Pinktoes (IV)

Chester Himes













HARLEM U. S. A.
UNA FIESTA EN CASA DE MAMIE MASON

NATURALMENTE, Juanita Wright no tenía la menor intención de asistir a la fiesta de Mamie. Pero los demás concurrentes creían que se daba en su honor, por lo tanto la fiesta estuvo muy lucida.

El alcohol corría a raudales y la conversación era animadísima. Joe Mason peroraba con elocuencia sobre el sufragio negro y su verdadero significado en el equilibrio del pueblo.

—Es una cuestión de economía —observó el doctor Stone, cuyo rutilante maquillaje blanco brillaba bajo la discreta iluminación.
—¿Qué es una cuestión de economía? —quiso saber el doctor Garrett, agitando su nívea cabellera, mientras su perilla temblaba.
—Pues el problema negro, naturalmente —respondió el doctor Stone.
—Siembra dólares y recogerás votos negros —terció con cinismo Moe Miller, el águila negra de la prensa.
—Yo creo que es algo de carácter más bien psicológico, —opinó el doctor Billings Brown.
—La solución al problema hay que buscarla en la educación—, afirmó el doctor Kissock, con su rostro sonrosado, teñido por un rubor hijo de la buena voluntad y del whisky fuerte, sin mencionar la proximidad física de los negros, que le encendía la sangre.
—Mamie está muy desmejorada —observó una señora.
—Es que se ha puesto a régimen —explicó su compañera.
—Pues me han dicho que sigue comiendo como si tal cosa.
—No seas tonta, querida, que no se las traga.

Mamie sonrió maliciosamente.

—Los rusos son peores que los judíos —dijo Lorenzo Llewellyn, que había denunciado recientemente al Partido Comunista después de estar afiliado al mismo diecisiete años.
—Una pariente lejana mía, prima en tercer o cuarto grado, se casó con un ruso —confesó el doctor Garrett—. Era un príncipe que conducía un taxi…
—¿Un ruso blanco? —preguntó el doctor Stone con ansiedad, como si pensara que le podía prestar un poco de blanco, para compensar el que le faltaba.
—Oh, sí, blanco, desde luego. ¿Es que hay rusos negros?

El rostro achocolatado de Jonah asumió la expresión deferente adecuada para contestar a un distinguido caballero blanco, en especial si éste hace una pregunta sobre los rusos.

—Sí, señor, hay muchos. Toda una nación de rusos negros. Georgia.
—¿No será nuestra Georgia? —articuló con interés una señora blanca.
—No, es su Georgia—, contestó Jonah.
—Mamie, querida, estás lo que se dice estupenda —la cumplimentó Brown Sugar.
—…es de Lord & Taylor, cielito —farfulló Mamie, refiriéndose al ajustadísimo vestido de raso negro, talla 12, cuyas costuras parecían a punto de reventar.
—¡Hay negros en todas partes! —dijo, retador, Brooker T. Henry, jefe militante de un sindicato negro—. Franceses negros, ingleses negros, chinos negros…
—¿De veras? ¿Dice usted chinos negros? —le interrumpió el doctor Kissock, con expresión de sorpresa en su rostro rubicundo de cupido—. ¿En el Sur de China?
—Me han dicho que Mamie tiene cáncer de recto —susurró una señora.
—No me sorprendería, querida —le contestó su acompañante, en el mismo tono.
—La han nombrado corresponsal en el divorcio de quien tú sabes.
—Ya lo sé, la cosa tuvo lugar aquí mismo, en este sofá.
—Me dijeron que él era homosexual.
—Eso le importa poco a Mamie, mientras él sea rico, blanco y tenga una cosa.
—No estés tan segura de que la tenga, querida.

Su compañera rió, taimada.

—La dejó al cabo de seis meses para irse con otra —dijo el doctor Garrett—. Nunca aprenderemos a no fiarnos.
—¿De quién? ¿De los hombres o de las mujeres? —preguntó Merto.
—¡El pollo está a punto! —gritó desde la cocina Aquilla, la doncella de Mamie—¡Vengan a comerlo!

El doctor Stone se llevó un susto tremendo. Creyó sin duda que la doncella se refería a él.

Edward Schooley llegó a tiempo para comer el pollo frito, pero estaba demasiado bebido para hincarle el diente. Dirigió una sonrisa aturdida a los presentes, murmurando con voz estropajosa:

—Gracias… a todos… Mamie, querida… lo considero un gran honor…

Después cruzó tambaleándose el living room, se metió en el dormitorio, se dejó caer de través en la cama y se quedó inmediatamente dormido.

—¿Te gusta la carne oscura o clara, cariño? —le preguntó la doncella de Mamie a una de las señoras blancas, sentadas a la mesa de la cocina, con un tono más categórico del que parecía necesario.

Esto dio pie a Moe Miller para decir:

—Yo sé la parte que le gusta a Joe.
—La que hay después de la cerca —sugirió Art Wills, tratando de ayudar.
—Tú no conoces a Joe. Siempre empieza con la carne blanca.
—Ah, la pechuga —dijo Art.

