Luis Romero

COMO el despertador se ha parado, no sabe cuánto tiempo ha transcurrido desde que él ha salido de casa. Ella estaba en la cocina, y al oír cerrar la puerta, se ha acercado a la ventana a mirar. No se ve nada de particular desde esta ventana: otras ventanas que dan a un patio lleno de chafarrinones causados por la lluvia, y en lo alto, un pedazo azul de cielo por donde de cuando en cuando pasan algunas nubes blancas. Se ha quedado ahí, junto a la ventana, como embobada, con las manos mojadas; cuando se ha dado cuenta de que no hacía nada, las manos ya se le habían secado; aunque pudiera ser que se las hubiera enjugado en el delantal o en un trapo.
En un momento en que él estaba distraído mientras desayunaba, Carmela se ha acercado al armario y lo ha abierto sin ruido. En el cajón no estaba la pistola; la ha buscado angustiada entre los pañuelos y periódicos en que él la esconde. La pistola no estaba en el cajón. Después, ha visto perfectamente cómo le abultaba en el bolsillo.
Hubiera querido que él dijese algo, pero estaba más encerrado que nunca en su hosco silencio. No debe quererla; si la quisiera no haría eso, eso que hoy va a hacer, que no sabe bien en qué consiste, pero que la estremece. Va a ocurrir alguna desgracia; cuando en una casa hay armas, ocurre alguna desgracia. Un sábado por la tarde, siendo ella muy pequeña y su madre joven todavía, llegó su padre a casa y les enseñó una gran pistola: «Esta noche hago guardia en el Sindicato; se va a armar la gorda». Ella miraba, curiosa y asustada; la madre le animaba: «¡Di que sí, chico! ¡A ver si les dais para el pelo de una vez! No dejéis ni uno». Cenó apresuradamente y en seguida se marchó. Desde la puerta les dijo riendo: «¡Mañana cenaremos en el hotel Ritz!» Pero a su padre no le vio nunca más. Las pistolas siempre traen muerte. Y, además, él se ha ido sin decirle nada, sin confesar para qué se lleva esa arma, por qué la ha tenido escondida todos estos días. Ella la descubrió en el armario por casualidad y esperaba que él le dijese algo; pero siempre estaba callado y cenaba de mala gana. Si no fuese porque luego, en la cama, se arrimaba a ella y la abrazaba como siempre, hubiese creído que estaba cansado de su compañía.
Aquel domingo todo se llenó de tiros. Desde el amanecer se oyeron las ametralladoras y los cañonazos. Los hombres del barrio venían a sus casas a comer algo, a beber un vaso de vino y luego se marchaban corriendo. Algunos llevaban cascos y fusiles; desde media mañana empezaron a llegar autos con banderas y letreros pintados de color blanco. Por la tarde se presentó uno que se llamaba Pedro y era metalúrgico, acompañado por dos mujeres. Venía con el mono roto y el brazo envuelto en una venda manchada de sangre. Ella le vio desde el balcón. Las mujeres la divisaron y entonces preguntaron algo a Pedro. Éste levantó la cabeza y la miró; ella sintió que se le clavaba aquella mirada. «Le han dejado seco…» No comprendió bien, pero sabía que a su padre le había ocurrido algo, y aquella sangre y aquella mirada del herido la rodearon de tragedia. «Un tío bragado.» Las mujeres la miraron haciendo aspavientos. «¡Pobrecilla! ¡Pobrecilla!» El grupo se iba alejando y sobre las azoteas sonaban los disparos secos. Todavía oyó que decían (ella afinaba el oído hasta causarse dolor de tanto como arrimaba la cara a los hierros de la barandilla: «No, no lo sabe aún su compañera». Y más lejos aún: «… una ráfaga»).
Se asomó a una ventana una mujer y al ver al herido le gritó: «¿Qué hay, Pedro; es grave?» Él contestó en voz alta: «Nada, una esquirla. En cuanto mi mujer me cure, vuelvo al jaleo. La Guardia Civil está del lado del pueblo». Luego vino una de las vecinas y estuvo hablando con su madre. Lloraron las dos y la llamaron a ella y la besuquearon. «¡Han matado a tu padre! ¡Los fascistas le han matado!» Y ella no entendía nada de todo aquello, pero sentía mucho miedo y mucha tristeza.
Carmela no puede recordar si antes de ese día era ya desgraciada. Vivían en un callejón estrecho, y cuando el calor apretaba, subía de las alcantarillas un olor insoportable. No se acuerda del frío, sólo del calor. Su madre hablaba mucho y su padre era silencioso. Hablaban de un pueblo de donde habían venido porque en Barcelona se pagaban buenos jornales. Ella jugaba en la calle con otros niños y a veces iban al mercado a robar fruta, o a recoger las partes aprovechables de la que, podrida, tiraban a los rincones.
Lo que sí sabe es que desde la tarde en que su padre les enseñó la pistola, se abatieron sobre su madre y ella todas las desgracias.
Hace siete años, cuando murió su madre, ella trabajaba como aprendiza en un taller de confección. Vivían en las afueras, en un grupo de casas baratas. Cuando llovía, entraba el agua por las goteras, y en su habitación faltaban dos cristales, por lo cual, en invierno, tenían que cerrar siempre las contraventanas y estar con la luz encendida. Como no podían pagar el alquiler, se vieron obligadas a meter en la casa a un matrimonio con hijos, y mientras aquél se iba a trabajar, su madre cuidaba de los niños. Ellos le daban a cambio medio kilo de pan cada día y pagaban la luz de todos, además del recibo del inquilinato.
