Pinktoes (I)

Chester Himes








INTRODUCCIÓN

UNA INCURSIÓN EN LA PARADOJA

Pinktoes (dedos de los pies rosados) es un término
que expresa afecto indulgente, aplicado por los
negros a las blancas, y a veces por negras a
blancos, pero nunca contrariamente.

Las cosas nunca van bien. Nunca sale nada tal como uno lo había planeado. ¿Cuántas veces habrá escuchado el lector esta queja? ¿Cuántas veces la ha formulado él mismo? Y, con todo, nunca es una expresión de cinismo, derrotismo o nihilismo. Siempre es una confesión de fe.

A pesar del hecho de que nunca hay nada que vaya a derechas, la vida continúa. Y aunque nunca salga nada tal como uno lo había planeado, la especie humana crece, se desarrolla y progresa. La humanidad se vuelve más sabía, más sana y más feliz, y los diversos mecanismos que se empeña en fabricar para su propia destrucción no detienen ni un ápice su avance regular hacia el Milenio, sea lo que esto sea y suceda dónde suceda. Así, todo va bien para Alguien, y todo sale tal como Alguien lo tenía planeado. Nosotros mismos, los miles de millones de seres humanos que poblamos la Tierra, el hecho sin adornos de nuestra existencia, el de que durante todos y cada uno de los días, a todas horas, en miles de lugares de la Tierra haya personas de todos los colores y razas, de todas las religiones y castas entregadas a la tarea de reproducirse proporciona la prueba absoluta e incontrovertible de nuestra fe en la circunstancia de que todo sale tal como Alguien lo había planeado. ¿No es algo maravilloso?

Tomemos, por ejemplo, la noche en qué Billie Hall se cayó en el Copa. Billie deseaba hacer una entrada sensacional, llamar la atención de todos, convirtiéndose en el blanco de todas las miradas… «El Blanco». Quería inspirar sentimientos apasionados, provocar magníficas proposiciones, ser envidiada y codiciada. ¿No es eso lo que desean todas las chicas?

El Copa, por si el lector no lo sabe, es un enorme y lujoso «night club» de Manhattan done las «pinktoes» más sonrosadas, cargadas de pieles y diamantes, se congregan a últimas horas de la noche para buscar y que las busquen, acompañadas por guardas de corps masculinos cuya principal misión consiste en pagar la cuenta… lo que, en el Copa, no es grano de anís.

Billie, por si el lector no se acuerda de ella, era la estrella de un espectáculo musical de color que por aquel entonces tuvo un efímero éxito en Broadway. Naturalmente, Billie es una chica de color; solamente en la Ópera, más al centro de la ciudad, se encuentran personas blancas desempeñando papeles de negros. ¿Pero, acaso esto tiene sentido? Parece como si quisiéramos decir que los «papeles de negros» son exclusivos para las personas de color.

Billie tenía unos rizos negros como el azabache, moldeados y pulidos por un peluquero de Harlem, y grandes ojos negros de un apagado brillo rojizo. Su tez tenía la contextura suave y cremosa del budín de caramelo, y poseía las bellas y encantadoras curvas, fáciles de tomar, que suelen atribuirse a la autopista de Merritt. Pero ningún arquitecto de la Tierra, se llamase como se llamase, había proyectado sus curvas prescindiendo de quién pudiera haberlas hecho. Y como ella sentía la necesidad de demostrar lo que antecede respecto a sus curvas, a fin de compensar el color de su piel indescriptiblemente encantadora, del que, naturalmente, se sentía algo avergonzada, sólo llevaba un leve «slip» bajo su traje de noche de seda rosada, que se ceñía estrechamente a su cuerpo.

El acompañante de Billie en tal ocasión era un millonario blanco, que durante su vida nocturna había gastado suficiente dinero en el Copa para tener la seguridad de que lo tratarían con deferencia, fuese cual fuese el valor de la chica que llevase al lado; y, a partir del momento en que su lujoso automóvil se detuvo frente a la entrada del Copa, el servicio del establecimiento se desvivió por atenderlo, lo cual sirvió para reavivar de nuevo su propia importancia.

El momento de su llegada no pudo ser más oportuno. El Copa rebosaba de «pinktoes» que sólo deseaban dejarse impresionar. Las coristas acababan de abandonar la pista y las luces se habían encendido brevemente para que los comensales pudiesen identificar sus filetes y masticaran éstos en vez de sus recuerdos. Pero después de dirigir una fugaz mirada a Billie, todos hicieron deliberadamente caso omiso. Al fin y al cabo, al Copa sólo van celebridades. En realidad, cuando uno consigue ser admitido en el Copa, se convierte automáticamente en una celebridad. Sólo una celebridad de celebridades, como la joven por cuyo amor un rey del último gran imperio renuncia a su trono, o una estrella que renuncie a la fabulosa notoriedad de su papel como reina de la pantalla para convertirse en una leyenda de anteojos ahumados, ropas andrajosas y rodeada de secreto, pudiera haber dejado pasmado a aquel público rebelde.

Billie sintió que sus nervios se tensaban. Empezaron a sudarle las piernas. No pudo dominar su temblor. Pero su cuerpo perdió sus gráciles movimientos y sus altos tacones vacilaron. Arrastraba su abrigo de armiño por el suelo, según el rígido ritual que reina en lugares como el Copa. Cuando cruzaban por el centro de la pista de baile, para dirigirse a su mesa reservada a un lado de la misma, sus pies se enredaron en los suaves pliegues de la fabulosa piel, y cayó de bruces al suelo. Como era una muchacha deportiva, naturalmente, no iba a caer de narices, y, por lo tanto, extendió los brazos para amortiguar la caída. Esta postura, agachada, ajustó aún más a sus curvas la tela de su vestido, y tanto éste como su frágil «slip» se desgarraron hasta media espalda, exponiendo a la vista unas nalgas redondas y aterciopeladas, más cautivadoras que todo cuanto se había visto en el Copa, o en público, en cualquier otro lugar. Ni qué decir tiene que, en semejante postura, su gripa resultaba incitante.

El suceso atrajo la atención fulminante de todos los presentes. Los pantalones de tubo de chimenea resultaron de pronto dolorosos y algunas chicas se enzarzaron en furiosa batalla con su líbido. Los caballeros ancianos y las señoras miopes rebuscaron apresuradamente en el bolsillo y el bolso para sacar sus lentes, mientras sus bocas babeaba secretando abundante saliva. Se oyeron algunos tipos y gruñidos de ahogo cuando comida a medio masticar se introdujo por un orificio equivocado, haciendo que se atragantasen los comensales, y un anciano caballero se mordió la lengua con tal fuerza, que perdió indefinidamente los servicios de su joven corista.

