La casa del hambre (IV)

Dambudzo Marechera






—El viejo murió aplastado bajo las ruedas del siglo XX. Solo quedaban manchas, manchas de sangre y pedazos de carne, después de que lo atropellara, devorándolo. Lo mismo le está ocurriendo a mi generación. No, no es que odie ser negro. Es que estoy cansado de decir que es maravilloso. No, no me odio a mí mismo. Estoy cansado de la gente que se destroza los nudillos en mi mandíbula. Estoy cansado de darme con el cerebro en el umbral de la puerta. No sé. Nada ocurre exactamente según lo previsto. Un sarcasmo cruel gobierna nuestras vidas. A veces, la oportunidad de obtener la libertad acarrea consecuencias. Las excavadoras iban y venían, y donde nuestros héroes bailaban no queda más que una mancha horrenda. Desplegaron las alas de nuestra raza, las extendieron hasta acercarlas a la llama de una vela. Solo quedaron los genitales de dioses seniles. Mi vida…

Mi vida es una tela de araña; salpicada de diminutos cadáveres de genialidades… Mi vida…

—¡Mierda! —murmuró como si se hubiera olvidado de algo.
—Mi vida…

El torrente de palabras me había hecho sudar.

Lamió diestramente el borde del vaso con una lengua roja y rápida.

—No hace falta que te pongas así conmigo —dijo.

Respiré profundamente.

—Te encanta hurgar en la herida, ¿verdad? —le pregunté.
—Para sacarte de ti mismo —replicó.
—No hay nada que sacar.

Clavó las uñas en mi muñeca.

—El semen sí —dijo.

Sentí de nuevo, aunque esta vez más despacio, cómo las mejillas se me desplomaban hasta las botas. Contuve el aliento.

—Tubos —dijo—. El ser humano no es más que tubos. Tripas. Entrañas. Todo enredado en un nudo. Un nudo rojo.
—Como las entrañas cocidas de los arúspices —farfullé.
—Cuando era pequeña, quería verme las tripas. Arrancarme la piel a tiras para ver cómo era realmente.

Me había atrincherado detrás de mi vaso.

—¿Cómo vas de lubricante?
—Bueno…
—Hoy me he levantado muy bien, he vuelto a ser yo —anunció.

Algo se despertó en mis partes bajas, convirtiéndola en un mero receptáculo para las manchas que lo habían arruinado todo.

—Aún me siento así. Podría rodar otra película con ese tipo… ¿Cómo se llamaba? Follaba muy bien, como si dibujara círculos con las caderas. ¿Cómo se llamaba?
—Citre.
—¿Crees que las blancas son mejores en la cama? La Patricia esa, por ejemplo.
—Hacía humedad. Era un día pegajoso y asfixiante, así que no había manera de mantenerla dentro de ella sin resbalarme y caerme en las rocas que había más abajo.

Se quedó estupefacta.

—No me entero —dijo.
—Que tuvimos que hacerlo aplastados entre las rocas.

Sus garras soltaron mi muñeca. Sin embargo, volvió a colocarse la armadura y, como un rayo, le clavó la lanza a Héctor:

—Le escribiste poemas a Patricia, ¿no? Por cómo os seguisteis viendo cualquiera diría que…
—Vale, vale. Me declaro culpable de todos los cargos que quieras presentar contra mí. Y, de hecho, todavía pienso mucho en ella.
—Todo el campus estaba al tanto de vuestra sórdida historia. ¿Cómo conciliabas tus ideas políticas con tus aventuras sexuales?

Suspiré.

—Tengo que admitir que algunos hicieron comentarios despectivos. Por ejemplo, Harry…
—¿Qué?
—Decía que ella se parecía al culo de un autobús y quería saber cómo conseguía montarla.

Una vez más, mis mejillas escalaron sigilosamente mis piernas y mi torso.

—Pero, ¿todo esto a qué viene, Julia?

No abrió la boca.

—Quiero decir, ya me conoces de sobra.

Hizo rechinar aquellos dientecitos afilados y su sonido me estremeció. Sabía que había llegado el momento de callarme. Cerré los ojos, contemplando cómo caía el telón de mis párpados. Pero la voz insistía:

—¡Me das asco!

Sus palabras escupidas dejaron huella en mi mejilla izquierda. Una estrella minúscula vino a morir a mi pecho. Al toser, tuve que tragar mucha flema. El dolor que me causó recolocó mis mejillas en la cara.

Movió su silla de tal manera que solo yo podía ver lo que estaba haciendo. Su mano, aquellas garras pintadas, se habían cerrado con fuerza sobre mis partes. Entonces decidí que ya era suficiente.

—¡Julia, quita la mano de mi pene! —grité deliberadamente para que todos nos miraran.