Todavía vivió tres años más en aquella casa. En el taller ganaba tan poco dinero, que apenas podía comer. Los realquilados, cuando se quedó sola, pasaron a ser prácticamente los dueños del piso; ella se recluyó en su habitación. Como no eran malas personas, algunas noches, viendo que no cenaba, le decían que lo hiciera con ellos. Tenía mucha hambre y aquella gente comía bien. La cosa duró hasta que al hombre lo metieron en la cárcel porque se descubrió que robaba herramientas en la fábrica donde trabajaba.
Le gustaba pensar en todo esto, porque aunque sus pensamientos son dolorosos, se olvida del presente en que está, quiéralo o no, sumergida. Desearía que todo esto fuese una novela o estar viéndolo en el cine. Pero sabe que es cierto y real que él ha salido hoy con una pistola en el bolsillo, que va a decir en el trabajo que está enfermo; en fin, que se ha propuesto algo, algo que no sabe lo que es, pero sin duda es horrible. Tampoco sabe lo que hizo su padre, pero le mataron. Unos días después, Pedro y otros camaradas las acompañaron a su madre y a ella hasta unas calles del centro, unas calles anchas, con portales elegantes, y les enseñaron unos agujeros en la pared: «Los fascistas disparaban desde aquella esquina, y él avanzó pistola en mano». En el suelo había un tiesto con flores y colocaron allí un ramo que habían traído. Su madre lloraba; los porteros de una casa rica, que estaban a la puerta, les miraban indiferentes. En un árbol, algo más allá, también estaba atado un ramo de flores, y al pie habían colocado unos tiestos verdes. Ella pensó que allí habrían matado a otro hombre; hubiera querido preguntarlo, pero su madre iba llorando apoyada en Pedro, que llevaba una venda sucia alrededor del brazo.
No ha debido dejarle salir; debía haberse acercado a él resueltamente e impedirle que saliera de casa con la pistola. Pero las mujeres siempre tienen que callar, que obedecer. Los hombres son buenos o malos y las mujeres no saben nada de ellos. Les entregan parte del jornal y por la noche las buscan en la cama. Y ellas han de hacerles la comida, lavarles la ropa y dejarse encontrar en la cama cuando las buscan. Las mujeres de los obreros envejecen pronto. Se reúnen unas con otras, hablan, critican, chismorrean, pero de sus hombres nunca saben nada. Una dice que es un vago, otra que es un borracho; otra dice que su hombre se entiende con la vecina, algunas creen que su marido es realmente un santo. Ninguna sabe nada; los hombres callan y hacen. Ellas hablan e ignoran.
Se ha marchado con la pistola en el bolsillo y ella sabe que por el momento sólo puede hacer una cosa: esperar. Esperará a que vuelva o a que ocurra lo peor: eso en que ni siquiera se atreve a pensar, pero que puede suceder, que ya sucedió una vez en que su padre salió de casa con una pistola.
LA ventana da a un patio o corral donde hay algunas máquinas inservibles y unas vigas de hierro. Al fondo está situado el garaje donde guardan el camión.
Nuria acciona la máquina calculadora y va anotando en los sobres el resultado de las operaciones. Lleva hoy unos zapatos color avellana sin tacón.
Él termina de preparar la nómina de los empleados de oficina. La mesa del contable está vacía; ha llegado el dueño y le ha llamado a su despacho donde se han reunido con el gerente.
—¿Sabe por qué no ha venido hoy el señor Portaló?
—No sé…
—Su mujer se está muriendo; me lo ha dicho la telefonista.
—¡Pobre! Él no lo confesaba, pero lo que padece su mujer debe de ser un cáncer.
—Sí, eso debe ser. Él siempre decía tumor.
Se hace un silencio pequeño, escalonado por el ruido de la sumadora.
—Nuria, ¿le falta mucho todavía?
Las pantorrillas, que están paralelas entre sí, se cruzan graciosamente.
—No. Acabo en seguida.
El pequeño Jover está repasando las anotaciones de un libro donde ha surgido una diferencia. El pequeño Jover ha entrado a trabajar como aspirante a auxiliar de segunda. Ha sido admitido por venir recomendado de una academia mercantil donde era el número uno. Habla poco y es muy eficiente en su trabajo. Mateo y él están ahora preocupados con unas combinaciones de quinielas cuyo éxito es seguro, pero hasta que no terminen el trabajo no podrán dedicarse a llenar los boletos. Hoy adquirieron ochenta. Han formado una sociedad de treinta, entre obreros y empleados, para repartir los gastos. Después de la una habrán terminado de pagar la nómina y podrán dedicarse a llenar las quinielas hasta las dos. Además, el dueño suele marcharse a la una, y en cuanto al contable, no les dirá nada, pues él forma parte también de la sociedad de las quinielas. Incluso es fácil que les eche una mano. Es un procedimiento que, al parecer, no puede fallar; lo han ideado entre él y Jover, el muchacho nuevo. Hasta ahora no han acertado, pero según sus cálculos no hay que alarmarse hasta la décima semana. Para entonces han podido alcanzar ya los catorce resultados.
Separados por un tabique de madera y cristal, están los de la sección de ventas, la sección mimada por el patrono. Como si ellos, los de contabilidad, no trabajaran igual o más que los otros, y como si no le ahorraran dinero al dueño con esa otra contabilidad que llevan para enseñar a los inspectores y que les obliga a tantos equilibrios matemático-legales.
