Martin Eden (XIV)

Jack London










CAPÍTULO XXXVII

LO primero que hizo Martin a la mañana siguiente fue contravenir tanto los consejos como las órdenes de Brissenden. Envió por correo La vergüenza del sol al Acrópolis. Creía poder conseguir que se la comprase alguna revista y que, a través de ésta, llegaría a las editoriales. Lo mismo hizo con Efímero. Pese al prejuicio de Brissenden contra esas publicaciones, lo que ya constituía una manía, Martin decidió que aquel gran poema debía imprimirse. Sin embargo, no pensaba hacerlo sin el permiso del otro. Su propósito era que lo aceptase una de las más importantes y, así equipado, forzar a Brissenden a que diese el permiso.

Martin comenzó aquella mañana un relato que planeara semanas antes y que, desde entonces, no le dejaba en paz con su insistencia para que lo escribiese. En apariencia, debía ser un relato de marinos, de aventuras en el siglo XX, con personajes reales, en un mundo real y en condiciones reales. Pero, debajo de la acción, habría algo más, algo que el lector superficial jamás iba a advertir pero que, por otra parte, no disminuiría en modo alguno el interés y la diversión de ese lector. Esto, y no el relato en sí mismo, era lo que impelía a Martin a escribirlo. En realidad, era el gran motif universal el que a Martin le sugería los temas. Una vez los había encontrado, buscaba los personajes adecuados y el momento y el lugar adecuados, para que alcanzasen universalidad. Atrasado fue el título que eligió, calculando que no excedería de unas sesenta mil palabras, una bagatela para su espléndido vigor de producción. El primer día, sintió la alegría del dominio de las herramientas. Ya no temía que las aristas estropeasen su trabajo. Los largos meses de estudio y de aplicación habían dado su recompensa. Ahora podía dedicarse, con mano segura, a ir desarrollando sus ideas. Conforme trabajaba, sentía, como nunca antes, el modo firme como aferraba la vida y las cosas de la vida. Atrasado sería un relato auténtico en sus personajes y sucesos particulares. Pero confiaba en que también contase algo que sería cierto en toda época, en todos los mares y en todas las existencias. Se dijo que esto se lo debía a Spencer. Sí, gracias a Herbert Spencer y a la clave de la vida, la evolución, que Herbert Spencer había puesto en sus manos.

Tenía consciencia de que estaba escribiendo algo grande. «¡Será bueno, será bueno!», se repetía de continuo. Sí, sería bueno. Al fin escribía algo que iba a interesar a las revistas. Todo el largo relato se le apareció como en relámpagos. Se interrumpió el tiempo justo de escribir algo en su libro de notas. Aquélla sería la frase final de Atrasado, pero, tan concienzudamente tenía planeado el libro, que podía escribir el final, antes de que llegase a ese final. Comparó su trabajo, aún incompleto, con aquellos que solía escribir acerca del mar y se dio cuenta de que era muy superior. «Sólo un hombre podía aventajarme —se dijo—, y ése es Joseph Conrad. E incluso él se entusiasmaría y me estrecharía la mano, mientras decía: “Bien hecho, Martin, muchacho.”»

Estuvo trabajando todo el día, recordando en el último momento que debía ir a cenar a casa de los Morse. Gracias a Brissenden, el traje oscuro estaba desempeñado y podía asistir a sus reuniones. En la ciudad, se detuvo lo suficiente para adquirir un libro de Saleeby. Compró El ciclo de la vida y, en el tranvía, estuvo buscando el ensayo mencionado por Norton y que se refería a Spencer. Mientras lo leía, Martin se iba enfureciendo. Se ruborizó, apretó los dientes e iba cerrando y abriendo los puños, igual que si estrujase algo desagradable, para exprimirlo. Al bajar del tranvía, andaba aún furioso y llamó al timbre de los Morse con tal fuerza que le hizo darse cuenta de su estado de ánimo, de manera que entró en la casa sonriendo y divertido por su actitud. Pero, en cuanto estuvo dentro, le acometió una gran depresión. Bajó del alto pedestal en el que se mantuvo con las alas de la inspiración. Volvieron a su mente todos los epítetos que les dedicara Brissenden, como «burgués» y «antro de mercaderes». Pero no importaba. Se iba a casar con Ruth y no con su familia.

Le pareció que nunca había visto a Ruth tan bonita, tan espiritual y, a la vez, con mejor aspecto. Tenía color en las mejillas y sus ojos le atraían de continuo, los ojos en los que, por primera vez, viera la inmortalidad. En los últimos tiempos, había olvidado la inmortalidad, bajo la influencia de sus lecturas científicas. Pero, en las pupilas de Ruth, leyó un argumento sin palabras que vencía a las palabras de todos los argumentos. Ante los ojos de la muchacha acababan todas las discusiones, ya que en ellos había amor. Y también en los suyos. Y el amor estaba por encima de toda réplica. Ésa era su doctrina.

La media hora que pasaron juntos, poco antes de la cena, le dejó totalmente satisfecho con la vida. No obstante, una vez en la mesa, le dominó la reacción inevitable y el cansancio lógico de un día de duro trabajo. Se daba cuenta de que sus pupilas aparecían fatigadas y que se sentía irritable. Recordó que era en aquella precisa mesa, de la que ahora se burlaba y que, frecuentemente, le aburría, donde había comido por primera vez con gente civilizada, en lo que imaginara ser un ambiente de alta cultura y refinamiento. Le pareció ver la patética figura que constituía entonces, bacía ya tanto tiempo, cuando no era más que un salvaje, que sudaba de aprensión por cada poro, aturdido ante los muchos utensilios de mesa, torturado por el sirviente e intentando mantenerse a tono con el nivel social, para, luego, decidir mostrarse tal cual era, sin pretender saber nada que ignorase.

