Martin Eden (VII)

Jack London










CAPÍTULO XV

—LA primera batalla ha concluido —le dijo Martin al espejo unos diez días más tarde—. Pero habrá una segunda y una tercera, y así indefinidamente a menos que…

No concluyó la frase. En vez de ello miró en torno suyo, para contemplar, con tristeza, los originales que le habían devuelto y que, aún en los sobres, se apilaban en un rincón. Ya no tenía sellos para que continuasen su recorrido. Fueron llegando durante una semana entera. Al día siguiente, le devolverían más, y al otro y al otro, hasta que todos estuviesen allí. Pero ya no podría enviarlos de nuevo. Debía un mes de alquiler de la máquina, que no tenía manera de pagar, puesto que apenas le quedaba lo justo para su manutención y para inscribirse en la bolsa de trabajo.

Se sentó, contemplando pensativo la mesa. Estaba manchada de tinta y, de súbito, descubrió que el mueble le agradaba mucho.

—Querida mesa —murmuró—. He pasado horas muy felices contigo y has sido un buen amigo. Nunca me rechazaste y nunca te has quejado del excesivo trabajo.

Apoyó los brazos en el mueble y ocultó la cara entre ellos. Le dolía la garganta y quería llorar. Se acordó de su primera reyerta, cuando tenía seis años, en que estuvo dando puñetazos, mientras las lágrimas le corrían por las mejillas, al tiempo que el otro chico, dos años mayor, le iba golpeando hasta la fatiga. Le pareció ver de nuevo el círculo de niños, que aullaban como bárbaros cuando él cayó al fin, al borde de las náuseas, con la nariz ensangrentada y sintiendo cómo las lágrimas se le escapaban de los ojos hinchados.

—¡Pobre rapaz! —murmuró—. Y ahora también te han zurrado. Estás igual que entonces. Vencido y fuera de combate.

Pero la visión de su primera reyerta se mantuvo bajo sus párpados y vio cómo se disolvía para convertirse en la sucesión de reyertas que siguieron. Seis meses más tarde, Cheese-Face, su adversario, volvió a zurrarle. Pero Martin consiguió hincharle un ojo. ¡Algo había ganado! Vio todas las peleas, una tras otra, en todas las cuales resultaba siempre vencido y Cheese-Face siempre quedaba en pie. Pero Martin no huyó nunca. Esto le animó mucho. Se mantuvo siempre en su sitio, aguantando la paliza. En las peleas, Cheese-Face era un canalla, que no le demostró nunca la menor compasión. Pero Martin se quedaba siempre. ¡Aguantaba hasta el fin!

Luego, Eden vio un callejón, situado entre distintos edificios. Quedaba cortado por una construcción de ladrillos, de un solo piso, de la cual salía el rítmico traqueteo de las imprentas que tiraban la primera edición del Enquirer. Martin tenía once años y Cheese-Face trece y ambos vendían el periódico. Por eso esperaban allí, a que les diesen los ejemplares. Y, naturalmente, Cheese-Face comenzó a meterse con él, lo que degeneró en una inacabada pelea, porque, a las cuatro menos cuarto, se abrió la puerta y los chicos corrieron a recoger los periódicos.

—Te atizaré mañana —oyó cómo anunciaba Cheese-Face y oyó también su propia voz, temblorosa a causa de las lágrimas, que prometía estar allí al día siguiente.

Y al día siguiente acudió a toda prisa desde el colegio, adelantándose a Cheese-Face por dos minutos. Los demás chicos le dijeron que era un tío estupendo y le dieron varios consejos, señalando sus defectos como luchador y asegurándole la victoria si seguía sus instrucciones. Los mismos chicos dieron también consejos a Cheese-Face. ¡Cómo la gozaron con la pelea! Interrumpió sus recuerdos para envidiarles el espectáculo que él y Cheese-Face les proporcionaban. Luego, comenzó la pelea, que duró, sin descansos, unos treinta minutos, hasta que fueron a repartir los ejemplares.

Contempló su imagen infantil, apresurándose a diario desde el colegio al callejón del Enquirer. No podía ir muy de prisa. Cojeaba y se sentía envarado a causa de las continuas peleas. Tenía los brazos amoratados desde las muñeca hasta el codo a causa de los muchos golpes que había parado y, aquí y allá, la carne comenzaba a hincharse. Le dolían la cabeza, los hombros y la espalda, todo el cuerpo y tenía la mente pesada y como embotada. Ni jugaba ni estudiaba en el colegio. Incluso el permanecer sentado en su pupitre le resultaba un tormento. Le parecía una eternidad desde que había comenzado aquella serie de peleas diarias y el tiempo se convertía en otra eternidad de interminables peleas diarias. ¿Por qué no podía vencer a Cheese-Face?, se preguntaba con frecuencia. Con esto acabaría la tragedia de Martin. Nunca se le ocurrió dejar de pelear, permitir que Cheese-Face le venciese.

Por tanto, se dirigía al callejón del Enquirer, enfermo de alma y de cuerpo, pero adquiriendo la paciencia necesaria para enfrentarse a su eterno enemigo. Cheese-Face, que estaba tan harto como Martin, hubiese abandonado gustoso aquel juego de no ser por la pandilla de vendedores de periódicos, que convertían el orgullo en algo imprescindible y doloroso. Cierta tarde, al cabo de veinte minutos de esfuerzos desesperados para aniquilarse mutuamente, según las reglas establecidas que no permitían patearse, pegarse por debajo del cinturón ni golpear al caído, Cheese-Face, jadeando, sin aliento y echándose hacia atrás, propuso dejarlo correr. Martin, con la cabeza aún apoyada en los brazos, se enorgulleció ante el recuerdo de sí mismo en aquella tarde ya lejana. También a él le faltaba la respiración y se ahogaba a causa de la sangre de sus labios partidos. La escupió para poderle decir a Cheese-Face que él nunca abandonaría, pero que, si lo deseaba, Cheese-Face podía rendirse. Éste no lo hizo y la pelea continuó.

