La tierra y el humano

Juan Patricio Lombera









Un día la Tierra se levantó cansada y enferma. Por un momento pensó que le había impactado un meteorito, como ocurriera mucho tiempo atrás, pero tras palparse piernas, brazos y cuerpos, se dio cuenta de que no era ese su problema. Mientras que se palpaba notó que estaba llena de plástico, petróleo y otras cuantas porquerías. La mugre se acumulaba en sus piernas, también conocidas como océanos. Sus pechos estaban rodeados de nubes fétidas mal olientes y de las plantas de sus pies se desprendía un líquido viscoso y oscuro llamado chapopote o alquitrán. 

¿Qué me han hecho las micro especies que viven en mí? Con la ayuda de una lupa se puso a inspeccionar cada centímetro de su cuerpo. Para la espalda fue necesario usar espejos de aumento enfrentados. Notó que las concentraciones de humanos eran las más sucias, pero antes de establecer un veredicto, decidió realizar una investigación completa.

—A ver vaca, ¿se puede saber por qué emites tanto metano?
—Yo sólo hago lo que los humanos me obligan. Me tienen permanentemente preñada y luego no me dejan disfrutar de mi becerro. No me dejan caminar para que no fortalezca mis patas y cuando ya no produzco me llevan al matadero. Yo no puedo controlar mis emisiones.

La respuesta le pareció muy satisfactoria a la Tierra y, antes de entrevistar al oso polar, la gallina intervino indignada. “A mí también me separan de mis polluelos. Y no sólo eso, los humanos me mantienen despierta las 24 horas del día para que produzca más huevos. Así no hay quien viva” –dijo.

La Tierra continúo entrevistando a cada espécimen de su enorme cuerpo. Notó que su pubis y axilas selváticas habían desaparecido casi completamente y siempre recibía la misma respuesta: “Es culpa de los humanos, los humanos me hicieron”. Finalmente, decidió, antes de emitir su juicio, entrevistar al líder de esa especie de dos patas supuestamente pensante.

—Dime, ¿por qué crees tener derecho de matar a todas las otras especies y destruir mis rincones más bellos para hacer tus construcciones de cemento?
—Muy sencillo, somos la especie superior de la Tierra, lo que nos convierte en los dueños del planeta. En ese sentido, tenemos derecho a hacer lo que queramos con nuestra propiedad.
—Y ¿quién te dio ese título de propiedad?
—Nadie. Simplemente me lo gané con mi inteligencia. Gracias a ella puedo competir en velocidad con el chita, puedo levantar pesos que cientos de caballos juntos no lograrían mover ni un palmo, y puedo desplazarme a velocidades que nunca soñarían las águilas. En definitiva. Soy el mejor y me merezco tus frutos.
—¿Y también por ello crees que puedes llenarme de estas horribles construcciones e invadir mis espacios vírgenes?
—No es que lo crea. Es que lo necesito. Otro de mis logros ha sido prolongar la vida de mis congéneres mediante la medicina. Y, claro, al vivir más años acabamos siendo más los habitantes humanos. En algún lugar tengo que meterlos.
—¿Y no has pensado acaso que toda esa expansión y esos humos nocivos que tus fábricas emanan podrían producir mi muerte?
—Supongo que sí, pero qué quieres que hagamos. Nos hemos acostumbrado a este estilo de vida y no podemos renunciar a él.
—¿Y qué harás cuando yo me muera? ¿De qué vivirás?
—Supongo que los más afortunados se irán a alguna estación espacial o a otro planeta, si descubrimos la forma de viajar rápido a través de las estrellas.
—¿Y el resto de los humanos y de los animales?
—Sufrirán la misma suerte que tú. Es irremediable.
—Te dices inteligente y eres la más estúpida de toda las especies –contestó molesta la Tierra–. Los animales saben que tienen que velar por sus congéneres y no sólo por sí mismos. Ellos saben que todo está conectado y que hay que mantener el equilibrio entre todas las especies y conmigo. Los animales tienen razón. Ustedes son los culpables de todo. No merecen pasar sus días en mi cuerpo.

La Tierra iracunda iba a sentenciar a la especie humana cuando vio a unos grupos de humanos, denostados por los demás, luchando por limpiar los mares, protegiendo a los animales más temibles, buscando convivir con ella más que adueñarse de su cuerpo. Entonces, la Tierra que es muy buena y sabia, decidió apiadarse.

Sin embargo, consciente de que los Homo sapiens sólo aprenden a base de golpes, introdujo en los murciélagos una enfermedad que pronto llegó a los seres de dos patas. Esta enfermedad causó cientos de miles de muertos en todo el planeta y la inmovilidad de estos seres siempre tan inquietos.

—Si se portan bien –dijo la Tierra–, la pesadilla se acabará pronto. Pero si no aprenden a usar en vez de abusar, volveré a infectarlos y así sucesivamente hasta que aprendan a respetarme a mí y a todas las formas de vida que me pueblan. Ustedes deciden.

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