No podía haber sido peor. Nada podía estar más lejos del efecto que se había propuesto causar Billie. Sin embargo, en el fondo había logrado lo que deseaba: la suya fue la entrada más sensacional en la historia del Copa, una entrada que pasaría a ser legendaria.


Por otra parte, consideremos el caso de Henry Hill. Lo único que él quería era hacer un pequeño chiste. Era uno de los cinco porteros que hacían la limpieza en un nuevo comedorcito de Horn & Hardat, de Manhattan, que se inauguraba al día siguiente. Todos se habían estado riendo del viejo Gordito, que fue a trabajar de muy mal talante y buscaba pendencia con el jefe. Este venga a decirle a Gordito que hiciese ésto y aquello, y Gordito venga a preguntar al jefe con tono beligerante: «¿Quiere usted decir esto?» Entonces el jefe se enfadaba y decía: «Esto es lo que he dicho, que haga esto. ¿No quiere trabajar?» Y Gordito contestaba con tono más retador que antes: «Sí, señor, quiero trabajar, claro que quiero trabajar, por eso estoy aquí; si no quisiera trabajar, no hubiera venido a trabajar.» Y entonces el jefe le decía: «Pues así, puede saberse qué le pasa? Si quiere trabajar, ¿por qué no empieza ya?» Gordito decía: «Esto es lo que estoy tratando de hacer, ponerme a trabajar.» El jefe le preguntaba: «¿Y qué le detiene?» Gordito contestaba: «Trato únicamente de averiguar qué quiere decir usted con eso de que trabaje. ¿Acaso no he venido a trabajar?»

El viejo Gordito es un vaina, al decir de los demás porteros.

Finalmente, como el jefe vio que no conseguiría hacer trabajar al viejo Gordito, le ordenó que bajarse una escalera de mano al sótano, confiando que Gordito tendría suficiente buen juicio como para quedarse allí sin molestar. Pero Gordito miró la escalera y luego al jefe y dijo: «¿Quiere decir esta escalera, jefe?» «¿Qué otra hay aquí?», contestó el jefe con disgusto. Gordito volvió a mirar la escalera y dijo: «Jefe, no he sido yo quien la ha subido.»

Al oír esta ocurrencia, los demás porteros no pudieron contenerse. Hasta el jefe se echó a reír.

Pasaron el resto de la noche riéndose del viejo Gordito y a las cuatro de la madrugada, cuando ya casi habían terminado la limpieza del local, el jefe les ordenó que fuesen con unos cubos de agua jabonosa a la calle, para lavar los postes de mármol que había frente al viejo edificio. En la calle reinaba un frío de todos los demonios y los porteros miraban al jefe como si se hubiese vuelto loco. Fue entonces cuando a Henry Hill ocurriósele hacer el chistecito, ya que de todos modos tenían que lavar los postes; así es que fue y le dijo al jefe: «Jefe, no hemos sido nosotros quienes hemos ensuciado los postes, sino los perros callejeros.»

Nadie se rió. Como dice el espiritual: «Fui hasta allá abajo y no oí rezar a nadie…» El viejo Henry no oyó reír a nadie. A decir verdad, los demás porteros, que eran todos de color, se enfadaron muchísimo con él por insinuar ante el hombre blanco que ellos serían capaces de una acción tan puerca como ensuciar los postes en plena calle y en el centro de Manhattan. Y el blanco se enfadó con Henry por haber insinuado que él hubiese podido pensar que alguno de los trabajadores de color era capaz de semejante porquería. Una palabra llevó a otra y el jefe dijo a Henry que él había trabajado con gente de color desde que pertenecía a la organización, y en todo aquel tiempo nunca había visto que ensuciasen nada, pues cuando tenían alguna necesidad se iban al W. C., y en todo aquel tiempo no tuvo la menor dificultad con los obreros de color que trabajaban a sus órdenes. Eran las personas como Henry, que siempre estaban metiendo bulla, las causantes del problema negro. Henry dijo al jefe que aquello nada tenía que ver con el problema negro, sino únicamente era que si alguien acusaba alguna vez a los negros de hacer sus necesidades en la calle, quienes lo hacían eran personas como el jefe, mientras que en la Tercera Avenida de allá abajo, en el Bowery,él había visto a blancos meando en mitad de la calle; ya que el asunto salía a colación, le diría que el sólo había visto a blancos meando en la calle o junto a un poste, porque en general los negros sentían más respeto por sí mismos y por quienes los rodeaban; y de cada diez veces, nueve se esconderían en un callejón oscuro o en el quicio de una puerta, para que nadie pudiese verles cuando la necesidad era incontenible. El jefe se enfadó más y más, diciendo que lo malo del problema negro era eso, que las personas de color como Henry siempre trataban de establecer diferencias entre blancos y negros, a pesar de que las personas eran personas y no otra cosa, tanto las de color como las blancas. Henry también se enfadaba cada vez más y le dijo al jefe: «Usted no se porta como si las personas de color fuesen como las demás personas, o como los blancos, y me apuesto lo que quiera a qué si fuésemos blancos y no de color, usted no nos mandaría que saliésemos afuera, con el frío que hace, para limpiar esos postes que mean los perros.»

Al oír esto, el jefe se enfadó tanto, que dijo: «Deme un cubo, que voy a lavar los postes yo mismo.» Con esto se proponía demostrar que un blanco era capaz de hacer lo mismo que mandase hacer a un negro.

Pero, naturalmente, los negros no podían permitir que el blanco saliese afuera —con el frío que hacía— para lavar los postes, mientras ellos se estaban dentro mano sobre mano, así es que salieron gruñendo y tiritando, para fregotear los postes y echarles cubos de agua caliente, hasta que estuvieron blancos y relucientes. Entonces Henry miró a un lado y otro de la calle, y, al no ver a nadie, se sacó su negra jeringa y orinó concienzudamente en el níveo poste de mármol que acababa de limpiar. Los demás porteros le invitaron, mientras sus negras jeringas se recortaban en silueta, sobre los níveos postes de mármol, emitiendo chorros de líquido humeante, como si bautizasen unas gigantescas piernas blancas en un rito tradicional de la fecundidad. Luego regresaron al interior, riendo a mandíbula batiente.

El jefe se extrañó de que les hiciese tanta gracia ir a lavar los postes con aquel frío, pero teniendo en cuenta que eran negros y los postes eran blancos, tuvo la discreción de no hacer preguntas. Prefirió dejarles terminar y volver a sus casas media hora antes. Después de aquel día, Henry se convirtió en su mano derecha.