El día siguiente, el otro y aun el otro fueron testigos de la reyerta habitual. Cuando Martin alzaba los brazos, al comenzarla, sentía un gran dolor y cada golpe, que diera o recibiese, le repercutía en el alma. Luego, se sentía embotado y luchaba ciegamente, como en un sueño en el que se agitaran y bailasen las facciones toscas y brutales de Cheese-Face. Todo su interés se centraba en aquel rostro; lo demás, era un vacío caótico. En el mundo no había más que aquel rostro y nunca iba a conocer el descanso, el bendito descanso, hasta que lo destrozase con sus nudillos ensangrentados o hasta que los ensangrentados nudillos, que, por alguna razón, pertenecían a aquel rostro, le destrozasen a él la cara. De un modo u otro, entonces tendría el descanso. Pero abandonar, abandonar él, Martin, eso era imposible.

Llegó un día en que, cuando acudió al callejón del Enquirer, no encontró a Cheese-Face. Tampoco vino más tarde. Los chicos le felicitaron, diciéndole que le había vencido. Pero Martin no estaba satisfecho. Ni había vencido a Cheese-Face ni éste le había vencido a él. No se solucionó el problema. Hasta mucho más tarde no se enteraron de que el padre de Cheese-Face había muerto aquel mismo día.

Martin saltó varios años hasta una noche en la general Sel «Auditorium». Tenía entonces diecisiete y acababa de desembarcar. Hubo una reyerta. Alguien agredía a alguien y Eden intervino, para encontrarse ante los ojos agresivos de Cheese-Face.

—Te arreglaré cuando termine la función —silbó su antiguo enemigo.

Martin asintió. El acomodador de la general, un matón, se aproximaba hacia el lugar del disturbio.

—Te esperaré cuando esto termine —murmuró Eden, mientras no apartaba la vista de las bailarinas de la escena.

El acomodador miró en torno suyo y se fue.

—¿Tienes banda? —le preguntó Martin a Cheese-Face al caer el telón.
—Claro.
—Pues me buscaré una —declaró Martin.

Entre los distintos números del espectáculo, fue reuniendo a sus auxiliares: tres individuos a los que conocía de una fábrica, un fogonero del ferrocarril, media docena de la pandilla Boo y otros tantos de la más temible, formada en las calles Dieciocho y Mercado.

Cuando concluyó la representación, las dos bandas se agruparon disimuladamente en aceras opuestas. Al llegar a una esquina tranquila, se reunieron para celebrar un consejo de guerra.

—El mejor sitio es el puente de la Calle Ocho —dijo un pelirrojo de los seguidores de Cheese-Face—. Puedes batirte bajo la luz eléctrica y, si llegan los pasmas, es fácil escapar.
—Me vale —asintió Martin, tras consultarlo con sus acompañantes.

El puente de la Calle Ocho, que cruzaba el estuario del San Antonio, se extendía durante unas tres manzanas. En el centro y a cada extremo, había unos faroles eléctricos. La Policía no podía pasar sin que la viesen. Era el lugar más seguro para la reyerta que Martin estaba reviviendo. Volvió a ver a las dos bandas, agresivas y calladas, que se mantenían algo aparte en torno a sus respectivos campeones, y se vio a sí mismo y a Cheese-Face quitándose las chaquetas. A corta distancia, se situaron centinelas, para vigilar las entradas del puente. Uno de la banda Boo sostenía la chaqueta, la camisa y la gorra de Martin, dispuesto a echar a correr con las prendas en caso de presentarse la Policía. Martin se vio a sí mismo situarse en el centro, ante Cheese-Face, oyéndose decir a modo de aviso:

—No vamos a darnos la mano. ¿De acuerdo? Eso es una tontería. Tampoco se tira la esponja. Tenemos una deuda y hay que batirse hasta el final. ¿Comprendido? A alguien le van a vapulear.

El otro iba a poner objeciones, Eden lo comprendía ahora, pero su antiguo y peligroso orgullo estaba en juego ante las dos bandas.

—Vamos ya, ¿a qué viene tanto cuento? Estoy listo.

Entonces, se agredieron, como toros jóvenes, con toda la gloria de la juventud, con los puños desnudos, con odio y con el deseo de herir, de lacerar, de destruir. Se desvanecieron todas las conquistas del hombre en sus miles de años de evolución. Tan sólo quedó la luz eléctrica, una simple cita en la gran aventura humana. Martin y Cheese-Face se habían convertido en dos salvajes de la Edad de Piedra. Se fueron hundiendo en el abismo fangoso, de vuelta a los comienzos de la vida, golpeándose ciega e instintivamente, igual que golpean los átomos, chocando entre sí y volviendo a chocar.

—¡Dios! ¡Éramos como animales, unas bestias salvajes! —murmuró Martin en voz alta al ir recordando el desarrollo de la pelea. Le resultaba, con su magnífico poder de imaginación, como ver una película. Era, a la vez, espectador y protagonista. Ante aquella visión, se estremecieron sus largos meses de cultura y de refinamiento. Luego, el presente desapareció de su consciencia, le dominaron los espectros del pasado y volvió a ser Martin Eden, recién llegado del mar, que se enfrentaba a Cheese-Face en el puente de la Calle Ocho. Sufrió, esforzándose y vertiendo sangre y sudores, mientras se exaltaba cada vez que sus puños desnudos daban en el blanco.

Eran como dos remolinos de odio que giraban uno en torno a otro. Pasaba el tiempo y las dos bandas rivales fueron callando. Jamás habían visto una ferocidad tan intensa y les asustaba. Los dos contendientes eran más brutos que ellos. La espontaneidad de la juventud desapareció y lucharon con mayor cautela y determinación. Ninguno de los dos llevaba ventaja. «No se sabe cuál va a ganar», oyó Martin cómo decía alguien a su espalda. De pronto, dos golpes seguidos fueron desviados y Eden sintió que le abrían la mejilla hasta el hueso. Las manos desnudas no podían hacerlo. Oyó comentarios de asombro ante la herida y, de pronto, comenzó a mancharse de sangre. Sin embargo, no se alteró. Se hizo más cauteloso, pues conocía la malicia y la astucia de su clase. Estuvo atento y esperó, hasta poder detener un golpe, ya que había percibido el brillo del metal.