Para tranquilizarse, miró a Ruth, del mismo modo que un pasajero, asustado por la posibilidad de un naufragio, busca los salvavidas. Bien, eso había obtenido de aquella visita: el amor y Ruth. Todo lo demás no pudo soportar el contraste con los libros. Pero el amor y Ruth resistían todas las pruebas; incluso halló una razón biológica. El amor era la expresión más alta de la vida. La Naturaleza se esforzó en crearle, igual que a todos los hombres normales, con el único propósito de que amara. La naturaleza había invertido diez mil siglos, y, también, cien mil e, incluso, un millón, en esa tarea y él era la consecuencia de tantos esfuerzos. Le hizo que el amor fuese el más fuerte de sus sentimientos, aumentado en una miríada por ciento, y le lanzó al mundo efímero para que experimentase emociones y se aparejase. Bajo la mesa, su mano buscó la de Ruth y sintió el calor de su contacto. La muchacha le miró brevemente y sus ojos relucían acariciadores. También los suyos, y no supo nunca hasta qué punto la expresión de la muchacha era una respuesta a la suya.

Frente a Martin, a la derecha de Mr. Morse, se encontraba el juez Blount, del Tribunal Supremo local. Martin se había encontrado con él en diferentes ocasiones y siempre le fue antipático. Entonces, hablaba con el padre de Ruth de los sindicatos y de la situación laboral y de socialismo, y Mr. Morse intentaba forzar a Martin a que interviniese. Al fin, el juez Blount le miró con paternal y benigna compasión. Martin contuso una sonrisa.

—Con el tiempo, se sobrepondrá a eso, joven —le dijo amablemente—. El tiempo es la mejor medicina para esas epidemias juveniles. —Se volvió hacia Mr. Morse—. No considero la discusión como una buena medicina en esos casos. Sólo hace más obstinado al paciente.
—Muy cierto —convino el otro—. Pero es saludable recordarle, de vez en cuando, su condición al enfermo.

Martin se echó a reír. Le costó un leve esfuerzo, ya que la jornada había sido larga y fatigosa y estaba a punto de estallar.

—Es indudable que son ustedes excelentes doctores —dijo—, pero, en caso de que les interese la opinión del paciente, permítanle decirles que hacen pésimas diagnosis. En realidad, padecen la enfermedad que me atribuyen. Por mi parte, me siento inmune. La filosofía socialista, que bulle a medio cocer en sus venas, no me afecta.
—Hábil, muy hábil —comentó el juez—. Un truco excelente en las controversias; cambiar posiciones.
—Usted lo ha dicho, no yo. —A Martin le brillaban los ojos, pero lograba dominarse—. Verá, señor juez, he oído sus discursos electorales. De algún modo, ha llegado usted a convencerse de que cree en el sistema competitivo y en la supremacía del fuerte, pero, al mismo tiempo, apoya toda suerte de medidas para quitarle la fuerza a los fuertes…
—Joven…
—Recuerde que he oído sus discursos electorales —advirtió Martin—. Según en ellos consta, su postura acerca de la regulación del comercio interestatal, de la reglamentación de los ferrocarriles y de las grandes compañías, en el modo de conservar los bosques y en infinidad de cosas más, es puro socialismo.
—¿Me va a decir que no cree en la reglamentación de esos abusos de poder?
—No es ésa la cuestión. Pretendo decirle que hace usted pobres diagnosis. Pretendo decirle que yo no estoy afectado por el microbio del socialismo. Pretendo decirle que es usted quien padece los efectos devastadores de ese microbio. En cuanto a mí, soy un inveterado enemigo del socialismo, igual que soy un inveterado enemigo de su democracia, que no es otra cosa que un falso socialismo, disfrazado bajo una serie de palabras que no soportan un análisis serio.
»Soy reaccionario, tanto que mi postura le resulta incomprensible a quienes, como usted, viven envueltos en la mentira de la organización social y son incapaces de ver a través de los velos. Usted pretende hacer creer que cree en la victoria de los fuertes y en el gobierno de los fuertes. Yo lo creo. Ésa es la diferencia. Cuando era algo más joven, hace cosa de pocos meses, estaba de acuerdo con usted. Me habían impresionado. Pero los mercaderes, en el mejor de los casos, son unos gobernantes cobardes. Pasan el día buscando la manera de conseguir dinero y yo he vuelto a la aristocracia. Soy el único individualista de esta habitación. No espero nada del Estado. Sólo espero algo del hombre fuerte, del hombre a caballo, que salve al Estado de su corrompida futilidad.
»Nietzsche tenía razón, y no voy a perder el tiempo explicándoles quién era Nietzsche. Pero tenía razón. El mundo es de los fuertes, de los fuertes que, además, son, también, nobles y que no pierden el tiempo en la sentina del comercio. El mundo pertenece a los auténticos aristócratas, a la gran bestia rubia, a los que no pactan y, en cambio, afirman. Y acabará por arrollar a los socialistas que, como ustedes, temen al socialismo y se consideran individualistas. No les va a salvar su moral de esclavos y de débiles y humildes. Sí, ya sé que les suena a griego y no voy a perder más tiempo. Pero recuerden una cosa. En todo Oakland no habrá más de seis individualistas, y uno de ellos es Martin Eden.

