CUADERNO DE TIERRAS ALTAS (V): «libros»

José Pastor González








El viajero que viaja ligero de equipaje, como viajaba Antonio Machado, tiene -entre otros- el vicio de los libros. Y además de los libros que traía en la mochila, cuando paró en Soria, curioseo en la librería Las Eras y en la librería Santos Ochoa Soria y se cargó con unos cuantos libros más. El viajero deja aquí, en este cuaderno, un listado de los libros que lleva en su mochila:

– “El canto del cuco” Abel Hernández (Gadir Editorial). y “Historias de la Alcarama” Abel Hernández (Gadir Editorial) y que próximamente editará Pepitas de Calabaza.
– “La sierra de alba” Avelino Hernández, ‎ en la vieja edición de la Editorial Edelvives,  (en su colección Ala Delta) que ya solo se puede encontrar en librerías de viejo. al viajero le han dicho que este libro lo reeditó hace unos años La Asociación Amigos de Avelino, pero el viajero no lo ha encontrado por ninguna parte.
– “Mi vida en las Tierras Altas de Soria” Hipólito Lafuente (SoriaEdita).
– los libros de poesía de Fermín Herrero: “En la tierra desolada” (Hiperión) y “Tierras altas” en (Hiperión)
– unas fotocopias del libro “Soria. Pueblo a pueblo” Isabel Goig Soler y Luisa Goig Soler.
– el libro de fotografías “Alma tierra”  José Manuel Navia (Ediciones Anómalas).
– unas fotocopias de los capítulos dedicado a Las Tierras Altas de Soria del libro “Los últimos” de Paco Cerdá (Pepitas de calabaza), para el viajero, unos de los mejores libros sobre la despoblación rural.
– “Por las Tierras Altas de Soria” Fernando Hualde Gállego (Editorial Evidencia Medica S,L) que al viajero no le ha gustado mucho y que al librero que se lo recomendó, tras leerlo, fue a decirle que al libro le sobraban 90 páginas.
– “La sierra florecida” Jesús Gaspar Alcubilla (Lastura Ediciones)

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de «El canto del cuco» Abel Hernández

Las Tierras Altas de Soria son el mayor desierto demográfico de Europa, con menos de dos habitantes por kilómetro cuadrado. Un día fue el centro de la Mesta. Hoy es un cementerio de pueblos. Aquí la despoblación ha hecho estragos. Esta comarca, situada en los confines de Castilla, es el símbolo más llamativo de la España vaciada. En algunas aldeas resisten los últimos vecinos. En muchas no queda ya nadie ni nada, más que la magnificencia de las ruinas. Queda el paisaje elemental, único. Y el silencio. Pequeñas iglesias de traza románica, condenadas a convertirse pronto en  cantarrales, huellas de dinosaurios, majadas caídas, ruinas de castillos, anchas parameras, lomas peladas, caminos de herradura sin arrieros, dehesas, robledales, sabinares, estepares, hayedos, choperas, acebales  y oscuros pinares en las estribaciones de la  sierra de la  Alcarama.  De Yanguas a Magaña, de un castillo al otro, discurrió una parte apreciable de la Historia de España. Y hoy, ya ven. El cierzo arrastra los cardos por las llecas y casi no queda esperanza, aunque sigue girando el cielo de Mercedes Álvarez y brotan allí los versos claros de Fermín Herrero, pegados al terreno. No es poco. ¡Y aún nos queda, como digo, el paisaje!
Pues bien, aprovechando que en estas Tierras Altas no encontrarán resistencia,  eso piensan, las empresas eólicas y las de la energía fotovoltaica están intentando, con apoyo oficial y de sus terminales mediáticas, apoderarse de este territorio y cubrir sus sierras, crestas y oteros de gigantescos aerogeneradores. También quieren invadir las laderas con paneles solares, y el aire con cables de alta tensión, que cruzarán incluso los caseríos por encima de los tejados. ¡Pobres pájaros! Dicen que es el progreso. Lo único seguro es que la energía producida se exportará lejos, el paisaje, aún puro, incontaminado, hermoso, de estas tierras quebradas y limpias quedará desfigurado, prácticamente destruido. 
Esto no servirá, desde luego,  para que la gente vuelva al pueblo, ni creará puestos de trabajo permanentes, sino todo lo contrario. Provocará el abandono definitivo. ¿Turismo rural con este panorama? ¿Turismo entre cables de alta tensión y el permanente ruido sordo de las aspas metálicas junto al caserío?
Alzar la voz contra semejante atropello se convierte en una acuciante exigencia ética.  Destruir este entorno natural de gran valor ecológico es, además de un crimen, un error irreparable. ¿Qué dirían los muertos de los  camposantos de los pueblos si levantaran la cabeza?  Esto que digo no tiene nada que ver con la necesidad de caminar hacia las energías limpias y sostenibles. Pero así, no. Hoy es preciso salvar las Tierras Altas.

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