También es digno de recordación el incidente del que fueron protagonistas dos gatos que se encontraron una noche oscura en Harlem. Sucedió en una calle lateral del Valley, y el silencio profundo estaba únicamente turbado por el rumor de las ratas que hurgaban en los cubos de basura; la única luz provenía del mortecino brillo rojizo que se filtraba por las persianas.

El gato blanco miró hacia los cuatro puntos cardinales y luego se dirigió oblicuamente hacia el bordillo del Norte. El gato negro esperó a que el blanco llegase al centro del arroyo y entonces empezó a andar hacia él, tambaleándose, como si estuviese ebrio y chocando deliberadamente con el gato blanco.

—¿Por qué no miras por dónde andas?—, exclamó el gato negro, con un bufido.

El gato blanco comprendió inmediatamente que el negro buscaba camorra, pues no era la primera vez que visitaba Harlem; así que se apresuró a disculparse.

—Perdone usted, señor—, y trató de alejarse del gato negro.

Pero éste le cerró el paso.

—¿Qué te propones hacer?—, rezongó. —¿Te piensas que toda la calle es tuya? Tengo tanto derecho como tú a estar en esta calle. Esto no es Arkansas.
—Lo siento—, siguió disculpándose el gato blanco—. No lo había visto.

El gato negro arqueó el lomo.

—¿Qué quieres decir con eso de que no me habías visto? ¿Quieres decir que, como soy negro, no me has visto en la oscuridad?
—¿Por qué no me deja usted en paz, amigo? Yo no le he provocado —maulló pacíficamente el gato blanco.
Yo no soy tu amigo; así es que no me llames amigo, blanco hijo de una minina—, le escupió el gato negro a la cara.

El gato blanco empezó a perder la paciencia.

—Haz el favor de no llamarme hijo de una minina, negro, hijo de perra, refunfuñó.
—¡Tú a mí no me llamas hijo de perra!—, aulló el gato negro, sacando las uñas—. ¡Te voy a rebanar el gaznate por haber dicho que tengo sangre de perra!

Naturalmente, el gato blanco también sacó las uñas y ambos permanecieron quietos por un instante, profiriendo furiosos bufidos.

Algunos de los moradores de color del barrio se despertaron a causa de los maullidos y abrieron la ventana para tirar botellas vacías a Micifuz y Zapirón. Pero cuando vieron que era una pelea entre un gato blanco y un gato negro, se vistieron apresuradamente y bajaron brincando a la calle, para ver cómo el negro daba una paliza al blanco.

Pero al ver al gato blanco con las uñas al aire y a punto de atacar, al gato negro se le pasaron las ganas de pelea y entonces le preguntó al blanco, en tono campechano:

—Oye, chico: ¿no serás por casualidad de Cincinnati?—, (cuando paisanos de lugares como Cincinnati se encuentran en Nueva York se tratan como amigos de toda la vida, haciendo caso omiso del color de su tez, y luego se van a emborracharse juntos).

El gato blanco tenía tan pocas ganas de pelea como el negro, así que contestó entusiasmado:

—Pues claro que sí, chico, soy de Cincy, ¿cómo lo has adivinado?— Aunque, a decir verdad, aquel gato blanco había nacido y se había criado en Jersey City, y sólo cruzaba el río de vez en cuando para ir a Harlem, a ver si encontraba una gatita negra y la suerte finalmente le sonreía.

Pero el gato negro se sentía tan aliviado por salvarse de la pelea, que contestó con el mismo entusiasmo:

—Hombre, supe que eras de Cincy por la manera como te pusiste en guardia, lo mismo que Ezzard Charles; supongo que conoces al viejo Ez, ¿verdad?
—¡Que si conozco a Ez!—, exclamó el gato blanco—. Qué cosas dice éste. Tienes que saber que Ez y yo somos amigos íntimos.

Entre tanto, los espectadores de color se impacientaban. «¿Por qué no pelean de una vez?» «A ver si terminarán dándose un abrazo.» «Vamos, mininos, que así esto no tiene ninguna gracia».

Pero los dos gatos no hacían el menor caso a los espectadores de color, que los instaban a pelear. El gato blanco contaba embustes a cual más y mejor sobre Cincinnati, donde no había estado en su vida, y, al ver lo bien que le salía la comedia, preguntó jubiloso al gato negro si conocía al viejo «Smokey» Joe, convencido de que aquello terminaría de cimentar su amistad.

Pero él no podía figurarse lo susceptibles que eran los gatos negros en lo tocante a su negrura.

—¿«Smokey» Joe? ¿Joe el Ahumado? ¿Qué te has creído?—, resopló indignado el gato negro. —¿Por qué tengo que conocer a uno que se llama «Smokey» Joe? ¿Acaso te figuras que por el hecho de ser negro, todos tenemos que ser amigos de Ahumados, Tiznados y tipos con apodos por el estilo?

Súbitamente ambos volvieron a enfrentarse, con el lomo arqueado, dando bufidos y zarpasos al aire, como dos gatos animados de auténticos deseos de pelea, y que pelearían si hubiese algo por lo que valorar la pena pelear.

El respetable, formado por negros, creyó que el jaleo iba a empezar y se pusieron a saltar y a decir que aquel gato negro era un Sugar Ray Robinson de los mininos, y que dejaría al gato blanco hecho mermelada, batiéndolo como los libros de cocina enseñan que se deben batir las claras de huevo. Pero viendo que nada pasaba, alguien exclamó finalmente: «Estos gatos no se pelean; se están haciendo el amor; son gatos de feria o hacen comedia.» Los espectadores de color se enfadaron tanto al ver que el gato negro era incapaz de darle su merecido al blanco, que los atacaron a puntapiés.

Los agredidos huyeron como alma que lleva el diablo por la Lenox Avenue, para no detenerse hasta alcanzar la calle Ciento Treinta y Cinco.

—Hermano —dijo el gato blanco al negro cuando se sentaron a descansar en una escalinata, para recuperar el aliento y lamerse las heridas —, no pretendo insinuar nada, pero… ¿Por qué se enfadaron tanto los negros contigo, si tú eres tan negro como ellos?

El gato negro miró apenado al blanco y contestó:

—Hermano, lo que pasa es lo siguiente: ellos son personas y nosotros somos gatos. Así es que dejemos a las personas con las personas y nosotros vayamos con los gatos. Conozco una gatería aquí cerca, con unas gatitas preciosas.
—Lo que necesita un gato son gatitas—, asintió el gato blanco, yéndose en compañía del negro a la gatería.