Indicó que daba por terminada la discusión y se volvió hacia Ruth.

—Estoy muy cansado —le dijo en voz baja—. Sólo quiero quererte, no discutir.

Simuló no oír a Mr. Morse cuando decía:

—Estoy convencido. Todos los socialistas son iguales a los jesuitas. Es el único modo de decírselo.
—Aún haremos de ti un buen republicano —afirmó el juez.
—Antes llegará el hombre a caballo —replicó Martin de buen humor y se volvió, nuevamente, a Ruth.

Pero Mr. Morse no estaba satisfecho. No aprobaba la pereza y la poca inclinación hacia un trabajo serio y formal de su futuro yerno, por cuyas ideas no sentía el menor respeto y cuya naturaleza no comprendía. Por tanto, Mr. Morse dirigió la conversación hacia Herbert Spencer. El juez Blount le secundó hábilmente y Martin, que oyó mencionar al filósofo, tuvo que soportar la diatriba que lanzara el juez contra Spencer. De vez en cuando, Mr. Morse miraba a Martin, como diciéndole: «¡Ahí tienes, muchacho!».

—¡Cuervos parlanchines! —murmuró Martin y siguió hablando con Ruth y Arthur.

Pero la fatiga de la jornada y la discusión de la víspera continuaban pesando en su ánimo. Además, aún seguía indignado por lo que leyera en el tranvía.

—¿Qué te ocurre? —indagó Ruth de súbito, alarmada por los esfuerzos que Edén realizaba para dominarse.
—«No hay más dios que lo Desconocido y Herbert Spencer es su profeta» — decía en aquel momento el juez Blount.

Martin se volvió hacia él.

—Un juicio barato y fácil —comentó tranquilamente—. Lo oí por primera vez en el City Hall Park, en labios de un obrero que debió pensar mejor lo que decía. He vuelto a oírlo con frecuencia y siempre me da náuseas su vulgaridad. Debieran avergonzarse. El nombre de Spencer en sus labios me da la misma impresión que una gota de rocío en un pozo negro. Son ustedes repugnantes.

Fue como si hubiese caído un rayo. El juez Blount le miró casi apoplético y reinó un profundo silencio. Mr. Morse se sentía muy satisfecho. Resultaba evidente que su hija estaba escandalizada: Eso era lo que deseaba, que saliera a relucir la rufianesca naturaleza de aquel hombre que no le agradaba.

Ruth tomó la mano de Martin, para calmarle, pero a éste se le había encendido la sangre. Le enfurecía la pretensión intelectual y la falsedad de aquellos que ocupaban altos puestos. ¡Un juez del Tribunal Supremo! Pocos años antes, contemplaba desde abajo a tales deslumbrantes personalidades, considerándoles como a dioses.

El juez Blount se rehízo e intentó dirigirse a Martin con una apariencia de corrección, que, luego, éste comprendió ser una deferencia a las señoras. Incluso esto contribuyó a su indignación. ¿Es que no quedaba honestidad en el mundo?

—No puede discutir a Spencer —gritó—. ¡No sabe de Spencer más que sus compatriotas! No es culpa suya, lo reconozco. No es más que otra faceta de la gigantesca ignorancia de la época. Leí una muestra mientras venía a esta casa. Se trataba de un ensayo de Saleeby sobre Spencer. Debieran leerlo. Resulta accesible a todo el mundo. Se puede comprar en cualquier librería o sacarlo de la biblioteca pública. Se avergonzarían de lo pobre de sus insultos y de su ignorancia acerca de ese hombre digno, al compararlos con todo lo que reunió Saleeby. Constituye un ejemplo de vergüenza que les avergonzaría a ustedes.
»“El filósofo de los semianalfabetos” le llamó un filósofo académico que no era digno ni de ensuciar la atmósfera que Spencer respiraba. No creo que hayan leído ni siquiera diez páginas de las obras de Spencer, pero hay críticos, presumiblemente más inteligentes que ustedes, que no han leído mucho más. No obstante, desafían a sus seguidores a que obtengan una sola idea de sus escritos, de los escritos de Herbert Spencer, el hombre que imprimió su genio en todo el campo de la investigación científica y del pensamiento moderno, el padre de la psicología, el que revolucionó la pedagogía, hasta el punto de que los hijos de los campesinos franceses se educan hoy día según los principios que él estableció. Y los hombrecillos desdeñan su recuerdo, cuando viven precisamente de la aplicación técnica de sus ideas. Lo poco que contienen sus mentes a él se lo deben. Es muy cierto que, de no haber vivido Spencer, faltaría la mayor parte de lo que hoy figura en su sabiduría de loro.
»Y, sin embargo, un hombre como el rector Fairbanks, de Oxford, un hombre situado a más altura que usted, juez Blount, dijo que la posteridad consideraría a Spencer más como a un poeta y un soñador que a un pensador. ¡Pandilla de charlatanes e ignorantes! Uno de ellos se atrevió a decir que Primeros principios no está exento de cierto vigor literario. Y otros afirmaron que era un hábil estudiante más que un pensador original. ¡Charlatanes e ignorantes! ¡Charlatanes e ignorantes!

