Martin Eden (XI)

Jack London








CAPÍTULO XXVIII

EL éxito había olvidado la dirección de Martin y sus mensajeros ya no acudían a su puerta. Durante veinticinco días, domingos y festivos incluidos, trabajó en La vergüenza del sol, un artículo muy largo, de unas treinta mil palabras. Era un ataque certero al misticismo de la escuela de Maeterlinck, dirigido, desde el campo de la ciencia positiva, contra los fabricantes de sueños, pero manteniendo que la belleza es compatible con la realidad. Poco después, insistió en esos mismos puntos de vista en unos artículos más cortos, titulados Los soñadores de maravillas y La medida del ego. Y con sus artículos, tanto largos como cortos, comenzó a pagar las tarifas de viaje de revista en revista.

Durante los veinticinco días que invirtió en La vergüenza del sol, vendió trabajo de batalla por valor de seis dólares, cincuenta centavos. Un chiste le reportó cincuenta centavos y otro, vendido a una importante publicación humorística, un dólar. Luego, dos poemas festivos significaron dos y tres dólares respectivamente. Por tanto, al haber agotado su crédito con los tenderos (aunque el de la verdulería se lo amplió a cinco dólares), Martin volvió a la casa de empeños con el traje y la bicicleta. Los de la máquina de escribir protestaban nuevamente por la falta de pago, recordando que los meses se abonaban por adelantado.

Animado por las distintas ventas, Martin se ocupó otra vez del trabajo de batalla. Quizá, pese a todo, se pudiera vivir de él. Bajo su mesa, había veinte relatos breves, rechazados por la agencia que abastecía a los periódicos. Los volvió a leer, para averiguar cómo no debían escribirse, y así dio con la fórmula perfecta. Descubrió que los relatos para la Prensa no debían ser trágicos, debían tener un final feliz y no había que darles belleza de lenguaje, profundidad de ideas ni sentimientos delicados. Éstos debían figurar, desde luego, pero de la clase que, en su primera juventud, le hicieron aplaudir desde la general de los teatros, los sentimientos al estilo de Por Dios, mi patria y el zar y Soy pobre pero honrado.

Al llegar a esas conclusiones, Martin consultó el relato titulado La duquesa y puso la fórmula en práctica. Esta fórmula consistía en tres partes: 1.ª Unos enamorados deben separarse; 2.ª, un acontecimiento fortuito les reúne; 3.ª, suenan las campanas de boda. La última era invariable pero las otras dos permitían toda clase de cambios e innovaciones. Así, los enamorados podían separarse por algún malentendido, por un capricho de la suerte, por un rival celoso, por unos airados padres, por tutores ambiciosos, por parientes intrigantes, es decir, hasta el infinito. Podían reunirse por algún acto heroico del enamorado, por un hecho similar de la enamorada, por cambio de sentimientos en uno de los dos, por la forzada confesión del tutor ambicioso, del pariente intrigante o del celoso rival, por la confesión voluntaria de los mismos, por descubrirse un increíble secreto, por los sacrificios del enamorado y etcétera, también hasta el infinito. Resultaba atractivo que la muchacha se declarase al reunirse y, poco a poco, Martin fue descubriendo otros trucos igualmente atractivos e ingeniosos. Pero las campanas de boda del final eran lo único con lo que no podía tomarse libertades. Aunque el cielo se rasgara y las estrellas se desplomaran, las campanas de boda debían sonar. Acerca de la cantidad, la fórmula prescribía una dosis mínima de mil doscientas palabras y de mil quinientas, como máximo.

Antes de lanzarse a fondo con estos relatos, Martin esbozó una docena de fórmulas, que siempre consultaba al ir a comenzar. Tales fórmulas eran como las tablas que emplean los matemáticos y que pueden usarse desde cualquier lado y de las que se extraen miles de conclusiones, sin necesidad de cálculo, todas ellas exactas y ajustadas. Así, en media hora y con ayuda de las fórmulas, Martin podía planear alrededor de una docena de relatos, que luego desarrollaba a su gusto. Comprobó que resultaba fácil escribir uno, tras toda una jornada de trabajo serio, en la hora que precedía al acostarse. Según más adelante le confesó a Ruth, las podía escribir incluso durmiendo. Lo complicado era idearlas y eso constituía una faena mecánica.

No tenía dudas acerca de la eficacia de dichas fórmulas y, por una vez, conocía el gusto de los periódicos, por lo que estaba seguro de que las dos primeras iban a proporcionarle sendos cheques. Y así fue, a cuatro dólares cada una, al cabo de doce días.

Mientras, estaba realizando nuevos y alarmantes descubrimientos acerca de las publicaciones. Pese a que el Transcontinental había publicado El tañido de las campanas, no le enviaron cheque alguno. A Martin le hacía falta y escribió reclamándolo. Recibió una excusa y la demanda de más trabajo. Eden pasó dos días sin comer, en espera de la contestación, y tuvo que empeñar la bicicleta. Escribía a la revista regularmente dos veces por semana, reclamando sus cinco dólares, aunque sólo en muy raras ocasiones recibía una respuesta. Martin ignoraba que el Transcontinental se estaba tambaleando desde hacía años, de que era de cuarta o, incluso, de décima categoría, sin ningún prestigio, con un tiraje absurdo, que se mantenía gracias a las presiones y a las llamadas patrióticas y con unos anuncios que eran poco más que caridad. Tampoco sabía Martin que el Transcontinental constituía el único medio de vida del director y del administrador y que sólo lo lograban evitando pagar el alquiler del local y cuantas facturas les era posible. Así mismo, no podía suponer que los cinco dólares que le pertenecían se los quedó el administrador para pintar su casa de Alameda. Él en persona se encargaba de hacerlo los fines de semana por la tarde, ya que no llegaba a los precios impuestos por el sindicato y porque al primer esquirol que contrató le quitaron la escalera mientras trabajaba y tuvieron que llevarle al hospital con el cuello roto.

Los diez dólares por los que Martin había vendido el artículo sobre la búsqueda del tesoro a un periódico de Chicago no llegaron nunca. Su trabajo se había publicado, según comprobó en la biblioteca pública, pero no consiguió ponerse en contacto con la empresa. Simplemente, ignoraron sus cartas. Incluso las certificó, para asegurarse de que las recibían. Se decía que aquello era un robo, un robo en frío y premeditado. Mientras pasaba hambre, le escamoteaban su mercancía, que era el único modo de ganarse el pan.