Entra la secretaria y se dirige a él:
—Señor Mateo, ¿quiere hacer el favor de venir al despacho del dueño?
La secretaria se marcha. José Mateo se levanta de mala gana. Tiene la sospecha de que van a encargarle a él de ir al Banco a buscar el importe de la nómina y los semanales. ¿Por qué no va el patrono, que tiene automóvil? Él no es el cobrador. Sus obligaciones se reducen a las de simple auxiliar de contable.
—Voy a ver qué quieren. Seguramente que no me llaman para decirme que han decidido aumentarme el sueldo…
Atraviesa el corredor. Al fondo, sobre una puerta de cristal esmerilado, se lee «Gerencia». Llama unos golpes con los nudillos. Nadie contesta; dentro se oyen voces de los que están reunidos. Vuelve a llamar y nadie contesta. Espera un momento; podría ser que estuvieran tratando cualquier asunto interesante; pero en ese caso deberían decirle algo, contestarle, rogarle que esperara un instante. Y si no, que no le hubiesen venido a avisar hasta que no pudieran recibirle. Como en el corredor hay un banco de madera barnizada, está pensando en sentarse en él, cuando se abre la puerta y el contable le dice agriamente:
—¿Qué hace ahí parado? ¡Vamos, entre de una vez!
Se queda algo cohibido y saluda con un «Buenos días» que apenas le sale de la garganta. El despacho del dueño siempre le impone. Nadie podría suponer que en estas naves destartaladas, que junto a estas oficinas con aire provisional, cuyos muebles deslucidos bailan sobre un pavimento irregular, pudiese haber un despacho tan lujoso. Hace poco que lo han instalado y es el orgullo del dueño. Los muebles son modernos y todo el despacho está decorado de tal manera que recuerda los de las películas. Sobre la mesa hay un megáfono que comunica con el jefe de taller, y dos teléfonos de baquelita haciendo juego con el decorado de la habitación.
—Acérquese, Mateo…
El dueño está sentado en una silla bastante rara, y en uno de los sillones, con las piernas cruzadas, se halla el gerente. El contable se queda de pie. La Página 47 luz aparece velada por unas persianas de último modelo que se anuncian en todos los periódicos.
—Escuche, Mateo. Al señor Portaló le ha ocurrido una desgracia y no vendrá esta mañana. Su esposa, la pobre, acaba de fallecer…
El contable está a punto de decir algo, pero se calla. Él es quien ha hablado con Portaló. Su esposa no ha muerto. Está grave solamente. Pero la compunción que observa en el rostro del dueño le conmueve, y no le interrumpe.
Ha hecho una pequeña pausa y prosigue:
—Hoy tenemos que pagar los semanales y la nómina, y además efectuar un importante pago a un proveedor.
José Mateo sabe dónde irá a parar todo este discurso. A «rogarle» que sea él quien vaya a cobrar al banco. No irá, inventará cualquier excusa. No es su obligación y él no tiene por qué sustituir al cobrador. Que vaya el dueño en su coche o que se lleve al contable. A él que le dejen tranquilo. Bastante trabajo tiene en la oficina. No, no cederá…
—Si no fuera porque tengo la mañana muy ocupada, iría yo mismo. Pero me es imposible perder el tiempo. Irá usted, Mateo; la cosa es sencillísima y ya hemos telefoneado al jefe de la sucursal para que le dé billetes grandes y pequeños…
Va a oponerse de alguna manera, a decir algo; pero ya es tarde. Un movimiento de la mano del dueño indica que el asunto se considera resuelto y que puede regresar a su despacho.
—Bueno, nada más. Tenga cuidado porque la cantidad es fuerte. Venga lo antes posible. Como usted ve, le tenemos toda la confianza.
Saluda otra vez torpemente y está a punto de dar las gracias por la confianza que le demuestran. Pero él no desea ir a cobrar ninguna suma. La confianza no le es útil para nada y no quiere sustituir a nadie. Vuelve a su despacho contrariado por su propia timidez, por dejar siempre que sean los demás los que le impongan su voluntad.
—¿Qué le pasa, Mateo? ¿Le han comunicado alguna mala noticia?
—No, Nuria. No me pasa nada. Pero me molesta que me manden al Banco…
—Así sale un rato a tomar el sol. Si me mandaran a mí, estaría contenta.
—A las mujeres no las mandan a cobrar. Puede ocurrir algo.
—¡Qué tontería!
Entra el contable llevando en la mano la cartera grande que usa el cobrador. Saca de ella algunas facturas que coloca en una carpeta.
—¡No sé por qué tengo que ir a cobrar yo precisamente!
—¿Qué ocurre, Mateo? ¿De manera que a usted le molesta que le hayamos escogido entre todos por considerarle de mayor confianza?
—Sí, gracias por la confianza… Pero no me gusta ser sustituto de un empleado al fin y al cabo subalterno.
—Bien. Lo tendré en cuenta para otra vez. He sido yo precisamente quien he propuesto su nombre al gerente y al dueño, y he estado haciéndoles elogios de su laboriosidad y honradez.
Ahora resulta que, además de que le mandan a hacer un trabajo que no le gusta, tiene que estar agradecido. Siempre le ocurren cosas así. Este contable, diga él lo que quiera, le tiene rabia. Sabe que es capaz de sustituirle en su trabajo, como ya lo demostró el año pasado cuando estuvo enfermo un mes entero. ¡Si por lo menos hallara un empleo mejor! Esta primavera, el contable habló vagamente de asociarse con alguien de Granollers; pero se ve que no ha resultado nada.
