cadena sujeta a una correa que cruza su testuz, cuelga un buey de mucho peso. Por la panza tiene un cinturón, que sube con unas cuerdas al techo de la horca: sus piernas traseras están abiertas y las tiene amarradas a dos estacas clavadas en tierra; un hombre, con unas tijeras, le corta las uñas para herrarle; en un tronco de árbol, agrietado el sol y más por el fuego del hornillo, se ven las tenazas; el hermoso animal, con sus enormes cuernos, mueve las orejas para espantar a las moscas y babea como un toro; con sus patas delanteras da sacudidas como queriendo soltarse de la cadena y poder embestir; viendo la inutilidad de su esfuerzo, abre la boca bondadosamente, se relame la lengua, y estirando sus cuatro patas y abriendo las piernas, se ensucia, llenando el suelo de buen pasto, para el campo que les regala a los dos buenos amigos que le van a poner zapatos nuevos. Estos hombres, altos y fuertes, honrados y trabajadores, se secan el sudor con la palma de la mano; su camisa abierta deja ver su peludo pecho; la boca resalta entre los pelos negros y fuertes del bigote y la barba, difíciles a la navaja del barbero; después de su trabajo, cuando el buey, contento, se ha sentado, abrazan la cazuela y se ponen a comer; llevan a la cintura unos cinturones de piel de toro; parecen tipos pintados por Zuloaga.

Zuloaga

Es difícil al viajero que recorra estos pueblos españoles y que vaya con el espíritu despierto para ver y sentir que el recuerdo del gran pintor vascongado no se apodere de él.

Unas veces nos sale al paso con la creación de tipos recios y rotundos como tallados en maderas; son esos alcaldes o caciques de los pueblos con sus capas harapientas, pardas y pesadas como mantos de reyes, y que empuñan la vara de la justicia o un cirio con sus manos membrudas, llenas de rayas en que parece haber dejado una huella a través de los años la tierra de Castilla.

El alcalde de Torquemada, la figura más recia de la pintura moderna. Otras nos asalta su recuerdo en las bárbaras capeas de los pueblos de Sepúlveda, Medina del Campo, en que las barreras están sustituidas por estacas y fuertes carros de labranza desaparejados; y no tardamos de nuevo en encontrarnos en los soportales de los viejos pueblos españoles Segovia, Avila, Zamora; aquí volvemos a ver de nuevo las viejas capas españolas, esas capas que se confunden con el color de la tierra, tan españolas, únicas, tan distintas de las andaluzas petulantes, cortas, de embozos chillones, llenas de bordados y flamenquismo, la capa adulterada de nuestros antiguos chisperos y manolos.

Otras veces nos lleva más allá, nos traslada a Andalucía, la calle del Amor; los vendedores de flores, los sombreros paveros anchos y garbosos, las chaquetas cortas con coderas, los pantalones ceñidos y abotinados y las caras morenas y cetrinas, y sus admirables mujeres llenas de gracia y donosura; cómo se recogen la falda a su cuerpo y a sus muslos; con qué gracia enseñan las enaguas planchadas y bordadas viéndose las medias picarescas y sus menudos y bien calzados pies; ¡qué faldas las de estas mujeres, llenas de volantes, de telas chillonas y ligeras, rameadas de flores o de lunares, telas que no pesan y que parecen hechas para que luzcan mejor sus cuerpos ondulantes y garbosos! y esos pañuelos de gitana que anudan a su cintura, rojos, verdes y amarillos; qué bien hacen con los rojos y reventones claveles en sus negras cabelleras y el continuo chirriar de sus inquietos abanicos.

A todas ellas las veremos más tarde en las silenciosas y apartadas rejas de sus calles, rejas conventuales pero llenas de flores, y en que a través de sus hierros, a la luz de un farol o en las noches de luna, vemos brillar una cara morena como una dolorosa, y unos ojos negros y tristes que se clavan a nuestro paso; son estas mujeres que al día siguiente se compondrán y acicalarán unas a otras con todos sus cariños para asistir a las corridas.