Cuando tenía cuatro años, dormía apretujado entre la pared y la cama de mis padres. Y un día sí y otro también, la sinfonía maníaca del sexo me taladraba el alma. En una ocasión, padre estuvo una semana fuera de casa y yo dormí en la cama con madre. A la semana siguiente, padre seguía sin venir. Una noche, me acababa de quedar dormido cuando me desperté gritando que había un hombre en la ventana. Pero madre me mandó callar, abrió la ventana y lo dejó entrar. En un segundo, saltó sobre la cama encima de ella y yo me deslicé de mala gana hasta el frío suelo de cemento. Enseguida pude escuchar unos gemidos y gruñidos tremendos que hacían erupción en aquella cama, con una energía comparable a la de la mano de Dios agarrando a Satán por el cuello de la camisa. La avalancha era tal que despertó a Peter, que normalmente dormía como una boa constrictor que se ha tragado un elefante. Evaluó la situación de un vistazo y, como alma que lleva el diablo, se abalanzó sobre el hombre que, sin dejar de tirarse a madre, lo dejó sin conocimiento de un manotazo. Padre regresó tres días después. No dije nada. Peter, aunque muy serio, tampoco dijo nada. Y madre daba la impresión de no estar pensando en nada en absoluto.

La educación que recibí en la calle no fue menos explícita. La llegada del vello púbico y del pecho demasiado desarrollado (según las normas, tenías que pellizcar, o coger una hormiga voraz y dejarla que mordiera el pezón) fueron presentados en mi pandilla de una manera un tanto gráfica por Peter. Fue el primero en tener un vello púbico digno de enseñarse. Fue el primero en convencer a Nestar de que se bajara las bragas y se inclinara hacia delante. Una noche de verano densa, vinieron muchachos de todo el distrito segregado y se colocaron en círculo para asistir a la demostración que Peter les había prometido. Pretendía evidenciar ante nosotros, los niños, que era capaz de dejar embarazadas a las chicas, a cualquier chica. Era una ocasión solemne, íbamos a ver lo que distinguía a los hombres de los muchachos. Peter se desnudó. Se había bañado y cubierto de aceite. Era delgado, fuerte y atractivo. El tamaño de su miembro nos desconcertó. Estaba erecto, enorme y tenía la abertura tensa. Lo apoyó tranquilamente en los dedos de su mano derecha y empezó a masturbarse. Lo mirábamos con un interés creciente. Sobre nosotros, unas termitas blancas brillaban y jugaban alrededor de la bombilla desnuda de la farola solitaria. Me eché a sudar. Él gemía y se movía. Estaba perdiendo el control. Algo grande estaba tomando posesión de su alma. Estaba en su columna vertebral, arqueándola hacia atrás y, a la vez, elevándolo gradualmente. Parecía estar entre dos imanes que torturaban las limaduras de hierro de sus nervios siguiendo un patrón establecido. El odre tenso de su ser, incapaz de soportar la presión, se desgarró. Y, aullando como un ente venido de otro mundo, se corrió y se corrió y se corrió como el vino nuevo que no puede echarse en odres viejos. Los chicos se acercaron más y suspiraron. Intenté tragar saliva con fuerza, pero tenía la boca seca. Me da la impresión de que la he tenido seca desde entonces.

Estos descubrimientos nos curtían. En el distrito segregado, contábamos con una población flotante de prostitutas. (Nestar llegaría a ser una reina entre ellas.) La mayoría de ellas carecía de un lugar privado donde llevar a sus clientes. Así que se servían de los arbustos. Hasta entonces el campo me dejaba frío e indiferente; posteriormente, El preludio de Wordsworth me hizo dar un giro de ciento ochenta grados. En resumidas cuentas, los chicos de la pandilla y yo nos jugábamos la vida siguiendo a las prostitutas y a sus clientes hasta el corazón del arbusto, donde lo sustancioso del asunto se revelaba diariamente al mundo. Menos mal que yo corría como una bala y saltaba o atravesaba sin dificultad los setos espinosos. Un día, seguimos a una mujer que regresaba al distrito segregado. No tenía nada de particular. Sin embargo, podíamos ver en el camino de grava las manchas de esperma que iba chorreando al caminar. Años después, yo escribiría una historia utilizándola como símbolo de Rodesia.

Las chicas también aprendían. Una vez al mes expulsaban a alguna del instituto por quedarse embarazada. Una de ellas, Nestar, me produjo una gran tristeza. Se quedó embarazada, la echaron del instituto y de su casa y de la iglesia y ahora es una de las putas más famosas del país.

La generación precedente también estaba aprendiendo. Aún creían que quien no le pegaba a su mujer era porque no la quería en absoluto. Estas palizas (que no eran totalmente unilaterales, porque cuando el vecino lo intentó, su esposa, hasta entonces sumisa, lo mandó al hospital para africanos) siempre estaban salpimentadas con injurias de ambos participantes, que atacaban la moralidad de las dos partes. Las más animadas terminaban con el marido cepillándose, o violando, a la mujer en medio de un gentío excitado. Maldecía a todas las mujeres mientras se tiraba a la suya. Parecía que se la iba a follar eternamente. Seguía y seguía hasta que la dejaba medio muerta. Cuando al fin —la muchedumbre se humedeció los labios y tragó saliva—, cuando al fin sacó el pene del sexo abierto de su mujer y se lo metió en el pantalón, me dio la impresión de que ella movió un dedo, lo que nos hizo preguntarnos cómo podía haber sobrevivido a un asalto tan brutal.