Aunque Mamá Miau, la «madame» o patrona como dicen en aquella parte del mundo, regenta una gatería en un país de gatos negros, no se hace la remilgada ante los gatos blancos, cosa que no puede decirse de muchos gatos blancos, que se niegan a atender a los gatos negros. En realidad, Mamá Miau prefiere más bien atender a los gatos blancos que a los negros. Si ella no fuese una minina negra, los gatos podrían afirmar que tiene prejuicios. Pero no es así. Lo que pasa es que encuentra que los gatos blancos son mejores clientes; pagan más por la gatita, le exigen menos y no intentan llevársela a casa.


Por lo tanto, Mamá Miau acogió efusivamente al gato blanco, e incluso toleró la presencia del negro, teniendo en cuenta que le había traído a un gato blanco tan hermoso y dispuesto a pagar bien a una gatita.

Aquel par de gatazos nunca habían visto una colección tan extraordinaria de lindas gatitas. Era tan grande la variedad de morrongas que se les ofrecían, que los dos mininos no sabían por cuál decidirse. Esto terminó por despertar las sospechas de Mamá Miau, que les pidió el pago por adelantado, por lo que pudiera ser. Cuando resultó que el gato blanco estaba sin «blanca» y que el negro no tenía un centavo, los echó a ambos con cajas destempladas.

—Hermano —dijo el gato negro cuando los dos se fueron mohinos, pisando el frío y húmedo pavimento callejero—; ¿quieres saber una cosa?, todo se está poniendo de tal forma, que el único amigo que pueda tener un gato negro es un puñado de hierba gatera.


Moraleja: las cosas tampoco para los gatos marchan bien.
Sin embargo, los gatos siguen entregados a sus gaterías, del mismo modo como esos viejos pájaros de cuenta que vemos por ahí siguen volando, y, como saben todos cuantos leen la prensa diaria, las ratas siguen rateando y haciendo raterías.


UNA LECCIÓN DE HISTORIA

EN SU MAYORÍA, los negros norteamericanos son descendientes en todo o en parte de los negros africanos que fueron traídos del África al hemisferio occidental como esclavos, durante los dos siglos que precedieron a la Guerra de Secesión. No obstante, algunos descienden de negros que fueron voluntariamente a los Estados Unidos desde varios países africanos, europeos y sudamericanos, como hicieron muchos inmigrantes de otras razas.

No disponemos de estadísticas sobre el porcentaje de negros norteamericanos que aún conserven la sangre pura y sin mezcla de sus antepasados. Quizá su número no llegue ni a la mitad. Muchos negros sólo tienen unas cuantas gotas de sangre negra: son cuarterones, mulatos o casi blancos. Aún no hace mucho tiempo, la prensa norteamericana colmaba de elogios a un gran dirigente negro que sólo tenía «una sexagésima cuarta parte de sangre negra», según aquellos mismos periódicos por permanecer fiel a «su raza» y luchar a favor de «su pueblo».

—¿Los producen por ósmosis? —podría preguntar sin que le faltase razón un visitante de Marte—. ¿No será que a algunos los blanquean?

Al recibir una contestación negativa, su curiosidad acaso aún no de diese por satisfecha y preguntase:

—¿Pero, y cuál es su pueblo y a qué raza pertenece?

Lo cual trae a colación la pregunta de quién es un negro. Los ingleses creen que Dios hizo al negro de noche, olvidándose de pintarlo de blanco. Pero en los Estados Unidos no atribuimos estas deficiencias al Sumo Hacedor. La definición legal de un negro en Norteamérica es la de un individuo que tenga sangre negra. El diccionario de «Webster» define así a un negro: «1. Persona perteneciente a la rama típicamente africana de la raza negra (antes llamada etíope) que habita en el Sudán, o, por extensión, a cualquiera de las razas negras del África, que incluyen, además de los negros propiamente dichos, a los bantús, los pigmeos, los hotentotes y los bosquimanos. 2. Hombre negro, esp. persona que tenga más o menos sangre negra.»

En el Sur de los Estados Unidos, cualquier persona que tenga aunque sólo sea una gota de sangre negra, se considera un negro de pies a cabeza, a pesar de que se supone que dicha gota de sangre está diluida, o mezclada, con toda la restante sangre blanca que circula por el torrente sanguíneo del negro. ¿Y cómo sucede esto? Muy fácilmente. El Webster define así mezclar: «1. Unir o juntar en una sola nada, como se produce al revolver… 2. Unirse en compañía… alternar, sostener relaciones. 3. Formar mediante mezcla…»

Pero si tuviésemos que buscar la sangre negra ateniéndonos a estas definiciones, en menudo lío nos meteríamos. Podríamos empezar por descubrir muchas personas blancas de pies a cabeza con más de una gota de sangre negra en sus venas, y muchas negras de una pieza con menos que eso. En consecuencia, la única definición válida de negro es la de persona que, por la razón que sea, se sabe que es negra, sea o no sea blanca. Por lo tanto, es preferible no llamar negros a las personas blancas de tez oscura, sólo porque por sus venas corran unas cuantas gotas de sangre negra, a pesar de que todo el mundo los tenga por blancos. Teniendo en cuenta la finalidad de este diario, nos atendremos a esta definición y calificaremos de negros a los individuos conocidos como tales. ¿Cómo podríamos considerar en serio el problema negro si en los capítulos que siguen empezasem a surgir blancos con gotas de sangre negra en sus venas?

No se discute ya en los Estados Unidos si los negros declarados son ciudadanos o no, con tal de que cumplan lo que manda la Constitución sobre el particular. Lo que se discute es el significado del derecho de ciudadanía aplicado a los negros. Vemos que en todas las regiones de los Estados Unidos, estos ciudadanos negros son objeto de segregación y discriminación racial en diversas circunstancias de la vida, como si no fuesen ciudadanos; actitud que, si no completamente ilegal, se presta desde luego a muchas conclusiones.

Como resultado de toda esta confusión, en todos los Estados Unidos casi todos los negros viven juntos y unidos comunitariamente en lo que se llama cinturones negros, ciudades oscuras, barriadas negras, burgos de moscas, villas ahumadas o, sencillamente, distritos de color, cuando no llevan algún nombre derivado de la historia local, la expansión urbana o cualquier lindeza racial especialmente acuñada para ellos, por ejemplo «Catfish Row», «Possum Run» y «Chitterling Switch».