Pero Zuloaga salta pronto de Andalucía; la comprende y admira, pero no la quiere; necesita de Castilla, de su amada Castilla; aquí adquiere toda su fuerza, se siente más fuerte él, y aquí nacen sus obras inmortales «El Cardenal», «Las brujas de San Millán». «Torerillos de pueblo», «Gregorio el botero», monstruo de pesadilla, contrahecho, ridículo, espantable, con sus manos torcidas, manos de manco; una apoyándose en un enorme pellejo, y en la otra un jarro de barro, en que parece ofrecer el vino a todos los bebedores; vino de discusiones, de reyertas, de pendencias, de crímenes. La víctima de la fiesta el cielo negro y de pesadilla en que se destaca un viejo bárbaro y cansado, con la lanza mirando al suelo; nuevo Quijote sin ideales que nunca conoció un día de gloria, y triste rocinante este viejo caballo, que produce pena y que parece ha de estar recorriendo estos viejos pueblos de España entre las rechiflas y el aplauso de un pueblo bajo y cruel.

De esta Castilla salió su obra magna «El Cristo de la sangre», exangüe, enfrente de este pueblo español que tan bien lo ha comprendido. Avila, pueblo amurallado, recio, fuerte, mucha piedra, seco, con su aire frío, que corta como la hoja de un cuchillo, y en que volvemos a ver de nuevo las recias capas y sus curas con gafas, cenceños malhumorados, atrabilarios, como sus piedras y sus murallas.

A Zuloaga no basta esto; viajero incansable, va recorriendo los pueblos y creando sus paisajes, que unas veces son los admirables fondos de sus retratos Toledo, Avila, Sepúlveda, Segovia, y otras veces el paisaje escueto, sin figura, La Virgen de la Peña, Motrico y tantos otros, creando y moldeando con sus manos de gigante esta España, que ha hecho ver a los cegados ojos de pintores y escritores, y a la que irá unido con su nombre inmortal.


EPÍLOGO

DESPUÉS de este largo viaje, me encuentro por fin en casa, un poco cansado, más envejecido, algunas canas brillan en mis sienes y la juventud parece que quiere despedirse de mí.

Tengo mi vieja maleta abierta en medio de la habitación, toda revuelta, por la que veo asomar alguna ropa y muchos papeles, apuntes de viaje, los que tendré que poner en orden.

Más lejos, y apoyándose en la pared, están mis botas; ahora que me he librado del tormento de ellas, parece que las aprecio más; están deformadas, y casi no conservan la suela; los tacones enormemente torcidos; han andado mucho.

En un testero, y enfrente de mí, está el cuadro de la reunión de Pombo; son los buenos amigos del café, a los que mando mi primer saludo. Es un cuadro a medio conseguir, y ahora verdaderamente siento el no haberle podido dar una forma más acertada y más decisiva. En el centro está nuestro querido amigo Ramón Gómez de la Serna, el más raro y original escritor de esta nueva generación. Está puesto en pie y en actitud un poco oratoria; recio, efusivo y jovial, un tanto voluminoso, pero menos de lo que deseamos verle, para completar su gran semejanza con un Stendhal español o un nuevo Balzac de una época más moderna y menos retórica; cerca de él está su cartera, esa buena amiga que siempre le acompaña llena de pruebas de imprenta y dibujos que hace rápidamente para ilustrar sus escritos son comentarios gráficos admirables, siluetas rapidísimas llenas de humorismo y amenidad y que dan un encanto más a los artículos que publica casi diariamente en La Tribuna y El Liberal.

A su lado Bacarisse, Coll, Bartolozzi, Cabrero, Borras, Bergamín, Abril, y encima, el prodigioso espejo de Pombo, este espejo cinematográfico, cuya luna patinada cambia constantemente de expresión; unas veces nos sugiere ideas antiguas, nos transporta a la época de Larra; los viejos con grandes levitones y las enormes chisteras, los fracs, las corbatas de muchas vueltas y los chalecos rameados, de los que cruzan las pesadas y largas cadenas de oro.

