La casa del hambre (II)

Dambudzo Marechera







En un segundo, Harry se había esfumado hacia la licorería. Me apoyé en el árbol msasa y me quedé quieto tratando de no pensar en la casa del hambre, cuya acidez de putrefacción intestinal había devorado el metal común de mi cerebro. La casa se había convertido en mi mente; y no me gustaban las sacudidas que notaba en el tejado.

Recuerdo que un día llegué a casa corriendo, lleno de entusiasmo. No me acuerdo de por qué estaba tan contento. Y aunque el día era sombrío — parecía como si Dios se hubiera asomado al cielo a escurrir su ropa interior sucia—, yo estaba exultante. Irrumpí en la habitación y me lancé a relatar mi historia de inmediato, muy nervioso y gesticulando en exceso. Se la contaba a mi madre, que me miraba fijamente. Un guantazo contundente, que hizo que me zumbara el oído, me cortó en seco. Levanté la vista hacia mi madre, aturdido. Volvió a pegarme.

—¿Cómo te atreves a hablarme en inglés? —dijo enfadada—. Sabes que no me entero, si te crees que porque tengas estudios…

Me pegó otra vez.

—No estoy hablando en ing… —comencé a decir, pero me detuve al darme cuenta de pronto de que sí lo hacía.

Salí como un rayo del cuarto y me dejé caer sobre una piedra del jardín. Estaba conteniendo las lágrimas. Me incorporé de un salto, volví corriendo a la habitación y, tras sacar la caja que tenía debajo de la cama, cogí mis libretas de inglés y las rasgué con una violencia infantil. Madre me observaba en silencio. Cuando acabé, fue a por mi comida y me la puso delante.

—Ya no tengo hambre.
—¿Seguro?
—No tengo hambre —insistí, esforzándome por desviar la mirada de la comida.
—Pues yo sí.

Y se puso a comer delante de mí, relamiéndose de gusto. Yo la contemplaba callado. Hizo que tuviera tanta hambre que me habría ahorcado de una viga del techo. Cuando terminó, lamió el plato con su lengua roja y se chupó los dedos, dejando escapar un pequeño eructo de satisfacción. De repente, mi alma se rasgó en dos como el viejo velo del templo. La habitación parecía tambalearse ante mis ojos, pero era yo el que me estaba poniendo de pie. Me levanté antes de que se diera la vuelta del todo. En ese momento, algo tintineó en el bolsillo. ¡Todavía me quedaba dinero! Tiré mis libretas rotas dentro de la caja y me encaminé hacia la tienda, donde me compré tres cuadernos flamantes y media barra de pan con mantequilla. De vuelta a casa, me tropecé con Harry, que aceptó dejarme sus libretas de inglés para que volviera a copiar todo lo que había destrozado.

Cuando regresé, padre estaba sentado a la mesa masticando despacio, tan pensativo como un elefante viejo. Madre le estaba contando lo de las libretas. Él ni me miró. Me senté en el suelo lo más lejos posible de ellos y me dispuse a comerme el bocadillo mientras hojeaba los cuadernos de Harry. Una silla crujió. Me puse tenso. Clavé mi mirada glacial en el suelo, en los cuadernos. El golpe me arrancó los incisivos. El golpe mandó el bocadillo a la otra punta del cuarto. Se frotó los nudillos concienzudamente y me miró como el que descubre una cucaracha en una tienda gourmet. Me lancé contra él, pero me agarró por la frente con su largo brazo de tal modo que las sacudidas de mis manos y mis patadas coléricas ni siquiera lo rozaron. Me mantuvo así hasta que estuve tan cansado que no podía ni moverme. Luego, de un empujón, me tiró a una esquina, encima de las libretas. Las manché de sangre.

Tenía nueve años por aquel entonces.

El abrigo color rojo sangre de Harry se alzaba amenazador ante mí. Me alargó una cerveza. Se sacó un pañuelo rojo del bolsillo y se sonó. Contempló sus mocos.