José Mateo finge que está ordenando sus papeles. El contable se ha quedado serio y silencioso, sin duda alguna ofendido. Nuria tiene las puntas de los zapatos juntas y los talones separados; es la postura clásica de su inhibición.
Si este contable se marchase a Granollers o a donde fuese, sin duda alguna le ascenderían a él, ya que está capacitado y es el único aquí que conoce la marcha de las cuentas y la contabilidad especial que llevan para el fisco. Desde luego que no hay que hacerse ilusiones por lo que respecta a que le retribuyesen con el mismo sueldo que pagan al actual contable. Pero de todas maneras tendrían que retribuirle mucho mejor que ahora. Es difícil calcular, pero no sería extraño que entre pitos y flautas le pagaran unas dos mil quinientas pesetas. Contando cada mes con esa suma, podría casarse. Tal vez Nuria le diría que sí; mientras no tuviesen hijos, ella seguiría trabajando. Pero el contable no ha vuelto a aludir desde hace meses a esa eventual asociación con un industrial de Granollers.
Suena el teléfono en la mesa del contable. El ruido del timbre le ha sobresaltado. El contable apoya la oreja en el auricular con una gran seriedad aparente:
—Diga…
Inmediatamente su voz se toma obsequiosa, humilde:
—Sí, señor. En seguida. Ahora mismo le mando ir.
Mateo sabe que se refiere a él. Han debido ya de extender el cheque. Le molesta la palabra «mando».
—Mateo, vaya inmediatamente al despacho del dueño. Le llama. Tenga usted esta cartera para el dinero. Regrese del Banco lo antes posible…
Él se retrasa ex profeso. Finge buscar algo en el cajón. Después saca un peine y se peina, y por último, mientras el contable está con la cartera de cuero negro en la mano, simula no haberlo visto y se va lentamente hacia el lavabo. El contable hace un gesto de impaciencia y se dirige a Nuria:
—Este chico no prosperará nunca. No sabe comportarse; ya tendría que estar en el despacho del dueño.
Nuria levanta la vista de lo que está haciendo, pero no dice nada; su rostro permanece impasible mirando por la ventana que da al patio.
José Mateo regresa y coge la cartera de la mesa del contable; después, con un «Hasta luego» a medio pronunciar, sale del despacho. Nuria le sigue con la vista hasta que la puerta se cierra tras él.
Esto es perfectamente estúpido: porque falta hoy el cobrador, un empleado subalterno, le mandan a él a sustituirle. No tienen derecho, y si lo intentan otra vez, se negará. Sólo falta que le quieran colocar además la chaqueta y la gorra de uniforme. En fin, por esta vez callará y hará la diligencia que le mandan; pero un auxiliar contable no tiene obligación de sustituir a un cobrador.
ACABA de firmar el talón de ciento veinticinco mil pesetas. Le gusta firmar talones si se trata de grandes cifras; le da una sensación de poderío y, cuando lo hace, se siente seguro de sí mismo. La sensación comienza al traspasar el límite de las cien mil pesetas.
—¿Tú crees que este José Mateo es de confianza? ¿No se escapará con el dinero?
—No, hombre. Además, le echarían el guante en seguida. Y por otra parte tú sabes mejor que yo que lleva trabajando aquí muchos años y que es persona honrada.
—Déjate de cuentos. Este desgraciado ha de pasarse diez años trabajando para ganar una cifra así. No me negarás que es una tentación… De todas maneras, me gusta someter a prueba a mis empleados. He leído un libro muy bueno que se llama «El arte de mandar», y que por cierto te recomiendo, y dice que de cuando en cuando conviene hacer experiencias así.
El gerente es primo de la mujer del dueño, y hace pocos años que ha terminado la carrera de Licenciado en Ciencias Económicas. Desea modernizar los métodos de trabajo, pero hasta ahora no ha conseguido otra cosa que embrollarlos un poco más de lo que normalmente lo están. Los encargados de sección del taller le han puesto la proa; en cuanto a la oficina, marcha por sí sola.
—¿Qué hace ése que no viene?
El padre del dueño tenía un pequeño taller donde se reparaban motores de una marca extranjera cuyo representante, mediante una comisión, le había nombrado reparador exclusivo durante el período de garantía. Después, los poseedores de aquellos motores seguían acudiendo al taller y así el negocio marchaba prósperamente. Él creció entre motores y llegó a ser un buen mecánico.
Cuando la guerra, se paralizó la importación de aquellos motores extranjeros; aun hoy son poquísimos los que llegan, y eso, cargados con unos impuestos muy elevados. Entre el padre, el hijo y un técnico diseñaron un motor exacto al que tan bien conocían, introduciendo sólo unos pequeños cambios para evitarse enojosas reclamaciones. Actualmente tienen una industria importante. El padre, debido a su avanzada edad, se ha retirado ya del negocio. Él ha ampliado sus actividades a otros tipos de maquinaria, aunque siguen siendo los motores los que dan mayores beneficios a la empresa. Mientras no puedan importarse los extranjeros, el negocio es claro y relativamente fácil, y por ahora han tenido la suerte de que no les salga ningún competidor. Es decir, más que a la suerte, hay que achacar la falta de competencia a su habilidad e influencia.