Joe miró a Mamie con timidez.

—La pechuga de pavo.

Mamie rió con indulgencia.

Dijo entonces Moe:

—Mamie, tu marido siempre busca tres pies al gato. ¿No tienes bastante pechuga para tenerlo satisfecho?
—Esa no se come —dijo Joe, en suave tono de reproche.

Los doctores Garrett, Stone y Kissock escuchaban atentamente, con semblante grave.

—Decías que lo que comías era pechuga, ¿no? —dijo Moe, acusador.

Joe parpadeó exclamando con tono inocente:

—Cuando a Suecia fueres, come lo que vieres.
—Esto no es lo que dijiste entonces. Hacías tanto ruido comiendo, que me despertaste.
—Pechuga.
—Eso es lo que digo. Mamie, pregunté a tu marido qué estaba comiendo, él me dijo que pechuga y yo le pregunté entonces de dónde había sacado un pavo a aquella hora de la noche; entonces él me dijo que no era turco, sino sueco.
—Yo no dije nunca que no prefiriese la pechuga de pavo…
—Dijiste que la pechuga sueca era la mejor pechuga que habías probado, y tú te criaste en una granja avícola donde tenían pavos.

Los doctores Garrett, Stone y Kíssock soltaron la carcajada al unísono.

—Eso me recuerda aquel cuento de Faulkner —dijo el doctor Kissock—. Aquel tipo que estaba loco por un caballo.
—Come el pollo con las manos, chica. ¿Dónde has aprendido esos modales tan finos?

La doncella de Mamie se dirigía en tono desdeñoso a Kit Samuels, Ia monísima rubia casada con el atlético Isaiah Samuels, profesor de literatura inglesa en un colegio para señoritas del norte del Estado.

En un rincón, las chismosas continuaban chismorreando.

—Tenía una solitaria, pero voluntariamente, hijita.
—¿Para adelgazar? ¡Pero, santo Dios!, esto debe de ser peligroso.
—Oh, no, cuando quiere matarla, toma un enema venenoso.
—Pero, ¡Dios del cielo!, esto debe de ser malo para los tejidos orgánicos.
—Te aseguro que esto no hace daño a nadie.

La morenita Lucy Pitt, que acababa de llegar con el gran productor liberal blanco Will Robbins y la divorciada rubia Fay Corson, resbaló en el linóleo de la cocina y cayó sentada. Su falda se levantó, revelando con toda claridad aquel sitio de donde vienen los niños, dígase lo que se diga sobre la cigüeña.

La perilla del doctor Garrett tembló convulsivamente y por un momento pareció a punto de… ejem… pegar a la chica allí y en aquel lugar.

Pero el doctor Stone estaba tan atareado lamiendo unos jugos imaginarios de una fuente imaginaria, que no observó la reacción de su colega.

El corpulento y apuesto párroco negro de una de las iglesias más importantes de Harlem, el reverendo doctor Mike Riddick, un hombre muy religioso que estaba dando masaje pacientemente sobre el muslo de Kit Samuels, que tenía un calambre, mordió el muslo de pollo con tal fuerza, que hizo astillas el hueso y saltó parte del esmalte de su canino.

—Señor, vela por su recato —rezó fervorosamente, mientras que al propio tiempo su manaza negra se cerraba con ademán tan protector sobre las partes íntimas de la blanca Kit, que ella se preguntó a qué recato se refería.
—La pobrecilla se ha hecho pupa —murmuró Mamie solícita, examinando tan meticulosamente los sedosos muslos morenos de Lucy, para ver si hallaba en ellos señales de contusiones, que despertó las sospechas generales—. Mike, ayúdale a levantarse.
—Dios proteja a los desvalidos —exclamó solemnemente el reverendo Riddick, arrodillándose ante la niña.
—Permítame que le ayude —se ofreció el doctor Kissock, pasándose una lengua puntiaguda por sus labios húmedos y rojos.
—¡Arriba! —ordenó Mamie con voz perentoria—. ¡Arriba, pero no encima!

Entonces, el reverendo Riddick levantó a la desvalida criatura, sentándola en una silla que trajo la doncella, no sin lamentables consecuencias para sus pantalones eclesiásticos, que no habían sido confeccionados previendo semejante contingencia.

En el living room, el afable Arthur Tucker, ayudante especial del presidente, el caballo negro de las celebridades blancas de Mamie, dominaba con su estatura a Maiti Brown, esposa del doctor Baldwin Billings Brown, atisbando al interior de su escote con una expresión húmeda y fija, como si estuviese hipnotizado.