—Me lo regaló ella, ¿sabes? —comentó Harry.
—¿Quién?
—¿Quién va a ser? Mi chica blanca.

Mis labios se desplegaron en una sonrisa dolorosa.

—Tienes los labios cortados —señaló Harry torciendo el gesto—. Y con herpes.

Me pasé la lengua por ellos, pero él sacudió la cabeza:

—No. Ponte de esto.

Me dio una barra de cacao. Me puse un poco.

—Quédatela —dijo mientras bebía y derramaba unas gotas rosas en su corbata roja.

Miró su reloj digital.

Mis ojos estaban fijos en el tejado rojo anaranjado del servicio público maloliente.

—El bar está abriendo —comentó—. Vamos a beber a la salud de Dios.

Me sacudí el polvo como un chucho atemorizado lleva a cabo su aseo rápido. Nos encaminamos directamente hacia la inmensa y radiante verja que conduce a las musas.

Harry dijo:

—Vayamos al bar de copas. The Special. Como en The Cocktail Party de T. S. Eliot.

Harry se preparó como si fuera Aquiles examinando Troya.

—Si es la Estigia, más vale que la cruce con estilo —murmuré entre dientes.
—¿Qué?
—Digo que tienes estilo, Harry.
—Estilo —se recreó Harry—. Ah, estilo.

Dio un golpe seco en la barra con una moneda de plata.

—Toda mi vida he estado en el corral matando ganado como Áyax.
—¿Como quién?
—En la Ilíada —dije—. Homero.
—Ah, en la Grecia antigua —concluyó Harry en beneficio del camarero, que me miraba asombrado.

Nos puso las bebidas y nos quedamos en la barra.

—Vosotros, los literatos, sois nuestra única esperanza —comenzó Harry.

Me ahogué educadamente en mi vaso. «Entonces estamos perdidos», pensé.

Empecé a sentirme como una de esas mañanas viciadas en las que el viento helado se arremolina sin objetivo fijo, como si no hubiera más que aire en la reluciente caja de la creación. El vómito me subía por el esófago y me estaban dando ganas de devolver. Y el condenado camarero no dejaba de mirarme con interés.

—¡Qué buena pinta tienes! —comentó Harry—. Nunca te he visto mejor.
—Hace mucho que no nos vemos —musité.

Arrugué la cara en un intento de combatir las náuseas que ascendían devorando mis entrañas con los ácidos corrosivos de mi estómago. Los puntos de sutura aún no se habían cerrado.

—Sí, hace mucho —asintió Harry.

Brindó conmigo.

—Bebe —ordenó amablemente.

Bebí. Los vasos volvieron a llenarse de inmediato.

El camarero me espetó:

—¿Tú no eres el…?

Pero Harry, contrariado, lo interrumpió:

—No, no es él. Vamos a sentarnos por ahí.

Así lo hicimos, dando la espalda a la pared y de cara a la puerta, tal y como insistió Harry.

Al sentarnos, algo metálico le tintineó en la cintura. Distinguí unas esposas. Sin prestarles atención, Harry cambió de posición, escondiéndolas.

Cogí un cigarrillo y lo encendí con parsimonia. El humo hacía que me picaran los ojos.

—No deberías fumar eso —dijo Harry, sacando unos de una marca más cara—. Apaga ese y prueba uno de estos.
—Después —repliqué absorto en mis pensamientos.
—Bueno, pues quédate con el paquete. Tengo otro. Y, ahora, dime… ¿cómo está?

Hice como que no sabía a quién se refería.

—Mi hermana.
—Bien.
—Yo he oído otra cosa.
—Serán chismes.
—Me lo dijo ella misma.
—¿De qué te habló?
—De ti, de ella y de tu intervención desinteresada.

Mi alma se arrugó como papel de plata.

—Mi querido amigo, no sé qué te habrá dicho de mí. Es la mujer de mi hermano —dije acabándome la bebida de un trago con una seguridad ostentosa y excesiva.