Llaman a la puerta y aparece, primero la cabeza y después todo el cuerpo de José Mateo.
—Adelante, Mateo.
El gerente está repasando unos estadillos de producción y de cuando en cuando hace anotaciones al margen con un bolígrafo.
—Tenga usted; el talón. Son ciento veinticinco mil pesetas. Le confiamos, por tanto, ciento veinticinco mil pesetas.
Coge el talón y se lo guarda en el bolsillo interior del chaleco. Debajo del brazo lleva apalancada la cartera de cuero negro y gastado, con las iniciales de la industria.
Se produce un momento de confusión y el dueño le alarga la mano que el otro estrecha. Es la primera vez que se dan la mano y ninguno de los dos sabe muy bien por qué lo ha hecho. Tal vez han llegado ambos a creer que era cierto lo de la confianza.
Al salir Mateo, el dueño le mira de arriba abajo. Le desagrada comprobar que lleva zurcidos los calcetines y que los bajos del pantalón se ven deshilachados.
El gerente también se ha fijado en estos detalles y, más rápido sin duda alguna en su observación, ha llegado hasta darse cuenta de que las suelas de los zapatos están agujereadas.
—Viste mal esta gente…
—Sí, pero no hay que exigirles que vistan mejor; ese lujo tendría que salir de mi bolsillo.
—Es cierto, pero si recibes una visita de compromiso, es preferible que no llames a uno de estos chupatintas; causaría mal efecto.
El dueño es muy aficionado a la lectura de libros en que se dan normas sobre la manera de vender, mandar o hacerse simpático a los clientes. Ocurre que en esos libros no se prevén algunos casos, tal como el del empleado mal vestido. Son libros escritos en los Estados Unidos y aquello es un gran país. Al darse cuenta de que aquí los empleados visten mal, experimenta una secreta rabia contra ellos.
—Tengo citado a Maiztegui a las doce. He de entregarle sesenta y cinco mil pesetas; me dijo que si lo hacía en metálico me lo agradecería. Entre tanto me voy a dar una vuelta por el taller.
En el taller hay mucho ruido y confusión. Unas grandes máquinas trabajan para hacer a su vez otras máquinas más pequeñas, que a su vez servirán probablemente para hacer otras máquinas más chicas aún. Los obreros están sucios y efectúan gestos maquinales. En un extremo, unas cuantas mujeres se dedican al pulimento. Van sin medias y llevan el cabello envuelto en unos trapos. En el centro de la nave se mueven unas grúas transportando grandes piezas con estrépito. Los torneros se inclinan sobre sus tornos y miran de reojo al dueño que pasa. Las troqueladoras ensordecen y parece mentira que nadie pueda permanecer junto a ellas. La puerta del almacén está abierta; a través de ella se ven los carpinteros embalando las máquinas terminadas.
En su despacho encristalado, desde donde se ve toda la nave, está el ingeniero que en este instante habla con el jefe de taller. Les dirige un saludo con la mano y continúa su visita de inspección.
Recuerda el tallercito de su padre; hace unos años solamente que trabajaba en él. Se siente aquí orgulloso y seguro. Este ruido, este ajetreo, este movimiento desordenado y este olor a hierro y a química, son lo suyo. Por su gusto vestiría un mono y trabajaría entre esta gente. Hay algo de él que se está perdiendo y que todavía podría recuperar. Pero ahí están su mujer, su gerente, su ingeniero. Y además, él lo que debe de hacer es dirigir una industria, y eso lleva anejas grandes responsabilidades. Se ve los zapatos tan lustrados, recuerda el despacho, montado por un decorador, que le costó un ojo de la cara. Se contempla el jersey que su mujer le ha mandado ponerse esta mañana y que compró en una tienda de las más elegantes. Hace unos años tenía las manos sucias de grasa y empuñaba el destornillador y la llave inglesa.
Los motores que fabrica no son buenos y él lo sabe. Él lo sabe y le duele, porque aprecia en lo que vale un buen motor. Sucede que no hay mucha competencia, y mejorar la calidad equivaldría a aumentar considerablemente el precio. Entonces algunos no podrían ya adquirirlos; otros preferirían conseguir por el procedimiento que fuese uno de importación. A él le duele que sus motores no sean tan buenos como desearía, pero las circunstancias, al darle tantas facilidades, también se confabulan en contra suya. Habría una tercera solución: limitar sus beneficios, los beneficios de la empresa. Tampoco es posible. Cada año destina una parte considerable de estos beneficios, que son muchísimos, al mejoramiento de la industria, a la adquisición de nueva maquinaria, y algún año (en este momento le parece estúpido, pero así fue) a la instalación de un despacho lujoso. En cuanto a sus gastos particulares, son cuantiosos y tampoco pueden disminuirse. Ahí están su mujer, sus hijos y él mismo. El que trabaja debe vivir bien. Se trabaja para ganar dinero, exclusivamente para eso. Lo que sucede es que en cuanto penetra en estas naves parece que le cambien las ideas. Verdaderamente, no se dirige una industria desde la sala de máquinas, sino desde arriba; no confundido con los obreros, sino debidamente aislado.
Se le acerca el jefe de taller que ha bajado del despacho del ingeniero. Tienen que hablar a voces, porque el estruendo no les deja entenderse.
—Se ha retrasado el trabajo de las rectificadoras.
No entiende bien; entonces señala las máquinas:
—¡Que se han retrasado algo!