—¡Cielos, qué pecho tan maravilloso tiene usted! —gritó con vehemencia—. ¡Es magnífico! ¡Nunca he visto otro igual! ¡Verdaderamente extraordinario! —Se frotó las manos con incontenible entusiasmo y rugió—: ¡Estupendo! ¡Es una pareja perfecta! ¡Qué coloración tan exquisita! Y además, son enormes. Son tan grandes como ubres de elefante; apuesto un año de paga a que lo son. A ver, permítame medirlos.
—¡No, no! —gritó Maiti, alarmada. Su cara ancha, brillante y de nariz ganchuda parecía la de un águila sorprendida.
—Arthur está ebrio —murmuró Mamie, satisfecha.
—Sólo con las manos —insistió él, amenazando con el índice a Maiti, para convencerla—. Nada de instrumentos.
—¡No, por favor! —gritó ella, retrocediendo horrorizada.
—¡Estupendo! —gritó él con ardor—. ¡Vaya sitio para ahogarse!
—¡Apártese, no se atreva a tocarme! —gritó ella aterrorizada.

Mr. Tucker era un hombrecillo frágil y Maiti era una negra corpulenta, de aspecto enérgico, imponente y al parecer dominante. Tenía la tez bastante clara, pesaba noventa kilos y frisaba en los cincuenta años. La idea de Tucker, ahogándose en su amplio seno, no era tan absurda como aparentaba.

—¡Ah, Maiti —rugíó Tucker con tono pesaroso—, ¡qué festín, si yo fuese Botticelli! Nunca estaría saciado. ¡Ah, qué regalo para el arte! ¡Qué regalo para la humanidad! Podría usted alimentar a los hambrientos del mundo, puestos en fila, déjeme que le demuestre…

Pero Maiti se levantó antes de que él pudiera demostrar nada, empequeñeciendo su frágil figurilla con sus imponentes proporciones y arrollándolo casi y aplastando su corazón apasionado al emprender la huida hacia el dormitorio, presa del pánico. Mr. Tucker se fue en su seguimiento con el rostro arrebolado. Nunca pudo saberse cuáles eran sus intenciones, porque ella le dio con la puerta en las narices y él se retiró con el rabo entre piernas, murmurando entre dientes:

—Santo Dios, qué ración.

Mamie le lanzó un guiño cuando pasó junto a él, dirigiéndose a consolar a su aterrorizada invitada.

—Se proponía violarme —susurró Maiti sin aliento.

Schooley se incorporó de pronto y la fulminó con una severa mirada de indignación.

—Nada de eso —dijo, meneando negativamente la cabeza—. Sólo estaba soñando.
—Iba a violarme ahí afuera, en presencia de todos —sollozó Maiti, sin hacer caso del indignado Schooley. Una lágrima se deslizó por su mejilla morena y ancha, junto a su nariz aguileña.
—No llores, hijita —le dijo Mamie—. Ya tendrás más suerte otra vez.
—Nunca he violado a una mujer en mi vida —protestó Schooley.

Maiti clavó la mirada en él.

—¡Aunque quisieras no podrías, so borracho!

En la más completa ignorancia de aquella tragicomedia, los reunidos en el salón se lo estaban pasando a todo dar, como se dice vulgarmente.

Julius decía:

—Y él dejaba el trabajo tres o cuatro veces al día para volver a casa, abrirle bien las piernas e inspeccionar si la habían utilizado.
—¿Y qué esperaba encontrar? —preguntó Art—. ¿Una que alguien se hubiese olvidado allí?
—Pues un día la patrona entró cuando estaba entregado a esta operación y le preguntó que qué demonios le hacía a su esposa, y él, con la mayor desvergüenza, dijo que estaba soplando para enfriarlo.

Moe Miller cruzó el saloncito camino del lavabo. Instantes después, un hombrecillo vivaracho pasó como una exhalación, en la misma dirección. Pero cuando llegó, Moe salía.

—¡Oh! —dijo el hombrecillo vivaracho, desilusionado—. Discúlpeme.
—Por nada —dijo Moe.
—Desde luego que no —contestó el hombrecillo vivaracho.

En un ángulo del living room, Wallace Wright contaba a Jonah Johnson lo que pasó en uno de sus viajes aéreos a Europa, durante la guerra.

—Me detuve en Londres en el curso de mi viaje a Nápoles, para informar a Winston de la grave situación surgida entre nuestros soldados blancos y negros en lo tocante a las diversiones de que disfrutaban cuando no estaban de servicio activo.

Jonah asintió con gesto comprensivo, bebiendo con avidez las palabras del gran hombre.

—Acerté al suponer que el Alto Mando de Londres no había expuesto el problema a Winston…
—Churchill —completó Jonah, haciéndose el enterado.

Wallace enarcó las cejas.

—¿Es que hay algún otro Winston?
—La última vez que vi a Churchill, es decir, cuando hablé en…

Pero Wallace no estaba dispuesto a tolerar que otro llevase la voz cantante en su presencia.

—Por mis conversaciones anteriores con Winston, supe que deseaba hallarse al corriente de todo cuanto sucedía en el seno de nuestras fuerzas armadas. Naturalmente, Winston me invitó a cenar en el nº 10…
—De Downing Street —puntualizó Jonah.