Me miró con asombro alumínico y decidió cambiar de tema.

—Parece que no haces honor a tu reputación —comentó pensativo—. El camarero este grasiento te miraba con veneración. ¿Ves? Todavía te está observando. Tu poesía lo tiene hipnotizado.

Levanté la vista. Sentí que este simple movimiento estiraba y rasgaba el viejo velo de mi antiguo yo. El dolor me atravesaba la cabeza y, como una mano fría, apretaba mis pulmones sangrientos. (¿Qué veré cuando el velo se desgarre por completo, dejando todo al descubierto? Es como si una fisura quebrara la cáscara del cielo. La cara humana resulta increíble vista de cerca. Swift tenía razón. ¿Y qué decir de la casa que tenía dentro? ¿Y de la cosa dentro de la casa? ¿Y de la cosa dentro de la cosa dentro de la cosa dentro de la cosa? Supongo que estaba borracho, orbitando alrededor de mí mismo sin sentir vergüenza alguna. Encontré una semilla, una semilla minúscula, la más pequeña del mundo. Y se llamaba Odio. La enterré en mi mente y la regué con lágrimas. Jamás ninguna semilla tuvo mejor jardinero. Mientras se hinchaba hasta agrietarse para dar paso a la vida verde, sentí mi nación temblar, temblar por los dolores del parto. Y estallar en flores y ramas).

Cuando terminé de limpiarme la sangre del gato de las manos, ella empezó a acariciarme de nuevo el brazo. Tenía la cara hinchada y se le había cerrado un ojo. Y la pobre perra todavía soñaba, tenía esperanzas, veía visiones. ¿Por qué? Nunca he visto nada igual.

—¿Pero no te das cuenta de que esto va a acabar mal para todos si las cosas siguen así? —pregunté, desesperado.

Aún se oía al niño llorar en la habitación contigua.

—Solo quería verte otra vez —dijo en voz baja.

Y entonces se le vino otra idea a la cabeza:

—¿Sabes que eres arrogante? Muy arrogante.

¿Y eso qué tenía que ver? Pero no era momento de ponerse a malas. Además, las limaduras de hierro de la muerte me estaban quemando el cerebro con frialdad. Había en el aire una fuerza magnética despiadada que las hacía volverse contra mis propios pensamientos.

Fragmento de este inmenso vacío,
cuyas pulsaciones brillan en los ojos del hombre,
¿qué excavación has dejado al descubierto tan brutalmente?

—¿Cómo? —preguntó absolutamente desconcertada.
—Es un poema —repliqué.

Harry volcó mi vaso al inclinarse hacia delante.

—¿Qué poema?

Harry esperaba con expectación.

—Un poema que estoy escribiendo. Acabo de recitar los tres primeros versos.

Y, de nuevo, esa mirada de soslayo.

—De eso nada. Estabas ahí sentado como si estuvieras en trance. Pero venga, a ver esos tres versos.

Era totalmente incapaz de recordarlos.

Harry chasqueó la lengua con lástima. Me hundió el dedo en la cara.

—La poesía —comenzó Harry— es el alma de las naciones civilizadas. Los versos. Tigre, tigre, que te enciendes en luz por los bosques de la noche. El halcón no puede oír al halconero. Todo se desmorona. Cuando las estrellas arrojaron sus lanzas qué ruda bestia…

Hizo una pausa para respirar y continuó:

—Jamás he olvidado ese poema —comentó pensativo.

Su aliento caliente me bañó la cara cuando se acercó para hablarme confidencialmente.

—Nunca le he contado esto a nadie —susurró— pero escribo canciones.

El énfasis que puso en la palabra «canciones» sobresaltó tanto al camarero que, de la impresión, tiró un vaso que se hizo añicos tras la barra.

Miré fijamente a Harry. No sabía si reír o llorar. Sin embargo, él interpretó mi mirada anonadada como signo de admiración.