Se acercan; el encargado de la sección les dice que uno de los obreros se lesionó ayer. El dueño interroga con la mirada al jefe de taller; éste le dice:
—Sí, usted mismo firmó el parte de baja para el seguro.
Es cierto, no se acordaba ya. Tuvieron que acompañarle en un taxi al dispensario. Él le vio en el corredor, mientras iba al lavabo. Era un hombre viejo, no recuerda su nombre, y la mano le sangraba envuelta en unos algodones. Estaba muy pálido y parecía que fuera a desmayarse. Una vez a su padre, cuando probaba un motor, el ventilador le cogió la mano en un descuido. Él acudió corriendo; su padre no se quejó, no dijo una palabra. Entonces no tendría más de quince años y se desconcertó mucho. Menos mal que un operario que ayudaba a su padre y que se llamaba Jaime, le hizo en seguida una ligadura. Luego le enrollaron un pañuelo y le llevaron a la Casa de Socorro. La herida no era grave, pero él se asustó.
Cuando está entre los obreros, cuando les ve trabajar, cuando se da cuenta de que son ellos los que con sus movimientos torpes, con su esfuerzo, con el dolor de sus músculos, van haciendo las piezas y ajustándolas, montándolas y consiguiendo el milagro de que los motores funcionen, le dan ganas de mandar a paseo a su primo el gerente, al contable y hasta al mismo ingeniero. Todo es fácil y no comprende cómo ha llegado a complicarse tanto. Si no fuese por Lucía, y porque tiene que comprar aparatos eléctricos, y porque los colegios de los chicos son caros, y el médico que visita a su mujer le arruina, y que necesita un coche, y que mañana domingo han de ir a un cine, y que este jersey ha tenido que adquirirlo en la tienda más cara, le gustaría trabajar como cuando lo hacía con su padre y con Jaime y con un aprendiz cuyo nombre ha olvidado ya. Entonces vivían en su casa sin tantas preocupaciones, y él se crió más fuerte de lo que están subiendo sus hijos. Y su madre no necesitaba criada, y su padre sólo los domingos se calzaba zapatos.
Uno de los obreros les llama la atención sobre el movimiento defectuoso de una de las máquinas. Se acerca con el jefe de taller y la manda parar. No se ve nada anormal. El obrero coge un destornillador y quita los pernos que sujetan la defensa, que es lo que impide ver el lugar donde seguramente se produce el rozamiento. Él se queda en mangas de camisa y cuelga la chaqueta de un volante, con cuidado de que no se ensucie. Luego se remanga la camisa de seda y quita de las manos del obrero el destornillador. El mango de la herramienta está sucio de grasa.
Lucía se enfadará cuando le vea la camisa manchada.
MIRA impaciente el reloj y duda si pedir otro café o esperar un rato más. Si tuviese aquí el periódico la espera resultaría más disimulada.
Lo ha preparado todo concienzudamente, y ahora parece que algo falle. Desde que hace unos meses, por el azar de una conversación, se enteró de que el cobrador venía puntualmente a retirar de la sucursal de este Banco el importe de los semanales, ha observado el lugar, y el horario del empleado. Lo ha planeado todo. Y hoy, que está aquí, con la pistola en el bolsillo, los hechos se desarrollan de una manera distinta. Otros sábados, el cobrador ya hubiese llegado al Banco, y hoy no lo ha visto aparecer. Está seguro de que no ha venido; no ha quitado la vista de la acera, aun a trueque de que el camarero se fijara en él. Por otra parte, éste le debe haber examinado bien a su sabor, pues por ahora es el único cliente.
Sin embargo, por ese lado puede estar tranquilo; vive en un barrio alejado y no es probable que el camarero relacione a un cliente que ha estado aquí tomando café, y que posiblemente recuerde de algún otro sábado, con un atraco que se producirá unas calles más lejos. No hay que dejarse arrastrar por la suspicacia.
Es imposible explicarse a qué puede ser atribuido este retraso. Y no obstante, está dispuesto a esperar, a forzar al destino hasta que aparezca por ahí el cobrador y las cosas se cumplan como él las ha previsto. Estas esperas le ponen nervioso; era una sensación que casi tenía olvidada y que ahora recobra plenamente. Pero casi siempre actuaba al anochecer o de noche ya cerrada. Y hoy no, hoy el riesgo será mayor; todo se decidirá de golpe, en pleno día y en mitad de unas calles concurridas. Tal vez por eso la espera sea más angustiosa. Y sobre todo, este no comparecer del cobrador a la hora que podría calificarse de convenida. Por otro lado, mientras se espera, se está intranquilo, y todo lo que se piensa se tiñe de un exaltado pesimismo. Si por casualidad le llega a fallar alguna de las circunstancias que ha previsto, si la puerta del corral de maderas estuviera cerrada, si el montón de tablones apoyado en la tapia (hace un instante ha comprobado que estaba ahí como siempre) hubiese sido retirado, si acertara a pasar en el preciso instante una pareja de guardias, si resbalase, si por un acaso hubiesen tapiado el agujero que da a la calle principal (ha omitido hoy comprobar esta eventualidad y debía haberlo hecho), entonces todas sus previsiones resultarían inútiles. Se trata de un encadenamiento de hechos que casi podrían calificarse de casualidades, y de ese encadenamiento depende su vida. Sí, su vida; porque él está dispuesto a todo, incluso a que le maten, antes de dejarse atrapar. No es de ahora esa resolución; desde el primer día en que salió a la calle armado, su suerte estaba decidida. Y cuando, escondido en un terrado, entre los depósitos del agua, oía las voces de sus perseguidores y se sabía acorralado, ni por un instante pensó en arrojar el arma, antes al contrario, al ceder la tensión se dio cuenta de que le dolía la mano de tanto como se había aferrado a la culata.