Youth and Age era un semanario y había publicado dos tercios de su serial, cuando quebró. Con eso, desaparecieron todas sus esperanzas de conseguir los dieciséis dólares.

Para agravar la situación, perdió El recipiente, que consideraba como su mejor obra. Desesperado, en busca de nuevas revistas, lo mandó a The Billow, un semanario elegante de San Francisco. El principal motivo de habérselo enviado fue que sólo tenía que cruzar la bahía desde Oakland para ponerse en contacto con ellos. Dos semanas después, recibió una gran alegría al ver, en el número a la venta, su relato, ilustrado y en el lugar de honor. Volvió a casa con el pulso más vivo, preguntándose cuánto le pagarían por su mejor trabajo. También le satisfacía la rapidez con la que lo aceptaron y publicaron. La sorpresa era más completa por el hecho de que el director no le hubiese advertido. Tras esperar dos semanas y media, escribió a The Billow, sugiriendo que quizá, por algún error de administración, no había atendido sus honorarios.

«Aunque sólo sean cinco dólares —se decía Martin— me permitirán comprar suficientes alubias y puré de guisantes para escribir otras iguales y quizá tan buenas».

Recibió una fría carta del director que, por lo menos, despertó la admiración de Eden.

«Le agradecemos —decía— su excelente colaboración. Nos gustó mucho a todos y, como ha podido ver, se le concedió el lugar de honor y una publicación inmediata. Confiamos en que le agradaron las ilustraciones.
»A1 leer su carta, nos pareció que estaba usted bajo el error de que pagamos las colaboraciones no solicitadas. No es ésa nuestra costumbre, y la suya, desde luego, no fue solicitada. Al recibir el relato, supusimos que estaba usted al corriente de la situación. Sólo podemos lamentar este malentendido y hacerle patente nuestro respeto. Agradeciéndole nuevamente su colaboración y en la confianza de recibir otras suyas, quedamos, etcétera».

Había una posdata diciéndole que, aunque The Billow no regalaba números, se complacían en enviarle una suscripción gratuita para el año próximo.

Después de esa experiencia, Martin escribía en la primera página de todos sus originales «A sus tarifas de costumbre».

«Algún día —se consolaba— lo harán a mis tarifas».

Se le despertó en esa época una pasión perfeccionista, al influjo de la cual rehízo La calle de los codazos, El vino de la vida, Júbilo, Lírica marinera y otros de sus primeros escritos. Como antaño, diecinueve horas diarias de trabajo le resultaban cortas. Escribió prodigiosamente y leyó prodigiosamente, olvidando con el esfuerzo la angustia de haber renunciado al tabaco. El brebaje contra el vicio de fumar, según rezaba en el frasco que Ruth le regalara, quedó olvidado en un rincón del cuarto. Durante los momentos en que el hambre era más aguda, más sufría por la falta de cigarrillos y, por mucho que la dominase, el ansia continuaba. Martin lo consideraba como su mayor triunfo. El punto de vista de Ruth es que hacía lo debido. Le compró el brebaje antitabaco, adquirido con sus ahorros, y en pocos días lo olvidó.

Sus relatos breves, aunque los odiaba y se burlaba de ellos, resultaron un éxito. Gracias a ellos, pudo pagar casi todas sus deudas, desempeñar sus propiedades y ponerle neumáticos nuevos a la bicicleta. Estos relatos breves le permitían subsistir, dándole tiempo para trabajos de mayor envergadura. Pero lo que sostenía su ánimo eran los cuarenta dólares que recibió del White Mouse. Aferró a ellos su esperanza, confiando en que todas las publicaciones de primera clase pagarían, por lo menos, lo mismo a un autor desconocido. Lo difícil era introducirse en las publicaciones de primera clase. Sus mejores relatos, artículos y poemas resultaban rechazados de continuo y, sin embargo, cada mes leía en ellos cosas de muy escasa calidad. «Si un solo director —se decía a veces— descendiera de su alto sitial para escribirme una línea, una triste línea… No importa que mi trabajo sea desacostumbrado, no importa que no les convenga, debe haber algo en él que merezca apreciarlo.» Y, luego, leía nuevamente alguno de sus escritos, como Aventura, por ejemplo, en un vano intento de vengarse del silencio de la Prensa.

Conforme se aproximaba la suave primavera californiana, concluyó la etapa de prosperidad de Martin Eden. Durante varias semanas estuvo preocupado por el silencio de la agencia a la que vendía sus relatos breves. De súbito, un día, el correo le devolvió diez de ellos. Los acompañaba una carta indicando que la agencia estaba sobrecargada de originales y que deberían pasar varios meses antes de poder aceptar otros. Martin se había mostrado algo extravagante fiando en esas narraciones. La agencia llegaba a pagarle cinco dólares por cada una y le aceptaba cuantas enviara. Por tanto, consideró aquellas diez como vendidas, viviendo igual que si tuviese los cincuenta dólares en el Banco. De este modo, entró en un período de estrechez, durante el que vendió sus primeras producciones a revistas que no pagaban y entregando las más recientes a periódicos que no las compraban. Asimismo, reanudó sus visitas al prestamista de Oakland. Unos cuantos chistes y versos festivos, que le compraron en Nueva York, le permitieron subsistir. Fue en esta época cuando escribió cartas a los grandes semanarios y revistas, respondiéndole todos que raramente tenían en cuenta los artículos que no encargaban y que casi todo lo que se publicaba se debía a especialistas, verdaderas autoridades en sus diversos campos.


CAPÍTULO XXIX

EL verano fue muy duro para Martin. El personal de las redacciones estaba de vacaciones y las revistas que solían tardar unas tres semanas en devolverle los originales, invertían ahora tres meses. Eden se consolaba al pensar que esto significaba un ahorro en sellos de correos. Tan sólo las publicaciones pirata semejaban continuar en la brecha y Martin les cedió todos sus primeros trabajos, como los artículos sobre los pescadores de perlas, acerca de la profesión de marino, de los cazadores de tortugas y de los alisios. Por todos ellos no obtuvo ni un penique. Cierto que, al cabo de seis meses de correspondencia, llegaron a un compromiso. Recibió una maquinilla de afeitar por los cazadores de tortugas y el Acrópolis, que se había comprometido a pagarle cinco dólares y una suscripción para cinco años por el artículo sobre los alisios, sólo cumplió la segunda parte del pacto.