Esta observación, por supuesto, era demasiado ridícula para merecer comentarios.

—Antes de salir de Londres, abordé de nuevo la cuestión de la integración con Ike. Como le señalé a Ike…

Jonah se reprimió a tiempo de no cometer la imprudencia de decir «Eisenhower», limitándose a carraspear.

Wallace le dirigió una severa mirada.

—Le dije a Ike que, durante aquella fase crítica de la guerra, era cuando la integración podía realizarse mejor. Ike se mostró de acuerdo conmigo, prometiéndome hacer los mayores esfuerzos por lograrlo, mientras ello no obstaculizase la actuación de sus fuerzas. No obstante, como enseña la historia, la actuación magnífica de nuestros combatientes de color, ha creado…
—¡Muchos niños morenos! —dijo Jonah, triunfante.

El doctor Garrett evocaba sus recuerdos al doctor Stone:

—Una vez tuvimos una doncella sueca… una chica alta y airosa, de muy buenos modales.
—¿Cree usted realmente que las suecas pueden… ejem… con hombres de color? —preguntó el doctor Stone.
—Oh, sí. Estoy seguro de ello. En Suecia, por supuesto.
—¿De veras? ¿Con individuos tan negros como Joe y Moe?
—Leí una vez un libro escrito por un joven negro de mucho talento. Se titulaba —se inclinó discretamente hacia el oído del doctor Stone—: Cuanto más negra sea la baya, más dulce será el jugo.
—Ja, ja —rio el Dr. Stone—. Ja, ja. Muy bueno. Cuanto más dulce sea la baya, más dulce será el jugo.

A corta distancia de allí, Willard B. Overton hablaba de política con una señora blanca, alta, morena y exquisitamente vestida.

—Naturalmente, tenemos que efectuar una campaña a su favor porque en esta coyuntura es de una importancia vital, por no decir imperativo, erigir una imagen. Supongo que usted ya entenderá.
—Sí, le entiendo perfectamente —repuso ella—. Quiere usted decir ponerla en erección.

Mr. Overton parpadeó, desconcertado. El ingenio era la única cosa de que la había considerado inocente.

—Exactamente, erigir su imagen. Pero desde luego, como usted comprenderá, nuestra organización es apolítica. Entre las personas que nos ayudan hay personajes de los dos principales partidos políticos, y nuestros miembros proceden de todas las razas…
—Así confío que sea —dijo ella—. Quiero decir inter-racial.

Mr. Overton tragó saliva de pronto.

—Exactamente —confirmó—. La finalidad, desde luego, el único problema principal…
—Es el problema negro, claro.

La señora le dirigió una sonrisa intelectual.

—¡Ejem! ¿Cómo dijo usted que se llamaba?
—Merto —contestó ella, aunque no lo había dicho antes. Indicó con la cabeza al hombrecillo vivaracho, que escuchaba a Moe Miller, el cual enumeraba los méritos respectivos de los caballos y los asnos como sementales:
—¡En cualquier momento! En cualquier momento es posible que un asno le quite una yegua a un garañón… —dijo Will Robbins—. Es algo que pasa en los círculos más distinguidos.

Intervino Joe para decir:

—Pero sólo pueden engendrar mulos.

Moe se echó a reír.

—Pues no será porque no lo intentan.
—Ese es mi marido —dijo Merto.
—¿Se refiere usted a Maurice?

Ella asintió con animación.

—¿Así, usted es la señora de Gordey?
—Sí, por desgracia, aunque…
—Aunque… —Él se reprimió—. ¿Qué?
—Cada vez que trato de ayudarlo, él me pega.

Hablaba con voz rápida y sin aliento.

Él parpadeó de nuevo.

—Ah, sí… perdone, pero no creo haberla entendido bien. ¿Ha dicho usted que le pegaba?
—Y de qué manera.

Dirigió otra mirada furtiva a Maurice, que entonces se iba en pos de Moe hacía la cocina. Maurice era un hombrecillo insignificante, de cara muy colorada, ojos azules lacrimosos y cabello ralo y canoso, que parecía tener más de sesenta años. Merto le pasaba toda una cabeza, pesaba cinco kilos más que él y tenía la mitad de sus años, por lo menos.

—Pues no parece muy fuerte —aventuró Willard.
—No lo es. Lo que pasa es que yo no me defiendo…
—Ah, vaya… pero, ¿por qué?
—Sólo porque siento interés por el problema negro.
—Ah, ya comprendo. No quiere que usted consagre su tiempo y su dinero a nuestra organización.
—No se trata de mi tiempo ni mi dinero.
—Ah, le molesta que se entregue usted… ejem… —De pronto pareció comprenderlo todo—. ¿Es eso lo que usted ofrece?
—Piense en todos los negros oprimidos —dijo ella.

Overton pensó en ellos y se sintió algo intimidado.