Hay personas que aseguran que los negros desean vivir juntos de esta manera, y otras que afirman lo contrario. Esto, sin embargo, posee el atractivo oracular de aquellos debates, tan populares en los colegios negros del Sur, sobre «qué es más destructivo, el fuego o el agua». El hecho escueto es que los negros tienen que vivir juntos en sus propias comunidades, porque no hay otro sitio.

Harlem es una de tales comunidades. Está situada en la parte alta de Manhattan y al principio estaba limitada al Sur por la calle Ciento Diez, que bordea Central Park, al Este aproximadamente por la Quinta Avenida, y por el Oeste por la Amsterdam Avenue, también aproximadamente. Los veteranos de guerra aún recuerdan los tiempos en que la calle Ciento Treinta y Cinco formaba su límite septentrional, para subir luego hasta las calles Ciento Cuarenta y Cinco y Ciento Cincuenta y Cinco, pero hoy se extiende en todas direcciones, al Norte, al Este, al Sur y al Oeste, desde el río Tarlem al Hudson, introduciendo profundamente sus negros tentáculos en los barrios blancos de Washington Heights, sin mencionar sus otras partes negras, y en las cálidas tardes dominicales del verano, las regiones altas de Central Park que bordean la Laguna, adquieren el aspecto distintivo de un embalse del Mississippi, lleno de bañistas.

Viven allí más de medio millón de negros, lo que convierte a este distrito en una populosa ciudad, una ciudad de gentes negras, morenas y amarillas, comprendidas bajo el común denominador de negros. ¿Cuántas ciudades del globo poseen una población superior al medio millón de habitantes? No obstante, el color de sus moradores no es la única diferencia que separa a Harlem de otras grandes urbes. Una de estas diferencias es el hecho de que Harlem no tiene Estatuto municipal, sino que forma parte de Manhattan, que a su vez es un distrito de la ciudad de Nueva York. Con todo, la principal diferencia hay que buscarla en el carácter de sus habitantes.

Los habitantes de Harlem tienen fe. Creen en el Señor, creen en los judíos y creen en el dólar. Los dos primeros los tienen, pero el dólar no, lo cual no disminuye la fe que en él tienen depositada. En realidad, y más que cualquier otro pueblo del mundo, creen que el dólar, como la gran ramera de la leyenda, se lo dará todo.

Saben, naturalmente, que el Señor es la fuente de todas las cosas buenas… bien, por lo menos, de casi todas. Pero el Señor está en los cielos, y con todo ese jaleo internacional, toda esa degollina y los pecados tan gordos que se cometen en este valle de lágrimas, el Señor está demasiado ocupado para poder prestar mucha atención a sus problemas inmediatos. Pero el dólar está aquí en la Tierra, precisamente en la ciudad de Nueva York; en Wall Street no saben donde meterlos todos. Lo malo es que los blancos los tienen a buen recaudo. Pero si uno se dedica a dar la lata a los blancos, se puede conseguir que «aflojen la mosca» y le den a uno suficientes de esos dólares todopoderosos, por lo que ya no se ha e necesario importunar al Señor con súplicas.

Creen además en otras cosas. Creen en atavíos de vivos colores, en la eficacia de las bebidas embriagantes y en el júbilo maravilloso que produce «atornillar». Sería mi deseo emplear una expresión menos vulgar que «screwing» en este tratado histórico; por ejemplo, fornicar, cohabitar, o incluso el sencillo reproducirse, pero la verdad es que esta reproducción no tiene nada de sencillo; el autor se halla limitado por un lenguaje que no se creó para describir las acrobacias y actos de atletismo que esta lucha trae aparejada.

Señalemos que el diccionario de Martínez Amador traduce así el verbo inglés «screw»: v. tr. atornillar, sujetar con tornillos; apretar, forzar, oprimir, comprimir, estrechar; (re)torcer; apremiar; hacer visajes. —v. intr. retorcerse, dar vueltas como rosca o espiral; oprimir, extorcar: «to screw down», atornillar, (fam.) apretar los tornillos; «to screw in», atornillar; «to screw off», des(a)tornillar; «to screw out of someone» sonsacar; «to screw up», cerrar con pernos; apretar un tornillo; excitar, aguijonear; torcer; «to screw one’s wits», devanarse los sesos, descalabazarse; descabezarse; «screwing tool», peine para hacer filetes de tornillo.

Pero lo más bonito del «screwing» es que no requiere la asistencia del Señor ni de los judíos, aunque en los últimos años el dólar cada vez adquiere mayor importancia en el asunto. Pero la fe sigue en pie. Mientras uno atornille, confía en seguir atornillando. Durante toda la historia de la humanidad, la acción de atornillar ha sido la mayor bendición de los pobres y los oprimidos. Cuando ya nada sirve, un buen tornillo le deja a uno como nuevo. Esto explica que seamos tantos en el mundo.

Hay aquellos que creen que un teólogo es Dios. Y los que creen que las blancas los prefieren negros. Y los que creen que masticando la raíz seca de determinada hierba (véase a Nathan, el herbolario), uno estará protegido contra el veneno del alcohol de madera. Algunos creen a pies juntillas que se pueden soñar los números que resultarán premiados en la lotería. Otros creen que los negros son más fuertes por naturaleza que los blancos. Y los hay que creen que los negros son más desarrollados en sus partes íntimas que los blancos y que las negras son mejores que las blancas bajo este mismo aspecto. E incluso los que creen que uno puede morir si bebe leche azucarada mientras come sandía.

Y por esto hay allí más tabernas, más iglesias, más burdeles, más mentiras, más risas, más «screwing», peleas y carreras, más jugadores de lotería, más borrachos, más juegos, más bares, más tocadiscos automáticos, más jazz, más delincuencia, más chicarrones, más canto y más baile, más brillar de navajas y más palabrotas, más rezos y gritos, más compras a crédito, más miedo a los recaudadores, más preocupaciones y quejas, y, pese a todo ello, más alegría y diversión que en cualquier otra ciudad del mundo. Allí la gente tiene fe. ¿En qué otro lugar del planeta un portero que cobra cuarenta y cinco dólares semanales saldría un sábado por la noche para gastarse toda la paga con una pindonga que encontró en un bar? Es que él tiene fe.