Martin calló bruscamente y hubo un profundo silencio. Todos, en la familia de Ruth, consideraban al juez Blount como un hombre de gran categoría e inteligencia y se sentían horrorizados por el estallido de Martin. La cena transcurrió como un funeral, durante la que el juez y Mr. Morse se limitaron a hablar entre sí, resultando muy difícil el resto de la conversación. Más tarde, hubo una escena entre Ruth y Martin.

—¡Eres insoportable! —le dijo la muchacha llorando.

Pero Martin seguía furioso y no dejaba de murmurar:

—¡Bestias, bestias!

Cuando ella le reprochó haber insultado al juez, Eden replicó:

—¿Por decirle la verdad?
—No me importa que fuese la verdad —insistió Ruth—. Hay ciertos límites que impone la educación y tú no tienes permiso para ir insultando a la gente.
—¿Y dónde consiguió el juez Blount el permiso para falsear la verdad? —indagó Martin—. Es indudable que falsear la verdad constituye un delito mayor que insultar a una especie de pigmeo como el juez. Hizo algo peor aún. Manchó la buena reputación de un hombre digno y noble, que ha muerto. ¡Bestias, bestias!

Su furia se iba encendiendo y Ruth se asustó. Nunca le había visto tan enfadado y, a su juicio, era injusto y estaba equivocado. Y, sin embargo, a través de su miedo, vibraban los hilos de la fascinación que le había atraído hacia él y que aún le atraía, que le hizo apoyarse en él y que, en un momento de locura, la impulsó a acariciarle el cuello. Ruth se sentía herida y horrorizada por lo que acababa de ocurrir, pero, no obstante, seguía entre sus brazos, trémula, mientras él continuaba murmurando:

—¡Bestias, bestias!

Y continuó allí cuando él dijo:

—No volveré a alterar vuestra mesa, cariño. No me aprecian y no está bien que les fuerce a soportarme. Además, me resultan tan molestos como yo a ellos. Me ponen enfermo. ¡Y pensar que, en mi inocencia, supuse que cuantas personas están situadas en altos puestos, que viven en hermosas casas, han recibido educación y tienen cuentas en los Bancos merecían la pena conocerse!


CAPÍTULO XXXVIII

—¡ANDA! Vamos a escucharles.

Eso dijo Brissenden, débil a causa de una hemorragia ocurrida media hora antes, la segunda en tres días. Tenía el inevitable vaso de whisky en la mano y lo bebió con dedos temblorosos.

—¿Qué es lo que te atrae de los socialistas? —indagó Martin.
—A los asistentes se les permite hablar durante cinco minutos —explicó el enfermo—. Levántate y suéltalo. Diles por qué no te gusta el socialismo. Diles lo que piensas de ellos y de su ética de ghetto. Échales a Nietzsche en la cara y recibe el vapuleo. Conviértelo en una pelea. Les será útil. Lo que quieren es una buena discusión y, también, lo que a ti te gusta. Verás, quisiera convertirte al socialismo antes de morir. Dará una razón para que existas. Es lo único que con el tiempo puede salvarte del desengaño hacia el que caminas. —No entenderé nunca el motivo de que tú, precisamente tú, seas socialista —comentó Martin—. Detestas a la masa. ¡No hay nada en esa canalla que la acerque a tu alma estética! —Señaló con un dedo acusador el vaso de whisky que el otro volvía a llenar—. El socialismo no parece haberte salvado a ti.
—Estoy muy enfermo —fue la respuesta—. Tu caso es distinto. Tienes salud y mucho por lo que vivir. Y de algún modo hay que aferrarte a la vida. Me preguntas por qué soy socialista. Te lo diré. Porque el socialismo es inevitable, porque nuestro sistema podrido e irracional no puede subsistir, porque ha pasado el día del hombre a caballo. Los esclavos no lo soportarían. Son demasiados y, con maña, derribarán a tu jinete antes de que logre montar. No puedes evitarlos y tendrás que soportar toda su moral de esclavos. Reconozco que no es agradable. Pero se ha estado cociendo y deberás tragarla. Resultas antediluviano con tus ideas nietzscheanas. El pasado ha pasado y miente el que diga que la historia se repite. Claro que no me gusta la masa, ¿pero qué va a hacer un pobre diablo? No podemos tener al hombre a caballo, y cualquier cosa es preferible a los cerdos que ahora nos gobiernan. Pero, vamos, sea lo que sea. He bebido mucho y, si me quedo aquí, acabaré borracho. Y ya sabes lo que dicen los médicos… ¡Malditos médicos! Aún les engañaré.