—Y él… ejem… le pega por su generosidad.
—No se trata de mi generosidad. Me pega para hacerme cantar, por si quiere usted saberlo.
—Ah, quiere usted decir para que le diga… ejem… es decir…
—¿No le parece horrible?
—Qué bruto, pegarle de ese modo.
—Oh, pero si yo no lo hubiese hecho, no habría nada que decir. Comprenda, ¿por qué tendría que pegarme entonces?

Overton carraspeó.

—Sí, en efecto. Tengo el coche ahí afuera y, es decir, si…
—Déjeme que me despida de Mamie y recoja el abrigo.
—Pero siento ser la causa de que le pegue, es decir…
—Oh, no me importa; en realidad no me hace daño, y creo que debo hacer algo por el problema negro.
—La esperaré abajo.

Mamie le acompañó a la puerta e hizo esperar a Merto cinco minutos. Aun así, el doctor Stetson Kissock enarcó ligeramente las cejas.

Cuando Julius Mason fue a la cocina para repostar, Kathy Carter lo abrazó y lo besó con gran competencia.

—¡Por fín! Estaba cansada de esperar que lo hicieses.
Julius la miró con interés.

Cuando Will Robbins fue a la cocina para repostar, ella dejó a Julius para abrazarlo y besarla con gran competencia, pues era más corpulento que Julius y, además, blanco.

—¡Por fin! Estaba cansada de esperar que lo hicieses.
—No tienes que esperar —dijo Will.

El interés de Julius se desvaneció.

Dijo Moe a Joe:

—Tu secretaría está repartiendo besos.

Dijo Joe a Moe:

—Mientras no me sea infiel.

Kathy abrazó a Joe y lo besó con competencia. Mamie entró en la cocina. Joe se fue como alma que lleva el diablo.

Julius volvió al saloncito.

Schooley llevaba la voz cantante.

—Con los hombres es distinto.
—¿Ah, sí? ¿Cómo es eso? —preguntó Art—. No hablamos de la diferencia principal, por supuesto.
—Los tamaños difieren —dijo Julius.
—No es eso —dijo Schooley—. Quiero decir que mientras nosotros nos vaciamos, las mujeres se llenan.
—¿Quieres decir por los conductos genitales? —preguntó Art.
—¡Se llenan! —protestó Lou—. No exageremos.
—Es una cuestión numérica —arguyó Art—. Las he conocido que rebosan.
—Vamos a ver, ¿cuántos harían falta para eso? —preguntó Lou.
—La cuestión no es esa —dijo Schooley—. Lo que yo me pregunto es por qué las mujeres viven más que los hombres.

Moe pasó de camino al lavabo. Cerró la puerta por dentro. Cuando llegó Maurice, encontró la puerta cerrada. Moe la abrió y salió. La mano de Maurice rozó casualmente la bragueta de Moe.

—Esto no me gusta —dijo Moe.
—Sólo te admiraba —dijo Maurice con voz quejumbrosa—. ¿No te gusta que te admiren?
—Esto es lo malo —repuso Moe, regresando apresuradamente al living room.

Se estaba haciendo tarde. Las caras encantadoras, cuidadosamente empolvadas y vueltas a empolvar, se abandonaban a la grasa y al sudor. Los labios que habían probado el pollo frito estaban recubiertos de grasa de freír.

El doctor John Stetson Kissock se disponía a marcharse en compañía de Wallace Wright. Mamie le ayudó a ponerse el abrigo. Cuando Wallace se fue de nuevo a vaciar la vejiga, Mamie dijo al doctor Kissock:

—Quédate, Joe se va a Buffalo mañana por la tarde.
—No puedo.
—Sí puedes. Podrías marcharte mañana a medianoche.
—Imposible. Anna me espera.
—Dile que te retuvieron. Algún asunto judicial. Tienes que hacerle justicia.

El rubor tiñó el rostro de cupido del doctor Kissock y se pasó la lengua por los labios húmedos y rojos.

—Me gustaría mucho hacerle justicia, pero no puede ser. Ahora le toca a Anna. Ja, ja, la justicia tiene que atender a demasiadas demandas… —Se interrumpió cuando vio acercarse a Wallace y dijo—: Tienes que venir a visitarnos, querida. A Anna le encanta verte.
—Te prometo que iré a veros la próxima vez que vaya a Washington. Da afectuosos recuerdos a Anna.

Lo besó en las dos sonrosadas mejillas. Él le dio unas afectuosas palmaditas en el hombro. Su calva sonrosada brillaba.

—Me he divertido mucho, Mamie, cariño —dijo Wallace.

Ella besó a Wallace en la boca.

—Me alegro, cielito mío. Buenas noches. Di a Juanita que me llame.

Cuando la puerta se hubo cerrado detrás de los distinguidos huéspedes, ella murmuró entre dientes:

—Ya le arreglaré a ese asqueroso mulato, por no traer a Juanita.

Afuera, en el corredor, Wallace escupió y sacó el pañuelo para borrar las huellas del beso. El doctor Kissock lo contempló con disgusto.