No obstante, no fueron los ejemplos masculinos los que nos dieron las mejores lecciones de coraje. Había más lunáticos que lunáticas, más mendigos que mendigas, más borrachos que borrachas… Y parecían saber que el puño negro levantado en la lucha por el poder antes llenaría más manicomios que engrosaría el número de mártires políticos. Y cuando llegó la Píldora como maná divino caído del cielo…

Sin embargo, la vida de una joven no es nada fácil, y menos de una joven negra. La televisión la bombardea todos los días con mensajes que dicen que las negras, además de ser feas, solo sirven para hacer la colada, fregar los baños, abrillantar escaleras y trabajar como esclavas con sus uniformes de niñeras. Las asaltan a diario revistas que las presionan para que compren productos de belleza europeos, cuyos artículos contienen perlas como «No hay nada como la comprensión, así que muéstrate más alegre cuando llegue a casa como una fiera». La única vez que el Herald mencionó a las mujeres fue en 1896-1897, cuando se sublevaron contra el Estado y el pelotón de fusilamiento las dejó pasar aclamándolas, o cuando las detuvieron por enésima vez intentando captar clientes en el barrio.

Cuando expulsaron a Nestar (¿qué clase de padre le pone ese nombre a su hija?), no tenía ni idea de cómo se sobrevivía en la calle. El hombre casado que la había dejado embarazada le dio una paliza cuando acudió a él en busca de ayuda. Por aquel entonces tenía doce años. Dormía en las salas de espera y los servicios de la estación de autobuses y de la estación de tren. No sé cómo se las arreglaba para comer. Algún tiempo después, cuando le pregunté si había pensado en suicidarse, casi me arranca la cabeza.

—¡Suicidarme! —dijo burlándose de mí—. Eso es para los lunáticos cultos como tú.

Dio a luz a un hijo en los arbustos. Una vez le pregunté dónde lo había tenido y me contestó con aire ausente:

—En el nacimiento del arroyo. Había sangre por todas partes, pero cuando lo lavé parecía una piedra nueva y lisa.

No quería hablar de él, por lo que Philip y yo íbamos a hacerle.

El dolor, la sangre y el vacío de aquel nacimiento la hicieron decidir de pronto que quería resolver el tema del dinero de una vez por todas. El dinero, decía, es poder. No hay nada que valga la pena que no lleve oro, decía.

Eché un vistazo a la habitación: sin duda había encontrado el caldero de oro y se lo había robado a la Serpiente Arco Iris.

—Ya sabes que a los blancos les atraen las negras —me confió—. Y yo hacía de todo. La mayoría ni me tocaban. Simplemente me obligaban a hacer cosas y me observaban con los ojos fuera de las órbitas. Se masturbaban como locos. Pero había uno que siempre quería lo mismo. Le chupaba los huevos y se corría en mi pelo. Literalmente, me engrasaba el pelo. Me lo masajeaba como si fuera un obispo realizando la imposición de manos, mientras lamía el resto de las gotas de su miembro. Me levantaba el culo, con mi cabeza entre mis piernas, hacia el cielo de su rostro y lo respiraba como dios acepta el incienso. Entonces comenzaba el bautismo: se retorcía y me gritaba que me tirara pedos y me orinara en su cara. Como si fuera lluvia. Una especie de representación de la tormenta. Y después estaba Billy.

Frunció el ceño en un intento por recordarlo mejor.

Mi libreta estaba en la alfombra de pelo. Hacía mucho rato que había dejado de tomar notas.

Continuó.

—Billy sabía todo lo que había que saber de los orgasmos. Explotaba en un largo orgasmo histérico simplemente contemplando mi cuerpo. Y no se cansaba de metérmela. Se deshacía como una galleta y lloraba como si no terminara de creérselo. Y siempre me llamaba «madre». Se ponía tenso. Y se quebraba lentamente como una ramita seca en la voz apacible y delicada de Dios. Y se ponía a maldecir de felicidad como un colegial. Le gustaba follarme con la Sinfonía de Leningrado de Shostakovich de fondo.

Hizo una pausa para contemplar los lujosos anillos que lucía en los dedos. Examiné la habitación. Una televisión elegante se acurrucaba en un rincón, junto a una estatua de Venus de mármol. Un frutero con manzanas, cual símbolo discreto, anidaba sobre una labor de retales en color pastel. Mis zapatos toscos estaban a buen recaudo en la generosa espesura de la alfombra. Y en la pared que tenía delante de mí, había un bosquejo caligráfico a carboncillo y tinta. Se dio cuenta de que lo estaba admirando anonadado.