Era domingo por la noche y el reducido local estaba atestado de socialistas de Oakland, en su mayor parte obreros. El orador, un judío muy inteligente, se ganó la admiración de Martin al mismo tiempo que su antagonismo. Los hombros caídos y estrechos y el hundido pecho del orador le denunciaban como una criatura del ghetto de trabajadores y Martin no podía dejar de pensar en la larga lucha de los débiles y desgraciados esclavos contra el puñado de hombres que les gobernaban y seguirían gobernándoles hasta el final de los tiempos. Para Martin, su endeble figura constituía todo un símbolo. Era la imagen que representaba a la masa de seres débiles e ineficaces, que iban muriendo de acuerdo con las leyes de la biología. Eran los poco aptos. Pese a su astuta filosofía y de su sentido de la cooperación, semejante al de las hormigas, la Naturaleza les rechazaba por el hombre excepcional. La Naturaleza sólo elegía a los mejores de entre la simiente de vida, que, de continuo, iba distribuyendo. Por ese mismo método, los hombres, imitándola, criaban caballos de carreras y cultivaban cohombros. Es indudable que un creador de cosmos hubiese ideado un sistema mejor, pero las criaturas de este cosmos debían atenerse al imperante. Claro que podían gritar mientras se extinguían, y los socialistas gritaban, como lo hacía el orador y la sudorosa concurrencia, en busca de algo que minimizase las dificultades de vivir y cambiara el cosmos.

Eso pensaba Martin y eso dijo cuando Brissenden le apremió para que les diese la noche. Obedeció su indicación, acercándose a la plataforma de los oradores, según la costumbre, y se dirigió al presidente. Comenzó a hablar en voz baja, algo entrecortadamente, mientras ordenaba las ideas que le brotaron mientras hablaba el judío. En los mítines, a cada orador se le concedían cinco minutos, pero, cuando éstos hubieron concluido, Martin estaba aún desarrollando el ataque a sus doctrinas. Había sabido interesar al auditorio y éste pidió al presidente, por aclamación, que ampliase el tiempo de Eden. Se dieron cuenta de que era un adversario digno de ellos y escucharon atentamente, siguiendo cada una de sus palabras. Martin hablaba con fuego y convicción, sin asustarse por las palabras que empleaba en sus ataques contra los esclavos, su moralidad y su táctica y refiriéndose a los reunidos como a los esclavos en cuestión. Citó a Spencer y a Malthus y expuso la ley biológica del desarrollo.

—Por tanto —concluyó como resumen—, no puede sobrevivir ningún Estado compuesto de esclavos. Sigue en pie la antigua ley del desarrollo. En la lucha por la existencia, como he demostrado, los fuertes y la progenie de los fuertes tienden a sobrevivir, mientras que los débiles y la progenie de los débiles tiende a perecer. El resultado es que los fuertes y su progenie sobrevive y, mientras prevalece la lucha, aumenta la fuerza de cada generación. Éste es el desarrolló. Pero vosotros, los esclavos, soñáis con una sociedad en que se anule la ley del desarrollo, donde los débiles y los ineficaces no perecerán, donde cada ineficaz tendrá cuanto desee comer, tantas veces al día como desee, y donde todos podrán casarse y tener hijos, lo mismo los débiles que los fuertes. ¿Cuál será el resultado? Ya no irá en aumento la fuerza y la vitalidad de cada generación. Por el contrario, disminuirá. Ése es el Némesis de vuestra filosofía de esclavos. Vuestra sociedad de esclavos, por y para los esclavos, se irá debilitando, inevitablemente, conforme se debilita y desaparece su vitalidad.
»Recordad que estoy exponiéndolo por medio de la biología, no del sentimiento. Ningún Estado de esclavos puede sostenerse…
—¿Qué hay de los Estados Unidos? —gritó uno del público.
—¿Qué hay? —replicó Martin—. Las trece colonias se libraron de sus gobernantes y formaron la llamada república. Los esclavos se convirtieron en sus propios amos. Ya no existían los señores de la espada. Pero como no pudisteis ir sin amos, surgió una nueva clase, que ya no eran los nobles, grandes y viriles, sino los astutos y ávidos mercaderes y prestamistas. Y volvieron a esclavizaros, pero no de una manera franca y abierta, como el auténtico noble hubiera hecho con la fuerza de sus brazos, sino secretamente, por medio de intrigas, de maquinaciones y de embustes. Compraron a vuestros esclavos jueces, corrompieron vuestras legislaturas esclavizadas y han forzado a horrores, peores que ser como muebles, a vuestros hijos e hijas esclavos. Dos millones de niños trabajan hoy en esa oligarquía comercial que llamamos los Estados Unidos. Diez millones de esclavos están mal albergados y mal comidos.
»Pero a lo que iba. He demostrado que una sociedad de esclavos no puede prosperar, porque, por su propia naturaleza, esa sociedad debe anular la ley del desarrollo. En cuanto se establece una sociedad de esclavos, comienza a deteriorarse. Resulta sencillo hablar de que se anule la ley del desarrollo, pero ¿dónde está la nueva ley del desarrollo que mantenga vuestro vigor? Formuladla. ¿Se ha formulado ya? Entonces, exponedla.

Martin se sentó en medio de un gran escándalo. Una docena de hombres se pusieron en pie para pedir turno. Y uno a uno, animados por estruendosos aplausos, fueron replicando al ataque. Fue una noche violenta, pero en un plano intelectual, una verdadera batalla de ideas. Algunos se apartaron del tema, pero la mayor parte de los oradores contestaron directamente a Martin. Le asombraron con líneas de pensamiento, que le resultaban desconocidas, y le descubrieron nuevas maneras de aplicar las antiguas leyes biológicas, que no negaban. Estaban demasiado excitados para mostrarse correctos y el presidente tuvo que llamarles al orden varias veces.