Wallace era pequeño, rubio y usaba un bigotillo de ese color; parecía tanto un blanco que sus amigos blancos encontraban extraordinariamente difícil, en realidad muy irritante, verse obligados a acordarse de que era un hombre de color.

—Es una mujer deliciosa, ¿eh, Wallace? —afirmó el doctor Kíssock.
—Desde luego, desde luego. Siempre en la vanguardia de la lucha

El doctor Kissock sonrió para sus adentros.

En el living room, una señora blanca de aspecto distinguido, al observar que un joven moreno la miraba fijamente, rompió en copioso llanto.

El joven moreno se acercó a ella, alarmado, para preguntarle:

—Pero, ¿qué le pasa, señora?
—Es usted igual, igualito que Jackson —dijo ella, con voz entrecortada por los sollozos—. Pobre Jackson. Con lo valiente que era. A pesar de todo, siempre estaba riendo.
—No llore usted, señora; todos tenemos que morir.
—Oh, Jackson no ha muerto. El que ha muerto es mi marido.
—¿Y qué fue de Jackson?
—Ya no tenía dinero para seguirlo pagando. ¡Con lo buen chófer que era! Y con la piel negra tan encantadora que tenía.

El joven moreno se echó a reír.

—¿Y usted cree que yo me parezco a él?

Ella enjugó su llanto y lo miró con suma atención.

—Acaso no sea usted tan alto, y me parece que no es tan rollizo como Jackson —tenga usted en cuenta que lo alimentábamos muy bien— y… hum… sus facciones son algo distintas, son un poco más angulosas que las de Jackson. Pero es tan negro como él —dijo, arrobada—. Y además, sin duda es usted poeta también, ¿no es verdad?

Naturalmente que era poeta. Así es que ambos se fueron juntos para hacer poesía.

El doctor Oliver Wendell Garrett se disponía a marcharse con el corresponsal de guerra Jonah Johnson. El novelista negro Lorenzo Llewellyn se proponía acompañar al doctor Garrett a su hotel, para hablar con él de la solicitud que había presentado a la Fundación Rothschild. Pero parecía que alguien hubiese encerrado a Lorenzo en el retrete, o bien que se hubiera encerrado él mismo, perdiendo después la llave. Entonces Jonah se ofreció a acompañar al Dr. Garrett.

Mientras Jonah ayudaba a Joe y Kathy Carter a buscar la llave perdida, Mamie ponía el abrigo al doctor Garrett.

—¿Qué tal esta noche —le preguntó él—, cuando se haya ido toda esta gentuza?
—Esta noche, no. Joe se queda.
—¿Entonces por qué no sales y lo plantas?
—No puedo.
—Mañana por la noche, pues.
—No, mañana tampoco. Joe no se va hasta pasado mañana.
—Me ha dicho que se iba mañana por la tarde.
—Se ha armado un lío. Mañana tiene una junta con el… ejem… látigo (Whip).—dijo, por decir algo.

Él la miró con atención.

—¿También le enseñaste eso?
—Oh, no me refiero a ese látigo, sino al del partido.
—Bien, quedamos en que la noche después de mañana.
—Tendrá que ser después.
—Para entonces, Abby ya estará de regreso.

Ella observó que Jonah se aproximaba y se apresuró a susurrar:

—Ya te telefonearé.

El doctor Garrett la besó paternalmente en la frente. Ella le hizo una reverencia.

—Gracias por haber venido, Ollie.
—No me he venido en absoluto —murmuró él.

Jonah estrujó entre sus brazos a Mamie y le deslizó la llave perdida en la mano. Ella le dirigió una sonrisa de complicidad.

Una señora confió a otra que Joe se divorcíaba en secreto de Mamie y había nombrado corresponsal nada menos que a Maurice Gordey. «¿Te imaginas? Pues bien, querida, él es blanco, ¿no es verdad?, y tiene ese color desde hace mucho tiempo. Pero, hijita, figúrate, le gustan unas cosas… Y a Mamie también, querida, así podrán compartirlas».

Bessie Shirley hizo que Arthur Tucker, que estaba sentado en el brazo de su butaca, le tocase sus lentes de contacto.

—Son fríos —dijo él.
—No lo son —dijo ella—. Son calientes.
—¿Y no notas mi dedo?
—No está en el sitio adecuado.
—Caramba, que piel tan hermosa y morena tienes, parece granizada de café.
—¿Te gustaría probarlo?

Él se acercó tanto para mirarle los ojos, que le tocó casualmente la nariz con los labios.

—Son grises —dijo él.

Ella hizo un mohín de disgusto.

—No, que son castaños. Los lentes son grises.

Él le rozó casualmente los labios con la lengua.

—Imagínate eso —le dijo.
—No lo dejas a la imaginación —repuso ella.
—Pues conseguiste engañarme.
—No lo creo. La viste desde el primer momento.

Su mano rozó casualmente la parte descubierta de su pecho.