—Eso lo hizo Bill —dijo.

Fue como si me hubiera dado un puñetazo en el estómago.

—Pero si eso es un Petyt, estoy seguro. ¡Un William Petyt!
—Pues eso, de Billy —afirmó con una cierta satisfacción.

Petyt había sido uno de los pocos blancos que promovió la escultura negra en el país. Ahora está bien muerto y enterrado en su Canadá natal.

Dejó caer la ceniza del cigarrillo; tenía las uñas cortas y sin pintar. Se había convertido en esa clase de personas que no necesitan garras.

—Su amigo Mike era un tipo raro —continuó—. No es que estuviera chalado, pero me pedía que me desnudara y me pusiera a horcajadas sobre una especie de ojo de buey para lanzarme toda clase de gelatinas en mi raja, ¿sabes? Y mientras apuntaba, recitaba algo sobre el Congo, los Mau Mau, Argelia y uno de nuestros dirigentes, que prefiero no mencionar.

La miré a los ojos.

Negó con la cabeza y apagó el cigarrillo. Bostezó.

—¿Quieres que te hable de los demás?

Asentí.

—Entonces pídemelo en otra ocasión —dijo, recostándose en el sillón y cruzando las piernas de una manera turbadora. En ese momento, me recordó a la antigua Nestar por la que yo suspiraba en la escuela primaria. Estaba tan enamorado de ella que le hacía siempre los deberes, hasta el doloroso día en que el maestro comparó mi letra con la letra de su libreta. Por ella habría echado el universo al váter y tirado de la cadena.

Me volví de repente.

El pomo de la puerta giraba lentamente, sin hacer ruido. La puerta se abrió. Entró un joven alto que iba arrastrando su cuerpo como un viajero arrastra un baúl pesado. Tenía el aspecto de alguien a quien le hubieran atravesado las palmas de las manos y los pies con clavos. Se plantó delante de mí.

—¿Qué quieres de mi madre, negrata? ¿Mendigando un poquito de culo? Negro de mierda asqueroso…

Deslicé la mano en mi abrigo y saqué tranquilamente una navaja Okapi diabólica. Nestar se incorporó en su asiento, observándonos. Ni siquiera lo miré. Se me daban bien las navajas.

—¿Qué es lo que has dicho?

Se humedeció los labios e hizo ruido al tragar saliva, como un pez volador que chapotea torpemente al volver a caer al agua. Sabía que me estaba evaluando, sopesando sus posibilidades. Decidí recoger las redes para sacar el pez. Lo había reconocido en cuanto entró en la habitación. Levanté la vista.

Él se giró un poco hacia Nestar.

—Mamá…

Pero ella se lavó las manos con un gesto. Puse la punta de la navaja a la altura de su abdomen. Tengo que confesar que me sentí como un héroe negro corrupto y mancillado.

—¿Te acuerdas de una chica llamada Anne? —le pregunté.

Se puso tenso.

Nestar lo escudriñó con sus imperturbables ojos marrones.

—Es la hermana de mi mejor amigo. Y sigue en el hospital. No quiero saber por qué lo hiciste.

Nestar se quedó contemplando un punto fijo detrás de mi hombro derecho.

—¿Qué ha pasado?
—Le dio un paliza y se la tiró mientras estaba prácticamente inconsciente—le contesté.

Sabía que se acababa de poner de mi parte, lo que no le hacía ninguna gracia, obviamente.

Caminé hacia atrás hasta alcanzar el teléfono. Marqué.

El dedo con el que marcaba estaba manchado de tinta de tomar notas sobre la historia de Nestar.

—¿Philip? He encontrado al cabrón este. Vente para acá ahora mismo y acabemos con esto.

Le di la dirección y añadí:

—Después de esto, estamos en paz con lo de Julia, ¿no?

Su respuesta fue deliberadamente confusa.

Diez minutos después, Philip irrumpió en la habitación. Su cuerpo no tenía ni un gramo de grasa, se le veía en muy buena forma. Como si anidara en él una chispa enloquecedora que lo obligara a una inercia constante muy a su pesar.

—¿Este es? ¿Este niño? ¿Este crío? Si no tiene ni media hostia…

Asentí.

Avanzó a grandes zancadas hacia él.

—Quiero escucharlo de tu boca. ¿Lo hiciste?

El chico puso los ojos en blanco como Dios al darse cuenta de que, una vez hecho carne, no podía volver a convertirse en Verbo.

Finalmente, el muchacho habló:

—Sí. Pero estaba fumado. Estaba…

Philip se había vuelto hacia Nestar.

—¿Tú quién eres?

Nestar, sacando a golpecitos un cigarrillo del paquete dorado, sonrió.

—Su madre.

Philip se inclinó para encendérselo.

—¿Cómo es posible que lo hayas educado tan mal?

Su sonrisa se expandió hasta que se tragó la habitación.

