Y ASÍ SE CUENTA LA HISTORIA: “La viejita más cotizada”

Ítalo Costa Gómez






Los objetos que están en mi habitación son pocos y todos muy especiales. No me he llenado de cosas sin sentido o que no necesite. Todo lo que está ahí tiene una razón de ser y estar. He construido en ese espacio solo para mí un pequeño «Museo de la Amistad» en donde habitan mis presencias más importantes y que ocupan ese espacio conmigo en artículos como un cono glufico de cartón con más de treinta años de historia, flores secas enmarcadas, un DVD colgado en una de las paredes con varios programas de talk show conducidos por una compañera de ruta muy especial o un fichero hecho con mis propias manos de los cien versos más especiales que existen en todo el mundo, los elementales.

No tengo adornos sin historia ni detalles sin justificar. Así soy yo.

Uno de esos “objetos con alma” que adornan mi cuarto y que alegran mi vida es una viejita de cerámica que está sentadita con su moño blanco tejiendo. Esa señora tierna de barro tiene un origen muy particular que hace que no esté en ningún otro lugar que no sean mis cuatro paredes.

Cuenta la historia que en la primera mudanza que hicimos tras la separación de mis papás no solo significó el fin de una era, sino que además fue el más grande desapego material al que me he expuesto en mi vida. Mamá ya no quería malos recuerdos, nos deshicimos de cuadros, alfombras, candelabros, regalos acumulados en su matrimonio, radios, televisores, adornos y hasta fotos. Prácticamente habíamos decidido empezar de cero. Entre los pocos adornos pasados que sobrevivieron estaba una ancianita de cerámica. Mamá le tenía gran cariño porque se la había regalado su papá. Estaba en la cocina en una esquinita y así se mantuvo hasta que mi abuela enfermó.

La lucida mujer que había guiado y acompañado nuestras vidas ya no se podía valer por sí misma y eso rompía nuestra rutina cotidiana y también nuestro corazón. A ella siempre le había gustado la famosa viejita tejedora de cerámica y mi mamá la llevó para su casa. La puso en su cuarto y ambas abuelitas se quedaron juntas hasta el mismo final.

Pasaron los días y se empezó a gestionar la venta de la casa de la Mamama. Vi como la casa poco a poco se deshacía de todo, se desnudaba de recuerdos. Fueron emigrando los espejos, los adornos de porcelana, las fotos. Tal cual como en aquella mudanza que hice con mi mamá cuando mi viejo ya no aparecía en la foto. Fue volver a vivir ese instante. Recuerdo esos días como muy duros, pero también de mucha conexión espiritual. Lo que más quería y amaba en la vida no estaba fuera. Estaba dentro de mí. Mis amigos más queridos y mis razones más profundas para ser feliz no las tengo a la mano, viven en mi corazón y es por eso que lo material pasa a ser algo súper secundario.

El último día que fui a esa casa mi mamá me llamó por teléfono y me pidió que me llevara la abuelita de cerámica a la casa. Me dijo “ponla en tu cuarto, te la regalo. Esa ancianita ha sido muy cotizada y quiero que se quede contigo”. Ver como mamá se desprendía de algo tan especial para ella fue una gran lección para mí. Al dejarla en mis manos el objeto se hacía más especial aún. Al final se lo había entregado a las dos personas más importantes de su vida: su madre y su hijo.

Este adorno maravilloso me recuerda siempre lo importante que es alimentarnos por dentro y llenar de alegrías el corazón más que la cuenta bancaria de dinero. Lo vital que es alegrar el espíritu todos los días antes que comprar un auto nuevo. Esa abuelita tejedora de anhelos me recuerda lo afortunado que soy de tener la mente preñada de sueños, como me dijo mi hermano alguna vez, y mientras mantenga esos sueños y tenga camino por delante voy a estar bien.

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