—Es que soy un hombre tan ocupado…
—No mientes —dijo ella—. Pero tienes las manos frías.
—Manos frías, corazón ardiente —dijo él.
—Estoy dispuesta a asegurar que tienes un corazón ardiente, monín— dijo ella, agarrándolo para cerciorarse. Si antes no estaba ardiente, entonces lo estuvo.

Y cuando él vio que Maiti Brown se iba en compañía de su marido, el doctor Baldwin Billings Brown, y el doctor Carl Vincent Stone, pensó en aquellos magníficos depósitos de leche y se le puso pero que muy ardiente.

Will Robbins se fue furtivamente con Kathy Carter, pues vio que la chica estaba ya cansada de esperarlo, dejando que Fay Corson y Lucy Pitt se las arreglasen como pudiesen.

Fay Corson se acercó a Julius Mason.

—Tienes unos ojos muy tristes.

Pero le bastó una mirada a los de ella para que él se alegrase lo indecible de que estuviesen tan tristes. Poco después se fueron juntos para hacer algo relacionado con los ojos, probablemente para ver a un oftalmólogo.

Lucy Pitt quedó desamparada, pero el reverendo Mike Riddick se apiadó tanto de su soledad, que se ofreció muy gustoso a acompañarla.

—Llevaré a esta pobre chica a su casa, Mamie, y me ocuparé de meterla en la cama. —Se interrumpió—. Vive sola, ¿verdad?
—Su marido está haciendo el servicio militar.
—¿En un campamento?
—En California.

Él suspiró para expresarle su simpatía.

—Que Dios bendiga a nuestros soldaditos. Yo me ocuparé de que nada le falte a su linda compañera.
—Ten cuidado —le advirtió Mamie—. Ella no está en condiciones de luchar.
—Rezaré por la chica.

Nadie vio partir a Moe Miller. La última vez que le vieron, estaba en la cocina hablando con Joe. Maurice estaba sentado en la mesa contigua. De pronto, la naturaleza le jugó una sucia treta a Maurice, que tuvo que saltar de la mesa e irse corriendo solo al retrete. A su regreso, Moe ya se había ido. Entonces Maurice se fue en compañía del joven y eminente novelista negro Lorenzo Llewellyn.

—¿Conseguiste verlo? —le preguntó Lorenzo con avidez.

Maurice suspiró pesaroso.

—No, pero me han dicho que no vale nada.

Con tantas partidas, las ocasiones empezaron a escasear y la fiesta tomó un sesgo menos delicado.

Milt Shirley trató de zaherir a Arthur Tucker, diciendo que los blancos le exasperaban. Bessie Shirley le afeó su conducta y le dijo que debía avergonzarse. Él replicó que se avergonzaba. Arthur Tucker dijo que tenía un ojo inflamado. Bessie Shirley dijo que se lo lavaría con agua fresca. Ambos se encaminaron al lavabo. Cuando abrieron la puerta, Eddy Schooley los saludó. Estaba gloriosamente desnudo, con excepción de una guírnalda hecha con las toallas estampadas de Mamie, que se había colgado del cuello.

—¡Gritemos todos viva Baco! —vociferó—. Empieza la bacanal.
—Míra el vientre que tiene Schooley —observó Brown Sugar.
—Pero es ágil —replícó Art, rodeándola con un brazo protector.

El Baco reencarnado y metido en carnes daba brincos y se retorcía con tan alegre abandono, que suscitó considerable recelo en cuanto a sus intenciones.

—¿Es dante o tomante? —se oyó preguntar a una voz femenina.

Pero bastó una simple mirada a Schooley para informar a los iniciados de que no tenía nada de dante.

—Sólo hace un pequeño estudio sobre el alcoholismo —explicó Lou Reynolds, para conocimiento general—. Será el tema de su próximo libro.
—¡No te acerques a él! —dijo con aspereza Cleo Daniels, esquivándolo cuando aquél se contorsionó a pocos centímetros de su cara.

Mamie intervino para llevárselo bailando a la cocina, donde ambos bebieron juntos. Después de una última contorsión, Baco se desplomó en el santo suelo.

Entre Milt Shirley y Joe Mason arrastraron al postrado Baco al dormitorio, pero Bessie Shirley ya se había adueñado de la cama y se dedicaba a curar el ojo inflamado de Arthur Tucker, aunque el lugar donde practicaba la cura parecía un sitio verdaderamente raro para un ojo. Entonces tendieron a Baco para que descansase, en el diván del saloncito, tapándolo con un edredón.

Milt Shirley desapareció.

Art se había arrimado tanto a Brown Sugar en el sofá del living room, que parecía como si quisiera convertir a su espalda en melaza. Rodeó con gesto protector los hombros de la chica con su fuerte brazo derecho, para defender su sensibilidad contra las incitantes realidades del capítulo décimo-cuarto de su vida, subtitulado Yo y el sexo. Pero ella se mantenía en sus trece, aunque esto no excluía la posibilidad de que diese su brazo a torcer antes de que terminase la noche.