—Gracias, compañero —dijo en voz baja—. Es difícil ser profeta en tu propia tierra. ¡Otra ronda!

El camarero bailó un rápido minué.

Harry brindó conmigo y bebimos a nuestra salud.

Supongo que la salud era algo que me resultaba indiferente; las almas muertas no tienen ese tipo de preocupaciones. Un caso extremo de mano derecha a la que no le importa una mierda lo que hace la izquierda. Yo era, y lo sabía, un árbol muerto, con las ramas secas y las raíces podridas. Un árbol que, a pesar de todo, se mantenía erguido frente al áspero azote del viento. Y, enganchadas a las ramas retorcidas, se encontraban una página del Otelo de Shakespeare y la primera página del Rhodesia Herald con una foto mía fulminando el objetivo con la mirada.

Pero Harry estaba hablando.

—… en la edición de la tarde —decía—. No me lo podía creer, pero la verdad es que siempre has sido muy reservado.
—No. Es que simplemente no tengo amigos.

Harry se me quedó mirando, dolido.

—Tú sabes que siempre te he apreciado.
—No hagamos de esto un tema personal —dije con ganas de vomitar—. Podría ser doloroso.

Se aclaró la garganta.

—Entonces vamos a emborracharnos —propuso tragándose su propia flema.
—Eso sí que es letal —dije, riéndome.

Levanté la vista. Los ojos del camarero perforaban los míos. Me dolían las encías de tanto reír. El camarero tenía un tic incontrolable sobre el ojo izquierdo. Me escapé deprisa hacia el servicio y llegué justo a tiempo al váter, donde vomité con violencia. Cuando salía, mientras me secaba la boca con el dorso de la mano, colisioné con dos pechos enormes aprisionados en una fina camiseta en la que se podía leer: zimbabue.

—Ten más cuidado por dónde vas, cariño.
—Perdón —murmuré esquivándola.

Pero me agarró del brazo.

—O mejor todavía, invítame a una copa. A un coñac, por Zimbabue.

Esta vez escudriñé su rostro.

—¡No puede ser! ¡Julia! —exclamé.
—En carne y hueso —replicó ella pestañeando como si estuviera posando para una cámara cara.

Sentí cómo las mejillas se me desplomaban hasta las botas.

—Ven, siéntate con nosotros —dije con voz baja y tranquila.

Julia era la chica que estaba a mi cargo cuando yo estudiaba bachillerato. Ahora se alisaba el pelo con ese abominable peine caliente. Sus labios eran de un rojo intenso, cruento. Se había puesto sombra en el contorno de los ojos y usaba pestañas postizas. El lápiz de ojos se había encargado de completar la metamorfosis de mi antigua Julia en una princesa de barra de bar. Enseguida entró en conflicto con el orgulloso de Harry al exclamar:

—¿Este no es el policía de la secreta al que le disteis una paliza detrás de la residencia?

A Harry no le hizo ni pizca de gracia.

—No eres más que una puta negra —le espetó Harry—. ¿De qué estás hablando?

Ella se giró hacia mí.

—Sí —dije bostezando—. Claro que es él.
—Mira, niño… —dijo Harry, levantándose.
—¿Por qué no te vas a buscar a tu maldita chica blanca? —le sugerí.

Pero Harry tiene estilo. Se irguió cuan alto era e iba a poner los brazos en jarra cuando las esposas volvieron a tintinear a la vista de todos.

Se hizo un silencio sepulcral que duró exactamente siete segundos.

Aproveché la pausa para saborear el maquillaje de Julia y sus pechos enormes sobre los que estaban las letras gigantescas de Zimbabue. Con armas como esas África podría… Para Julia, mis pensamientos eran tan fáciles de pelar como un cacahuete, lo que hizo que soltara la risotada más despectiva que he oído en mi vida. Harry se calentó y dio un paso hacia ella, pero antes de que pudiera pegarle, me interpuse, apurando tranquilamente mi cigarrillo.