Otra vez mira el reloj. La espera en este café se le hace insoportable. Paga y sale a la calle. La luz de la mañana le deslumbra un poco. Duda un momento a la puerta del establecimiento; a la izquierda relucen las letras en latón dorado con el nombre del banco. Delante hay un coche estacionado. Mira en la dirección en que ha de venir el cobrador y no ve a nadie. Lo mejor será ir andando hacia la fábrica. En caso de que el cobrador salga de allí, se le encontrará. Si al llegar a la puerta no se ha cruzado con él, desandará lentamente el camino hasta la entrada del Banco. Recorriendo el trayecto muy despacio, incluso deteniéndose en la taberna que hay junto al corral de maderas frente al cual proyecta dar el golpe, puede invertir unos veinte minutos. De no aparecer el cobrador en ese espacio de tiempo, aplazará el asunto hasta el sábado que viene.
Dobla por la primera travesía y va andando lentamente. Recuerda en este instante que en el momento de pagar su consumición, ha sacado la mano izquierda del bolsillo y el camarero puede haber observado la falta de la falange de su dedo. La policía trabaja muy sutilmente, y la ciudad, aunque grande, es siempre un espacio limitado, una ratonera al fin y al cabo.
Se nota fatigado; por un momento desea que el cobrador hubiese venido hoy más temprano, o que no viniera, o haberse equivocado y que hoy no fuera realmente sábado. Querría tener una disculpa válida frente a sí mismo, que le permitiera regresar a su casa. Pero la idea de volver a esconder la pistola inútil, inofensiva como un juguete, entre los papeles, le asquea. Las armas no son para gastar bromas, son para utilizarlas cuando se debe. Sin embargo, le gustaría ir esta tarde al cine con Carmela, decirle que se encontraba mejor, sentirse otra vez más tranquilo, más en paz con todos, sin asustarse cada vez que llaman a la puerta, a cada encuentro con los guardias, ante cada persona que parece que se le queda mirando. Otras gentes deben vivir en paz. Su misma madre debió vivir así sin duda alguna; todo su mundo se circunscribía a las faenas, a la falta de dinero, a que el carbón ardiese mal o a que su padre llegara a casa más o menos borracho. Y él siempre, desde niño, lleva algo dentro que no le deja estar tranquilo, que le hace odiar, aborrecer, desear. No es feliz ni lo ha sido nunca, y le parece extraño que los humanos puedan amarse los unos a los otros. Él quiere a Carmela, pero la quiere sólo unos instantes en la cama y después, muy vagamente, cuando la ve que le prepara la comida o le cose la ropa. Pero simultáneamente la detesta porque anda por la casa sin medias y con unas alpargatas viejas, y cuando los domingos salen, le molesta esa chaquetilla con cuello de piel que viste desde que se conocieron. Llega a odiarla cuando observa que se le estropean las manos con el agua y la lejía, o al sorprenderla en el instante en que roe los huesos hasta dejarlos sin una pizca de carne.
Lo mismo le ocurría con su madre. No sabe si la quiso o la detestó. La veía siempre callada, siempre sufriente, siempre trabajando, y cada vez más agotada y envejecida. Y él no podía evitarlo, y odiaba a alguien, a él mismo o a su madre, a su padre también, que se gastaba la mitad del jornal en la taberna, a la sociedad que era tan injusta, a los que gobernaban y consentían que su madre enfermara y envejeciera, al mismo Dios, si hubiese creído en él.
Será mejor que vuelva a casa y que procure acercarse más a Carmela. Será mejor que trabaje más, que trabaje horas extraordinarias, que trabaje hasta la extenuación, para que Carmela pueda llevar medias de seda y comprarse un abrigo y tirar a la basura esa horrible chaquetilla con su cuello de piel desgastado que le deprime tanto. Si hubiese sido rico, su madre no habría muerto en la clínica del seguro, sola frente a su miedo. Si fuese rico, no andaría ahora con una pistola en el bolsillo, acechando a un hombre para caer sobre una suma de dinero que lleva en la cartera. Pero no es rico y ésta es la única posibilidad de serlo, pues aunque se mate a trabajar, no conseguirá reunir el dinero suficiente para que a Carmela no le ocurra lo que le ocurrió a su madre. Pero ni con todo el dinero del mundo podrá devolver la vida a su madre, o lograr que si tuviese que morir, lo hiciera en su casa, en una cama limpia, con su familia alrededor, como las personas, como todo el mundo debería tener derecho a morir. Y ni con todo el dinero del mundo evitará lo que le pasó a Carmela con el dueño del taller de confección donde trabajaba de aprendiza. Ni siquiera devolviéndole aquella suma de dinero con que ella adquirió probablemente la chaquetilla de la piel raída: el importe de casi un año de jornal ganado en una tarde y pagado por el propio patrono. Ni con todo el dinero que lleve el cobrador en su cartera podrá evitar que Carmela sea ya como es y que las cosas ocurrieran como ocurrieron.
