La casa del hambre (I)

Dambudzo Marechera








La casa del hambre

Cogí mis cosas y me fui. Estaba amaneciendo. No sabía adonde ir. Eché a andar camino del bar, pero me detuve en una licorería a comprar una cerveza. Había gente apoyada en el porche del establecimiento, bebiendo. Me senté bajo el gran árbol msasa, cuyas ramas arañaban los techos de uralita. Intentaba no pensar dónde iba a ir. No sentía rencor. Me alegraba de cómo habían salido las cosas; no podía quedarme en aquella casa del hambre donde te arrebataban cualquier pizca de cordura como un pájaro le arrebata la comida a sus propias crías. Y los ojos de aquella casa del hambre te acechaban como si una fiera desconocida fuera a abalanzarse sobre ti en cualquier momento. Por supuesto, estaba el tema de la chica. Pero, ¿qué otra cosa podía hacer yo al ver que Peter le pegaba día y noche? Además, mi intervención no fue tan desinteresada como me habría gustado.

Sí, el sol salió tan rápido que me golpeó entre los ojos y, antes de darme cuenta, ya se elevaba sobre las montañas.

Me quité el abrigo y lo dejé doblado entre los muslos. Por el cariz que había tomado el asunto, nadie podía culpar a nadie de sus almas hambrientas. La mía estaba polvorienta y acalorada bajo el sol de la mañana y no sabía qué podía hacer para aplacarla. Tenía, en cambio, la mente despejada, y cuando los policías negros se colocaron en formación y saludaron a la bandera, el empleado negro del distrito segregado caminó tranquilamente hacia los camiones de cerveza rubia y un grupo de escolares de uniforme caqui y verde corrieron como locos al colegio gris al oír el toque de la sirena, me encontré repasando con detalle la mierda infecta que había sido y era mi vida en ese momento.

Los policías rompieron filas. El sargento era un gallito de más de metro ochenta, delgado, hambriento y taimado como un camaleón que acecha a una mosca. Este camaleón en particular no le había causado muchos problemas a la casa del hambre hasta ahora, pero habían ocurrido otros sucesos desagradables. El viejo, que murió en aquel horrible accidente de tren, se metió en líos por mendigar y vagabundear por las calles. A Peter lo enchironaron poco después por aceptar un soborno de un policía de incógnito. Cuando salió de la cárcel, Peter no se adaptaba. No dejaba de hablar de los blancos de mierda. Esa expresión, «los blancos de mierda», le quemaba el alma, y se metía en peleas que aterrorizaban tanto a todos que ninguno en su sano juicio se atrevía a cruzarse con él. Peter deambulaba fuera de sí deseando darse el gusto de enzarzarse en una pelea sin motivo alguno. A la gente le caía bien precisamente porque veían el hambre de lucha en su mirada. Eso empeoró las cosas hasta que la mujer que estaba con él se quedó embarazada y el inspector del colegio dijo que no podía dar clase en ese estado. Peter amenazó con no dejar títere con cabeza y se negó a casarse con ella porque quería ser «libre». Durante aquella desgracia, padre se tomó un veneno suave y cayó enfermo ante nuestros ojos; no decía ni una palabra, pero sabíamos que él sabía que sabíamos que su objetivo era presionar a Peter para que se casara. Después de todo, ella era dulce, inocente y la había fecundado con su esperma. Todos envidiábamos la suerte de Peter. Por aquella época, mi clase de bachillerato, como tantas otras clases de bachillerato, se lanzó a las calles para protestar por la discriminación salarial y me arrestaron, con todos los demás, durante unas horas. Aquello implicaba huellas dactilares, fotografías y un par de bofetadas bien dadas para que «tuviéramos más luces». El comisario, en cambio, refrenó su mal genio y se conformó con darnos un largo sermón sobre lo necesario que era sacarse el título antes de poder dignarnos siquiera a levantar barricadas. Por entonces, yo estaba sediento de autoconocimiento y, curiosamente, lo buscaba en la «conciencia política». Toda la juventud negra estaba sedienta. No quedó un oasis de pensamiento que no lamiéramos hasta dejarlo seco; y ya cuando nos emborrachábamos de lo prohibido acabábamos en comisaría o sufriendo alguna que otra medida disuasoria. Ya había superado el dolor que me causó la inalcanzable Julia cuando mi mejor amigo la dejó a mi cargo. Estaba en ese punto en que uno ya no se escandaliza si tiene ganas, estimulado por un poco de hierba, de gastar dinero en adentrarse en los desconocidos horrores de las enfermedades venéreas. Yo me aventuré a tal experiencia una noche de tormenta y, después, me arrepentí. Peter me entendía, sin duda.