—Ahora sí que voy a probar uno de los tuyos, Harry.

Abrí el paquete que me había regalado y encendí uno. Eran tan buenos como decía. De pronto, volví a ser un crío. Disfrutando. Bailando mentalmente con la felicidad. Y Julia…

—Querías un coñac, ¿no?

Al toser, le eché el humo a Harry en la cara.

Tenía los rasgos de los mineros de la ciudad de Wankie.

Sus ojos relucían como ascuas en la lumbre. Escupió una media sonrisa.

—Sí. Me voy a ver a mi chica blanca, pero regresaré a por ti —señaló desafiante.

La respuesta estalló como un reflejo nervioso.

—Harry, como vuelvas no me va a temblar el pulso… —dije.
—¿Me estás amenazando? Hay testigos…
—Camarero, un coñac para la señorita y una cerveza para mí.

El camarero me guiñó.

Al girarme con las bebidas, Harry se había marchado. Ella cogió los vasos, los colocó en la mesa y, con aquellos ojos brillantes de otro tiempo, pasó sus brazos por mis hombros y acercó su cara a la mía hasta casi tocarme.

—Hola —me dijo sonriendo.
—Creí que nunca ibas a llegar. Ayer me pasé todo el día esperándote.
—Me costó que mi padre me diera una cosa. Andaba de mal humor y ya sabes cómo se pone.
—¿Tu pasaporte? —susurré.
—¡Chist!

Me dio un beso fugaz en la mejilla y nos sentamos. Hundió el meñique en mi bebida y se lo chupó rápidamente.

—Bueno, ¿qué es lo que quería Harry de ti?

Dudé un momento.

—Supongo que les habrán filtrado algo y lo han mandado a…
—Pero nosotros lo sabemos —intervino ella con tranquilidad.
—Esa foto de los periódicos… —le recordé sin mucha convicción—. Seguramente saben que soy el eslabón más débil de la cadena.
—Tuvimos que pasarles esa información.

Levanté la vista bruscamente.

—¿Tuvisteis que decirles que yo…?
—Fue idea mía —dijo con los ojos rutilantes.

Yo tenía la mirada clavada en la inscripción de su pecho mientras pensaba en los héroes negros.

—¿Y tenías que pintarte así? —le pregunté lánguidamente.

Abrió bien aquellos ojos donde brillaban las estrellas. Mejor sería que cambiara de tema.

—¿Has tenido problemas?
—Algunos —confesó mordiéndose el labio con pesar.

Escrutaba mi rostro.

—Hoy me he ido de la casa del hambre —expliqué sin entrar en detalles.
—¿Y qué pasa con la chica?
—¿Con Immaculate? Con un nombre como ese, sobrevive seguro.
—¿Y tú todavía estás… estás…?
—Nunca lo he estado. Ya sabes que no puedo, al menos no para siempre. De vez en cuando, quizás.
—Por lo menos eres honesto —comentó.

Su voz se tornó súbitamente sarcástica:

—Me das asco.

Mis mejillas volvieron a subir desde mis botas para recolocarse en mi cara.

—Venga, Julia, ¿qué he hecho mal?
—No me llamaste por teléfono como me prometiste. Y armé tal escándalo en casa que mi padre dijo que si te veía otra vez por allí… te felicitaría.
—Está chalado.
—¿Por qué no me llamaste?
—Había lío en la casa —suspiré dramáticamente—. Ya lo sabes.
—¿Tu intervención desinteresada?
—Sí. Tuvo consecuencias.

Se mordió la esquina de la uña del dedo índice. Sus ojos se avivaron.

—¿Y qué pasa con la chica? —inquirió de nuevo.
—Tiene mucho valor, del que te lleva al manicomio en un abrir y cerrar de ojos.
—¡Qué arrogante eres!