Por un soneto sobre Stevenson, Eden logró arrancarle dos dólares a una revista de Boston, de gustos a lo Matthew Arnold y escasa bolsa. El hada y la perla, un poema de unos doscientos versos, recién concluido, aún caliente, lo pudo vender al director de una revista de San Francisco, patrocinada por la compañía de ferrocarriles. Cuando le escribieron ofreciéndole pagarle en transportes, Martin indagó si eso era transferible.

Al no serlo y, por tanto, no resultar venal, pidió que le devolviesen el poema. Llegó, con los lamentos del director, enviándolo Martin nuevamente a San Francisco, esta vez a The Hornet, una pretenciosa revista mensual, a la que lanzó a primera magnitud el prestigioso periodista que la fundara. Pero el esplendor de The Hornet había comenzado a apagarse mucho antes de que Martín naciese. El director le prometió a Martin quince dólares por el poema, pero, una vez publicado, pareció olvidarlo. Al ver que ignoraban sus cartas, Martin les escribió una bastante fuerte, que consiguió respuesta. La contestó el nuevo director, que informó a Martin que se negaba a hacerse responsable de los errores de su predecesor y, además, le gustaba muy poco El hada y la perla.

Pero el mayor disgusto se lo dio a Eden The Globe, una revista de Chicago. Eden se resistió a dar a publicar su Lírica marina, hasta verse obligado por el hambre. Tras rechazarlo una docena de revistas, fue a parar a la redacción de The Globe. Consistía en treinta poemas y debía recibir un dólar por cada uno. Al primer mes se publicaron cuatro y le enviaron el cheque consabido. Pero al leer la revista, Martin quedó horrorizado ante la degollina efectuada. En algunos casos, habían alterado los títulos. Finís, por ejemplo, se llamaba El final y La canción del arrecife exterior, La canción del arrecife de coral. En ocasiones, le habían puesto un título totalmente distinto y muy poco apropiado. Cambiaron La luz de la medusa por El camino de regreso. Pero la degollina en el texto de los poemas era mucho peor. Martin gemía, gruñía y se mesaba los cabellos. Frases, versos y hasta estrofas enteras estaban mal puestas, de un modo incomprensible. Incluso otras sustituían a las suyas. No podía creer que de esto fuese culpable un director en su sano juicio y su hipótesis favorita era que de los poemas se había encargado el botones o la mecanógrafa. Martin escribió en seguida, diciéndole al director que dejaran de publicarlo y le devolvieran los poemas. Volvió a escribir una y otra vez, rogando, exigiendo y amenazando, pero no le hicieron caso. Mes tras mes, continuó la degollina, hasta que aparecieron los treinta poemas y mes tras mes fue recibiendo el cheque por lo que se incluía en el número en curso.

Pese a todas estas desventuras, el cheque de The White Mouse le sostenía, aunque debía dedicarse más y más al trabajo de batalla. Descubrió un buen modo de ganarse el sustento con las revistas de agricultura y de otras especializaciones y comprobando que, con las religiosas, resultaba fácil morirse de hambre. En uno de los peores momentos, cuando tenía el traje bueno empeñado, acertó un pleno, según creía, en un concurso organizado por el Comité Republicano del Condado. Había tres premios y él concurrió a todos, riendo con amargura de las cosas que se veía obligado a hacer para sostenerse. Su poema ganó el primero, de diez dólares, su himno a la campaña electora el segundo, de cinco, y su artículo sobre los principios del Partido Republicano el de veinticinco, lo que le satisfizo mucho hasta que intentó cobrar. Algo funcionaba mal en el Comité del Condado y, pese a que en él figuraban un prominente banquero y un senador, el dinero no aparecía. Mientras debatían esto, Martin demostró conocer los principios del Partido Demócrata ganando el primer premio de artículos en un concurso similar. Y, además, cobró los veinticinco dólares señalados. Pero los cuarenta del otro concurso no llegaron jamás.

Obligado a trasladarse para ver a Ruth y comprendiendo que el paseo a pie desde Oakland del Norte hasta su casa, ida y vuelta, le robaba mucho tiempo, dejó el traje oscuro empeñado en lugar de la bicicleta. Con ésta podía hacer ejercicio, ahorraba tiempo y le permitía ver a la muchacha. Unos pantalones con medias y un jersey constituían un presentable atavío de deportista, con lo que podía ir a pasear con Ruth. Además, apenas la veía en su casa, donde Mrs. Morse proseguía a conciencia su campaña de diversiones, La gente distinguida que allí conociera, y a la que respetaba tanto hacía muy poco, le aburría ahora enormemente. Ya no le parecían distinguidos. Martin estaba nervioso e irritable, a causa de las muchas dificultades, desengaños y esfuerzos, y la conversación de aquella gente le resultaba enloquecedora. En su actitud, había cierto egotismo, Medía la capacidad de los cerebros por aquellos que escribieron los libros que leía. En casa de Ruth, nunca encontró a una mente en verdad amplia, excepto al profesor Caldwell, al que sólo viera una vez. Los demás, eran todos vacíos, de inteligencia estrecha, superficiales, dogmáticos e ignorantes. Esto último era lo que más sorprendía a Eden. ¿Qué les ocurría? ¿Qué hicieron de sus estudios? ¿Cómo no habían sacado nada de ellos? Le constaba que existían las grandes mentes, los pensadores profundos. Tenía la prueba en los libros, en esos libros que le educaron por encima del nivel de los Morse. Y, también, sabía que un intelecto superior al del círculo de los Morse podía encontrarse en otras partes. En las novelas inglesas que había leído, y que se desarrollaban en el seno de la alta sociedad, encontró descripciones de hombres y mujeres que hablaban y discutían de política y de filosofía. Y también había leído acerca de las reuniones en ciudades importantes, allí mismo, en los Estados Unidos, a las que asistían artistas e intelectuales. Con toda inocencia imaginaba, en el pasado, que cualquier persona bien acomodada, superior a la clase obrera, tenía inteligencia y sensibilidad. A su juicio, la cultura y el cuello duro iban emparejados y llegó a creer que el haber asistido a la Universidad y dominar muchas cosas eran lo mismo.