—Eso no es asunto tuyo —replicó.

Se dio media vuelta y con un movimiento elegante hizo caer al chico de rodillas sobre la alfombra. Estaba doblado sobre sí mismo, con la boca abierta como un pez y las manos retorcidas de dolor. Un puñetazo certero en la mandíbula lo estrelló contra la estatua de Venus, haciéndola añicos.

Nestar recogió las piernas para no verse afectada por aquel desastre.

—Aquí no, si no te importa. Es mejor en el sótano —dijo.

La dejamos recogiendo los vestigios de Venus.

En el sótano, Philip me dijo:

—Guarda esa navaja. Esto no es una novela de gánsteres. ¡Y este…!

El puñetazo destrozó al chico como un pico destrozaría una tarta de boda.

Deslicé la navaja en el abrigo y subí las escaleras, mientras Philip se quedó pegándole al muchacho hasta convertirlo en una mancha. ¡Manchas! El amor o incluso el odio o el deseo de venganza son manchas en una sábana, en una pared o hasta en una página. Esta página. Para crecer, hay que pasar por esto. Y Philip se lo estaba enseñando a base de golpes.

Nestar continuaba recogiendo los fragmentos de su deidad. Me miró.

—Debería matarte —dijo, sonriendo.

Me alargó las partes íntimas de la estatua.

—Siempre has deseado esto de mí. Pues aquí lo tienes. Lo contemplé con detenimiento. ¿Eso era todo?

Su risa me devolvió a la realidad de la habitación.

—Sí, ya era hora, ¿no?
—Que Dios nos asista —murmuré.

Philip entró. Sus manos se asemejaban a las de Macbeth después de asesinar a Duncan. Sin embargo, cuando se acercó, vi que en realidad estaban limpias, inmaculadas. Le ofreció la mano a Nestar:

—Ha sido un placer conocerte… —comenzó Philip.

Una bofetada contundente le cerró la boca e hizo que se le saltaran las lágrimas. Ella se restregó la mano letal en su camisón color crema como si la mejilla de él la hubiera mancillado. Se giró hacia mí, con los dedos abiertos para decirme adiós. Apenas le había cogido la mano cuando di un salto mortal por los aires para ir a aterrizar a sus pies. Me quedé sin palabras.

—¡Eh! —exclamó Philip.

Un gancho de derecha lo proyectó brutalmente contra el muro. El impacto hizo caer estrepitosamente sobre su cabeza el pesado marco del dibujo de Petyt.

—Y, ahora, fuera los dos —ordenó ayudándole a levantarse—. Largo.

Salimos pitando. Ay, los héroes, los héroes negros…

La luz del sol rebotaba en una cabina de teléfono mugrienta y, sigilosamente, inundaba de rayos el ventanal de una cafetería somnolienta. Me puse a dar golpecitos en la barra con una moneda, como hace Harry. El rostro de un viejo pensionista blanco se volvió lentamente hacia nosotros. Nos observaba atentamente, como si fuéramos algo de lo que avergonzarse, como uno mira las monedas extranjeras de dudosa validez. La boca rosa incrustada en delgados filamentos de grasa rosada hizo un gesto nervioso, formando estalactitas y estalagmitas con la saliva pegajosa.

—Cafres a tu espalda. Cafres… —dijo la boca.

Un glóbulo de saliva resbaló lentamente hasta la chaqueta caqui, ramificándose en diminutos riachuelos diamantinos que, reptando, fueron a parar a su barrigón enorme. Aquellos ojos rojos nos miraron sin mostrar el menor interés, con una especie de aburrimiento inerte. Un moscardón negro vomitó sobre un pastel de crema, se lavó las manos y salió volando perezosamente para ir a posarse sobre la sudorosa ceja rosada.

Philip se apoyó en la barra y le escupió a aquel rostro maduro y rosado. Esto no impidió que el moscardón negro siguiera con su trabajo —su propio trabajo— en la sal del viejo sudor. Los pesados ojos rojos se habían cerrado sobré sí mismos. La boca desdentada, como una espantosa herida de cuchilla inundada de babas, farfulló:

—Cafres…

La intensa luz del sol, blanca y grasienta, liberaba a raudales una energía que derretía el asfalto, lanzando afilados haces de luz contra las ventanas. Un bulldog gordo, con la lengua fuera sobre la acera donde daba la sombra, nos examinaba ociosamente con un ojo pequeño y brillante. Un anillo blanco y lívido pareció brillar con fuerza alrededor del sol. Me recordó al edredón blanco del pecho de una tórtola. De un blanco cisne. Y a Leda cuando Zeus la atravesó en pleno vuelo. Me recordó a la serpiente de plástico de Harry. Al vientre blanco de un reptil maloliente. El hedor que desprendía le daba al sol una tonalidad nauseabunda que contaminaba todo lo que tocaba. Me empujó a la habitación. Me dolían los dientes, como si fueran teclas de una máquina de escribir que alguien no dejaba de aporrear. Las esposas me apretaban demasiado.