Dobla una esquina mal pavimentada. Esta calle es poco frecuentada. Hay unas largas tapias donde han escrito con tiza algunas frases obscenas, solares olvidados donde crece la hierba. En la esquina construyen una casa de dos pisos. Aculado a la obra está un camión del cual descargan vigas metálicas. Sigue por esta calle. Hay casas de vecindad y, sobre todo, talleres, y algunos huertecillos rodeados de espino artificial; mucho polvo, que el viento, de cuando en cuando, arrastra. Atraviesa una vía asfaltada por donde cruzan camiones y coches, y continúa por la calle casi desierta donde el sol deslumbra al reflejarse sobre el polvo blanco.
En dirección contraria viene un hombre joven, vestido de oscuro. Ha aparecido por la esquina de la calle donde está precisamente la fábrica a cuyo cobrador espera. El hombre viene andando despacio, con desgana; debajo del brazo lleva una cartera negra.
Algo en este individuo le ha llamado la atención. Le observa. Lleva un traje muy usado y la camisa sucia. Cuando está muy cerca ya, se fija bien en la cartera. Está seguro de no equivocarse; o sí, tal vez se equivoca, pero le parece que es la misma que usa el cobrador de la fábrica. En el momento de cruzarse con el hombre observa muy atentamente la cartera. Es difícil distinguir una cartera que se ha visto dos o tres veces, de los miles de carteras que hay en una ciudad; y sin embargo está seguro de que es ésa. Continúa disimuladamente su camino; al llegar a la primera esquina tuerce por ella y aprieta el paso hasta andar muy de prisa. Si verdaderamente se trata de un empleado de la fábrica que va al Banco a retirar los semanales, le alcanzará dos calles más allá. Entonces puede seguirle y ver si entra realmente en el Banco. De ocurrir así, no hay duda. En tal caso retrocederá hasta el lugar previsto y cumplirá cuanto ha planeado.
Avanza a pasos muy largos. El corazón le late apresuradamente. Se ha tocado el bolsillo; la pistola sigue ahí, asegurada. El hombre de la cartera le ha producido la sensación de indolente y desencantado. De todas maneras es un contratiempo el hecho de que sea joven. Puede correr, perseguirle; los acontecimientos no siempre suceden como se han previsto. El destino no se gobierna exclusivamente desde la voluntad de uno mismo. En el acto van a intervenir muchas voluntades y no es posible predecir exactamente lo que ha de acontecer. Pero debe mantenerse sereno y confiar en su propia energía, en el arma que lleva, en la sorpresa de los demás y en que el dinero no es, al fin y al cabo, de ninguno de los que van a presenciar el hecho, ni del que va a ser despojado de la cartera.
Sigue andando deprisa. Dentro de una semana, llevará a Carmela a una tienda de confección y le comprará un abrigo; quizás esta tarde mismo, y así podrán ir al cine y él no se sentirá molesto porque ella lleve la chaquetilla raída con su rancio cuello de piel.
Por la segunda travesía tuerce para hallar nuevamente la calle primitiva. Se ha visto obligado a recorrer doble camino del que ha hecho el hombre de la cartera en el mismo espacio de tiempo. Cuando llega a media travesía, le ve cruzar conservando la misma dirección —evidentemente el camino del Banco — con su aire indolente y enfurruñado. Atempera la marcha y le va siguiendo de lejos.
El hombre del traje oscuro camina paso a paso, sin vacilar, en la dirección esperada. Él contiene la respiración, siente que le invade una angustia producida por esta intranquilidad, este acecho, este no saber en definitiva si lo que está deseando con toda su alma es que este hombre vaya al Banco a recoger el dinero, o vaya a cualquiera de los miles de lugares a que un hombre puede ir en esta ciudad.
Cuando le ve entrar en la sucursal, su nerviosismo llega al límite. Pero ¿no puede tratarse de un error? Desea asegurarse hasta el máximo, pasando aun por encima de la prudencia.
Entra de nuevo en el bar. El camarero le saluda, demostrando que le ha reconocido. Tendrá que ocultar cuidadosamente su mano izquierda. Pero no hay tiempo que perder; dentro de unos minutos, ese hombre estará en la calle otra vez y él tendrá que esperarle en el lugar previsto.
Acaba de ocurrírsele algo. Busca apresuradamente en la guía el número de la fábrica. Hay dos; uno corresponde a las oficinas y otro a los talleres. Decide telefonear a la oficina, pero cuando ya ha comenzado a marcar, confunde los dos números. Tiene que volver a abrir la guía y buscar nuevamente.
Una voz femenina contesta al otro lado del hilo. El camarero parece distraído; está, con las manos a la espalda, mirando hacia la calle.
—Desearía hablar con el cobrador…
Le contestan que hoy no ha venido y se extienden en una serie de explicaciones sobre la enfermedad de su esposa. Ya no hay duda. El hombre del traje oscuro, que ya ha entrado en el Banco, es el sustituto y viene a cobrar el importe de los jornales y de los sueldos. Desearía colgar el aparato, pero teme que de hacerlo, la llamada pudiese resultar sospechosa. Se entera de que el cobrador se llama señor Portaló y de diversas circunstancias personales. Tiene que asegurar que son amigos y afirmar que esta tarde le irá a visitar a la dirección que la telefonista le da y que él finge anotar. Cuando cuelga el aparato, la mano le suda. Deja una peseta sobre el mostrador y sale precipitadamente del bar. Sabe perfectamente lo que debe hacer; toda vacilación ha sido superada. Se dirige resuelto hacia el lugar escogido.
(Continuará…)