—¡La mano quieta! —gritó—. ¡Me has dado con un puño inglés!

Las dos bandas dieron un paso adelante, gruñendo y amenazando. La lucha estaba a punto de generalizarse y le quitarían su venganza. Martin estaba furioso.

—¡Fuera todos! —gritó de nuevo—. ¿Comprendido? ¡Decid que lo habéis comprendido!

Se apartaron. Eran unos brutos, pero él lo era más, alguien que inspiraba terror, que sobresalía por encima de todos y les dominaba.

—Ésta es mi pelea y nadie va a meterse. ¡Trae eso!

Cheese-Face, más tranquilo y algo asustado, entregó la herramienta.

—Tú se lo has dado, tú, Pelirrojo —continuó Martin al tirar el puño al agua—. Te vi y me preguntaba qué te proponías. Como intentes algo así otra vez, te mato. ¿Comprendido?

Siguieron luchando hasta el agotamiento y aún más allá, de un modo incomprensible. Al fin, el acompañamiento de brutos, saciada ya su sed de sangre, aterrados por lo que veían, les pidieron imparcialmente que cesaran. Y Cheese-Face, a punto de desplomarse, convertido en un monstruo horripilante, del que los golpes habían arrebatado todo parecido con Cheese-Face, vacilaba, como esperando. Pero Martin se le echó encima, atacándole una y otra vez.

Luego, tras lo que pareció un siglo, cuando ya su contrincante se debilitaba a marchas forzadas, hubo, durante un cuerpo a cuerpo, un crujido seco y a Martin el brazo le quedó inerte. Le habían roto un hueso. Todos lo habían oído y todos comprendieron. También Cheese-Face comprendió y se lanzó sobre el otro como un tigre, para descargarle golpe tras golpe. Los acompañantes de Martin se acercaron para intervenir. Aturdido por la rápida sucesión de puñetazos, Martin les ordenó volverse, con insultos y maldiciones, dominando su rabia y su desesperación.

Fue golpeando con la izquierda y, al tiempo que lo hacía, semiinconsciente, como desde lejos, oyó los comentarios de temor de las bandas y a uno que decía con voz temblorosa:

—Esto no es una pelea, chicos, esto es un asesinato y debiéramos pararlo.

Pero nadie se interpuso, de lo que él se alegró, por lo que siguió golpeando, con su única mano, la borrosa forma ensangrentada que tenía ante sí y que ya no era un semblante, sino algo sin nombre, que se agitaba ante sus enturbiados ojos, negándose a desaparecer. Continuó pegando, cada vez más despacio, conforme los últimos restos de vitalidad se le iban escapando, durante lo que semejaba siglos y vacíos en el tiempo, hasta que, vagamente, se dio cuenta de que aquella forma irreconocible se caía con lentitud, para desplomarse sobre el puente. Luego, quedó a su lado, en pie, tambaleándose sobre las piernas temblorosas, intentando apoyarse en el aire y diciendo en una voz que no reconocía:

—¿Quieres más? Dime, ¿quieres más?

Seguía diciéndolo, incansablemente, a modo de amenaza y, a la vez, de pregunta, cuando sintió que los miembros de su banda le daban palmadas en la espalda e intentaban ponerle la chaqueta. Y, de súbito, se sumió en un abismo de oscuridad y de olvido.

Sonó el despertador, pero Martin continuó con la cara oculta entre los brazos, sin oírlo. No oía nada. Ni siquiera pensaba. Había revivido aquel incidente con tal intensidad, que se desmayó, igual que se desmayara años antes en el puente de la Calle Ocho. Durante más de un minuto, se mantuvieron el vacío y la oscuridad. Luego, como alguien que vuelve de entre los muertos, se puso en pie, con los ojos encendidos y empapado en sudor, mientras gritaba:

—¡Te vencí! Cheese-Face. Me costó once años, pero acabé venciéndote.

Le temblaban las piernas; se sentía débil y tuvo que ir a sentarse en la cama. Aún le dominaba el pasado. Miró en torno suyo, perplejo y preguntándose dónde se encontraba, hasta que vio la pila de originales en un rincón. Entonces, los ejes de la memoria saltaron el lapso de cuatro años y volvió al presente, recordando los libros que había leído, el nuevo universo que de ellos obtuvo, sus sueños y ambiciones y su amor por aquella pálida y sensible muchacha, que hubiese muerto horrorizada de presenciar tan sólo un minuto de lo que acababa de revivir; un simple minuto de lo que fue su existencia.

Se puso en pie, para mirarse al espejo.

—Has salido del barro, Martin Eden —dijo con toda solemnidad—. Se te han abierto los ojos a un gran resplandor y quieres alzarte hasta las estrellas, con el propósito de conseguir lo que la propia vida ha hecho, matar al simio y al tigre, arrancándole tu herencia a los poderes supremos.

Se miró de nuevo y rompió a reír.

—Te has puesto histérico y has hecho un melodrama —se reprendió—. Bueno, no importa. Venciste a Cheese-Face y vencerás a los editores, aunque te lleve dos veces once años. No puedes detenerte. Has de seguir. Hasta el final.


CAPÍTULO XVI

SONÓ el despertador, arrancando a Martin del sueño con tal brusquedad, que hubiese provocado una jaqueca en alguien menos fuerte. Aunque dormía profundamente, se despertaba al instante, igual que un gato, y lo hacía con presteza, contento de que hubieran concluido sus cinco horas de inconsciencia. Odiaba el vacío del sueño. Había demasiadas cosas que hacer, demasiado que vivir. Le dolía cada minuto de vida que le robaba el descanso y, antes de que el despertador hubiese callado, estaba de cabeza en la palangana, estremeciéndose al contacto del agua fría.

Sin embargo, no siguió su programa habitual. No tenía que acabar un relato ni tampoco comenzar otro. Había estudiado hasta muy tarde y era hora de desayunar. Intentó leer un capítulo de Fiske, pero estaba muy inquieto y cerró el libro. Aquel día comenzaba la nueva batalla, a causa de la que pasaría algún tiempo sin escribir. Se dio cuenta de que sentía idéntica tristeza que el que abandona su hogar y a su familia. Contempló los originales apilados en un rincón. Allí estaban. Iba a apartarse de sus tristes y despreciadas criaturas, a las que no admitían en ninguna parte. Comenzó a examinarlos, leyendo algunos párrafos aquí y allí. A El recipiente lo distinguió haciéndolo en voz alta, igual que con Aventura y Júbilo, concluida la noche antes y que a nadie había enviado por falta de sellos. Este fue el que más le gustó.

—No lo comprendo —dijo—. Quizá sea en las revistas donde no comprenden. Son buenos. Cada mes publican cosas mucho peores. En realidad, casi todo lo que publican.

Después del desayuno, puso la máquina de escribir en su estuche y se fue a Oakland.

—Debo un mes de alquiler —le explicó al dependiente de la tienda—. Dígale al encargado que voy a trabajar y que lo arreglaré muy pronto.

En el transbordador, se fue a San Francisco, hacia la bolsa de trabajo.

—Sin oficio, pero aceptaré cualquier cosa —le decía al empleado, cuando le interrumpió un hombre, vestido con cierta elegancia, al estilo de ciertos obreros que prosperan.

El empleado negó con la cabeza.

—No hay nadie, ¿eh? —dijo el otro—. Pues necesito encontrar a alguien hoy mismo.

Se volvió para mirar a Martin, que, a su vez, le miró, encontrándose ante un rostro apuesto, débil y descolorido, que indicaba que había malgastado la noche.

—¿Busca trabajo? —indagó el otro—. ¿Qué sabe hacer?
—Cualquier faena dura, soy marino, sé escribir a máquina, pero no taquigrafía, y puedo sostenerme a caballo.

El otro asintió.

—No me va mal. Me llamo Dawson, Joe Dawson, y busco un lavandero.
—Me puede —dijo Martin, divertido, imaginándose a sí mismo planchando esas ropas vaporosas que llevan las mujeres. No obstante, su interlocutor le había caído bien—. Pero si se trata sólo de lavar, me atrevo. Lo aprendí en los barcos.

Joe Dawson quedó un instante pensativo.

—Mire, vamos a discutirlo. ¿Quiere?

Martin asintió.

—Se trata de una lavandería pequeña, en el inferior, en Shelley Hot Springs, un hotel, ¿sabe? Sólo trabajan dos hombres, el encargado y un ayudante. Yo soy el encargado. No trabajará para mí, sino conmigo. ¿Está dispuesto a aprender?

Martin lo pensó en silencio. La perspectiva no era mala. Unos meses allí y volvería a tener tiempo de estudiar. Podría trabajar de firme y estudiar de firme.

—Comida buena y una habitación para usted solo —indicó Joe.

Esto decidió a Eden. Una habitación para él solo, en la que pudiese tener encendida su lámpara sin molestar a nadie.

—Pero se trabaja de verdad —advirtió el otro.

Martin se acarició los potentes hombros significativamente.

—Esto lo conseguí trabajando.
—Entonces, vamos —Joe se llevó una mano a la cabeza—. Diablo, parece que tengo una caldera dentro. Apenas veo nada. Anoche, la corrí de firme. Oiga las condiciones. El sueldo para dos, son cien dólares y manutención. Yo me quedaba con sesenta y mi ayudante cuarenta. Pero era del oficio. Usted, no. Si le enseño, tendré que hacer la mayor parte del trabajo. Supongamos que comienza con treinta y aprende hasta llegar a cuarenta. Seré justo. En cuanto sepa lo suficiente, le daré cuarenta.
—Acepto —anunció Martin tendiendo una mano que el otro estrechó—. ¿Me adelanta algo para los billetes del ferrocarril y varios extras?
—Me lo gasté todo —confesó Joe llevándose nuevamente la mano a la cabeza—. No tengo más que el billete de vuelta.
—Estoy sin un clavo y debo la pensión.
—No la pague —aconsejó Joe.
—Imposible. Se la debo a mi hermana.

Joe lanzó un silbido y se esforzó por encontrar una solución.

—Aún puedo invitarle a un trago —dijo agobiado—. Venga y veremos si lo arreglamos.

Martin declinó la oferta.

—¿A ración de agua?

Esta vez asintió Martin y Joe se lamentó:

—¡Ojalá lo estuviese yo! Pero no lo consigo. —Luego, dijo con tristeza—: Después de toda una semana de agotarme, necesito unos latigazos. De no hacerlo, me cortaría el cuello o incendiaría la casa. Pero me alegro que esté usted a ración de agua. No la abandone.

Martin comprendió el enorme abismo que le separaba de aquel hombre, un abismo provocado por los libros, pero no tuvo dificultad en cruzar a la otra orilla. Había pasado toda su vida en el mundo de la clase obrera, y la camaradería del trabajo era para él como una segunda naturaleza. Martin resolvió el problema de los transportes, que era superior a la jaqueca que Dawson padecía. Enviaría su baúl a Shelley Hot Springs aprovechando el billete de vuelta de Joe. Martin se dirigiría allí en bicicleta. No había más que setenta millas, que cubriría el domingo, y el lunes estaría a punto para trabajar. Mientras, volvería a casa a preparar el equipaje. No tenía de quién despedirse. Ruth y su familia estaban pasando el verano en la Sierra, en el lago Tahoe.

Llegó a Shelley Hot Springs el domingo por la noche, cansado y sucio. Joe le recibió con muestras de cordialidad. Había pasado el día trabajando, con la cabeza envuelta en una toalla húmeda.

—Quedaba por hacer parte de la colada de la semana anterior, ya que tuve que ir a buscarte —explicó—. Tus cosas llegaron bien. Están en tu cuarto. Yo no me atrevería a llamarlo baúl. ¿Qué guardas allí? ¿Lingotes de oro?

Joe se sentó en la cama, mientras Martin deshacía el equipaje. Éste consistía en una caja de madera, cedida por Mr. Higginbotham, previo pago de medio dólar. Martin le clavó unas asas de cuerda, convirtiéndola así en una maleta que podía figurar en el vagón de equipajes. Joe, con ojos saltones, presenció cómo sacaba de ellas unas pocas camisas y varias mudas interiores, seguida de libros y de más libros.

—¿Ya sólo hay libros? —indagó.

Martin asintió, mientras los iba colocando en la mesa de cocina que hacía las veces de lavabo.

—¡Vaya! —exclamó Joe. Luego, hizo una pausa para que se le aclarase la mente. Al fin, supo expresarlo—. Oye, ¿a ti no te interesan mucho las chicas?
—No —le respondió Martin—. Las perseguía mucho antes de dedicarme a los libros. Desde entonces, ya no me queda tiempo.
—Y aquí no vas a tenerlo. Aquí sólo se puede trabajar y dormir.

Martin pensó en sus cinco horas de descanso y sonrió. El cuarto se encontraba encima de la lavandería y en el mismo edificio que la máquina que sacaba el agua, generaba la electricidad y daba fuerza a las lavadoras. El mecánico, que ocupaba la habitación contigua, entró a saludar al nuevo empleado y ayudó a Martin a tender un cable eléctrico, de modo que la bombilla pudiera moverse de la mesa a la cama.

Al día siguiente, despertaron a Martin a las seis y cuarto, pues el desayuno se servía media hora después. Había una bañera para los empleados en el mismo edificio y Martin sobresaltó a Jos tomando un baño de agua fría.

—¡Qué ocurrencias tienes! —exclamó Joe, cuando se sentaron a desayunar en un rincón de la cocina.

Les acompañaban el mecánico, el jardinero, su ayudante y dos o tres empleados de las cuadras. Comieron de prisa y enfurruñados, hablando muy poco, y Martin, al escucharlos, se dio cuenta de lo mucho que había avanzado. Su débil calibre mental le deprimía y deseaba alejarse de ellos. Por tanto, engulló su desayuno, bastante mal preparado por cierto, tan de prisa como sus compañeros y dio un suspiro de alivio al cruzar la puerta de la cocina.

La lavandería era pequeña, pero de instalación de vapor muy moderna, en la que las máquinas hacían la mayor parte del trabajo, Martin, tras unas breves instrucciones, comenzó a clasificar la ropa sucia, mientras Joe ponía en marcha la lavadora y preparaba continuas reservas de agua de jabón, a base de un compuesto que le obligaba a protegerse la boca, la nariz y los ojos con toallas, lo que le daba el aspecto de una momia. Concluida la clasificación, Martin le ayudó a escurrir las ropas. Se hacía esto arrojándola a un recipiente giratorio, que se movía a unos millares de revoluciones por minuto, exprimiendo el agua de las prendas por medio de fuerza centrífuga. Luego, Martin alternó entre el secador y el escurridor y en atender los calcetines y las medias. Por la tarde, uniendo sus esfuerzos, los dos operarios habían acabado con ellos, mientras las planchas se calentaban. Luego, estuvieron planchando prendas interiores hasta las seis, en que Joe dijo pensativo:

—Vamos retrasados. Habrá que trabajar después de la cena.

Estuvieron trabajando, con luz eléctrica, hasta las diez, hora en que todas las prendas estuvieron planchadas y dispuestas a entregarse. Era una noche muy cálida, propia de California, y, aunque tenían abiertas las ventanas, la sala, con la estufa en que se calentaban las planchas, era como un horno. Martin y Joe, en camiseta, sudaban jadeando por falta de aliento.

—Es como descargar un buque en el trópico —comentó Martin cuando subían al otro piso.
—Tú me servirás —replicó Joe—. Arrimas el hombro como un buen compañero. De seguir así, cobrarás treinta dólares un solo mes. Al segundo, ya tendrás tus cuarenta. Pero no me digas que no habías planchado antes. Eso lo conozco bien.
—Te aseguro que no he planchado ni un trapo hasta hoy —protestó Martin.

Eden se sorprendió ante la fatiga que experimentaba, olvidándose de que llevaba catorce horas en pie y sin un solo momento de descanso. Puso el despertador a las seis y calculó que podía leer hasta la una. Tras descalzarse, para aliviar sus hinchados pies, se sentó a la mesa con sus libro. Abrió el de Fiske, donde lo dejara dos días antes. Pero le resultó difícil entenderlo y tuvo que volver atrás. De súbito, se despertó con el cuerpo dolorido y los músculos envarados. Se había enfriado a causa del aire que llegaba desde las montañas. Miró el despertador. Eran las dos. Había dormido cuatro horas. Se quitó la ropa y se metió en cama, cerrándosele los ojos nada más apoyar la cabeza en la almohada.

El martes fue un día de trabajo similar. La celeridad con la que Joe trabajaba le ganó la admiración de Martin. Era como un demonio. Se concentraba totalmente en su faena y en el modo de ahorrar tiempo, indicando a Martin de continuo que, lo que hacía en cinco movimientos, se podía hacer en tres o que, lo que hacía en tres, se podía en dos. Martin lo llamaba «eliminación de esfuerzos inútiles» y se guiaba por esas indicaciones. Era un buen operario, rápido y hábil, que tuvo siempre el puntillo de que nadie tuviese que hacer su trabajo y nadie se esforzara más que él. Por tanto, se centró en sus deberes, muy atento a las sugerencias de su compañero. Alisaba los cuellos y los puños, asegurándose de que luego, cuando los plancharan, no quedasen arrugas, todo lo cual merecía elogios de Joe.

Jamás tuvieron un momento sin nada que hacer. Joe no descansaba nunca, no se distraía jamás y saltaba de una faena a otra. Almidonaban doscientas camisas, de manera que sólo se empaparan los puños y el cuello, sosteniéndolas de modo que el cuerpo no lo alcanzara. Cierto día trabajaron hasta las diez para hacer lo mismo con unas delicadas enaguas femeninas.

—Desde ahora, lo mío es el trópico y sin ropa —dijo Martin riendo.
—Y lo mío quedarme sin trabajo —opinó Joe muy serio—. Y nada sé hacer fuera de los lavaderos.
—Pero lo sabes muy bien.
—Es lógico. Comencé en Contra Costa, en Oakland, cuando tenía once años. De eso hace ya dieciocho y nunca me he dedicado a otra cosa. Pero éste es el empleo más duro que he conocido. Debiera tener otro ayudante, por lo menos. Mañana por la noche deberemos trabajar también.

Martin puso el despertador en hora, se sentó a la mesa y abrió el volumen de Fiske. Ni siquiera concluyó el primer párrafo. Las letras aparecían borrosas y se le doblaba la cabeza. Se puso en pie, para pasear, golpeándose la frente con furia, para librarse de la pesadez del sueño. Se sentó de nuevo, manteniendo los párpados abiertos con ayuda de los dedos, pero así y todo le vencía el cansancio. Al fin, se rindió y, casi sin darse cuenta, se quitó la ropa y se acostó. Durmió siete horas, pesadamente, con la profundidad de un animal, despertándose al sonar el reloj y con la sensación de que no había tenido suficiente.

—¿Lees mucho? —preguntó Joe.

Martin negó con la cabeza.

—No importa. Hoy habrá que darle duro, pero el jueves lo vamos a dejar a las seis. Entonces, tendrás tiempo.

Martin lavó, a mano, prendas de lana con un aparato de fabricación casera.

—Lo inventé yo —dijo Joe con orgullo—. La ropa queda mejor y ahorra unos quince minutos a la semana, cosa que no es para despreciar en este lío.

Aquella noche, mientras trabajaban con la luz eléctrica, explicó:

—Hay que esforzarse así, de querer terminar el sábado a las tres de la tarde. Yo sé hacerlo. Ésa es la diferencia. Es preciso conseguir el calor apropiado y la presión justa. Míralo. —Alzó un puño postizo para que el otro lo viese—. No se haría mejor a mano.

El jueves, Joe se enfureció. Había llegado un envío de prendas de fantasía.

—Me voy —declaró—. No aguanto más. Les dejo plantados. ¿De qué me sirve matarme durante toda la semana y ahorrar los minutos si luego me envían trabajo extra? Éste es un país libre y le voy a decir a ese gordo holandés lo que pienso. Y no se lo diré en francés. Me basta con el americano. ¡Mira que enviarnos ropa extra!
»Hemos de trabajar por la noche —dijo al poco rato, cambiando de idea y rindiéndose a su suerte.

Martin no leyó aquella noche. En toda la semana no había visto un periódico y, por extraño que parezca, no lo deseaba. Se sentía demasiado agotado y harto para interesarse por nada, aunque se proponía marcharse el sábado por la tarde, si concluían a las tres, e ir en bicicleta hasta Oakland. Había setenta millas y otro tanto para el regreso el domingo por la noche, con lo que no iba a tener mucho descanso. Hubiese sido más cómodo ir en tren, pero los billetes costaban dos dólares y medio y se proponía ahorrar cuanto le fuese posible.


CAPÍTULO XVII

MARTIN aprendió a hacer muchas cosas. Durante la primera semana, en una sola tarde, Joe y él dieron cuenta de doscientas camisas blancas.

Era un trabajo agotador, que debían realizar, hora tras hora, a toda velocidad. Fuera, en las amplias terrazas del hotel, hombres y mujeres, ataviados con frescas ropas de verano, bebían refrescos y mantenían baja la circulación de la sangre. Sin embargo, en la lavandería, el aire era sofocante. La estufa se ponía al rojo y, luego, llegaba al blanco, mientras las planchas, al pasar sobre la ropa húmeda, despedían nubes de vapor. El calor de estas planchas era distinto al de las que usan las amas de casa. Aquellas que resisten la prueba de un dedo humedecido resultaban demasiado frías para Joe y Martin, por lo que nunca las usaban. Debían acercarlas a la mejilla, calculando su temperatura por un proceso mental, que Martin admiraba pero no lograba comprender. Cuando resultaban demasiado calientes, era preciso sumergirlas en agua fría. Esto también requería un juicio muy sutil. Una fracción de segundo de más en el agua y se habría perdido la temperatura necesaria. A Martin le maravilló la precisión que iba adquiriendo, algo automático, fundado únicamente en el criterio, pero seguro como una máquina.

Sin embargo, le quedaba poco tiempo para maravillarse. Todas sus ideas se centraban en su trabajo. Sin descansar un solo momento, tanto de mente como de cuerpo, convertido en una máquina inteligente, cuanto en él constituía un hombre se dedicaba a alimentar esa inteligencia. No quedaba espacio para el universo y sus grandes problemas. Todos los amplios y espaciosos corredores de su cerebro se hallaban obstruidos y sellados herméticamente. La receptiva cámara que era su alma se había convertido en un cuartucho estrecho y cerrado, desde el que se dirigían los músculos del hombro y del brazo, sus diez embotados dedos y los movimientos de la humeante plancha, a lo largo de su camino de ida y vuelta, para que no pasara más veces de las necesarias y no llegase una pulgada más allá de lo justo, alisando inacabables mangas, costados, espaldas y faldones, tras lo cual, sin arrugarlas, apartaba las prendas, listas para que se distribuyesen. Y, en seguida, debía hacerse con otra camisa. Esto ocurría hora tras hora, mientras, en el exterior, el mundo languidecía bajo el sol de California. Pero no había reposo en la caldeada lavandería. Los descansados huéspedes del hotel necesitaban ropa limpia.

El sudor brotaba de continuo de Martin. Bebía enormes cantidades de agua, pero, tan grande era el calor, que el líquido se escapaba, al instante, por sus poros. Casi siempre había trabajado en el mar, excepto por breves intervalos, pero su tarea le daba amplias oportunidades de comulgar consigo mismo. El capitán del barco era el señor de todo su tiempo, pero el gerente del hotel lo era también de sus pensamientos. Nada podía pensar fuera de su agotador trabajo. Le resultaba materialmente imposible. Ni siquiera sabía si aún amaba a Ruth. No existía ya, pues su alma atosigada no tenía tiempo para recordarla. Tan sólo al acostarse por las noches o durante el desayuno, se le presentaba en brevísimos retazos de recuerdo.

—Esto es un infierno, ¿verdad? —comentó Joe cierto día.

Martin asintió, aunque experimentó una súbita irritación. Aquello resultaba demasiado obvio e innecesario. Nunca hablaban durante su trabajo. La conversación les hacía perder el ritmo, como ocurrió esta vez, obligando a Martin a dar unas pasadas extra con la plancha.

Dos veces por semana, debían lavar las sábanas y demás ropa del hotel, como almohadas, manteles o servilletas. Una vez concluido con esto, debían dedicarse nuevamente a la ropa interior de fantasía. Era una tarea delicada y fastidiosa, que a Martin le costó dominar. Además, no podía arriesgarse. Las equivocaciones resultaban caras.

—¿Ves esto? —le dijo José sosteniendo un cubrecorsé muy ligero, que hubiese cabido en una mano—. Si lo rasgas, te descuentan veinte dólares del sueldo.

Por tanto, Martin procuró no estropearlo y relajó un poco la tensión muscular, aunque la nerviosa se hizo más alta, y escuchó con simpatía las blasfemias del otro, mientras dedicaba sus esfuerzos y sufrimientos a las cosas hermosas que lucen las mujeres, cuando no han de hacer personalmente la colada. Estropear algo «bonito» era la pesadilla de Martin y, también, la de Joe. Esas prendas les robaban sus minutos mejor ganados. Les dedicaban todo el día hasta las siete, en que comenzaban con la ropa del hotel. A las diez, mientras dormían los huéspedes, los operarios de la lavandería sudaban con las prendas delicadas hasta la medianoche e, incluso, hasta la una o las dos. Luego, lo dejaban.

El sábado por la mañana sólo atendían prendas delicadas y cosas sencillas y, a las tres de la tarde, concluían el trabajo semanal.

—¿Vas a irte hasta Oakland en esto? —exclamó Joe mientras se sentaban en la escalera para fumar un merecido cigarrillo.
—No me queda otro remedio —fue la respuesta.
—¿Y para qué vas… por una chica?
—No, para ahorrar dos dólares y medio del tren. Quiero renovar algunos libros de la biblioteca.
—¿Por qué no los envías con el mandadero? Así no te costará más que un quarter de ida y otro de vuelta.

Martin lo pensó.

—Y descansas mañana —continuó Joe—. Lo necesitas. Sé que yo lo necesito. Estoy agotado.

Esa impresión daba. Indomable, sin reposar un instante, luchando siempre por ahorrar unos minutos, sobreponiéndose de continuo a los retrasos y a los obstáculos, fuente de inagotable energía, motor humano y un demonio para el trabajo, ahora que había concluido su tarea semanal, Joe semejaba al borde del colapso. Se le veía cansado y abatido y su apuesto semblante se le contraía de fatiga. Daba chupadas al cigarrillo sin ánimos y hablaba en tono muerto y monótono. Todo el fuego le había abandonado. Su victoria era muy triste.

—Y la semana que viene vuelta a empezar —dijo con pena—. ¿Y de qué sirve? En ocasiones quisiera ser un vagabundo. No trabajan y, sin embargo, viven. Me apetece un vaso de cerveza, pero me faltan fuerzas para ir al pueblo a pedirlo. Quédate y envía los libros por el mandadero o serás un imbécil.
—¿Y qué voy a hacer aquí todo el domingo? —indagó Martin.
—Reposar. No sabes lo cansado que estás. ¡Me siento tan agotado los domingos, que ni siquiera soy capaz de leer el periódico! Una vez estuve enfermo, de tifoidea. Pasé en el hospital dos meses y medio. No di golpe en todo ese tiempo. Fue formidable.
»¡Fue formidable! —añadió minutos después.

Martin tomó un baño, tras el cual descubrió que Joe había desaparecido. Sin duda, debía estar en la taberna tomando un trago, decidió Eden, pero la media milla, hasta el pueblo, semejaba un trayecto demasiado largo para irlo a averiguar. Se tendió en la cama, sin zapatos, mientras lo pensaba. Ni siquiera buscó un libro. Estaba demasiado cansado, incluso para dormirse, y siguió tendido, casi sin pensar, en estado de semiestupor hasta la hora de la cena. Joe no se presentó y, al oír al jardinero decir que debía estar recorriendo los bares, Martin comprendió. Se acostó en seguida y, a la mañana siguiente, consideró que había descansado mucho. Joe seguía sin aparecer, y Martin, haciéndose con un periódico dominical, fue a tenderse a la sombra de unos árboles. No se dio cuenta de que pasaba la mañana. Martin no durmió, nadie le distrajo y no concluyó el periódico. Lo tomó de nuevo por la tarde y se durmió.

Así pasó el domingo, y el lunes por la mañana reemprendió el trabajo, separando las prendas, mientras Joe, con la cabeza envuelta en una toalla, preparaba el agua y la mezclaba con el jabón, entre gruñidos y blasfemias.

—No puedo evitarlo —explicaba—. Tengo que beber la noche del sábado.

Transcurrió otra semana, la gran batalla continuó cada noche bajo la luz eléctrica, que culminaba el sábado por la tarde a las tres en punto, en que Joe gozaba de su triunfo y se iba al pueblo a olvidar. Los domingos de Martin eran siempre iguales. Dormía a la sombra de los árboles, leía superficialmente el periódico y pasaba varias horas tendido, sin hacer nada, sin pensar en nada. Se sentía demasiado aturdido para pensar, aunque se daba cuenta de que no se agradaba. Advertía una autorrepulsión, igual que si se hubiese degradado o fuera intrínsecamente malo. Había desaparecido cuanto tenía de divino. Se enmohecía el acicate de la ambición y no le quedaba vitalidad para afilarlo. Semejaba muerto. Incluso su alma parecía muerta. No veía ya la belleza en los rayos del sol que se desgranaban entre las hojas verdes ni, tampoco, el azul del cielo le hablaba, como antes, de la inmensidad del cosmos y de sus secretos, que esperaban que los descubriesen. La vida resultaba intolerablemente monótona y estúpida y le dejaba un profundo mal sabor de boca. Una cortina negra envolvía su luz interior y su fantasía estaba encerrada en una sala de hospital, en la que no entraba ni un destello de luz. Envidiaba a Joe, que, allá en el pueblo, recorría los bares, roído por los gusanos, llorando acerca de cosas tristes y fantásticas, y gloriosamente borracho, olvidándose de que el lunes le esperaba otra tanda de trabajo agotador.

Transcurrió una tercera semana y Martin se odió a sí mismo y a la vida. Le oprimía una gran sensación de fracaso. Los directores de periódico tenían razón al rechazar sus escritos. Ahora lo veía con toda claridad y se burlaba de sus sueños. Ruth le devolvió por correo su Lírica marina. Martin leyó la carta con angustia. La muchacha se esforzaba por convencerle de que le habían gustado los poemas y de que eran excelentes. Pero no sabía mentir y no pudo ocultarse la verdad a sí misma. Le constaba que eran intentos fallidos y Martin supo leer la censura en cada una de las líneas de su poco entusiasta y superficial carta. Y la muchacha tenía razón. Martin quedó completamente convencido al releer los poemas. Habían perdido todo encanto y se sorprendió preguntándose en qué pensaría al escribirlos. Su audacia en las formas le parecía ahora grotesca, y sus frases más felices, simples monstruosidades. Todo resultaba absurdo, irreal e imposible. Hubiera quemado la Lírica marina de haber tenido suficiente fuerza de voluntad para prenderle fuego. Cierto que estaba la caldera de la calefacción, pero el esfuerzo de ir hasta allí no merecía la pena. Toda su energía se empleaba en lavar la ropa de otras personas. Nada le quedaba para su vida privada.

Decidió que el domingo se sobrepondría a su inercia y contestaría a Ruth. Pero el sábado por la tarde, una vez concluyeron el trabajo y se hubo bañado, le dominó el deseo de olvidar. «Me parece que iré a ver cómo le va a Joe», fue lo que se dijo, pero sabía que estaba mintiendo. No obstante, le faltaba energía para reconocerlo. De haberla tenido, hubiese hecho lo mismo, ya que deseaba olvidar. Echó a andar hacia el pueblo, sin prisas y distraídamente, pero acelerando el paso, a pesar de sí mismo, conforme se acercaba al bar.

—Creí que estabas a dieta de agua —le saludó Joe.

Martin no se dignó dar excusas y pidió una botella de whisky, llenando su vaso antes de pasarle al otro la botella.

—No te pases la noche hablando —invitó.

Joe se entretuvo un poco con la botella, y Martin, decidido a no perder más tiempo, vació el vaso de un trago, para volverlo a llenar en seguida.

—Ahora puedo esperarte —anunció—, pero date prisa.

Joe obedeció y bebieron juntos.

—Por culpa del trabajo, ¿verdad? —indagó el primero.

Martin se negó a discutirlo.

—Reconozco que es un infierno —continuó el otro—, pero me duele que abandones la dieta de agua, muchacho. De todos modos, salud.

Martin bebió en silencio, pidiendo secamente otra botella al encargado del mostrador, un joven campesino, de aire afeminado, con ojos azules y el pelo partido por la mitad.

—Es escandaloso el modo como explotan a los pobres diablos —comentaba Joe—. Si no me echara al vaso, me volvería loco y acabaría por incendiar el local. Te aseguro que lo único que les salva es que me emborrache.

Martin no respondió. Al cabo de unos pocos tragos más, sintió cómo empezaban a moverse dentro de su mente los gusanos de la borrachera. ¡Aquello era vivir! Constituía el primer signo de vida en tres semanas. Volvieron sus ensueños. La fantasía salió del cuarto oscuro y le fue guiando con su resplandor. Su luz interna era clarísima. Lo maravilloso y cuanto era bello, le acompañaban y se sentía todopoderoso. Intentó explicárselo a Joe, pero éste tenía sus propias visiones, grandes proyectos por medio de los cuales escaparía de la esclavitud de la lavandería al convertirle en propietario de una gran empresa.

—Te lo aseguro, Martin, en mi lavandería no trabajarán niños; puedes apostarte la vida. Y, después de las seis de la tarde, nadie se quedará para hacer el trabajo retrasado. ¡Escúchame! ¡Habrá suficientes máquinas y empleados para que se haga durante la jornada! Y, así Dios me ayude, te nombraré superintendente del lío, de todo ese lío. Mira lo que he pensado. Voy a ponerme a dieta de agua y ahorrar dinero durante dos años. Luego…

Pero Martin se apartó, dejándole que se lo contara al encargado del mostrador, hasta que ese digno caballero tuvo que servirles sus bebidas a dos granjeros que, nada más entrar, aceptaron una invitación de Eden. Éste se mostró espléndido, invitando a todo el mundo, a granjeros, a un caballerizo, al ayudante del jardinero del hotel, al encargado del mostrador y al inevitable vagabundo que entró furtivamente, cual una sombra, y que, cual una sombra, se situó en un rincón del bar.

(Continuará...)

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