En las mujeres las faldas ahuecadas de seda magnífica color de plomo, cuyas boquillas y pliegues resuenan duras, como si fueran de hojadelata; en otras los tonos desmayados violetas y verde de hojas secas; por todos los volantes, desde el pecho, cuelga una hilera de flores de trapo, que tienen más aroma que las flores vivas, porque al pasar un siglo parece que cobran vida en los maniquíes de los museos, lo mismo que sus abanicos de plumas, los añadidos de sus rizos y sus zapatos con hebillas de acero, que brillan como diamantes. Época romántica de largas melenas y barbas que se iban comiendo el color de sus caras, descuidándose en un mar de placeres y fiebre de verdaderos suicidas, borrachera, vino y mujeres, óperas de Rosini cantadas por Ronconi y la Malibran.

Otras veces, este espejo se rejuvenece, y en los calurosos días de verano, en los meses de julio y agosto, cuando las puertas del café están abiertas, vemos pasar por ellas los tranvías iluminados y atestados de gente los automóviles silenciosos y ligeros y los coches de punto, tirados por estos caballos siempre viejos y cansados, y ya más en las altas horas de la noche, los transeúntes que cruzan por las aceras o en el empedrado de la calle. Pero este cuadro resulta pobre: faltan grandes artistas; donde están Iturrino, los hermanos Zubiaurre, Bagaría, Maeztu, Rusiñol, Romero-Cal vet, Victorio Macho, no puede dar idea ninguna de su animación, de esas mesas que se van llenando de contertulios: Vighi, Espinosa, Llovet, Jiménez Aquino, Heras, Guillermo de Torre, Alberto Hidalgo, Garza Rivera, Isaac del Vando-Villar, Pascual, Alcaide de Zafra, Pepe Argüelles y tantos otros. A veces, en Pombo, se hace el silencio; aparece por él algún músico que nos deleita un rato, se comentan las excelencias de la guitarra española y portuguesa y hasta se hacen comparaciones. Pero los grandes días de Pombo son los que Gómez de la Serna lanza un nuevo libro; es un escritor infatigable; con facilidad pasmosa se suceden sus admirables obras: El Rastro, El Circo, Senos, Pombo, Muestrario, El Libro nuevo. Los reparte con gran generosidad, y siempre hace el milagro de encontrar un nuevo ejemplar para el contertulio más rezagado.

Al lado de este cuadro están otros míos más antiguos; son procesiones de los pueblos encapuchados, cirios, escenas de pobres y hospitales, cuadros negros y tristes, y que a estas horas de la noche parecen serlo más. Encima de esta antigua mesa está, llena de polvo, mi caja de colores; este olvido me indigna un poco; mi obra me parece pobre e insuficiente: hay que romper con lo superficial y la bagatela; llegar al mismo crimen si fuera preciso. Para distraerme de estos malos humores, abro esta cartera de láminas y dibujos de artistas, a los que tengo cariño. Aquí aparecen de nuevo las viejas láminas de Charivari y la Caricature; son litografías de Gavarni y Daumier; algunas en color; Gavarni hizo admirables tipos de mujer, sobre todo en sus máscaras; estas mujeres pequeñas llenas de gracia, vestidas de marinero, algo culonas y con pantalones, que se ciñen fuertemente a sus caderas y que las dan una gran sensualidad; suelen llevar unos sombreros de copa baja y unos lazos muy coquetones; también vistió a algunos animales con trajes femeniles, principalmente las ratas; pero siempre viéndose en ellas el admirable tipo creado por él, esa mujercita pequeña, sensual y alegre. También hay algunas litografías de Deveria; una de ellas representa un baile; es un salón grande con columnas y cortinones. La amplia estancia está iluminada por las velas de una araña de cristal que pende del techo. Una joven toca un piano anticuado, a la que dirige cumplidos, mientras tanto un joven caballero, y a su derecha una jovencita, que empieza a ser mujer, le vuelve cariñosamente las hojas del libro.