Bien, se iría abriendo paso hacia arriba. Y se iba a llevar a Ruth. La amaba tiernamente y estaba seguro de que la muchacha destacaría en todas partes. Así como Martin se daba cuenta de que le había mal condicionado su medio ambiente, comprendía, ahora, que lo mismo le ocurría a Ruth. No le dieron ocasión de desarrollarse. Los libros de su padre, los cuadros de las paredes, las partituras del piano, no eran más que simples oropeles. Los Morse y sus iguales estaban muertos para la verdadera literatura, la verdadera pintura y la verdadera música. Y aún más importante que todo esto era la propia vida, de la que parecían ignorarlo todo. Pese a su actitud y a su pretensión de ser comprensivos, estaban dos generaciones atrás con respecto a la ciencia interpretativa. Sus procesos mentales eran todavía del medievo, mientras que sus ideas acerca de los últimos descubrimientos de la existencia y del Universo resultaban similares al método metafísico que fue nuevo con las primeras razas y resultaba tan antiguo como el hombre de las cavernas. Era el mismo que hizo que los humanoides del Pleistoceno temiesen la oscuridad, que unos hebreos salvajes identificasen a Eva con la costilla de Adán, que impulsó a Descartes a construir una teoría universal basada en su insignificante ego y que hizo que aquel famoso clérigo inglés criticase el evolucionismo con tal sátira que le valió un aplauso inmediato y situarse en las páginas de la Historia.

Todo esto pensaba Martin, hasta que comprendió que entre los abogados, soldados, hombres de negocios y cajeros de Banco que conociera y los miembros de la clase trabajadora entre los que se crió, que eran por completo iguales, no existía otra diferencia que lo que comían, las ropas que vestían y los barrios que habitaban. A todos ellos les faltaba algo, que Martin halló en sí mismo y en los libros que había leído. Los Morse le mostraron lo mejor de cuanto podía producir su clase social y a Eden no le deslumbraron. Pese a ser casi un mendigo y un esclavo del prestamista, Martin se sabía muy superior a todos los que conociera en aquella casa. Cuando no estaba empeñada su ropa buena, se movía entre esa gente como el señor de la vida, dominado por una sensación de furia, muy semejante a la de un príncipe obligado a convivir con rebaños de cabras.

—Odia y teme usted a los socialistas —le dijo a Mr. Morse cierta vez, mientras cenaban—. ¿Por qué? No los conoce, como tampoco sus doctrinas.

La conversación había tomado ese camino a causa de que Mrs. Morse estuvo contando, con gran parcialidad, las alabanzas de Mr. Hapgood. Éste era la bestia negra de Martin y se irritaba en seguida en cuanto se hacía referencia al hombre de las frases hechas.

—Sí —repuso—. Charlie Hapgood es lo que se llama un joven que promete. Alguien me lo dijo hace poco. Y es cierto. Acabará de gobernador y, ¿quién sabe?, quizás incluso llegue al senado.
—¿En qué se funda? —indagó Mrs. Morse.
—Le oí en un discurso electoral. Era tan inteligentemente estúpido y poco original, pero tan convincente, que los líderes del partido no pueden por menos que considerarle seguro y sin riesgos, mientras que los lugares comunes que maneja se parecen tanto a los del elector medio que… Bueno, ya saben que se halaga a cualquiera ordenándole sus pensamientos y presentándoselos de forma clara.
—Se diría que estás celoso de Mr. Hapgood —sugirió Ruth.
—¡Dios no lo permita!

La expresión de horror de Martin incitó a Mrs. Morse al ataque.

—¿No querrá decirme que Mr. Hapgood es estúpido? —indagó fríamente.
—No mucho más que el republicano medio —fue la respuesta— o el demócrata medio. Todos son estúpidos cuando no astutos, y de éstos hay muy pocos. Los únicos republicanos listos son los millonarios y sus auxiliares. Saben lo que les conviene y por qué.
—Yo soy republicano —recordó Mr. Morse con ligereza—. ¿Dónde me clasifica?
—Usted es un auxiliar consciente.
—¡Auxiliar!
—Sí. Trabaja usted para las empresas. No pertenece a la clase obrera ni, tampoco, tiene experiencia criminal. Sus beneficios no dependen de quienes apalean a sus esposas o roban carteras. Sus ingresos provienen de los amos de la sociedad, y el que nos proporciona nuestros ingresos se convierte en nuestro amo. Su interés consiste en aumentar la potencialidad del capitalismo al que sirve.

El rostro de Mr. Morse estaba al rojo.

—Joven, habla usted como un pervertido socialista —dijo.

Fue entonces cuando Martin comentó:

—Teme y odia a los socialistas. ¿Por qué? No los conoce, como tampoco sus doctrinas.
—Sus opiniones suenan a socialistas —repuso Mr. Morse, al tiempo que Ruth miraba con inquietud a uno y a otro y Mrs. Morse sonreía satisfecha ante aquella oportunidad de provocar la indignación de su esposo.
—Por el hecho de sostener que los republicanos son estúpidos y que libertad, igualdad y fraternidad son meras pompas de jabón, no soy, forzosamente, socialista —advirtió Martin sonriendo—. Por el hecho de poner en duda a Jefferson y a los poco científicos franceses que le formaron, no tengo, forzosamente, que ser socialista. Créame, Mr. Morse, usted está mucho más cerca del socialismo que yo, que soy su enemigo declarado.
—Ahora pretende hacerse el gracioso —fue todo lo que el otro pudo responder.
—En absoluto. Hablo muy seriamente. Usted sigue creyendo en la igualdad, pero trabaja para las grandes empresas, que se esfuerzan de continuo en enterrarla. Me califica usted de socialista simplemente porque niego la igualdad, porque afirmo aquello que usted lleva a la práctica. Los republicanos son enemigos de la igualdad, aunque la mayoría la combatan usándola como lema. En nombre de la libertad, matan la libertad. Por eso les llamo estúpidos. En cuanto a mí, soy individualista. Creo que la carrera corresponde al más rápido, la batalla al más fuerte. Ésa es la lección que he aprendido de la biología o, por lo menos, la que creo haber aprendido. Como ya he dicho, soy individualista y los individualistas somos los enemigos ancestrales del socialismo.
—Pero frecuenta usted sus mítines —le reprochó Mr. Morse.
—Cierto, igual que los espías frecuentan el campo enemigo. De otro modo, ¿cómo iba a conocerlo? Además, me divierto en sus mítines. Son auténticos luchadores y, bien o mal, han leído mucho. Cualquiera de ellos sabe más de sociología y de otras cosas que el capitán de industria medio. Sí, he asistido a una media docena de mítines socialistas, pero eso no me hace socialista, del mismo modo que escuchar un discurso de Charlie Hapgood no me hace republicano.
—No puedo evitarlo —comentó Mr. Morse débilmente—, pero sigo creyendo que se inclina usted por ellos.

«¡Dios mío! —se dijo Martin—, no tiene ni idea de lo que le estaba diciendo. No ha entendido ni una sola palabra. ¿Para qué le han servido sus estudios?».