—Otro más, mi sargento.
—Un comunista.

Un hilo de sangre me resbaló por la muñeca.

—Con que un terrorista…
—Dice que es universitario.
—¡Ah!

Después me hicieron subir, bajar, entrar, salir, recorrer pasillos hasta llegar a una pequeña habitación que no sabría decir si estaba en el sótano o en la última planta. Lo único que había era un banco. Y a base de preguntas y preguntas y preguntas y puñetazos, el banco empezó a crecer y crecer junto con mi vida y mis heridas, junto con mi respiración y las manchas de mi sangre. Una parte de mí se había infiltrado en el banco y le había dado vida. Alguien dijo:

—Dejadme solo con el cabronazo este cinco minutos y cantará como no lo ha hecho en su puta vida.

Algo estalló en mi cabeza.

Me estaban mirando cuando volví en mí. Un policía de paisano decía algo mientras me señalaba. Tenía una fisura minúscula en la uña.

—… solo cinco minutos —decía.

Me dejaron con él.

—No me voy a tomar la molestia de interrogarte —anunció—. Ya sabes lo que queremos. Así que dame nombres. Ya.

El banco se había convertido en un dolor sordo en mi alma.

Se quitó el abrigo con parsimonia. Se desabrochó las mangas de la camisa y se las remangó por encima del codo. Al verlo venir hacia mí, con el puño en el aire, la cara de Julia, ensartada por los pinchos de una cegadora luz blanca, se me apareció en la mente. En el banco. En la habitación. Anestesiando mi alma.

Una eternidad después, cuando no le quedaba ninguna parte de mi cuerpo por destrozar y veía que yo seguía consciente e impávido ante todos los golpes que se le ocurrían, la puerta se abrió y entraron los oficiales blancos. Al ver el estado en el que me encontraba, se lo llevaron a rastras. Entonces vino el pasillo y los escalones de piedra que me arañaban los nudillos y las rodillas y, de una patada, me rasgaron el velo descolorido de mi cordura y me asieron cada uno de una mano para arrastrarme por los interminables escalones de piedra, hasta las manchas de lo que una vez había sido mi cerebro enfurecido.

La luz del sol se había debilitado imperceptiblemente. Se percibía un tenue hedor en el aire. El guarda saludó a Philip. Ya en el ascensor, estudié mi reflejo y contemplé, con el espanto habitual, mis canas prematuras. El despacho de Philip estaba como siempre: hasta arriba de periódicos y revistas. Se dejó caer en el sillón de cuero que tenía tras el escritorio. Yo me recosté en una silla blanda destinada a las visitas. Descolgó el teléfono para decirle al recepcionista que estaba allí. Yo me dedicaba a examinar los libros que tenía en la mesa: Aimé Césaire, LeRoi Jones, James Baldwin, Senghor y un ejemplar muy manoseado de poemas de Christopher Okigbo. Empujó un archivador azul claro en mi dirección. Comencé a hojearlo.

Contenía quince poemas en total. Suyos. Expresaban descontento, desilusión e indignación. Había sacrificado la claridad en aras de la ira. Hasta cuando hacía apología de la negritud presentaba un tono amargo. Se escuchaban carbones ardientes silbar en un mar de paranoia. Noches lúgubres cosidas con la aguja del existencialismo. La desesperación negra iluminada por una visión suicida. Un amanecer falso, negro carbón, que temblaba con los últimos ecos de la pasión. Y cánticos de la edad dorada de los héroes negros, de mitos, leyendas y duendecillos. Y de demonios necrófagos. Estas eran las venas a la vista que envolvían el cuerpo de los poemas. Uno era sobre Julia y yo mismo; se llamaba Algo podrido. Me recordó a una vez en que tenía que escribir un artículo sobre el chabolismo y, mientras inspeccionaba las letrinas, me caí en una fosa inmunda. Todavía no me he recuperado de la experiencia. Fue una especie de bautismo necesario.

—El título de la colección es Bautismo —me explicó Philip.
—¿Ritos de iniciación al estilo de E. K. Brathwaite?
—¿Eh?

Me miró como si hubiera dicho algo indecente y dijo:

—No existe una satisfacción especial en ser un hombre en vez de un caballo, un león o un chacal, o incluso una serpiente. Serpientes. Solo hay porquería y mierda y orina y sangre y cerebros aplastados. Hay polvo y pulgas y blancos de mierda y cucarachas y perros entrenados para morderles el culo a los negros. Hay enfermedades venéreas y cerveza y locura y causas justas. Hay tecnología que hace que se te echen encima cada vez que te paras a mear. Hay basura blanca en nuestros dirigentes y basura blanca en nuestros sueños y basura blanca en nuestra historia y basura blanca en nuestras manos y en todo lo que construimos y en todo por lo que rezamos. Y, por si fuera poco, siempre hay vendidos y espías y estudiantes altivos y capullos que quieren dinero fácil y gamberros inconsecuentes que son iguales que los otros, tío. Iguales que los blancos de mierda. Hay un montón de cabrones de estos en Londres que tienen la intención de regresar para que les den un ministerio. Lo único que les van a dar será un ataúd… No me malinterpretes. Es verdad que soy pesimista, pero todavía estoy en mi sano juicio y me enfrento a la vida con una sonrisa. Encuentras amigos, les pasan cosas y ves, a través de su mirada, la tormenta qué se les ha desatado en la cabeza. Te ocupas de tus asuntos y tus asuntos te saltan a la cara golpeándote entre los ojos. Te das con la cabeza contra el muro, el muro se desmorona y detrás hay otro muro y te despiertas con la Tierra entera en la cabeza como una migraña descomunal. Metes el rabo entre las piernas y un vándalo con iniciativa le pega fuego a tu pelaje mientras huyes por la hierba seca de tus miedos. Y cuando te detienes junto al muro para idear el siguiente poema, alguien te vacía un orinal lleno de eslóganes en la cabeza. Hay mucha ira que no te lleva a ninguna parte. Hay demasiada consideración que tampoco te lleva a ninguna parte. Son billetes a ninguna parte. Todo lo es. Y luego están los peces gordos. Siempre habrá peces gordos que excavarán letrinas para que tú y tus hijos os caigáis en ellas. No me llama la atención ningún sistema, por muy lascivo que resulte. Me contento con joderme a mí mismo en un rinconcito verde y tranquilo, y cargar con mis pelotas hacia el gran viaje más allá de la muerte. Ahí fuera hay gente hambrienta. Ahí fuera hay gente sin techo. Hay muchos que se pasean con los harapos de su traje de cumpleaños. Y están todos locos. Todos tienen planes. Tú tienes planes. Yo tengo planes. Pero todos estamos haciendo planes en un océano lleno de mierda. Hay nubes de moscas allá donde vayas, moscas que devoran a nuestros muertos. Hay ejércitos de gusanos que se arrastran por nuestra historia. Y hay escuadrones de mosquitos acampando en la cuna de nuestro futuro. ¿Qué hacemos? Aferrarnos unos a otros hasta ahogarnos, y si aniquilarnos no nos sale bien, las congregaciones de misioneros y los loqueros se encargarán de hacerlo, apoyados por la policía, el ejército, Australia, Nueva Zelanda, Gran Bretaña, China, Estados Unidos, Francia y los alemanes de mierda. ¡Los pobres no somos los únicos que tenemos planes!

Respiró profundamente, y, recostándose de nuevo en su sillón, colocó el tobillo sobre la rodilla y se dispuso a encender un cigarrillo barato. Estuve a punto de preguntarle de dónde se había sacado aquel cigarrillo liado. No podía ni reírme, todo resultaba demasiado escalofriante.

—Nada dura lo bastante como para llegar a tener sentido —aporté yo.

Lo dije sin convicción alguna.

—Hay fragmentos y pedazos de fragmentos —continué—. Un punteo pasajero en una guitarra. Las cosas son como son, no como las describe Wallace Stevens. Como siempre han sido. Un trozo de periódico roto, donde las palabras no tienen principio ni fin, son solo palabras. La astilla de una melodía que atraviesa el oído con una nota quebradiza. Nada dura lo bastante como para haber existido. Estos fragmentos de un todo descienden sobre nosotros caprichosamente. Rara vez se suele ser consciente de la inminencia de ese todo. Y ahí es donde empieza el arte.

Había estado conteniendo la respiración. Por fin, expulsó el aire, encogiéndose en el cuero del sillón. Me observó como una mosca que, flotando en un plato de sopa, mira hacia arriba, directamente al alma del comensal. Finalmente, me tiró un periódico a las rodillas. Había señalado con rojo un artículo sobre un enfrentamiento entre las fuerzas del orden de Smith y los guerrilleros; estaba ilustrado con dos grandes fotografías. Las instantáneas mostraban veintidós guerrilleros muertos, colocados para la foto y, en el centro, un prisionero, un joven de rostro moribundo que miraba taciturno a la cámara. Según el artículo, lo habían capturado durante el conflicto. Había algo en él que yo debería…

—¿Te acuerdas de él? —me preguntó Philip con calma.