Le di fuego. Me quedé mirando la chispa incandescente que palpitaba en sus ojos. Aún estaba sosteniendo la cerilla llameante con el pulgar y el corazón.

—Nunca me has perdonado lo de la película porno —dijo.

Se frotó la cara, haciendo que se le corriera la sombra de ojos. No merecía la pena responderle; después de todo, yo también había hecho una con una chica que se llamaba Patricia.

—¿Y por qué siempre que nos vemos…?
—Sí —repetí deliberadamente—, ¿por qué siempre discutimos?

Aún sostenía la cerilla encendida.

Inexplicablemente, Julia estalló en carcajadas. Tiene una risa contagiosa, lo que hizo que el camarero chisporroteara risitas como una loncha de panceta crujiente que salpica aceite en una sartén. Cuando levantó su vaso, la luz que irradiaba arrojó múltiples lanzas a mis ojos llorosos y mi vida brilló por un instante como un relámpago de dolor abrasador.

Fue Philip el que dejó a Julia a mi cargo y, cuando nos reunimos con él en la universidad, el ambiente estaba enrarecido entre nosotros. Básicamente, Philip montó un número y afirmó que yo era un Judas borrachuzo. Julia salió del cuarto hecha una furia para volver algunos segundos después blandiendo una escoba que aterró a Philip. Por ello, huí del campus y vagué por las calles hasta dar con un club nocturno para negros que seguía abierto. Bebí en exceso, pero algo pasaba porque no conseguía emborracharme. Era el lugar: luces y colores estridentes y un grupo de chicas semidesnudas con piel de leopardo dando vueltas en el escenario al ritmo de un vulgar smanje-manje. El gordo al micrófono eructaba más que cantaba en un afectado tono grave. Las paredes estaban empapeladas con anuncios de cremas para aclarar la piel, pelucas afro, vaselina, Benson and Hedges. Había uno en el que una chica con el pelo afro y la piel clara se restregaba contra su novio negro como el carbón mientras recomendaba la cerveza Castle. Bajo el efecto de la música que retumbaba sobre los anuncios y de las luces y los colores chabacanos e intermitentes, perdí la noción del tiempo y me sumergí en la bebida. Seguía lejos de descubrir a los auténticos héroes negros que poblaban mis sueños en una remota edad de oro, en la Arcadia negra. Llegó la hora de irse. Salí dando tumbos hacia los horrores de la fría noche. Un taxi se paró. Me dejé caer en el asiento trasero, farfullando hacia dónde me dirigía. Pero alguien, una mujer oronda de piel clara —una de las bailarinas— se metió en el coche y se pegó a mí sonriendo.

—¿Tienes ganas de olvidar? —exhaló junto con una bocanada de ginebra sobre mi rostro estupefacto.

Antes de que pudiera abrir la boca, le dio al conductor un par de golpecitos en el hombro y el taxi se adentró en la noche. Después de muchos giros a derecha y a izquierda, no tenía ni idea de dónde estábamos. Daba la impresión de que habíamos estado yendo en círculos. El taxi aminoró la marcha hasta detenerse delante de una puerta azul brillante iluminada por una bombilla desnuda. Ella se bajó y rodeó el coche para abrirme la puerta. Le pagó al taxista, que se perdió en la lúgubre calle hasta desaparecer de un volantazo. Sacó la llave y en un segundo estábamos quitándonos los abrigos en un recibidor estrecho. Murmuraba cosas casi ininteligibles:

—… y ahora te vas a portar bien.

Una intensa luz blanca me deslumbró consiguiendo que me doliera la cabeza. Habían pintado el suelo de color negro carbón, pero las paredes eran de un blanco inmaculado. En una esquina, una efigie de Ian Smith pendía por el cuello de un gancho de carnicero. Me pilló sonriendo.

—¿Tienes ganas de olvidar?

Yo no ubicaba su dialecto, pero la entendía. Ahora me sentía más seguro.

—No —repliqué con firmeza.
—Vale.