Los blancos van a Harlem para reconfortarse con esta fe. Se dejan acariciar por sus rayos esplendorosos. Nada hay más alentador para un blanco que gana quince mil dólares anuales, deprimido por los impuestos, las deudas, las úlceras, el miedo a la impotencia y una mujer que no le deja en paz, que una visita a casa de Mamie Mason en Harlem, y ver como los negros se las arreglan para pasar con una tercera parte de sus ingresos y oír cómo se ríen. Y no sólo se ríen de lo que se considera gracioso, sino que se ríen de lo que se considera sin gracia alguna… riéndose de los blancos y riéndose de sí mismos, riéndose de las extrañas formas que adopta la injusticia y de la frecuente ridiculez de la justicia. ¿Puede haber algo que infunda más júbilo que la risa? La risa también es afrodisíaca.

Una vez, un famoso blanco, tratando de explicar el entusiasmo que sentía por las fiestas de Mamie Mason, dijo: «Cuando voy allí, olvido todos mis problemas, preocupaciones y cargas; olvido a mi mujer y a mis hijos y mis pérdidas en la Bolsa; me siento tan alegre, cómodo y tranquilo que no deseo hacer otra cosa sino fornicar.»

Así podrá ver el lector que esta fe no sólo es histórica sino también histérica; no sólo alienta, eleva y enriquece, sino que también cautiva y se contagia. Y Mamie Mason tenía fe.


MAMIE MASON

A DECIR VERDAD, lo único que deseaba Mamie Mason era ser la «Patrona de los Más.» Y también ayudar al problema negro como mejor conviniese; y si esto requería que los negros sirviesen a blancos, desde luego, por esta única razón quería ser la «Patrona de los Más.» Ella no quería otra cosa: solamente ayudar al problema negro cerca de los blancos y que éstos la quisiesen por este servicio; el sexo en realidad no importaba, y ésa era la verdadera razón de que quisiera ser delgada, chic y esbelta, viviendo de una manera aventurera y peligrosa y que todos la reconociesen como la indiscutible jefa social de Harlem, U. S. A., sin importarle lo que dijesen los envidiosos. Sólo poder llevar su vestido ajustadísimo de raso negro, de la talla 12, y mostrarse encantadora, la que mejor sabía agasajar a todos los importantes jefes raciales y sus Mecenas blancos en las fiestas fabulosas que organizaba en su residencia de Harlem, controlar sus vidas, separar a marido y mujer, libertar a las blancas de las cadenas de la tradición racista y derramar la alegría entre las que buscaban apuestos varones blancos, y, naturalmente, hacer que todos se sintiesen tan desgraciados, que tenían que acudir a ella mendigando amor. Sólo para mantener la fe en la bondad de amar y ser amado y para convertir a los demás a esta fe, ya fuesen blancos o de color, inspirando así tal abundancia de amor entre las razas que sería capaz de resolver el problema negro…y, si no de resolverlo, al menos liquidarlo por agotamiento. Y si a causa de tan fieles servicios al problema negro, su efigie aparecía regularmente en todos los periódicos negros sobre el epígrafe Mrs. Mamie Mason, la célebre anfitriona de Harlem, recibió en su casa a… esto no era culpa suya. No se puede censurar a esa chica por haber querido ofrecer un poquito a sus invitados, aunque algunas mujeres celosas aseguraban que no fue un poquito, sino, en realidad, mucho más.

Lo peor del caso era que Mamie era por naturaleza una mujer gorda. Y nadie quiere a una mujer gorda si es posible encontrar algo mejor. Así, para poder lucir su vestido ajustadísimo de raso negro, talla 12, logrando aquella silueta parisiense, Mamie tenía que mantenerse a régimen bajo control médico, lo que representaba una incalculable tortura personal y un gasto que hubiera podido mantenerle fácilmente en la más opípara glotonería. En ocasiones, le bastaba con echar una ojeada a un grueso y jugoso solomillo para que se le hiciese la boca agua de tal manera que ella se preguntaba si realmente valía la pena.

Mamie era una mujer notablemente atractiva, cuyas facciones en reposo recordaban las litografías en color de las maharanís de la India. Suvtez tenía el color llamado «amarillo», por los negros, y «bronceado», por los blancos. Sus cabellos eran negros como el ala de un cuervo, ligeramente rizados, partidos por una raya en medio y recogidos en un moño sobre la nuca, en un estilo que se consideraba español. Y tenía unos ojazos oscuros y soñolientos, de color castaño turbio y ensombrecidos por unas pestañas negras increíblemente gruesas y largas: esa clase de ojos que suelen llamarse lánguidos o sensuales. Empezamos a comprender lo que sentía Webster cuando escribió la definición to screw the eyes, frotarse los ojos, pero, aun así, no comprendemos cómo puede hacerse tal cosa.

Las personas blancas se maravillaban ante su extraordinario buen humor. ¡Qué simpática es Mamie!, decían. Da gusto verla siempre tan contenta. ¿Pero, no cree usted que no debería ayunar tanto? ¿No estaría preciosa aunque fuese gorda? Naturalmente, las que opinaban que estaría preciosa si fuese gorda eran, sin duda, mujeres celosas.

Muy pocas personas, con excepción de su marido, habían visto a Mamie cuando ésta no sonreía ni reía, lo cual era capaz de hacer de manera convincente aunque se hallase dominada por la cólera más tremenda. Esto constituía un gran tributo a su valor, porque el hambre constante que sentía la mantenía en un estado de, asimismo, constante disgusto.

Y teniendo en cuenta lo hambrienta que estaba siempre, era verdaderamente vergonzoso que unas esposas bien alimentadas, bien cepilladas por sus maridos y al parecer contentas y satisfechas, sustentasen tan malas opiniones de ella y las expresasen con tal malignidad. Si bien se mira, es una verdadera hazaña para una mujer enérgica y ambiciosa de treinta y nueve años, de sólida osamenta y que bebe como un cosaco, dominada además por una insaciable glotonería, enfundarse en un ajustado vestido de raso de la talla 12, y mucho más aún llevarlo con el grado mínimo de aplomo. Tamaña gesta debiera haber suscitado únicamente la mayor admiración e incluso temor; y sin duda inspiró un temor considerable. Pero nunca debiera haber inspirado la envidia, el miedo y los celos que inspiró, ni todas las maquinaciones diabólicas a que la pobrecilla se vio expuesta. Las pequeñas y repugnantes argucias femeninas, melosas y almibaradas, como la que utilizó Zoe contra ella, eran realmente imperdonables.

Zoe era además la mejor amiga de Mamie, o una de sus mejores amigas; su mejor amiga en Chicago, pudiéramos decir, porque todas las mujeres importantes para ella, bajo cualquier aspecto, o que estaban casadas con hombres importantes, eran sus «mejores amigas». Zeke, el marido de Zoe, era el tesorero de una gran compañía de seguros negra de Chicago, y poseían una enorme casa de ladrillo, abarrotada de mobiliario fascinador y maravilloso de fantasía científica y dos grandes Cadillacs color diamante negro. Naturalmente, Zoe era la mejor amiga de Mamie.

