Y ASÍ SE CUENTA LA HISTORIA: “Mónica. 50 años”

Ítalo Costa Gómez










El 6 de diciembre del año que pasó, 2022, la popular animadora de televisión, Mónica Santa María, cumpliría 50 años. Qué hermoso. Me la imagino tan linda como veo a sus compañeras de conducción de «Nubeluz»: Almendra Gomelsky, Lily Braun y Xiomy Xibillé. Preciosas y activas, trabajando siempre guapas y divertidas.

Fue una de las modelos más cotizadas del país desde los nueve años. Y a los 17 se había convertido en la más menuda y querida de las dalinas. La guapa joven peruana, hija de padre trujillano y madre canadiense, era la figura más fresca de los 90 y más querida en 24 países de habla hispana. Ronquita, coqueta, de anchísima sonrisa perfecta e impactante mirada azul. Elegida «La chica del Año 1990» y «El Rostro Más Bello de la Televisión».

Fue esa misma joven la encargada de enseñarnos que la depresión no tiene por qué estar siempre acompañada de una imagen triste u opaca. Mónica siempre se mostró llena de vida, estaba todo el tiempo saltando y bailando, siempre lucía preciosa, era amada por todos nosotros. Lo tenía todo y estaba algo insatisfecha con todo ello. No entendía por qué todo el mundo la quería, la aplaudía; no estaba segura del por qué. Estaba signada por esa tristeza con la que vienen marcadas ciertas almas que están destinadas al brillo.

La misma hada madrina que nos alejaba de la realidad tan dura por la que pasaba nuestro país por el terrorismo en los noventas fue la que nos enseñó que la depresión puede estar maquillada de risas y luz. Decidió irse del mundo en el más completo esplendor. Decidió cerrar el telón a los 21 años privándonos de la mirada más hermosa y cariñosa de la televisión de la época volviéndose un ícono inmortal. Su muerte la catapultó aún más arriba de lo que llegó en vida.

Mónica decidió nunca atardecer. Se quedó como “la dalina chiquita” para siempre y no hay noventero que no sepa qué es un nubecino, un cono glúfico o una cíndela. El poder que llevaba dentro y que ella misma ignoraba hizo que fuera la ventana para que nosotros tampoco envejeciéramos. En ella está la magia que nos hace eternos niños.

Era tan fuerte su luz que no permitió que Mónica se apagara, aunque ella misma decidiera ya no abrir más los ojitos.

Nunca te olvidaremos. Te lo prometimos una vez hace más de treinta años y aquí estamos, en el 2023 y no planeamos irnos.

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