Se apagaron las luces.

Aquella noche todas las luces que alguna vez hubiera conocido relucían en mi cabeza. El dolor era un ruido de vidrio triturado metódicamente en un tornillo de acero por un demonio que se parecía mucho a mi antiguo profesor de carpintería, que ahora estaba en un manicomio. La bailarina de piel clara quemaba, quemaba mi locura. La habitación se había hecho con el control de mi mente. Mi hambre se había convertido en la habitación. Me dirigía hacia una oscuridad densa. Era una cárcel. Era el útero. Era sangre, aferrándose como una ciénaga a las depresiones, alfombradas de hierba, del valle de mi vida. Era un cartel de Reservado a los blancos en la puerta del servicio. Era mi rechinar de dientes. ¡Qué sensación más ácida! Era el balanceo lento de la efigie en la noche de mi mente. Y la llama de mi dolor se reavivó, titilando como la de una cerilla; iluminó la habitación un instante, haciendo que la sombra de la bailarina desnuda y la mía propia saltaran al techo para converger en un abrazo. Se fundieron en un éxtasis entristecido, una violencia que se transformó lentamente en ternura.

Pero la cerilla se apagó quedando tan ennegrecida como la historia. Las cenizas de esa insurrección extinta eran las hazañas de aquellos héroes negros, al lado de las cuales la mía quedaba reducida a otra historia más de dolor por tratar de encajar en la sociedad blanca.

¿El dolor espiritual es más fuerte que el dolor físico? Las miradas heridas de amigos me devolvieron a esta vida… Cubitos de hielo quemándome la mente…

—¡Te estás quemando el dedo! —exclamó Julia.

Tiré lo que quedaba de cerilla al cenicero. Julia fue como una bala a pedir más cerveza. Qué perra. Yo no podía maldecir por convicción, como los cuáqueros, pero parecía que el primum mobile de Julia tenía, sin duda, una cierta impronta divina. Mis improperios gustaban de revestirse de blasfemia.

—Digo palabrotas porque ando corto de adjetivos que emplear —le expliqué cuando me ofreció un vaso.
—¡Joder! —soltó ella con aire desenvuelto antes de sentarse.

Por alguna razón, comencé a narrarme a mí mismo episodios banales que me habían hecho sentir como un gato al que han arrojado a un pozo profundo sin darle la extremaunción.

Una vez me invitaron a dar una charla informal —ilegal— a un grupo de vagabundos. Los conocía a todos excepto a uno de aspecto sombrío que estuvo todo el rato apartado de los demás, torciendo el gesto misteriosamente por cómo se desarrollaba mi retórica. Había empezado a plantear el tema cuando, de repente, me inspiré y comencé a arengarlos, intentando remover sus conciencias con ejemplos de la heroicidad de nuestros guerrilleros nacionalistas. Como siempre, se me fue de las manos. Me percaté de ello cuando fui consciente del silencio ponzoñoso que se había apoderado de mi público. Una avalancha de oratoria política se había escapado como una nube de vapor del cráter de mi boca, dejándome vacío y sin palabras. En ese momento, el chico que estaba sentado aparte, se levantó y avanzó amenazante hacia mí. Su rostro no mostraba ningún signo distintivo natural, pero sí la crispación que provocaban sus violentas intenciones. Los demás muchachos formaban una masa expectante detrás de él, como los participantes de un ritual especialmente sanguinario. Detrás de ellos, el cielo de la tarde exhaló su último aliento antes de desaparecer, abandonándome a mi infeliz destino. El crepúsculo fugaz parecía alentar la furia del joven contra mí. Me pegó dos puñetazos en el mismo lado de la mandíbula. Mis gafas volaron por los aires y fueron a parar sobre la hierba. Me golpeó de nuevo, dos veces más, en el mismo sitio. Recuerdo que estaba aterrorizado, no tanto por el dolor, sino por la posibilidad de caer al suelo inconsciente si el traidor troyano seguía pegándome así. Puse la otra mejilla. En esta ocasión, el chico me pegó con menos convicción. Lo miré fijamente a los ojos y murmuré algo como «ya está bien por hoy». Sin embargo, esto no hizo más que reavivar su furia: me golpeaba como una tormenta de granizo azota un jardín de flores. Sentía diferentes dolores por todo el cuerpo. Los muchachos se acercaron formando un círculo cerrado a nuestro alrededor. El chico se conducía con el salvajismo de un hombre que está intentando aplastar un bicho diminuto que apenas acierta a ver. En ese momento, un gruñido grave se dejó oír entre mi público de vagabundos. El tipo se quedó quieto, algo nervioso, dándose cuenta, al igual que yo, de que el favor del público se dirigía ahora hacia mi persona. Como a mí, se le había ido de las manos. En un segundo, los vagabundos me echaron a un lado y se abalanzaron sobre él. Fue sepultado inmediatamente por una amalgama de puños voladores, patadas, cabezazos; hasta sus chillidos aterrados quedaron ahogados por los groseros gruñidos de mis salvadores. Ahora el chico tiene invalidez permanente; y, como si eso no fuera suficiente, desde aquel día tampoco le funciona mucho el cerebro, por lo que se ha convertido en lo que se suele llamar un idiota. Aunque parece que recuerda la causa de su desgracia, porque el otro día casi decapita a mi madre cuando volvía de una boda.