De este modo, Martin tuvo que enfrentarse a la moralidad económica o a la moralidad de clase, que no tardó en convertirse en un horripilante monstruo. Martin era un moralista intelectual y le ofendía, mucho más que los que se expresaban por medio de lugares comunes, esa extraña combinación de economía, metafísica, sentimiento y mimetismo.

Una de esas extrañas mezclas la encontró en su familia. Su hermana Marian salía, desde hacía tiempo, con un joven e industrioso mecánico de origen alemán, que, tras aprender el oficio a conciencia, había instalado su propio taller de reparación de bicicletas. Prosperó en seguida, pues, además, representaba a un fabricante de poca monta. Marian fue a visitar a Martin a su cuarto, para anunciarle su compromiso, en cuya visita, para distraerse, le leyó las rayas de la mano. En su siguiente visita, hizo que la acompañase Hermann von Schmidt. Martin les hizo los honores y les felicitó, con un lenguaje tan sencillo y agradable, que no pudo por menos que alterar la mentalidad campesina del novio de su hermana. Esta mala impresión aumentó, al leerles Martin unas estrofas del poema que compuso para conmemorar la anterior visita de Marian. Eran unos versos elegantes y delicados, que tituló La quiromántica. Quedó sorprendido, al concluir la lectura, de que el semblante de su hermana no se hubiese alegrado. En vez de ello, no dejaba de contemplar a su prometido. Martin, siguiendo su mirada, descubrió en las facciones asimétricas del digno mecánico nada más que puntillo y desaprobación. Luego, la pareja se fue y Martin olvidó el incidente, aunque de momento sintió cierta extrañeza de que a una mujer, aunque perteneciese a la clase trabajadora, no la halagase que le escribieran versos.

Varios días después, Marian le visitó a solas. No perdió tiempo en censurarle, dolorida por lo que había hecho.

—Pero Marian —se burló Eden—, hablas como si te avergonzases de tu familia o, por lo menos, de tu hermano.
—Lo estoy —confesó ella.

Martin quedó sorprendido ante las lágrimas de humillación que llenaban los ojos de la muchacha. Sus motivos, fuesen cuales fuesen, eran sinceros.

—Pero, Marian, ¿por qué ha de sentirse Hermann celoso de que le escriba versos a mi propia hermana?
—No está celoso —sollozó la muchacha—. Dice que es indecente y obs… obsceno.

Martin emitió un largo silbido de incredulidad y, luego, tomó una copia de La quiromántica.

—Yo no lo veo —aseguró tendiéndole a ella la cuartilla—. Léelo tú misma y señálame lo que encuentres obsceno; ésa fue la palabra, ¿no?
—Pues cuando él lo dice, por algo será —repuso Marian, mientras apartaba la cuartilla con la mano y la miraba con odio—. Me ha encargado pedirte que lo rompas. Que no quiere que se digan esas cosas de su futura mujer, que, además, las puede leer todo el mundo. Asegura que es vergonzoso y que no lo aguanta.
—Mira, Marian, eso son tonterías —comenzó a decir Martin, pero, de súbito, cambió de idea.

No vio más que a una muchacha desgraciada y comprendió la futilidad de intentar convencerla, o a su novio, por lo que, pese a lo absurdo de la situación, decidió rendirse.

—Está bien —declaró mientras rasgaba la cuartilla en media docena de pedazos, que arrojó a la papelera.

Se consoló al pensar que, en aquellos momentos, el original estaba en la redacción de una revista neoyorquina. Ni Marian ni su marido iban a saberlo nunca y nadie resultaría perjudicado si algún día se publicaba el inofensivo poema.

Marian, que tendía la mano a la papelera, se contuvo.

—¿Puedo? —rogó.

Martin asintió, contemplándola mientras recogía los pedazos de papel, para guardárselos en el bolsillo de la chaqueta, prueba indudable del éxito de su comisión. A Martin, su hermana le recordaba a Lizzie Connolly, aunque tenía menos fuego y menos vida que la otra muchacha de la clase obrera, a la que sólo había visto en dos ocasiones. Pero ambas eran muy semejantes, en pose y atavío, y sonrió, divertido, al imaginárselas a las dos en el salón de Mr. Morse. Pero, en seguida, sintió una gran soledad. Tanto su hermana como el salón de los Morse estaban muy lejos del camino por él emprendido. A todos les había dejado atrás. Contempló con afecto sus pocos libros.

Éstos eran los únicos amigos que aún le quedaban.

—¿Qué? ¿Cómo dices? —indagó sobresaltado.

Marian repitió la pregunta.

—¿Que por qué no voy a trabajar? —Martin estalló en una carcajada algo amarga—. Te ha hablado Hermann.

Ella negó con la cabeza.

—No mientas —le advirtió su hermano y, al fin, Marian asintió—. Bien, pues dile a tu Hermann que se ocupe de sus asuntos. Que pueden ser sus asuntos que no escriba poesía acerca de su novia, pero que, fuera de eso, no tiene voz ni voto. ¿Comprendido? —Luego, continuó—: ¿Así que no crees que vaya a triunfar como escritor? ¿Que no sirvo? ¿Que me he hundido y soy una vergüenza para la familia?
—Creo que sería preferible que te buscaras un empleo —repuso Marian con firmeza, y Martin comprendió que lo decía de corazón—. Hermann opina…
—¡Al diablo Hermann! —exclamó Eden de buen humor—. Lo que yo quiero saber es cuándo os casáis. Además, pregúntale a tu Hermann si va a permitirte aceptar un regalo mío.