Mamie siempre paraba en su casa cuando visitaba Chicago, pero nunca tuvo la menor intención, ni entonces ni en cualquier otro momento, de quitarle el marido a Zoe. ¿Cómo hubiera podido pretender tal cosa, si ella ya tenía un marido, que por más señas era amigo íntimo de Zeke?

Lo único que ella quería era lucir su ajustado vestido de raso negro e ir con Zeke en uno de sus Cadillacs color diamante negro a la fiesta íntima ofrecida por Cornell Crane III, el gran propietario blanco de periódicos y dueño de unos grandes almacenes, en honor del Comité de Relaciones Raciales, presidido por el alcalde. Y el único motivo que la impulsaba a ir con Zeke era ayudar al problema negro, pues Zeke era un hombre distinguidísimo e importante, alto y corpulento que excedía del metro ochenta y su peso rayaba en los noventa kilos; era un hombre que daba la impresión de ser muy competente, precisamente el tipo de negro que necesitaba la Causa. Y sin duda habría allí muchas mujeres blancas deseosas de sus servicios, lo cual haría no sólo inevitable sino absolutamente esencial que ella lo trocase por un hombre blanco de la misma corpulencia e importancia deseoso de gozar de sus propios servicios, acaso el mismísimo Cornell Crane III.

Al fin y al cabo, fue idea de Zoe que Zeke la llevase a la fiesta, y su única aportación a esta idea era la de aprovechar su presencia.

Fue prácticamente lo primero que dijo Zoe cuando Mamie llegó de improviso aquella tarde, después de mantener la dieta más rigurosa durante los últimos treinta días, sin que pensara en absoluto que Zeke la llevase a la fiesta:

—Nena, me alegro de que hayas venido; podrás ir a la fiesta de Corney con Zeke, para ahuyentar a esas zorras que no harán más que menear el rabo en su presencia.

Mamie había ido en realidad a despedir a Zoe, que se iba para quince días a Los Angeles a fin de asistir a la boda de dos celebridades negras de la pantalla y enviar una crónica de la ceremonia al diario negro, en el que tenía a su cargo las notas de sociedad. Se quedó de una pieza al saber que Zeke asistía a aquella fiesta.

—Creía que él y Corney no estaban en muy buenas relaciones —comentó.
—Chica, tú ya sabes que Zeke no cruzaría la calle para ir a saludar a Corney, pero el Comité le ha pedido como un favor especial que asista. Desea mostrar un frente unido.
—Zoe, cariño, ¿por qué no te quedasA y vienes tú también? Los tres juntos nos divertiríamos.
—No me tientes, Mamie, cielito, ya sabes lo que aborrezco el tener que ir a la costa del Oeste para ver esa payasada —respondió ella con tono candoroso—. Pero me han invitado especialmente y el novio, que Dios le bendiga, me paga mil dólares y todos los gastos para que le haga publicidad.

Hasta entonces, la cosa no pasaba de ser una coincidencia natural. Así es que fue perfectamente natural, también, que Mamie se acordase súbitamente de exclamar:

—Oh, hijita, casi lo olvidaba…¿sabes en qué estaba pensando? Pues en el nuevo traje de raso que compré por sesenta dólares en Lord & Taylor—. Al ser mujer, Zoe no pudo resistir la tentación de decir a Mamie que se pusiese aquel vestido en seguida, como si todos los caballos salvajes de Wyoming hubiesen podido impedírselo. De ello se deduce que Zoe sintió una envidia instantánea de la silueta esbelta que la brillante funda de raso, del número 12, daba a Mamie, teniendo en cuenta que ella requería los servicios de calzadores, martillos pilón y la fuerza bruta para introducir toda su carne lozana, bien nutrida y bien cepillada, en un vestido de talla 16. Y esta envidia que sentía le hizo suspirar maliciosamente:

—Oh, hijita, es asombroso, un sueño, te deja sin respiración… sólo me pregunto qué pasará si estornudas.

Pero a eso Mamie contestó, la muy ladina:

—Pienso quitármelo antes de exponerme a una corriente—. Y entonces Zoe comprendió de pronto que Mamie no se había entregado al ayuno con el mismo celo que el Mahatma Gandhi, sólo en aras de la libertad, y empezó a preguntarse cómo había que interpretar aquello de quitarse el vestido. Y acto seguido empezó a atar cabos, o, mejor dicho, a hacer empalmes, para llegar a la conclusión de que aquello era demasiado coincidencia para ser natural, pero si Mamie pensaba que Zeke miraría a una mujer como ella, no tendría más remedio que recordarle un par de cosas, por ejemplo:
—Dime, hijita, ¿qué efecto produce esta dieta en tus pechos? ¿Se encogen como vejigas vacías o sólo cuelgan como serpientes famélicas?

Ni qué decir tiene que esta alusión al punto flaco de sus encantos puso a Mamie de negro subido, como dicen en esas partes del mundo, y contestó con almibarada acritud:

—Oh, cielito, ¿no te ha dicho nunca Zeke que a los hombres altos y corpulentos les gustan tetitas que les quepan enteras en la boca, para poder sentirse como niños de pecho que han vuelto al regazo de su madre?

Naturalmente, esto puso a Zoe tan furiosa, que echó a correr escaleras abajo, sacó un pavo de diez kilos del refrigerador, lo rellenó con una sazonadísima mezcla de cebollas, huevos, ostras, mantequilla y muchas de pan, y lo metió en el horno para asarlo.

Cuando Zeke volvió a casa, encontró a Zoe en la cocina, cociendo el pavo, acalorada, sudorosa y hecha una furia, y a Mamie tendida en su cama de la habitación para invitados, que estaba en el primer piso, vestida con una bata de seda roja y un pijama verde pálido, acercándose un pañuelo perfumado a la nariz, con aspecto pálido, hambriento y desolado.

Zoe puso la mesa para tres y dijo a Mamie que bajara a cenar, alegando que había asado un enorme pavo criado con leche especialmente para ella, sabiendo cuánto le gustaba el pavo. Cuando Mamie declinó la invitación, Zoe insistió para que se sentase a la mesa, aunque sólo fuese por simple cortesía, y que si no quería comer por temor a estropear su intrigante silueta, que ella lo sentía mucho, pero que no podía darle otra cosa para chupar, pero que al menos bebiese unas copitas con ellos. Entonces Mamie no tuvo más remedio que sentarse allí, mientras el buen highball de whisky escocés le atizaba el hambre, viendo como el grandullón de Zeke arrancaba a mordiscos suculentos trozos de carne ennegrecida de un enorme y jugoso muslo de pavo con sus grandes y fuertes dientes blancos, y pensando en su enorme potencia negra, para distraerse y no pensar en otra cosa, mientras sufría las torturas de los condenados.