—La vida es una serie de pequeñas explosiones cuyos ecos moribundos terminan por instalarse cómodamente dentro de mí —comentó Peter mientras examinaba mis notas de bachillerato.

Lo admití a regañadientes.

Peter sacudía mi ofensivo boletín de notas por el pescuezo, como si simbolizara mi persona, para poner de manifiesto las consecuencias de mi vagabundeo.

Immaculate tenía la mirada perdida en el calcetín que estaba remendando. Agaché la cabeza para estrangular la risa que rugía al fondo de mi garganta y cacareaba en mis oídos.

Peter me miraba como un niño feo se inspecciona una erupción de granos repentina.

Finalmente me tiró el ofensivo boletín a los pies.

—¡Fuera de mi vista!

Su grito sonó como cuando Jesús dijo: «¡Aléjate de mí, Satanás!». Estaba a punto de salir de la habitación cuando me llamó.

Se hizo un silencio lúgubre.

Pero la hoja de la guillotina no cayó.

Me atreví a elevar la mirada a la cuchilla.

Me echó encima un puñado de dólares.

—Son las mejores notas que he visto en mi vida. Vete a emborracharte.

Sonreí, arrugando el papel de aluminio de mi alegría.

Regresé horas después, completamente sobrio y con un paquete bajo el brazo. Se la estaba follando debajo de la mesa. Antes de que me diera tiempo a retirarme, Peter dijo con enojo:

—Ven, siéntate. Estás en tu casa, hombre. Ni que hubieras entrado en el foso de los leones como Daniel.

Me senté sin soltar mi paquete. Lo miró.

—¿Eso qué es?

—Unos libros de Robert Graves —contesté.

Se quedó mirando como el que ha descubierto un escandaloso secreto familiar; o como el que averigua que su mejor amigo es en realidad un lunático que se ha escapado de un tétrico manicomio satánico.

Bajé los ojos y murmuré una disculpa. Immaculate, aún ensartada por él, dijo:—Deja tranquilo al chico, Peter.

—Es mi hermano —dijo él.

Y quitó la manta que los cubría. Mi cabeza se hundió con rapidez en mi vientre, como si fuera plomo. Me quedé mirándolo. Entonces, como un borracho en un laberinto, me levanté tirando una silla a mi paso y fui dando bandazos hasta la puerta. Sin saber muy bien cómo, me encontré hablando conmigo mismo con una cerveza en la mano en una discoteca africana que estaba a unos ocho kilómetros de casa.

(Continuará…)

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