Dio la casualidad que un reportero novato se encontraba en la sala, enviado allí en un día de escaso interés periodístico y preocupado por la necesidad de sensacionalismo. No era muy listo. Era superficial y de pluma fácil. No pudo seguir las discusiones. En realidad, tenía la sensación de ser muy superior a aquellos maníacos charlatanes de la clase obrera. Además, tenía un profundo respeto por los que ocupaban los altos puestos y dictaban la política de la nación y de los periódicos. Por último, tenía un ideal; esto es, realizar la perfecta obra periodística de convertir en algo, y algo muy importante, lo que no era nada.

Ignoraba a qué obedecía la discusión. No era necesario. Palabras como revolución le dieron una pista. Así como los paleontólogos son capaces de reconstruir todo un esqueleto partiendo de un simple hueso, pudo reconstruir todo un discurso partiendo de la palabra revolución. Lo hizo aquella noche y lo hizo bien. Como Martin fue quien promovió mayor revuelo, se lo atribuyó todo él, convirtiéndole en el archianarquista del acto y transformando su reaccionario individualismo en la más roja apología del socialismo. El reportero era un artista y pintó con grandes brochazos la atmósfera del mitin; seres de ojos encendidos y largas melenas, tipos neurasténicos y degenerados, voces agitadas por la pasión, puños cerrados que se alzaban en el aire, todo destacándose sobre un fondo de maldiciones, de alaridos y de las voces roncas de hombres furiosos.


CAPÍTULO XXXIX

CON el desayuno, Martin recibió el periódico de la mañana. Resultó una experiencia nueva ver su nombre con grandes titulares y en primera página. Quedó muy sorprendido al enterarse de que era el más destacado líder socialista de Oakland. Luego, leyó el violento discurso que el reportero le atribuía y, aunque de momento se sintió enfurecido por tanta falsedad, al fin acabó apartando el periódico con una carcajada.

—Bien, ese individuo estaba borracho o miente de un modo criminal —le dijo aquella tarde a Brissenden, después de que éste se dejó caer en la silla.
—¿Qué te importa? —preguntó el enfermo—. ¿No irás a decirme que deseas la aprobación de los cerdos burgueses que leen los periódicos?

Martin quedó pensativo y luego agregó:

—No, no me importa en absoluto su aprobación. Por otra parte, puede poner más difíciles mis relaciones con Ruth. Su padre ha asegurado siempre que soy socialista y esta estupidez le afirmará más en sus convicciones. No es que me importe su opinión, la verdad. Ahora, quiero leerte lo que he estado haciendo. Se trata de Atrasado, naturalmente, y estoy a la mitad.

Leía en voz alta cuando María abrió la puerta para que pasara un joven, vestido con elegancia, que miró en torno suyo, advirtiendo el fogón de petróleo antes que a Martin.

—Siéntese —dijo Brissenden. Martin le hizo sitio en la cama y esperó a que el otro dijese algo.
—Ayer noche le oí hablar, Mr. Eden, y he venido a hacerle una entrevista —explicó el joven.

Brissenden estalló en una sonora carcajada.

—¿Un compañero socialista? —indagó el reportero, contemplándole y apreciando el pintoresquismo del rostro cadavérico del enfermo.
—Y ha escrito esa reseña —comentó Martin suavemente—. ¡Pero si es un crío!
—¿Por qué no le atizas? —indagó Brissenden—. Daría mil dólares por tener nuevamente mis pulmones.

El joven reportero quedó bastante perplejo ante aquella conversación que giraba en torno suyo. Pero le habían felicitado por su brillante fuerza y me ha dicho que es preferible hacerla en vivo a que entrevistara a Martin Eden, el líder de la organizada amenaza a la sociedad.

—¿No le importa que le saquemos una foto, Mr. Eden? —indagó—. Tengo a un fotógrafo ahí afuera y me ha dicho que es preferible hacerla en seguida, antes de que el sol se ponga. Luego, podemos pasar a las preguntas.
—¡Un fotógrafo! —dijo Brissenden pensativo—. Atízale, Martin, atízale.
—Me voy haciendo viejo —repuso el otro—. Sé que debiera, pero no me decido. Parece que no me importa.
—Por su madre —apremió Brissenden.
—Merece tenerse en cuenta —convino Martin—, pero no parece irritarme lo suficiente. Verás, se requiere cierta energía para atizarle a un tipo. Y, además, ¿qué importa?
—Exacto, ése es el modo de tomar las cosas —advirtió el periodista secamente, aunque comenzaba a mirar hacia la puerta con cierta inquietud.
—Pero no era verdad ni una sola palabra de las que escribió —siguió diciendo Martin.
—Comprenda que fue una descripción general —dijo el reportero— y, además, es buena propaganda. Eso es lo que cuenta. Le hice a usted un favor.
—Es buena propaganda, Martin, muchacho —repitió Brissenden con toda solemnidad.
—Y me hizo un favor; ¡piénsalo! —convino Martin.
—Veamos, ¿dónde nació usted, Mr. Edén? —indagó el reportero asumiendo un aire de gran interés.
—No toma notas —observó Brissenden—. Lo recuerda todo.
—Me basta. —El reportero procuraba no parecer preocupado—. Ningún periodista que se precie las toma.
—Sí, eso bastó para anoche —Brissenden no era discípulo del quietismo y, de súbito, cambió de actitud—. Martin, si no le atizas tú, lo haré yo, aunque caiga muerto aquí mismo.
—¿Qué te parecen unos azotes? —propuso Martin.

Brissenden lo estudió muy seriamente y, luego, asintió.

