Y ASÍ SE CUENTA LA HISTORIA: “Mi primer crimen”

Ítalo Costa Gómez








Todo este lo que pasó con la vacancia del Presidente Pedro Castillo en el Perú y sumándole sus terremotos y todo el trauma al que mi pobre país se ha expuesto antes de despedir el año, me ha inspirado a contarles mi debut y despedida como un vil criminal. Un amante bandido, un huracán huracán abatido.
Estaba caminando derechito al infierno por un camino santificado. No van a creer por lo que se me dio.

Cuenta la historia que era un niño de ocho años aproximadamente. Soñador, distraído, frágil y atrapado en las inmensas instalaciones del colegio San Agustín. En ese recinto – en el que hice mi primera comunión, acumulé los recuerdos más graciosos y los más tristes de mi vida y conocí a amigos que me acompañan hasta el día de hoy – se practicaba mucho deporte, se ponía especial énfasis en el inglés y, por sobre todas las cosas, la religión católica era impartida mañana, tarde y noche de forma muy estricta: Es tu culpa, broder. Es tu culpa. Tu grandísima culpa. Reza cien credos.

El tema religioso no me llamó la atención particularmente, pero lo que sí habían logrado en mí era que tenga el famoso “temor de Dios”. Gracias a que mis educadores decían que todo lo que yo sentía era malo; que amar como amaba estaba pésimo (stinks, dude) pues empecé a visitar con mucha más frecuencia la Iglesia que estaba dentro del mismo colegio y rezaba o hacía el intento de rezar porque aún no había aprendido a conectarme con Dios. Pedía perdón sin estar seguro de por qué. Repetía los salmos que nos enseñaban (me sabía varios de paporreta, el Salmo 91 es hermoso) y antes de volver a la formación un huevón de apellido Pérez Vargas me jalaba las patillas con rudeza. Le gustaba humillar al alumnado delante de los demás. Lo recuerdo con pena. Era un muy mal educador y la escuela lo protegía en una época en la que ese colegio solo recibía varones. Todos debíamos aguantar calladitos como los machitos.

En mis frecuentes visitas a la Iglesia empecé a robarme las estampitas que adornaban los altares. Al principio porque una me gustó, era de un material bonito y tenía atrás una oración. Después seguí haciéndolo porque sencillamente me sentía ‘palomilla’, me creía un pendejerete porque podía subir con agilidad hasta esas estatuas altísimas que me iban a condenar al fuego eterno y robarme impunemente las estampitas que ponían a sus pies que luego guardaba en mi habitación en una caja de zapatos escondiendo el delito de mis padres.

Ya había llegado como a cincuenta estampas de todos los santos habidos y por haber. Me parece que las estoy viendo. Eran pequeños trofeos que iba acumulando. Era mi ridícula venganza a un sistema en el que solo me sentía juzgado, criticado al mango, maltratado y desatendido. De pronto ya no había «temor de Dios». Debe ser porque nada en Él es miedo. Él es amor. Irónicamente me estaba reconciliando con ese poder supremo tirándome las estampas.

Un buen día mi mamá me descubrió. Robertina, que era la nana que ayudaba conmigo desde que nací (porque a pesar de que ya estaba grandecito la casa estaba completamente vacía todo el día y alguien debía ver qué estaba haciendo) le llevó preocupada la caja de zapatos con las estampitas. Ella lo tomó como que yo debía estar “asustado por algo” y por eso decidió acusarme: «un niño no reza tanto a menos que esté asustado».
No sabía que yo no tomaba las estampas para que me cuiden, sino que me estaba burlando del colegio. Al menos esa era mi intención.

No recuerdo claramente la conversación que mantuve con mi madre, pero sí en que insistió en verme devolver las estampas a la iglesia y así fue.
Al llegar el domingo fuimos a misa y frente a uno de los altares me hizo pedir perdón y devolver todas las estampas. Mis disculpas no fueron sinceras, pero al menos sí me enseñó a no tomar nada ajeno y muchísimo menos si era sacrosanto. No había sentido. Ya había perdido el miedo. La misión estaba cumplida.

Y así se escribe la historia de mi carrera como ladroncillo santificado. Un “ratero monse” de treinta kilos que fue atrapado por «la ley» y obligado a disculparse con un sistema religioso que quizá debía disculparse conmigo y devolverme todo lo que me robó. Digo yo.

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