Una vez su hermana se hubo marchado, Martin estuvo meditando acerca del incidente y una o dos veces estalló en una amarga risa al ver que Marian y su prometido, todos los miembros de su clase y todos los miembros de la clase de Ruth dirigían sus vidas mezquinas por fórmulas mezquinas. Se trataba de criaturas endurecidas, de sentido gregario, que acomodaban su existencia a la opinión de los demás, dejando de ser individualidades y sin gozar de la existencia a causa de las normas infantiles que les esclavizaban. Martin los fue convocando en una procesión fantasmal, Bernard Higginbotham del brazo de Mr. Butler, Hermann von Schmidt hombro con hombro con Charlie Hapgood y uno por uno y por pares los juzgó, despidiéndolos. Los medía por los niveles intelectuales y morales que había aprendido en los libros. En vano se preguntó dónde estarían los grandes espíritus, los grandes seres. No los encontró entre las romas y burdas inteligencias que respondieron a su llamada en aquel cuartucho. Sintió por todos ellos idéntico desprecio al que Circe debió experimentar por los cerdos. Una vez los hubo despedido a todos y Martin se creía solo, apareció uno, algo retrasado, al que nadie llamara. Eden le contempló, examinando el sombrero de alas anchas y rígidas, la chaqueta cruzada y el aire inconfundible del matón juvenil que él mismo fue en otra época. —Eras igual que ellos, jovencito —se burló Martin—. Tus juicios y tu moralidad eran iguales a los suyos. No pensabas ni actuabas por ti mismo. Tus opiniones, igual que tus ropas, eran de confección; tus actos estaban moldeados por la aprobación general. Fuiste el gallito de la banda porque otros te consideraban así. Peleabas y gobernabas la banda, no porque te gustase, ya que sabes muy bien que lo odiabas, sino porque los otros te daban palmadas en el hombro. Venciste a Cheese Face porque no querías rendirte, y no querías rendirte, en parte, porque eras un bruto abismal, pero, sobre todo, porque creías lo mismo que creían cuantos te rodeaban: que la hombría se mide por la ferocidad salvaje con la que hieres o dejas mal parado a un semejante. ¡Presumido!

Incluso les quitaste chicas a otros tipos no porque te gustaran, sino porque en el ánimo de quienes te rodeaban se hallaba el instinto del garañón. Bien, han pasado los años. ¿Qué piensas ahora?

A modo de respuesta, la visión sufrió una rápida metamorfosis. El sombrero y la chaqueta cruzada fueron sustituidos por ropas menos llamativas, la dureza desapareció del rostro, que se hizo más sereno y refinado, como si de su interior irradiase el contacto con el saber y la belleza. La aparición era semejante a él mismo en aquellos momentos y, al contemplarla, advirtió una lámpara que la iluminaba y el libro que estaba leyendo. Examinó el título: La ciencia de la estética. Luego, volvió a contemplar la aparición, encendió la luz y se puso a leer La ciencia de la estética.


CAPÍTULO XXX

EN un hermoso día de otoño, muy semejante al que, en el año anterior, vio nacer su compromiso, Martin le leyó a Ruth el Ciclo de amor. Era por la tarde e, igual que antes, habían ido en bicicleta hasta su lugar favorito. Ella le estuvo interrumpiendo con exclamaciones de admiración y, al terminar la lectura, Eden esperó su juicio, mientras colocaba la última cuartilla con sus compañeras.

Ruth tardó en hablar y, al fin, lo hizo un poco entrecortada, dudando en cómo expresar sus pensamientos.

—Los encuentro preciosos, hermosos de veras. Pero no los puedes vender, ¿no es cierto? Comprende lo que pretendo decirte —continuó, casi suplicando—. Tus escritos no son prácticos. Hay algo que no encaja, quizá sea el mercado, que te impide ganarte la vida con ellos. Y no me interpretes mal, cariño. Me siento halagada y orgullosa, no sería mujer de no sentirlo así, de que me hayas escrito esos poemas. Pero no nos facilitan la boda. ¿No lo comprendes, Martin? No me juzgues mercenaria. Es el amor, el pensar en tu futuro, lo que me preocupa. Ha pasado todo un año desde que nos declaramos nuestro cariño y nuestra boda sigue tan lejana como entonces. No me juzgues inmodesta por hablar del matrimonio, ya que he puesto mi corazón, todo cuanto soy, en esto. ¿Por qué no intentas ingresar en un periódico, si tanto deseas escribir? ¿No podrías convertirte en redactor, de momento por lo menos?
—Me estropearía el estilo —repuso Eden con voz monótona y aburrida—. No tienes idea de cuánto luché por conseguir mi estilo.
—Pero ese trabajo de batalla, del que has escrito tanto, ¿no te estropea el estilo?
—No es lo mismo. Ese trabajo de batalla se hacía, especialmente los relatos, al final de toda una jornada dedicada al estilo. El trabajo de un periodista es de batalla desde la mañana a la noche, es lo único que hace. Y, además, es una vida de torbellino, en que sólo cuenta el momento presente, sin pasado ni futuro y, desde luego, sin pensar en estilo alguno, más que el periodístico, que nada tiene que ver con la Literatura. Hacerme reporter, ahora que mi estilo comienza a cristalizar, equivaldría a un suicidio literario. Así y todo, cada palabra de cada una de aquellas narraciones constituían una violación de mí mismo, de mi dignidad, de mi respeto por la belleza. Te aseguro que me ponía enfermo. Estaba pecando. Y, en el fondo, me alegré cuando se acabó el mercado, aunque tuviese que empeñar mis ropas. En cambio, ¡la satisfacción de escribir Ciclo de Amor! ¡No hay forma más noble que el goce de crear! Eso compensa de todo.

Martin ignoraba que Ruth sentía poca simpatía por el goce creativo. Ella también usaba aquella palabra y de ella la aprendió Martin. La muchacha había leído mucho acerca de eso, lo tuvo que estudiar en la Universidad para conseguir el título de bachiller en artes, pero no lo sentía, ya que carecía de fuerza creadora y, en ella, todas las manifestaciones de cultura eran sólo arpegios de los arpegios de otros.

—¿El director de aquella revista no estaría acertado al revisar tu Lírica marina? —indagó—. Recuerda que el director de una publicación debe tener ciertos méritos o no ocuparía ese puesto.
—Sigue siendo el entusiasmo por lo establecido —replicó Martin, dejándose vencer por su antipatía por los directores de periódico—. Lo que es, no sólo está bien, sino que, además, es lo mejor posible. El hecho de que algo exista es suficiente justificación de su existencia; de una existencia, tengo presente que, según lo concibe el hombre medio, no se limita a su presente condición, sino a todas las condiciones. La ignorancia, naturalmente, les hace creer tal tontería, una ignorancia que no es otra cosa que el proceso mental homicida descrito por Weininger. Creen que piensan y esas criaturas sin ideas son los árbitros de las vidas de los pocos que de veras razonan y piensan.

Se interrumpió, comprendiendo que Ruth no podía seguirle.