Segundos después, Martin se sentaba en el borde la cama, con el periodista cruzado sobre las rodillas.

—No me muerda —le avisó Eden— porque tendría que darle en la cara y es usted muy mono.

Abatió la mano y, desde entonces, fue subiendo y bajando a un ritmo acompasado. El reportero se agitaba y chillaba, pero no intentó morderle. Brissenden lo presenciaba muy seriamente, pero al fin se excitó y, tomando la botella de whisky, rogó: —Déjame que yo le dé también.

—Lamento que la mano se me resienta —dijo Martin cuando suspendió la azotaina—. La tengo dormida.

Alzó al reportero y le sentó en la cama.

—Les haré detener por esto —amenazó mientras por las mejillas le corrían lágrimas de infantil indignación—. Sudarán por esto. Lo han de ver.
—¡Qué mono! —comentó Martin—. No se da cuenta de que ha empezado por mal camino. No es honesto, no es digno y no es de hombres decir mentiras acerca de sus semejantes, como él lo ha hecho, pero no se da cuenta.
—Ha venido a que se lo enseñemos —intervino Brissenden.
—Ha venido a verme a mí, al que perjudicó e injurió. Sin duda, ahora el tendero va a cerrarme el crédito. Lo peor es que este pobre chico seguirá adelante hasta pervertirse del todo y se convertirá en un periodista de primera clase y un sinvergüenza de primera clase.
—Aún está a tiempo —insinuó Brissenden—. Quién sabe si serás tú el medio de salvarle. ¿Por qué no me dejaste darle una sola vez? Me hubiese gustado intervenir.
—Les haré detener, a los dos, pareja de brutos —gimió el reportero.
—No, tiene la boca muy floja —Martin movió la cabeza tristemente—. Me temo que me he esforzado en vano. Ese chico no puede reformarse. Con el tiempo, será un periodista de fama y de éxito. Carece de conciencia. Con eso le basta para triunfar.

Entonces, el reportero se marchó, apresuradamente por miedo a que Brissenden le golpease con la botella que aún enarbolaba.

A la mañana siguiente, Martin se enteró de muchas cosas más de sí mismo que ignoraba. «Somos los enemigos jurados de la sociedad» descubrió haber dicho en la entrevista que publicaba el diario. «No, no somos anarquistas, sino socialistas.» Cuando el periodista le indicó que parecía haber poca diferencia entre ambasescuelas, Martin se había encogido de hombros como afirmando. Describían su rostro como bilateralmente asimétrico, junto con varios otros signos de degeneración. Destacaba sus enormes manos y sus ojos encendidos e inyectados en sangre.

También se enteró de que hablaba cada noche a los obreros en el City Hall Park y que entre los anarquistas y demás agitadores que inflamaban las mentes del pueblo, era quien congregaba mayor auditorio. El reportero había hecho un cuadro vivísimo de su pobre cuarto, con el fogón de petróleo y el vagabundo, con cara de cadáver, que le hacía compañía y que semejaba haber salido de un encierro solitario de veinte años en el calabozo de alguna fortaleza.

El reportero se había mostrado activo. Buscó a conciencia y pudo establecer la historia familiar de Eden, consiguiendo una fotografía de la «Tienda de Higginbotham», con el propio Bernard Higginbotham a la puerta. A este caballero se le describía como a un digno y próspero hombre de negocios, que no tenía simpatías por los puntos de vista socialistas de su cuñado ni tampoco por el cuñado, al que, según el periódico, calificaba de haragán e inútil, que no aceptaba un empleo aunque se lo ofreciesen y que aún acabaría en la cárcel. A Hermann von Schmidt, el esposo de Marian, también le habían entrevistado. Éste consideraba a Martin la oveja negra de la familia y le repudiaba totalmente. «Intentó sacarme algo, pero le paré los pies —le había dicho Von Schmidt al periodista—. Sabe que aquí no queremos gandules. Créame, el que no trabaja, no vale para nada.»

Esta vez, Martin se enfadó de veras. A Brissenden le parecía todo aquello un chiste muy divertido, pero no pudo consolar a Martin, que sabía que no iba a ser fácil explicárselo a Ruth. En cuanto al padre de ésta, le constaba que debía estar encantado con lo sucedido y que lo aprovecharía lo mejor posible para romper el compromiso. De esto, iba a tener muy pronto la confirmación. El correo de la tarde le trajo una carta de Ruth. Martin la abrió, presintiendo el desastre, y la leyó junto a la puerta, donde se la entregara el cartero. Mientras leía, instintivamente buscó el tabaco y el papel marrón de sus épocas de fumador. No se daba cuenta de que tenía los bolsillos vacíos.

No se trataba de una carta apasionada. No se advertía la indignación. Pero en toda ella, desde la primera hasta la última línea, se desprendía la sensación de ofensa y de desengaño. Ruth esperaba algo mejor de él. Creyó que se sobrepondría a sus caprichos juveniles y que su amor iba a ser suficiente para llevarle a una vida seria y decente. Ahora, sus padres, con toda firmeza, le habían ordenado que pusiera fin al compromiso. Ella no podía por menos de reconocer que estaban justificados en hacerlo. Sus relaciones nunca serían felices. Comenzaron con mal pie. Tan sólo le hacía un reproche, que amargó mucho a Martin. «¡Si te hubieses asentado para intentar ser algo! —le decía—. Pero no lo hiciste. Tu vida pasada fue demasiado violenta e irregular. Comprendo que no es culpa tuya. No podías comportarte más que de acuerdo con tu carácter y tus costumbres. Por tanto, no te culpo, Martin. Te ruego que lo recuerdes. Fue, tan sólo, una equivocación. Como dicen mis padres, no nacimos el uno para el otro y debiéramos alegrarnos de saberlo cuando aún no es demasiado tarde… No intentes verme —decía hacia el final—. Iba a ser una entrevista muy penosa para ambos, así como para mi madre. Me doy cuenta de que a ella le he causado muchos sufrimientos. Tendré que hacer méritos para compensarla.»