Aquilla, la doncella de Mamie, circulaba por el departamento estrechando las manos de los restantes invitados y preguntándoles si lo habían pasado bien. Se dirigió tambaleándose a la puerta, se volvió al llegar a ella, saludó con la mano, dijo adiós a todos y se fue.

Cleo Daniels se fue a la cocina, se sentó en la mesa y se quitó zapatos y medias. Panama Paul, aquel corpulento e impresionante actor negro que inmortalizó la figura de Pie Caliente en aquella famosa película de tema racial, El negrito que leía y corría, se sentó a su lado para descalzarse también y quitarse los calcetines. Compararon sus pies, un pie blanco y un pie negro. Él los tenía mucho más grandes, aunque ella no fuese precisamente una Cenicienta. Ella saltó al suelo e hizo un paso de ballet. Él la imitó y se puso a hacer la rosca. Vieron que podían formar una pareja y presentarse en Broadway, y entonces se fueron al saloncito y empezaron a poner blues en el tocadiscos. Ella se sentó en el diván, recostándose en el Baco dormido. Él se sentó en una silla frente a ella sacándole su larga lengua roja. Ella puso sus pies blancos sobre sus rodillas y abrió bien las piernas, para que él pudiese ver sus pantaloncitos negros de nylon, ribeteados de pelo castaño entre sus hermosos muslos blancos. Ni qué decir tiene que él miraba y se relamía, mientras ella removía los pies sobre sus rodillas.

Ray Daniels entró en el saloncito, se sentó y dirigió una mirada furibunda a Cleo, mirada que ésta le devolvió. Cambiaron varias miradas iracundas en silencio, mientras Panama Paul daba masaje a sus grandes pies blancos con sus manazas negras y tarareaba un blues.

Cleo y Ray llevaban cinco años de casados, pero él nunca le había dado masaje en los pies. Tal vez fuese ésta la razón que impulsó a Cleo a divorciarse. De todos modos, a él nada le importaba quién diese masaje a sus pies entonces.

—¡No te quedes ahí como un pasmarote, mirándome los pies! —le espetó ella.
—No te miro los pies —aseguró él.
—¿Qué pies miras, pues?
—No miro los pies de nadie.
—Entonces, deja de mirar a donde sea que mires.

Panama Paul cantaba en voz baja:

—Una serpiente negra chupa la lengua de mi jinete…

Ray Daniels se levantó de un salto y le dio una bofetada a Cleo. Panama Paul se levantó igualmente y trató de detener a Ray Daniels, Cleo quiso tirar su vaso de whisky a la cara de Ray, pero no acertó, se equivocó y lo tiró a la cara de Panama.

Entonces entró Mamie y creyó que ambos atacaban a Panama. Mamie no estaba dispuesta a permanecer mano sobre mano viendo como sus invitados blancos agredían a sus invitados de color, a menos que llevasen las de ganar. Así es que ordenó a Panama Paul que soltase a Ray Daniels y saliese de su casa. Panama Paul soltó a Ray Daniels, se sentó y recogió los pies de Cleo.

Cleo dijo.

—Mamie, eres asquerosa.

Mamie contestó:

—Sí, porque no duermo con gatos.

Cleo tenía tres gatos siameses, tres hembras castradas, que vivían con ella en la habitación que ocupaba en Greenwich Village, paseando sobre su cama y trepando por una red de pescar que ella había colgado en la pared para que la utilizasen sus gatas. Éstas se habían vuelto extrañamente gordas y panzudas, como eunucos felinos, pero Cleo las amaba con pasión y se mostraba muy sensible a las críticas que se hiciesen sobre ellas.

Por esto le contestó acerbamente:

—No, tú sólo duermes con ratas.
—Pero al menos no son ratas castradas —repuso Mamie.

Milt y Bessie Shirley y Arthur Tucker se despidieron y salieron juntos. Mamie rió extrañamente y escribió varias líneas en su pequeña agenda mental negra.

Como no encontraba interlocutor después de la partida de Moe, Joe se quedó en el saloncito, contando a Cleo y Ray Daniels, y también a Panama Paul, su chiste sobre los elefantes:

—Naturalmente, el estudiante francés tituló a su tesis doctoral Les Amours des Eléphants; el ruso, La opresión de los elefantes bajo el imperialismo angloamericano; el italiano, Las glorias del antiguo imperio mastodóntico; el alemán, La desnazificación del elefante y otros antisemitas; el inglés, El elefante, disuasivo de la guerra, comparado con la bomba de hidrógeno; y el norteamericano, por supuesto, El elefante y el problema negro.

Nadie le hacía el menor caso.

Mamie escondió el whisky, diciendo que se había acabado.

La reunión se disolvió.

Mamie estaba contenta pero hambrienta. La fiesta fue un gran éxito. Aunque no hubiese pescado a Juanita, le había tendido una trampa y tarde o temprano caería en sus redes, revelando su calva intimidad. Mamie Mason tenía fe.

(Continuará...)

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