Y ASÍ SE CUENTA LA HISTORIA: «Tres poemas de QUIÉN LAS HOJAS Por Miguel Ángel Sanz Chung»

Ítalo Costa Gómez





1.

El árbol es el sueño,
la utopía.

La hoja sobre el suelo,
bocarriba,
justo cerca de mi cuerpo,
es lo único real.

Infinitas veces esta hoja habrá intentado
caer bocabajo, para ovillarse como un
armadillo, para cerrarse sobre sí misma
como una pequeña esfera, como una piedra
insignificante que pase desapercibida;
bocabajo, para lograr ser algo o nada que se
pierda entre la maleza, entre el pasto seco,
sin que nadie se dé cuenta de su presencia.
Porque bocabajo nadie te conoce; sólo
reconocen otra espada, otro lomo.
Bocabajo nadie sabe cuál es la forma de tu
rostro, ni si tienes los puños cerrados, si
aprietas los dientes, si frota el cemento con
la frente o con los ojos. Bocabajo pueden
ahogarse hasta los gemidos; hasta las lágrimas
pueden sorberse bocabajo.
Y esta hoja lo sabe. Y yo sé que todo este
tiempo ella ha estado retorciéndose como
una tortuga, pataleando desesperada,
mostrando –para su humillación– las estrías
de su vientre a los paseantes, a los perros,
a los insectos. Bocabajo nadie reconocería
el dolor en su rostro; hasta la muerte podría
llegar y no sabría si allá abajo es tiempo de
tormentas en la frente o si el sol ilumina
un cielo despejado. Bocabajo no estaría
obligada a mirar el mundo, ni el mundo
podría mirarla, totalmente desnuda, sobre
la acera.

El árbol no existe.
El bullicio de sus ramas
es puro rumor,
sólo mentira.

La hoja sobre el suelo,
bocarriba,
es lo único real.
Justo cerca de mi cuerpo,
apenas a un metro de mis manos
pero sólo a unos centímetros de mi pie.
Y el impulso de posar todo mi peso
sobre su cuerpo,
para sentir el placer de oír como crujen,
uno por uno,
todos sus huesos,
es algo que me es imposible evitar.

Y ella lo sabe,
pero no lo entiende,
ni me perdona;
para que ello fuera posible,
tal vez le habría hecho falta
poder andar sobre dos piernas.


2.

Una hoja
anda tras de ti con disimulo:

por las mañanas,
aguarda tras la puerta
a que salgas con premura rumbo al trabajo;

cuando vuelves por la tarde,
antes de doblar la esquina,
reconoce el sonido de tus pasos
entre miles de pasos que regresan;

si un día cruzas la calle de forma repentina,
ella presiente el final de tu huida
antes que siquiera te arrepientas,

y si por locura se te ocurre llegar de madrugada
como el único que vibra en medio de la noche,
se regocija con el calor de tus tobillos,
que resplandecen a su rostro como antorchas.

Una hija
anda tras de ti con disimulo,
y tú, sencillamente, lo ignoras:

es la hoja de metal
que acaricia tu barbilla frente al espejo
camino de tibieza de tu cuello;

la misma hoja acerada
que corta con tu ayuda las legumbres
a sólo unos milímetros de tus dedos;
es la hoja de cristal
que abres con confianza todas las mañanas
para llenarte de aire los pulmones;

aquella hoja de madera
que azotas con violencia
cuando irrumpes en tu cuarto desbordado de ira;

es la hoja de papel
que reposa por millares repetida
en la biblioteca que tanto proteges y visitas;

la misma hoja que acumas en tus manos,
que cobijas sobre tu seno
hasta quedarte dormido sobre el sofá.

La hoja
que anda tras de ti
cuenta con una paciencia inagotable:

sabe que cualquier día emprenderás
aquella excursión sin importancia por el bosque;
y ella estará ahí esperándote,
junto a millones y millones de hermanas
cuando, de repente, te apetezca
dar un paseo solitario entre los árboles.


3.

Y como si el crujir de huesos
no fuera suficiente
llega la lluvia para anegarlo todo.

Las paredes de las casas aguardan resignadas:
la lluvia se abalanza sobre ellas
en un abandono que quiere parecer casual,
pero que nunca se disculpa por las manchas de barro
ni por las huellas de las manos
que descienden desde el techo hasta el suelo del jardín.

Los edificios se derriten como enormes cubos de hielo:
las gotas se precipitan en múltiples bandadas,
arañando las ventanas,
salivando los cristales,
incansables, hambrientas, eufóricas
hasta acabar con un leve estallido
sobre el cemento agrietado de las calles.

Los árboles soportan hasta donde pueden
el monumental peso de la lluvia:
con los brazos extendidos reciben la caída de las gotas,
se llenan las manos a puñados inmensos
y al instante intentan beber hasta la última gota de ellas.
Por fin el agua los desborda por completo,
se filtra por cada resquicio de sus cuerpos
y concluye su camino como siempre:
sobre la extensa superficie de la tierra.

Al terminar la lluvia
no existe rostro que no haya quedado rasgado por la frente,
y miles de ojos inundados
se desahogan el alma con lágrimas ajenas.
Un fino manto transparente
cubre el suelo de todas la avenidas,
como un río fantasma
que aparece sólo una noche
para pasearse por la ciudad…

… allí donde hay un charco
hay también una hoja flotando bocarriba;
allí dónde hay un árbol cerca
hay también decenas, cientos de hojas
clavadas de pies a cabeza sobre el asfalto
por cada gota de lluvia
que cayó durante la noche.

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