Volvió a leerla con cuidado por segunda vez y, luego, se sentó para contestar. Señaló cuanto dijera en el mitin socialista, aclarando que era lo contrario de lo que le hizo decir el reportero. Al final de la carta, volvía a mostrarse el enamorado que defendía su dicha. «Contéstame —le rogaba—, y en tu respuesta no has de decirme más que una cosa: ¿Me quieres? Eso es todo; responde sólo a esto.»

Pero no recibió contestación ni al día siguiente, ni al otro. Las cuartillas descansaban, olvidadas, en la mesa y, debajo, iban aumentando los originales devueltos a cada correo. Por primera vez en su vida, se le alteró el sueño a Martín y pasaba las noches insomne. Por tres veces, fue a casa de los Morse, pero siempre le impidió el paso el sirviente que atendía a su llamada. Brissenden no se movía del hotel, demasiado débil para salir a la calle, y, aunque iba a verle a diario, Martin no quería molestarle con sus preocupaciones.

Éstas eran numerosas. Las consecuencias de aquel reportaje fueron mucho más amplias de lo que imaginaba Eden. El tendero portugués le negó todo crédito, mientras que el verdulero, que era americano y estaba orgulloso de serlo, le llamó traidor a su patria, negándose a tener más tratos con él. Su patriotismo llegó al extremo de que canceló la cuenta de Martin, prohibiéndole que intentase pagarla. Los comentarios del barrio reflejaban sentimientos parecidos y todos se mostraban indignados contra Martin. Nadie quería tener tratos con un traidor socialista. La pobre María se asustó mucho, pero mantuvo su lealtad. Los niños del vecindario se repusieron de la impresión causada por las visitas en coche y, desde prudente distancia, le llamaban «vagabundo» y «holgazán». La tribu Silva le defendió a conciencia, entablándose más de una batalla en su honor y los ojos amoratados y las narices ensangrentadas se convirtieron en algo cotidiano, que contribuían a aumentar los apuros y preocupaciones de María.

Cierta vez, Martin se encontró a Gertrude por la calle, en el centro de Oakland, enterándose de que, como podía preverse, Bernard Higginbotham estaba furioso con él por haber expuesto el nombre de la familia a la vergüenza pública y que le prohibía entrar en su casa.

—¿Por qué no te marchas, Martin? —rogó Gertrude—. Vete a otro sitio, busca un empleo y serénate de una vez. Luego, cuando todo esto haya pasado, podrás volver.

Martin negó con la cabeza, sin dar explicaciones. ¿Cómo iba a explicarlo? Se horrorizó ante el abismo intelectual que existía entre él y el resto de la gente. Nunca podría cruzarlo para explicarles su posición nietzscheana con respecto al socialismo. No había suficientes palabras en el idioma inglés ni en ningún otro idioma para hacerles inteligible su actitud y su conducta. Para ellos, el más alto concepto de la buena conducta era que se buscara un empleo. Eso era su primera y su última palabra. Constituía toda su reserva de ideas. ¡Buscar un empleo! ¡Ponerse a trabajar! «¡Pobres y estúpidos esclavos!», se decía mientras su hermana le hablaba. No era de extrañar que el mundo perteneciese a los fuertes. Los esclavos estaban obsesionados con su esclavitud. Un empleo constituía para ellos una especie de fetiche dorado ante el que se arrodillaban para adorarlo.

Volvió a negar con la cabeza cuando Gertrude le ofreció dinero, aunque sabía que aquel mismo día debería ir al prestamista.

—No te acerques a Bernard —le advirtió su hermana—. Al cabo de unos meses, cuando esté más tranquilo, si quieres, puedes trabajar para él, haciendo el reparto. Y si me necesitas, avísame, que vendré. No lo olvides.

Se fue llorando abiertamente y Martin sintió una punzada de dolor ante su grueso cuerpo y su andar pesado. Mientras la veía alejarse, se tambaleaba el edificio nietzscheano. Estaba muy bien tener de un modo abstracto el concepto clasista de la esclavitud, pero resultaba algo distinto cuando se trataba de su propia familia. Y, sin embargo, si alguna vez hubo un esclavo pisoteado y maltratado por los fuertes, ese esclavo era su hermana Gertrude. Sonrió ante la paradoja. ¡Vaya nietzscheano que estaba hecho que permitía que sus conceptos intelectuales se alterasen con la primera emoción que le salía al paso! En realidad, que le alterase la moralidad de los esclavos, pues eso era, en definitiva, la compasión por su hermana. Los hombres nobles de veras estaban por encima de la compasión. La piedad y la compasión surgieron en los barracones de los esclavos y no eran más que el sudor y la agonía de los miserables y de los débiles.

(Continuará...)

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