De la pared cuelgan algunos cuadros con marcos Imperio, y la sala la ocupan una porción de parejas que bailan. Los caballeros, con frac, corbatas de dos vueltas, y unos pantalones, que se ciñen a sus piernas como si fueran medias, y unos pies inverosímiles y femeniles. Ellas, muy descotadas; las mangas abombadas, y las faldas llenas de volantes; los peinados, complicados y llenos de lazos, que hacen más voluminosas el tamaño de sus pequeñas cabezas. Lo más admirable de estas mujeres son sus cuellos; unos cuellos largos y finos colocados sobre unas redondas espaldas que parecen estar pidiendo besos.
Pero muy superior a Gavarni y Deveria, es Honoré Daumier; este caricaturista es uno de los más grandes artistas franceses; es el más creador y literario, es el Balzac del lápiz; pero la mayoría de las veces lo supera por ser más conciso. Por sus dibujos va desfilando toda la vida francesa de su época: los mercados cuando se abren, las limpiezas de París casi al amanecer, los trasnochadores, las escenas callejeras, el organillero, el carnicero, los políticos, los burgueses, la vida del teatro. Unas veces exagerado, otras deforme; pero siempre grande y humano. Yo le veo con su cara rasurada, envuelto en su abrigo, con sus melenas blancas y rebeldes bajo las alas de su enorme sombrero de copa, su traje algo aviejado, con su cartera debajo del brazo, llena de dibujos inmortales, camino de su casa; ya anciano, cargado de hombros y cansado, después de una noche de insomnio y trabajo en una redacción de un periódico, de París, entrar en una modesta casa, donde una portera, casi centenaria, acaba de abrir el portal y empieza a hacer la limpieza.

Daumier habla bondadosamente con ella, se interesa por su salud y comienza la subida de una interminable escalera. Ya, por fin, llega el gran artista, busca en el bolsillo del paleto la llave, la introduce en la cerradura con el pulso algo temblón, y después de cruzar un pasillo lleno de cuadros —unos con cristal, otros clavados con chinches—, llega a una pequeña habitación, deja la cartera sobre una mesa, se desnuda rápidamente y se mete en la cama. Un gato negro, que es el único que le espera, salta sobre ella y se acurruca a sus pies. Daumier le llama por su nombre y le acaricia las orejas; luego, se duerme.

En algunos grabados de Hogarth, se ve una obra desconcertante; unas veces da la impresión de un moralista que arremete con todo para poner en ridículo las flaquezas y debilidades humanas; otras veces lo hace contra la crueldad con grabados tan crueles como ella misma; otras, el admirable pintor y dibujante se nos muestra como un caricaturista grotesco, y hasta grosero, pero siempre original y como un enorme artista lleno de exquisiteces y elegancias, con sus casacas, sus espadines, los lunares, las tabaqueras, las pelucas empolvadas; la sensualidad: una media al descubierto, un pecho blanco y admirable de mujer escapado del corpiño: en fin, tras el iva todo el admirable y galante siglo XVIII.

El gran pintor de los retratos impecables y, en una palabra, Hogarth, es algo desconcertante y genial.

Las aguas fuertes de Rembrandt era algo maravilloso y difícil de explicar; es el Shakespeare del gratado; tiene, como éste, la pujanza creadora; es algo enorme en riqueza pesadilla y claro obscuro. Unas veces lo muestra en una cortina en pliegues, pesada y fastuosa pieza rara y única tejida en la India, tras la que asoma una figura que se destaca en un claro obscuro tan brutal, que no se sabe qué admirar más, si lo que se ve o lo que se adivina.