De golpe, caí. Me acordaba de aquel rostro cruelmente cubierto de cicatrices. El guerrillero que habían hecho prisionero era Edmund. En el instituto estaba delgaducho, desnutrido y vivía en la pobreza más absoluta. Todos, incluido yo, nos portábamos mal con él porque se negaba a implicarse en nuestro confortable activismo estudiantil. Estaba completamente solo, todo el mundo lo trataba mal. Pero él se encerraba en el almacén y se pasaba las noches estudiando. En clase, se sentaba en una esquina del final a escribir anotaciones kilométricas que resultaban ser meras transcripciones de casi todos los libros de la biblioteca. Sin embargo, al final de cada trimestre, volvía a verse entre los últimos de la clase. Nunca participaba en ningún juego. Su padre, que era maestro, había muerto de coma etílico tras una noche de juerga antológica con mi padre en el centro. Su madre, enfermera, no lo asumía y cayó en cama, rechazando con violencia cualquier intento de persuadirla para que se levantara. Hasta que la indigencia llamó a su puerta, asustándola tanto que, una mañana, se puso su mejor vestido, se alisó el pelo, se maquilló y se fue directamente al bar más cercano, donde su presencia despertó algo de interés. Ella fue la mentora de Nestar.

Observé con atención las fotografías; parecía que los cadáveres llevaban muertos un tiempo. Una de las caras no era más que un enjambre de moscas. Y Edmund de pie, apesadumbrado, en medio de ellos. El único superviviente. En el instituto también estaba así entre nosotros, obstinado en ser fiel a sus sueños torturados en medio de la humillación. No sé por qué le caí bien, pero así era. Nunca se cansaba de leer a Gogol; hasta intentó aprender ruso para leer el texto original. Era el único de la clase que sabía que Yevtushenko existía de verdad. Dostoievsky Chéjov, Turguénev, Pushkin, Gorki… se los había leído a todos. No obstante, para él, Gogol era el mejor. Su risa se convertía en una traca de petardos cuando leía El inspector. Consideraba a Shostakovich el mejor compositor del mundo y pensaba que Músorgski era «bueno». En cuanto a los pintores, siempre había designado a El Bosco como su maestro. Cuando le pregunté qué quería hacer al acabar el instituto y la universidad, me dijo que quería escribir. De hecho, había escrito docenas de novelas (todas inconclusas) y relatos (todos inconclusos), cuyos argumentos se centraban bien en la exploración desgarradora de los efectos de la pobreza y la miseria en la psique, bien en los temas elevados de las grandes tragedias y epopeyas, que se parecían a lo que Gogol había tratado de hacer con el alma rusa. El primer año, su cama estaba junto a la mía en el dormitorio común número cuatro. Tenía la taquilla generosamente decorada con representaciones del Demonio y con fragmentos ampliados de los discursos de Satán extraídos de El paraíso perdido de Milton.

La primera noche en el dormitorio, Edmund nos deleitó con un concierto de pedos que nos obligó a abrir todas las ventanas a medianoche para ventilar la habitación, a pesar de que era una noche gélida. El jaleo llamó la atención de Jet, el responsable adjunto del internado. Sabíamos que había invitado a la mujer del cocinero al apartamento anexo a nuestro dormitorio.

Jet entró pavoneándose en el dormitorio en el momento justo en que nuestro delegado iba a sermonear a Edmund sobre el uso y el abuso de ventosear. El resplandor de su linterna cegó mis ojos miopes para después virar hasta el rostro de Edmund.

—¡Otra vez tú! —protestó Jet.

Aquella tarde ya había pillado a Edmund escupiendo en el comedor.

—¿Tú de dónde eres?

Jet utilizaba un tono especial que había desarrollado expresamente para hablar con idiotas.

Edmund le contestó.

—¿Y allí os enseñan a asfixiar a la gente con gases?
—No.
—¿Cuál es el tótem de tu clan?
—Nguruwe.
—El cerdo. Muy apropiado —admitió Jet con sarcasmo.

Jet era un tipo negro como el carbón, de complexión fuerte y estatura media, cuyo pasatiempo favorito era crujirse los nudillos de una manera muy característica, sobre todo si había alumnas en treinta kilómetros a la redonda. Vestía, invariablemente, camisas de flores, pantalones violeta y un pañuelo que le estrangulaba el cuello con esmero. Le encantaba el violeta y solo podía llevarlo él, así que los nuevos se despedían nada más llegar de sus prendas violetas, en particular de la ropa interior.

Se balanceaba de un lado a otro con parsimonia, mientras se crujía los dedos distraídamente.

—Muy apropiado, sin duda —repitió.

Un tiempo después, lo despidieron por tener «algo» con una de las monjas africanas que colaboraba con la misión.

—Preséntate ante mí mañana a las nueve en punto.

Cortaba sus palabras como un jardinero da los últimos retoques al podar el seto de la vida.

Finalmente, intervino el delegado:

—El chico se merece otra oportunidad, señor. Después de todo, el primer día siempre es un poco…

No llegó a terminar la frase porque, en ese momento, Edmund, que no podía aguantarse más, se dejó caer hacia un lado y se tiró en mi cara un pedo devastador. Ya estoy algo más repuesto de aquello.

—¿Quién se lo habría imaginado de Edmund? —preguntó Philip tosiendo y tragándose la flema.
—Yo mismo. ¿No te acuerdas de cuando se peleó con Stephen?

Philip asintió de forma ambigua.

(Continuará…)

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