Pero la argucia más innoble de Zoe consistió en llevar todo el whisky de la cantina del living room a la cocina y luego poner el pavo en el calentador, sacado y a la vista de todos en lo alto del fogón, por si alguien quería un trago de whisky acompañado de una buena tajada de pavo.

Cuando Zeke fue a acompañar a Zoe al aeropuerto para que no perdiese el avión, Mamie subió corriendo al primer piso, esparció perfume por toda su habitación y se encerró en ella. Pero la habitación estaba situada precisamente sobre la cocina y ella no sabía que la conducción de aire caliente daba a ésta ni que Zoe la había abierto. Lo único que sabía era que aquel condenado y tentador aroma de pavo asado dominaba la fragancia casi embriagadora de treinta dólares de perfume. Un traguito la ayudaría a serenarse.

Pero si quería whisky, tenía que ir por él a la cocina, pues no lo había en el resto de la casa. Se vio obligada entonces a ir a la cocina contra su voluntad. Después de beber un buen vaso se vio obligada, también, a picar un pedacito de crujiente piel del pavo y a tomar un bocado, no, dos, de relleno para que el whisky no se le subiese a la cabeza. Pero esto y no más. Era una mujer de gran voluntad, y, apelando a su autodominio, consiguió volver la espalda al tentador pavo y empezó a subir la escalera hacia su habitación para vestirse. Mas, por desgracia, el enorme pavo asado y dorado era demasiado tentador y no logró realizar su propósito. A la mitad de la escalera se sintió asaltada, no, agredida por una hambre tan brutal, feroz, despiadada e insensata, que no fue capaz de subir un peldaño más. Arrastrada por la pura necesidad física tuvo que volver y probar un poco de carne blanca y otro poco de carne negra, con un poquitín de relleno y sólo la salsa suficiente para que resultara agradable y pasara bien.

Esto le hizo sentirse mejor. Consiguió regresar a su habitación sin dificultad. El estómago le seguía pidiendo a gritos más pavo, pero ya era completamente dueña de sí misma y toda debilidad la había abandonado. Lo único que pasaba era que si estómago vacío, al enfrentarse de pronto a aquella pequeña ración de pavo, había destado sobre ella todos sus jugos, hinchándose dolorosamente, como le sucede al estómago femenino cuando prueba demasiado pavo. Aún podía ponerse el vestido, pero parecía como si fuese una doncella que tratase de ocultar su vergüenza. Aún podía ir a la fiesta, desde luego, pero ninguna mujer de treinta y nueve años amiga de alternar desearía asistir a una fiesta por todo lo alto, en casa de Cornell Crane III, con el aspecto que presentaría una adolescente «siete meses después de su primera ración de pavo».

De pronto se sintió dominada por una rabia tan irrazonable, por haberse dejado embaucar, que volvió a descender a la cocina con paso vacilante para engullir un enorme pedazo de pavo, sin acordarse de que aún llevaba su ajustado vestido de raso negro y talla 12, que había asegurado jactanciosamente que se quitaría antes de «venirse». Se lo quitó con gesto iracundo, y muy a tiempo, porque las costuras amenazaban con romperse a causa de todo el pavo que había tragado, y no podía evitar seguir engullendo porque sentía náuseas, lo cual le obligaba a tomar más pavo rápidamente, para no devolver el que ya había comido. Gemía y daba boqueadas cuando de pronto notó que que se le abrían todas las glándulas y el pavo brotó impetuosamente por su boca, mientras todas sus demás fuentes brotaban también impetuosamente. Apenas consiguió llegar al fregadero. Permaneció agarrada allí por un tiempo, demasiado débil para moverse, pero cuando le volvieron las fuerzas, se bebió un vaso de whisky solo y se instaló cómodamente a la mesa, contenta y satisfecha. Qué bueno estabas, amigo, dijo al pavo; tenemos que repetirlo.

Cuando Zeke volvió del aeropuerto, la encontró sentada allí, con su combinación de nylon negro con bordes de encaje, el estómago prominente y los ojos enturbiados por la satisfacción, mientras una sonrisa de persona ahita u colmada plegaba sus labios grasientos. «¿No querías probarlo, eh, chica?», le dijo él, manifestándole su simpatía. «Sí puedo probarlo, contestó ella, pero he comido demasiado.» Él miró los restos del pavo y sonrió con comprensión. No eres la primera mujer que ha sido atornillada por un volátil, dijo. Y entonces se fue a la fiesta solo.

En cuanto a Mamie, no se enfadó con nadie. Se trataba únicamente de un caso de un mes de privación confrontado con un pavo descomunal. Lo único que Mamie Mason no podía nunca perdonar sería que una negra boicotease sus fiestas, pensando que imitaba a las blancas al edificar un muro en torno a su intimidad negra, cuando si la verdad se supiese, aquellas viejas murallas que los Estados confederados levantaban en torno a la intimidad blanca, ya se habrían desmoronado. Mamie podía perdonarlo todo. Y sólo había una negra que se hubiese atrevido a cometer tan escandalosa falta de etiqueta, portándose como si su intimidad negra fuese demasiado buena para permitir intromisiones blancas. Aquella negra era una tal Juanita Wright, esposa del gran caudillo racial negro Wallace Wright, que hubiera debido ser la primera negra en la gran fornicación pro igualdad racial, en vez de pensar que se la cepillaba un hombre blanco sólo porque Wallace aseguraba tener únicamente una sexagésima cuarta parte de sangre negra. La única ambición que tenía Mamie era ajustarle las cuentas a Juanita, demostrando ante todos que ésta no dejaba de asistir a sus fiestas para hacerle un desprecio si no por vergüenza, porque había empleado demasiado alambre para encoger su intimidad, y ésta se había secado. En cuanto a Zoe, Mamie daba a ésta lo que se merecía y esperaba ansiosamente tenerlos a ella y a Zeke como invitados en su casa, para intentar de nuevo trocar a éste por un hombre blanco flamante y corpulento. Mamie Mason tenía fe. De no haberla tenido, ¿por qué hubiera vuelto a Harlem para empezar de nuevo su penoso régimen?

(Continuará…)

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