A veces cubre una mesa un tapete con ricos bordados de oro y plata; sobre ella, una copa de nácar, cuyas asas y pie de oro parecían estar tallados por un Benvenuto Cellini: a su lado, en un rico sillón, está sentada una mujer rubia; el pelo, formando una especie de melena, sujeto por perlas, y las mangas y el traje recamados de bordados de oro y perlas: toda la suntuosidad de Venecia y Oriente juntos. Otras eran enormes elefantes, sobre los que cabalgaban indios con sus turbantes y cimeras de plumas. Luego los síndicos, con sus bastones, agrupados alrededor de una mesa cubierta de rico tapete, y destacando sobre pesadas cortinas sus trajes de terciopelo y seda. Este comerciante, con su rica mesa, pesando las monedas de oro, los sacos y cofres de mil complicadas cerraduras, y un paje arrodillado, presentándole una bolsa.

Luego, un vulgar soldado, ya viejo, de bigote cano y recortado, y con un casco de oro en su cabeza, que valía por todo un pueblo.

La madre del autor, surcada su cara de arrugas, apoyadas sus manos tumefactas en un bastón, cubierta de pieles y ricas preseas.

Estos viejos mendigos llenos de harapos, con la cabeza inclinada hacia el suelo. Tipos populares: el vendedor de ratas muertas; el pobre violinista; el viejo tuerto, cojo y manco, apoyado en un palo; el mendigo calentándose, y la vieja friendo huevos.

También tengo en esta cartera algunos grabados que no he visto nunca en las obras que tratan de Rembrandt; sólo un genio puede tratar estos asuntos sin caer en la grosería y en la vulgaridad, este hombre y esta mujer haciendo sus necesidades cara a cara del espectador y no resguardados por una pared, como lo hacía Teniers en sus cuadros de costumbres, y este hombre admirable, grabado humorístico que representa un fraile algo calvo y con la capucha colgando, fornicando con una monja, a la que tiene fuertemente aprisionada entre sus brazos; una sandalia se le ha salido del pie en estas refriegas al reverendo padre. De fondo le sirven a esta escena unos maizales, y a lo lejos se ve a un hombre con una hoz en la mano, entregado tranquilamente a las faenas agrícolas del campo.

Luego aparece esta lámina estupenda: el retrato de don Francisco Goya y Lucientes, el mejor pintor del mundo y el último aldabón de la pintura antigua y moderna. Goya, en este retrato, lleva su gran levitón gris y su inseparable sombrero de copa.

En esta otra habitación atrae de nuevo mi atención esta vitrina, llena de figuras mejicanas. Se las mandaron a mi padre de este país. Están hechas en cera, revestidas de trapo. Son tipos populares: vendedores de pulque, de cacharros de barro, de pájaros, de sombreros de paja, y todas tienen un gran carácter y expresión.

De esta pared penden dos admirables obras de Regoyos, pertenecen a su juventud; una representa una escena familiar, y está hecha con todo el cariño y emoción que este gran artista ponía en sus obras; seguramente lo presentó hace muchos años en alguna Exposición de Madrid, y pasaría desapercibido, rodeado de los cuadros de historia entonces en boga y de la banalidad de las pinturas detallistas a lo Fortuny; esta mala acogida le acompañó siempre en las Exposiciones madrileñas formada por jurados ineptos para poder comprender la emoción y el arte de su pintura al lado de tanto lienzo de relumbrón y oropel. El otro cuadro son las inmediaciones de una estación; pertenece a ese género de pintura que Regoyos llamaba su época negra; está hecho en Bruselas, en este pueblo donde encontró franca acogida y cordialidad y se admiró en lo que valía su genio. En este momento, y al mirar sus obras, me acuerdo de la persona de Regoyos y las conversaciones que tuve con él tres o cuatro veces; era yo entonces muy joven, pero pude admirar, en parte, lo que valía su entusiasmo y cariño por el arte, y su alma noble y generosa, quizá un poco infantil. Ahora puedo reconocer en su verdadero valor la obra de Regoyos; está un poco secuestrada, y en poder de coleccionistas y es necesario darla a conocer para poder comprender lo que vale este gran artista, que ha de tener una trascendencia única y definitiva en el paisaje español.

FIN

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