—No sé quién es Weininger —replicó la muchacha— y generalizas de tal modo que me confundes. De lo que yo hablaba era de las calificaciones de un director…
—Te las diré —la interrumpió Martin—. La principal del noventa y nueve por ciento de directores es el fracaso. Fracasaron como escritores. No creas que prefieren la monotonía de su mesa de despacho, y la esclavitud al tiraje y al gerente, al goce de escribir. Lo intentaron y fracasaron. Y ahí reside la gran paradoja. En literatura, cada una de las puertas del éxito está guardada por esos perros de presa, que fracasaron como literatos. Los directores, los subdirectores, los redactores jefes y los asesores que leen los originales para las revistas y las editoriales, en su mayoría, por no decir todos, son gente que quiso escribir y que fracasó. Y, sin embargo, ellos, las peor preparadas de todas las criaturas que hay bajo el sol, son quienes deciden lo que debe o no debe imprimirse, ellos, que han demostrado no ser originales, que han demostrado carecer del fuego divino, establecen juicios sobra la originalidad y el genio. Luego, vienen los críticos, otros fracasados. No me digas que no soñaron el gran sueño y que intentaron escribir poesía o novela, porque lo han intentado. Las críticas resultan más nauseabundas que el aceite de hígado de bacalao. Pero ya sabes mi opinión acerca de los críticos. Existen grandes críticos, pero son tan raros como los cometas. Si fracaso como escritor, habré demostrado tener condiciones para director de periódico. Allí, por lo menos, se gana para vivir bien.

La mente de Ruth era ágil, y su censura de los puntos de vista de su enamorado se vio sostenida por las contradicciones que creía encontrar.

—Pero, Martin, si es así, si todas las puertas están cerradas, tal como has demostrado de manera tan terminante, ¿cómo ha podido llegar ninguno de los grandes escritores?
—Llegaron realizando un imposible —respondió Eden—. Su obra fue tan extraordinaria que redujeron a cenizas a quienes se oponían. Llegaron porque se realizó un milagro, ganando una apuesta de mil a uno en contra suya. Llegaron porque eran los gigantes, cubiertos de cicatrices, de que nos habla Carlyle, y a quienes no se puede reducir. Y eso es lo que yo debo hacer: realizar un imposible.
—¿Y si fracasas? También a mí debes tenerme en cuenta, Martin.
—¿Si fracaso? —La miró como si aquello fuese imposible. Luego, una luz brilló en sus ojos—. Si fracaso, me haré director de un periódico y serás la esposa de un director.

Ruth frunció las cejas ante la broma, con un gesto tan encantador que obligó a Martin a abrazarla y besarla.

—Bueno, basta —exclamó la muchacha sobreponiéndose con un esfuerzo de la voluntad a la fascinación de su fuerza—. He estado hablando con mis padres. Nunca, hasta ahora, les había hecho frente. Exigí que me escucharan. Fui poco respetuosa. Sabes que están en contra tuya, pero insistí, una y otra vez, que te quería mucho y, al fin, mi padre se avino a que, si estás de acuerdo, puedes trabajar en seguida en su bufete. Él mismo ofreció pagarte lo suficiente para que nos casemos y tengamos una casita. Creo que se mostró muy generoso, ¿no te parece?

Martin, con la angustia oprimiéndole el corazón, buscó papel y tabaco, que ya no tenía, para liar un cigarrillo, y murmuró algo ininteligible. Ruth continuó:

—Con franqueza, y no pretendo ofenderte, pues lo digo para que sepas cómo están las cosas, no le gustan tus puntos de vista, tan extremistas, y te considera perezoso. Yo sé que no es cierto, que trabajas mucho.

Martin se dijo que no sabía exactamente cuanto trabajaba.

—Bueno, acerca de mis puntos de vista —dijo en voz alta—. ¿Los crees tan extremistas?

La miró con fijeza, esperando una respuesta.

—Los encuentro… desconcertantes —exclamó Ruth.

Le habían contestado, y de tal modo oprimió a Martin la tristeza de la vida, que olvidó la tentadora oferta de un empleo que ella le hiciera. Por su parte, Ruth, tras llegar hasta donde se atrevía, decidió esperar la respuesta para cuando se atreviese a tocar nuevamente el tema.

No tuvo que esperar mucho. Martin también tenía una pregunta que hacerle.

Deseaba asegurarse de su confianza en él y, en el plazo de una semana, todo se resolvió. Martin mismo lo provocó al leerle La vergüenza del sol.

—¿Por qué no te haces periodista? —indagó la muchacha cuando hubo concluido—. Te gusta escribir y estoy segura de que te abrirías camino en ese campo. Acabarías por hacerte un nombre. Existen los corresponsales especiales. Cobran buenos sueldos y actúan por todo el mundo. Les envían a todas partes, al corazón de África, como a Stanley, a entrevistar al Papa, a explorar el Tibet.
—¿Así que no te ha gustado mi artículo? —insistió él—. ¿Crees que tengo algo que hacer en el periodismo pero no en la literatura?
—No, no; me ha gustado. Se lee con facilidad. Pero me temo que esté por encima del nivel de los lectores. Por lo menos, está por encima del mío. Suena muy bien, pero no lo entiendo. Se me escapa todo el léxico científico. Eres un extremista, cariño, y, lo que resulta inteligible para ti, puede no serlo para el resto.
—Supongo que es la jerga filosófica la que te desorienta —fue todo lo que Martin pudo decir.

Ardía de entusiasmo ante la lectura de sus últimas ideas y el veredicto de la muchacha le dejó aturdido.

—Por muy pobremente que esté expresado —insistió—, ¿no ves nada, en su fondo, quiero decir?

Ella negó con la cabeza.

—No, es muy distinto a cuanto he leído. He leído a Maeterlinck y le comprendo…
—¿Comprendes su misticismo? —le interrumpió Eden.
—Sí, pero esto tuyo, que supongo que es un ataque a Maeterlinck, no lo comprendo. Claro que si la originalidad cuenta…

Martin la interrumpió con un ademán de impaciencia al que no siguieron palabras. Acababa de darse cuenta de que ella hablaba desde hacía un buen rato.

—Al fin y al cabo, el escribir, para ti, no ha sido más que un juego —le decía la muchacha—. Supongo que ya has jugado bastante. Es hora de tomarse la vida en serio, nuestra vida, Martin. Hasta ahora has vivido solo…
—¿Quieres que busque un empleo? —preguntó Eden.
—Sí. Mi padre te ofrece…
—Eso lo sé —la interrumpió—. Lo que quiero es saber si has perdido la fe en mí.

Ella le apretó la mano en silencio, con los ojos secos.