—No eres un hombre de verdad hasta que no pasas por eso —decía.

Yo le daba la razón y sonreía lisonjero porque él conocía la cura o, al menos, cómo conseguir las inyecciones con una confidencialidad decorosa. Aquella experiencia me legó un asco irreverente por las mujeres que me acompaña desde entonces. Nunca más me entregaré incondicionalmente a una mujer.

No obstante, no todo eran favores. Se producían arrestos en masa en la universidad que aumentaron cuando los trabajadores fueron a la huelga. Estas detenciones eran hasta tal punto el pan de cada día que nadie se inmutó cuando una mañana ejecutaron a dos guerrilleros y exhibieron sus cuerpos ante un grupo de escolares.

Sin embargo, se percibía en el ambiente un entusiasmo que nos incitaba a buscar el elixir inalcanzable que nuestra agitación vaticinaba. Pero la búsqueda estaba condenada al fracaso porque parecía que teníamos el elixir delante de las narices cuando en realidad no estaba allí. La libertad que ansiábamos, tal y como ansiábamos la maría, la cerveza, los cigarrillos o la vida después de la muerte, estaba tan viva en nuestro aliento y en nuestros dedos que nos embriagaba incluso antes de haberla encontrado. Era como el hombre que se relame al soñar con un banquete, como la mujer que baila al soñar con una fiesta, como el viejo que corre como una gacela al recordar cuando jugaba a los entierros en su juventud. Pero ni el banquete, ni la fiesta, ni los juegos existían. El descubrimiento de esta paradoja nos volvía inquietos, maliciosos y, en el mejor de los casos, sufríamos el tormento de saber que ya habíamos cambiado. No era una despedida consciente de la adolescencia porque el vacío estaba profundamente arraigado en nuestras entrañas. Éramos conscientes de que ante nosotros se extendía un inmenso vacío cuyo apetito por la vida era, cuanto menos, voraz. La vida se nos antojaba como una hilera de casuchas impregnadas de hambre que llegaban hasta el horizonte. La mente se convertía en habitaciones lúgubres, las telas de araña polvorientas ocultaban diminutos cadáveres de la niñez que quedaban eternamente adheridos a la maraña de la tela, desplegada desde las piedras del suelo que pisábamos hasta las estrellas que brillaban tenues sobre el hedor de nuestras vidas. Uno se convertía poco a poco en la putrefacción de sus propios intestinos. Y a pesar de que cualquier insecto de pensamiento zumbara dentro de la lata que era nuestra cabeza mientras ocupábamos a horcajadas la letrina exterior, el sol seguía saliendo tan rápido como siempre y la oscuridad caía sobre la tierra tan deprisa como en años anteriores.

Las vidas de los hombrecillos son como telas de araña: están salpicadas de pequeños cadáveres de grandeza. Y la casa del hambre se aferraba con firmeza a la suya. Después de todo, los cadáveres de su tela todavía conservaban algo de vida en sus huesos diminutos. La chica y, por supuesto, lo que yo sentía por ella, se aferraba con rebeldía a su extraordinario coraje. La intensidad de las palizas no podía acabar con su locura. Y aunque finalmente le pegó hasta convertirla en una mancha roja, alcancé a ver en sus grandes ojos de fiera los latidos de su valentía salvaje. Tenía unos ojos que te hacían llorar. Aunque a Peter, con la mano abierta para propinar otro guantazo, lo que le hacían era enfurecerlo más. Montó el espectáculo porque yo estaba delante. Yo lo sabía, lo que empeoraba aún más su situación porque me había confesado que nunca cedería.

Entonces Peter, con decisión y calma, dijo: «Te pegaré hasta que cedas».

Al oír esto, los ojos le brillaron con esa mezcla que ella tiene de tristeza y obstinación.

—¡Pues sigue! —gritó, hundiendo la cabeza en el pecho de tal modo que el golpe que no le dio en el ojo cayó sobre su costado. Escuché algo, un gato, creo, maullar angustiado.

En ese momento habría jurado que era ella la que estaba actuando porque yo estaba delante. Me reí. Ese fue mi primer error. Ya había cometido otros errores que habían llevado a esto, pero este fue el primer error grave. Peter me miró con el puño levantado. Volví a escuchar al gato retorciéndose de dolor.

—¿Y tú de qué te descojonas, empollón de mierda?

No era una pregunta. Al mirarlo, habría jurado que él también era más agresivo al hablar porque yo estaba allí, aunque mantenía el tono fraternal. Por poco vuelvo a reírme. En vez de eso, acerqué la vela al libro que estaba leyendo y, después de un momento, encontré el pasaje por donde iba.

Pero él apagó la vela, sumergiendo la habitación en tinieblas. Notaba su aliento rancio adhiriéndose a mi cara. Por la ventana escuché a unos niños diciendo «Rómpele el cuello».

—Te he hecho una pregunta, Shakespeare —dijo en la oscuridad.

No contesté. Me desconcertó la rapidez de su ataque. Me agarró del cuello de la camisa.

No hice nada.

Me escupió en la cara, me tiró sobre la silla de un empujón y me di con la cabeza en la pared. Lo oí salir de la habitación. Permanecí inmóvil hasta que dejaron de escucharse sus pasos. Parecía que iba calle abajo, seguramente a la cervecería. Entonces, me di cuenta de que el bebé del cuarto de al lado estaba berreando como loco y que seguramente llevaría un buen rato gritando. Pero ni la chica ni yo nos movimos. Ella estaba jadeando de dolor en alguna parte de la oscura habitación. En lo único que podía pensar era en que sonaba como una niña pequeña. Tenía un nombre raro. La llamé:

—Immaculate, ¿estás bien?

Pero solo había silencio.

—¿Por qué volviste? —le pregunté—. Si sabes que siempre es lo mismo.

Tras otra larga pausa susurró algo como «¡chist!».

—¿Qué? No te oigo.
—No hables.

En la habitación contigua, el niño seguía gritando. Se oyó caer un pedrusco en el tejado. Al parecer, los hijos de nuestros vecinos habían vuelto a las andadas. Otra piedra, o quizás era un ladrillo, provocó un golpe sordo en el tejado. Una sombra que pasó como un rayo delante de la ventana me lanzó algo: una cosa mojada y peluda me golpeó en la cara. Me deshice de ella antes de darme cuenta de lo que era. Cuando me levanté a cogerla, una piedra se hizo añicos contra la silla en la que había estado sentado. Registré en mi abrigo en busca de cerillas. Finalmente las encontré y encendí una. Su luz, que estallaba con rabia, iluminó de pronto aquella cara hinchada y bañada en sangre por las heridas de los labios y las mejillas. Cuando la llama me quemó los dedos, tiré la cerilla gastada y encendí otra. En esta ocasión, ella tenía un cabo de vela. Una vez encendida, vi cómo se agachaba a coger el objeto mojado y peludo que me habían tirado. Era mi gato. Estaba muerto. Su pelo no solo estaba salpicado de sangre, sino que también estaba medio chamuscado, como si los hijos de los vecinos hubieran intentado quemarlo antes de lanzarlo por la ventana.

Se incorporó, puso la vela en la mesa y miró ensimismada la silla volcada.

—¿Te ha hecho daño?

Negué con la cabeza.

—¿Y a ti? —pregunté innecesariamente.
—Estaré bien enseguida —replicó—. El niño… no habrá tocado al niño…
—No.
—Quería verte.

No sabía qué decir. Estaba ligeramente escandalizado. Siempre me hablaba así, como si yo fuera alguien con quien había fantaseado. No quería ignorar la pasión y las palizas de su insufrible vida. Fui yo quien lo había provocado todo. Mi intervención desinteresada. Así lo llamaba yo. ¿Cómo iba a imaginar que me tomaría la palabra? Sentí tanta amargura que tuve que reírme al pensar en el sarcasmo cruel que regía nuestras vidas.

Mi risa sardónica la asustó. Así que me apresuré a añadir:

—Estaba pensando que va a quedar como un idiota cuando se entere.
—¿Como un idiota quién?
—¿Quién va a ser? Mi hermano, Peter —respondí fingiendo inocencia.

Ella frunció el ceño.

Y me alegré: ella había mirado dentro de mí y se negaba a tener nada que ver con aquella corrupción. Pero, como siempre, me estaba engañando a mí mismo, porque su rostro se relajó y su ceño fruncido se trocó en un hoyuelo al intentar sonreír… ¡qué idiota!

—Eres tan crío —dijo acariciando mi brazo.

La aparté mascullando algo sobre mi gato muerto al que, por la furia contenida que tenía dentro, había empujado hasta la puerta de un puntapié. Luego, le di una fuerte patada que hizo que saliera despedido al patio. Deseé de todo corazón haberla mandado a ella de una patada a la oscuridad de la noche. La materia gris de mi cerebro ardía de odio hacia ella.

Las irregularidades y los caprichos del clima no solo parecían una afrenta personal contra mí, sino que su imprevisibilidad se me antojaba tan ponzoñosa que me esforcé por ignorar sus atenciones inesperadas. ¡Qué lejano queda ya todo eso! Me pasaba lo mismo con los amigos que actuaban con falsedad. Por supuesto, no estaba en mi mano poner fin a una tormenta tropical, pero la ignominia de guarecerse de un fenómeno que, después de todo, formaba parte de uno mismo, era una humillación que yo no perdonaba. Esto hacía que me creara un mundo personal laberíntico que acabaría enredándome en su mitología primitiva. No podía soportar una estrella, una piedra, una llama, un río o una bocanada de aire porque todo parecía tener un significado que me resultaba irrevocablemente ajeno. Por ello, los ignoraba aunque los recreaba en palabras, cadencias, luces, murmullos y tormentas de aire que escapaban de la explosión que tenía lugar ahí arriba. Me sentía muy confuso. Encontraba el concepto de humanidad, de raza humana, más atractivo que las personas reales. Simplificando, yo no perdonaba al hombre, a mí mismo, por estar absolutamente y brutalmente ahí. Tenía la necesidad de ser perdonado. Y todos los infelices que se cruzaban conmigo siempre terminaban por consolarse a ellos mismos y a mí reduciéndolo todo al resentimiento.

—Ya se te pasará —me decían.

Igual que los niños pasan todas las enfermedades antes de inmunizarse a la más extraña de todas: crecer.

En la casa del hambre, las enfermedades eran las extrañas irrupciones de un universo trastornado. El sarampión o las paperas eran síntomas de un orden maligno. Hasta un resfriado común era casus belli entre vecinos. A esto hay que añadir el hedor de nuestra putrefacta vida en familia con sus eternas resacas, náuseas, ratas royendo queso y yo jugueteando con él a la mañana siguiente como un niño que encuentra placer rascándose con cuidado una herida en el dedo índice.

¿Cómo se me iba a pasar, por Dios?

Lo que comenzó como un riachuelo de experimento moral creció hasta convertirse en las cataratas Victoria, como un cáncer que se extiende.

Sin embargo, yo me negaba a llamarlo así. Supongo que era una especie de vida. Era yo, nadie más.

—¿Quieres decir que el mundo te debe una vida? —preguntó Peter socarronamente.

No contesté porque la respuesta estaba ante nuestros ojos: el frío de una cruda noche invernal se colaba por la vieja verja de aquella casa del hambre. La respuesta se deslizaba de manera escalofriante hasta la médula de mis huesos y me empapaba la materia gris del cerebro.

Mi madre le decía a sus amigas que yo había sido un bebé «frenético» y que, cuando alguien me rozaba, me ponía como apopléjico de miedo. O de histeria. Pero a lo mejor exageraba porque mencionaba esto cada vez que presumía de mis notas del colegio.

—Tú, con la gente, ponte siempre en lo peor —dijo Peter, bostezando.

Era el día después de que las inyecciones para la enfermedad venérea me empezaran a hacer efecto y de que yo dejara de considerar mi pene un apéndice infectado.

—Si la gente te da algo bueno es que te lo va a cobrar después —añadí yo.

Estiré las piernas y encendí uno de esos cigarrillos que parece que estén hechos con un amasijo de hojas de té en vez de con tabaco procedente del corazón del Veld. Yo no estaba pensando en absoluto en las cosas que decía o en por qué las decía.

—¿Qué crees que ella espera de la vida? —le pregunté distraído, pero mi intención resultaba tan transparente que Peter la descifró con facilidad.

Aun así, no se dio por enterado.

—¿Quién? —inquirió sin inmutarse.
—Immaculate.
—Pues lo que tiene —dijo antes de soltar una carcajada de cuervo bien alimentado.

Su risa insaciable me hirió en lo más profundo. Tuve que contenerme para no preguntarle con crueldad quién creía que era realmente el padre de su pequeño.

En ese momento, madre irrumpió en el cuarto. Se le veía el rostro desencajado. Peter masculló entre dientes que sería uno de esos días malos que tenía ella. Pasó por encima de mis piernas estiradas y se sentó a la mesa. Su cara, larga y demacrada, estaba marcada por los muchos sacrificios que había hecho por nosotros.

Comenzó a hablar con su voz grave:

—El viejo ha muerto.

Sonó críptico y ridículo a la vez. Me reí durante un buen rato. Pero ella se limitó a mirarme sin mostrar el menor interés.

—Lo atropelló el tren en el paso a nivel —continuó—. No han quedado más que manchas.

Su voz no había sido siempre tan grave y ronca. Ella le echaba la culpa a «cómo la había tratado la vida», lo que era un mero eufemismo de sus excesos con la bebida. Cuando bebía, destrozaba las palabras en un paso a nivel concreto, tal y como había ocurrido con el viejo, aplastando al máximo cualquier significado o sentido que hubieran quedado emboscados. Como más disfrutaba era dándome la lata con que no me había dado estudios para que no moviera el culo de la silla. Y, en esas ocasiones, su lenguaje adquiría un tono tan vulgar que me preguntaba a mí mismo por qué me tomaba la molestia de pensar en la raza humana. Los improperios de su tren de filípicas destrozaban mi cuerpo como el tren del siglo XX había destrozado al viejo hasta convertirlo en una simple mancha.

—Te mandé a la universidad. Seguro que hay algún trabajo importante esperándote.
—Eso díselo a Ian Smith—malmetió Peter—. Te morías de hambre para que el chalado este fuera al colegio, mientras que Smith se aseguraba de que recibía exactamente la clase de educación que lo ha convertido en esto.

No me gustó el comentario, así que me puse a silbar una cancioncilla inglesa.

Peter, como hacía siempre que algo impreciso le daba asco, se tiró un pedo largo y sonoro, escupió en mi dirección y farfulló algo sobre los capitalistas y los imperialistas.

—Y los blancos de mierda —agregué, ya que esta era la trinidad que, según él, asfixiaba la casa del hambre con su opresión fétida.

El aliento nauseabundo de nuestra historia, como él decía.

Me eché el abrigo por los hombros, como la noche se echa de pronto sobre el cielo de la tarde, y me fui a comprar otra cerveza. La licorería estaba abarrotada, pero cuando el camarero me prestó atención —ya me había visto, pero es de esos tipos que se toman su tiempo hasta para saludar a la suegra—, gritó:

—¡Terrorista! ¡Gandanga! Una cerveza, ¿no?

Los músculos de mi cara se arrugaron formando una máscara de satisfacción mientras alargaba el brazo sobre una maraña de hombros para darle el dinero.

Se rió con ganas y dijo:

—No, no. Te invito.

Cogí la cerveza, derramando un poco sobre unos hombros anchos color carmesí que se volvieron, iracundos.

—Perdón —balbucí rápidamente antes de callarme de golpe—. ¡No me lo puedo creer! Pero si es…

El rostro negro como el carbón que se dejaba ver sobre la chaqueta carmesí se partió en una sonrisa que mostraba toda su dentadura. Era Harry. En el colegio no había dejado de torturarme por no tener estilo. Y por no tener dinero. En el instituto, su cuartucho estaba al lado del mío y siempre andaba contando historias horrendas sobre cómo se lo montaba con las tías. Conocía bien el argot de la ciudad, los sitios de moda y podría nombrar en un abrir y cerrar de ojos a todas las personas influyentes del mundo del espectáculo. Sin embargo, cuando nos enteramos de que se había infiltrado en asociaciones estudiantiles porque trabajaba para la policía secreta, lo amordazamos una noche de tormenta, lo cogimos como un pedazo de pan duro, lo atamos y, tras un viaje bastante dramático fuera de la residencia, le dimos tal paliza que estuvo tres horas en la cama sin ganas de alardear de sus ocupaciones.

Y ahí me tenía ahora del brazo, irradiando tanta energía como un café hirviendo. La última vez que lo vi iba tambaleándose en la fiesta de Navidad de la asociación de estudiantes. Se dio una palmada en el muslo y se rió con una inocencia que rayaba en lo grosero. Es una de esas personas que va por la vida con la convicción de que no puede caerle mal a nadie, absolutamente a nadie, bajo ningún concepto. Y, hasta cierto punto, tenía razón. Immaculate era su hermana.

Abandonamos la licorería cogidos del brazo, como debieron de hacerlo Jesús y Judas una vez que cada uno supo el secreto del otro.

El sol acariciaba el polvo arremolinado. Una nube de moscas procedente de unos servicios públicos canturreaba el Aleluya de Händel. Era una fotografía casi perfecta de la condición humana.

Solomon, el fotógrafo del distrito segregado, es ahora rico. Su estudio, que se encuentra detrás de la tienda de comestibles, está empapelado desde el suelo hasta el techo con imágenes de africanos con pelucas europeas, africanas con minifalda, africanos que perforan el objetivo con una mirada de paranoia. El fondo de cada instantánea era idéntico: el rompeolas de una playa virgen y un águila solitaria girando sobre sí misma como un cristal que quiebra la luz, refractándola hacia los poderosos espacios del universo. Un anhelo desgarrador que solo puede hacerse realidad en una burda fotografía. La miseria de la realidad quedaba difuminada por una explosión de flashes. Después uno podía decir:

—¡Ese soy yo, tío! ¡Yo! En la ciudad.

Harry debía de haber enriquecido a muchísimos fotógrafos. Antes de que desarrollara mi espíritu crítico sobre la ropa, siempre había admirado los colores chillones y horteras que llevaba, su dentadura perfecta y deslumbrante y su total confianza en los zapatos con tacón.

—Tú y yo —decía mientras bebía— somos civilizados.

Para él, esa palabra, «civilizado», suponía el culmen de una vida plena. Al sentarme en el suelo me miró con una sonrisa inquisitiva.

—Siéntate.

Se rió.

—Aquí no hay sillas, tío —dijo hundiendo un puño en el bolsillo del pantalón—. No quiero ensuciarme porque después me voy a ver a una chavala.
—¿Qué chavala?
—Adivina —dijo con un guiño.

Decidí aventurarme:

—¿Una blanca?
—¿Hay algo más? —dijo entre risas.

Hizo un barrido con el brazo por un paisaje de alambradas de espino, casas encaladas, borrachos, prostitutas, coros angelicales de esas criaturas de Dios que son las moscas y el polvo que hacía erupción en nubecillas de gracia divina allí donde el astro rey se dignaba a golpearlo. Frenó bruscamente su gesto endiosado para señalar al servicio público maloliente.

—¿Hay algo más? —repitió.

Creo que entendí lo que quería decir.

Immaculate me había hecho la misma pregunta en cierta ocasión, aunque con una intención muy diferente a la de este hermano suyo aficionado a las mujeres blancas. Ella y yo bajamos el valle, cruzamos el río y subimos por los antiguos senderos de piedra que conducían a las viejas fortificaciones que nuestros belicosos antepasados habían utilizado en tiempos de guerra. Su dulce piel cubría sin esfuerzo alguno el dolor que se ocultaba tras su delicado rostro oval. Estábamos contemplando el valle desde el distrito donde vivíamos.

—¿Hay algo más? —repitió ella.

Sus manos me hacían daño. Ninguna fotografía podría captar el fuego de ese momento. Pero yo —¡qué tonto!— me aferré a la brizna de aversión que sentía por ella. Era increíble que un ser como ella hubiera sido concebido en la deprimente miseria de nuestra historia. Ella me hizo soñar, creer en visiones, tener esperanza. Pero la roca y la gravilla de la tierra la contradecían.

—No puedo permitírmelo.

Ella levantó la vista de inmediato.

—Si es por el dinero… —comenzó ella, frunciendo el ceño.
—¡El dinero! —me reí con la amargura de un niño incomprendido.

La verdad es que el dinero sí que tenía algo que ver. Era imposible amar, comer, escribir, dormir, odiar y hasta soñar… imposible sin dinero.

Pero estos héroes, estos héroes negros de nuestro tiempo…

Me observaba con angustia, clavando los dedos en mi cintura. Había algo en su mirada que me ensartaba como una horca, me ensartaba y me perforaba las entrañas. De pronto, retrocedió y sentí como si me arrancara las tripas.

Me habría caído de aquel saliente si ella no llega a cogerme. Nos dejamos caer pesadamente sobre la roca de la certeza. Permanecimos inmóviles.

Pero Harry seguía contándome:

—Mi chica blanca es dulce como la miel. Es un vino aromático con un toque divino, porque ella es así, mi chica.
—Pero, ¿tiene vagina? —inquirí, desconcertado.

Me miró con extrañeza. Cambié de tema a toda prisa:

—¿Cómo la conociste?
—En aquella fiesta de Navidad, tío —respondió Harry guiñándome un ojo—. ¡Allí fue! ¡Tío, lo tiene todo!
—¿Qué es todo? —pregunté bostezando de manera poco convincente.
—Pues todo es todo. Tiene todo lo que las negras no tienen.

Cerré los ojos. Veía el telón rojo de mi alma.

—Las negras son pedazos de carne. Y no me gusta la carne cruda.

Entonces, se volvió hacia mí cargando las tintas de mordacidad:

—Claro que cuando uno está con ganas de conejo y no hay otra cosa a mano…

Me mordí el labio con rabia y mascullé algo obsceno.

—Eso es, tío. Blasfema todo lo que quieras. Los hombres tienen que desahogarse.
—¡Salud! —me limité a decir, antes de apurar mi copa.

(Continuará…)

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