Diario de Tamara de Lempicka

Juan Alberto Campoy

Mon portrait (1929)-Tamara de Lempicka












Siguiendo con nuestro compromiso de publicar, en sucesivas entregas semanales, el diario recientemente descubierto de Tamara de Lempicka, la insigne pintora de ascendencia polaca cuya obra goza actualmente de la máxima consideración, tanto entre los críticos artísticos más exigentes como entre el público en general, hoy tenemos el gusto de compartir con nuestros lectores la entrada correspondiente a una fecha aún no determinada de 1964. Tamara se halla de viaje por las más bellas ciudades de Italia junto con su nieta Victoria, a quien ha querido premiar de esta manera por su brillante bachillerato, recién terminado. Ese día asisten a la famosa Bienal de Venecia.

¡Venecia! ¡El arte de Venecia! ¡La historia de Venecia! ¡La magia de Venecia! Qué ganas de volver a mi querida, a mi queridísima Venecia. Y siempre que vuelvo, vuelve a mi memoria aquel primer viaje con mi abuela Clementine, un viaje que marcó el rumbo de mi vida. Con apenas nueve años me sumergí en la contemplación extasiada de aquellas maravillosas ciudades donde nació y llegó a su esplendor el Renacimiento: Roma, Florencia, Venecia… ¿Cómo olvidar sus museos, en donde se expone el mejor arte creado por el ser humano a lo largo de la historia? ¿Cómo olvidar la Galería Uffizi, por ejemplo, donde se exhiben esas dos maravillas insuperables de Sandro Botticelli: “El nacimiento de Venus” y “La primavera”?

Nada más salir del tren, como si de una visión fantasmagórica se tratase, se ofreció de nuevo ante nuestros ojos, la espectacular imagen del Gran Canal con la imponente iglesia de San Simeón Piccolo de frente. El impacto que me causó esta misma escena cuando era niña fue absoluto, incomparable. No es fácil concebir tanta belleza, tanta armonía juntas, no es fácil creer que sean reales y no productos de nuestra imaginación. Pero, a fuerza de ir una y otra vez a esta bendita ciudad de los canales (¿cuántas veces habré venido ya?), se va una casi acostumbrando… Afortunadamente, nunca del todo. Al cabo de un rato, tomamos un vaporetto para ir al Lido, donde estamos alojadas en el hotel Grand Excelsior, como de costumbre. Durante la mañana hemos visitado la Basílica de San Marcos y hemos callejeado por la ciudad. No me hice rogar mucho antes de acceder a la petición de Victoria de subirnos a uno de esos maravillosos animales mitológicos que proliferan por doquier en República serenísima: las góndolas. Mientras degustábamos unos magníficos helados italianos (el mío, de chocolate y frambuesa, el de ella no recuerdo) al compás de los ligeros movimientos de la embarcación, el gondolero nos amenizó el viaje entonando, muy afinadamente, algunas de las más famosas arias de opera, muchas de ellas de La Traviata. Al mediodía volvimos al hotel, donde nos sirvieron los mejores spaghetti alle vongole que hemos probado en nuestra vida. Tras una siesta reparadora, fuimos a la Bienal de Arte de Venecia…

¡Qué experiencia tan desgarradora! Aquello no era arte ni era nada. Sólo patochadas. Patochadas, una de tras de otra. Toda mi vida pintando de forma pulcra y nítida, cuidando el dibujo al detalle; toda mi vida prestando atención a la luz, a las formas, a los volúmenes; toda mi vida buscando la pureza de los colores, la belleza de la composición…, para terminar comprobando con horror que finalmente ha triunfado el descuido, el mal gusto, el feísmo…, la astracanada. ¿Qué es eso del expresionismo abstracto? ¿Qué pinturas son esas? Esos cuadros los podría pintar un niño de quince años…, un niño de quince años que no supiera pintar. ¿Quien quiere ver cosas desagradables? Necesitamos rodearnos de cosas bonitas, de cosas que nos hagan más placentera la existencia. ¿Quién adornaría el salón de su casa con una obra de Pollock? Yo no. Y también existe el extremo opuesto, ese tal Rothko, cuyas obras son decorativas, pero exclusivamente decorativas: no nos interpelan, no trascienden, no nos dicen nada. Son peores que las de Mondrian. También son decorativas las hileras de las casetas a rayas azules y blancas que se extienden a lo largo de la playa del Lido, con sus estandartes de colores…, pero sólo un osado se atrevería a decir que son arte. Tiene más arte cualquiera de los trabajadores que observamos ayer en Murano mientras fabricaban aquellas encantadoras figuritas de cristal que todos estos cantamañanas. Y la culpa no es sólo suya. También es culpa de toda esa prensa estúpida que no sabe de que habla. El New York Times, sin ir más lejos, me calificó como una “pintora de temas florales”. Serán idiotas… Apenas aparecen flores en mis cuadros. Pero eso no es lo peor… Lo peor es el tono peyorativo… Cómo si no se pudieran pintar flores. ¿No son acaso los estudios de flores y plantas de Durero una de las cimas del arte universal?¿No son artísticos los girasoles y los lirios de van Gogh? Hoy en día está completamente prohibido representar la realidad. Tabú. El arte no puede tener relación alguna con el mundo que nos rodea. Ni con hombres, ni con mujeres, ni con niños. Ni con árboles, ni con flores, ni con plantas. Ni con mares, ni con desiertos, ni con montañas. Sólo geometría, estéril geometría. Rayajos y pegotes de pintura repartidos alocadamente a lo largo y ancho del lienzo. Un lienzo, pobrecito mío, que no puede negarse al ultraje al que se ve tan vilmente sometido. La gota que ha colmado el vaso ha sido la obra “Mierda de artista”, unas latas llenas, supuestamente, de mierda y firmadas por ese descerebrado de Manzoni. Victoria estaba absolutamente espantada. Tan espantada como yo misma. Hemos salido inmediatamente de la exposición, conteniéndonos las ganas de vomitar. Hacía una noche espléndida y el largo paseo por las callejuelas de Venecia nos ha sentado de maravilla, pero hay cosas que ni se olvidan ni se perdonan. Arte conceptual lo llaman. Yo creo que el sitio adecuado para las ideas, las teorías y los conceptos son los libros, no las obras de arte. Y, desde luego, si esa aberración contiene algún concepto, se trata, sin duda, de un concepto de mierda. En eso no se equivoca el autor. En lo que sí se equivoca es en que él sea un artista. Autodenominándose artista, Manzoni intenta elevar su cagada a la categoría de obra de arte. Pero la relación causal es la opuesta: no es que las obras de arte sean aquellas cosas que hacen los artistas, sino que los artistas son aquellas personas que hacen las obras de arte. Y como una mierda no es una obra de arte, sino una mierda, Manzoni no es un artista, sino un cagón. En fin…, creía que nunca tendría que escribir esto, pero, hoy por hoy, el arte ha muerto. Esperemos que resucite algún día.

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