—En tus escritos, cariño —reconoció en un susurro.
—Has leído muchas cosas mías —continuó Martin con decisión—. ¿Qué opinas? ¿Puedo tener esperanza? ¿Qué te parece al compararlos con los de otros?
—Ellos venden su trabajo y tú… no.
—Eso no responde a mi pregunta. ¿No crees que la literatura sea mi vocación?
—Entonces, te contestaré. —Ruth hizo un esfuerzo sobre sí misma—. No naciste para escribir. Perdona, cariño. Me obligas a decírtelo y sabes que sé más de literatura que tú.
—Sí, eres bachiller en artes —comentó él pensativo— y debes saberlo. Pero hay algo más que debe decirse —continuó tras una pausa, dolorosa para ambos—. Sé lo que llevo dentro. Nadie lo sabe mejor. Sé que voy a triunfar. No me detendrá nada. Me enciende todo lo que debo decir en verso, en novela y en artículos. Sin embargo, no te pido que tengas fe en todo eso. Tampoco te pido que la tengas en mí o en mis escritos. En lo que te pido que la tengas es en el amor.
»Hace un año, te pedí un plazo de dos. Aún no ha concluido el primero. Y creo, por mi honor y por mi alma, que antes de que acabe habré triunfado. Recordarás lo que me dijiste hace tiempo, acerca de que debía realizar mi aprendizaje de escritor. Lo he pasado ya. Lo he hecho de prisa. Al esperarme tú, nada me ha parecido difícil. ¿Sabes que he olvidado lo que es dormirse tranquilamente? Hace algunos millones de años, también yo sabía lo que era dormir a conciencia y despertarse descansado. Ahora, necesito un despertador. Por tarde que me acueste, lo dispongo a la misma hora. Esto y apagar la lámpara, son siempre mis últimos actos conscientes.
»Cuando comienzo a sentirme pesado, cambio de libro, en busca de uno más ligero. Y si me duermo con éste, me doy golpes en la cabeza para despejarme. En algún sitio leí un cuento acerca de un hombre que temía dormirse; lo escribió Kipling. Este hombre dispuso un aguijón de manera que, cuando le venciese el sueño, el cuerpo lo oprimiera. Yo he hecho lo mismo. Consulto el reloj y decido que hasta medianoche, la una o las tres, no se retirará el aguijón. Y me mantiene despierto hasta la hora señalada. Ese aguijón ha sido mi compañero durante meses. Estoy tan desesperado que cinco horas y media de descanso me parece una extravagancia. Ahora sólo duermo cuatro. Estoy hambriento de sueño. En ocasiones, la cabeza se me va por falta de sueño; ocasiones en que me atrae la muerte, con su descanso; ocasiones en que me persiguen esos versos de Longfellow:
El Mar sigue profundo; Todo duerme en su seno; Con un solo paso, llegaría el fin, Un salto y no habría ya más.
»Claro que esto es una tontería. Se debe al nerviosismo, a una mente cansada. Pero lo importante es: ¿Por qué lo he hecho? Por ti. Para apresurar el aprendizaje. Para conseguir el Triunfo. Ya he hecho el aprendizaje. Estoy bien preparado. Te juro que aprendo mucho más en un solo mes que un universitario en todo un curso. Lo sé. De no quererte tanto, nada te diría. No estoy presumiendo. Por los libros me guío. Tus hermanos, comparados conmigo, no son más que unos bárbaros ignorantes, y todo lo he arrancado yo solo de los libros, mientras ellos dormían. Hace tiempo, quería ser famoso. Ahora, apenas me importa. Sólo te deseo a ti. Y estoy más hambriento de ti que de ropa, comida o reconocimiento. Y tengo el sueño de apoyar la cabeza en tu regazo y dormir durante siglos, y ese sueño lo realizaré antes de que concluya el año.

Su voluntad iba arrollando a la muchacha, oleada tras oleada. Y cuanto más se oponía a la voluntad de Ruth, ésta se sentía más atraída hacia él. El vigor que siempre le había transmitido, resaltaba ahora en su voz apasionada, en sus ojos brillantes y en el estallido de vitalidad y de intelecto que emanaba de Martin. Y entonces, pero por un solo momento, pudo entrever, a través de esas sensaciones, la verdad acerca de Martin Eden, espléndido e invencible. Y, lo mismo que los domadores tienen sus momentos de duda, en aquel instante ella comprendió la imposibilidad de dominar el espíritu de aquel hombre.

—Y, otra cosa —continuó el marino—, tú me amas. ¿Y por qué me amas? Aquello que a mí me impulsa a escribir, es lo que a ti te hace amarme. Me amas porque soy distinto a todos los hombres que has tratado y que podías haber amado. No nací para contable, para la miseria de los negocios ni para leguleyo. Conviérteme en todo eso, hazme igual a esos hombres, llevando a cabo el trabajo que ellos realizan, respirando el mismo aire que ellos respiran, con sus mismos puntos de vista, y habrás destruido la diferencia, me habrás destruido a mí, destruido lo que amas. Mi deseo de escribir es lo más vital que poseo. De ser simple barro, no hubiese tenido el deseo de escribir ni tú me hubieras deseado como marido.
—Pero olvidas —le interrumpió la muchacha, aferrándose a un paralelismo— que ha habido inventores excéntricos que dejaron morir de hambre a su familia, mientras perseguían quimeras como el movimiento continuo. Indudablemente, sus esposas deberían amarles y sufrieron con ellos, no a causa de su entusiasmo por el movimiento continuo, sino por su ceguera.
—Cierto —fue la respuesta—. Pero también hay inventores que no fueron excéntricos, que pasaron hambre mientras intentaron inventar cosas prácticas y, en ocasiones, según se sabe, lo consiguieron. Yo no busco imposibles.
—Tú lo has llamado «realizar lo imposible» —interpuso ella.
—Hablaba de forma figurada. Busco lo que otros hombres intentaron antes que yo; escribir y vivir de mi pluma.

El silencio de Ruth le espoleó.

—Entonces, a tu juicio, ¿mi propósito es una quimera tan grande como el movimiento continuo? —le preguntó Eden.

Obtuvo la respuesta en el modo como la muchacha le oprimía la mano, igual que una madre compasiva al niño que se ha lastimado. Y, para Ruth, eso era él entonces, un niño lastimado, el hombre al que deslumbra un imposible.

Hacia el final de la conversación, la muchacha le previno contra la hostilidad de sus padres.

—¿Pero tú me quieres? —preguntó Eden.
—¡Sí! —exclamó ella.
—Y yo te quiero a ti, no a ellos, y nada de lo que hagan puede alcanzarme. —La voz de Martin sonaba triunfalmente—. Pues tengo fe en tu amor y no miedo a su hostilidad. Todo puede destruirse en este mundo, menos el amor. El amor no muere, a menos que sea débil y no venza los obstáculos.

(Continuará…)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .